El San Lorenzo

La Patagonia es, por cierto, un mundo aparte, pero en su interior la región cordillerana que ciñe la alta cumbre del San Lorenzo constituye, a su vez, algo especial. Estas montañas ocupan, ante todo, una posición diversa de la de los otros grupos de la Cordillera Patagónica Austral: son las únicas que se hallan alejadas hacia el Este respecto del eje principal de los Andes y también las únicas que no están delimitadas hacia el Océano Pacífico por los grandes campos glaciales de los dos Hielos Patagónicos (conocidos también como Hielos Continentales) Norte y Sur.

Aquí la cadena andina, contrariamente a lo que por lo común se piensa, no marca una separación, si bien integra una compleja región ecocultural. Más que en cualquier otro sitio de la Patagonia, la historia con la que los andinistas han rodeado a la montaña se compenetra con la de los exploradores, geógrafos, mineros, estancieros, militares, guardabosques, clandestinos y contrabandistas. Por esta razón, en torno a las montañas del San Lorenzo se ha desarrollado una historia de experiencias patagónicas globales, hasta ahora auténticas en su austera y a veces cruda originalidad. Se revive esta historia aun hoy a cada paso en las tentativas siempre cargadas de incertidumbre, en la fatiga similar a aquella de los pioneros del andinismo y de la instalación humana, que se repite no obstante los más modernos equipamientos. Los ríos que hay que vadear, la huella que desaparece en la espesura del bosque, la molestia de los tábanos, la nieve en la cual uno se hunde inexorablemente, el polvo que penetra por todas partes: todo eso no ha variado. Uno lee el diario del Padre De Agostini y después de cincuenta años se halla como si estuviese en su lugar, siguiendo su recorrido de búsquedas y empeños, de entusiasmos y desilusiones, no siempre grávido de éxitos pero sí siempre de nostalgia por lo excepcional de la experiencia vivida y por la magia del ambiente. Continúa subsistiendo una historia pobre en testimonios escritos, que se desliza de la tradición oral a la leyenda: también para esto vale la pena registrar algún hecho sobre el papel más allá de lo poco que ya lo fue.

Estas montañas no ofrecen las espectaculares paredes de granito amarillo, gris o rosado de los grupos patagónicos famosos como aquellos del Fitz Roy o del Paine. Aquí los diversos colores ponen de manifiesto una gran variedad de rocas volcánicas, que ofrecen poco al escalador sobre roca; además, donde afloran, por regla general, los granitos están muy fracturados. Lo que resulta extraordinario es el ambiente en su conjunto. La imponente soledad de la cumbre principal, que se yergue, apartada, con proporciones dignas del Himalaya, sobre las desoladas mesetas argentinas y los pantanosos valles chilenos, ha atraído sobre todo a aquellos que prefieren un modo de ir a la montaña con propósitos meramente de exploración y que no necesitan de respuestas publicitarias para sus aventuras.

LOS LUGARES

Tratemos primeramente de ubicar estas montañas en su contexto geográfico. En su conjunto, están alineadas a lo largo de las directrices Norte-Sur de los Andes; en sus detalles, empero, la orografía se complica con numerosas ramificaciones. En sentido estricto, se puede delimitar el grupo del San Lorenzo entre el Lago Pueyrredón - Cochrane al Norte y el Paso de la Balsa al Sur. Pero en nuestras consideraciones ambientales, históricas y también andinísticas lo podemos extender al Norte más allá del Paso Roballos, hasta el Lago Buenos Aires - General Carrera. Así, hacia el Sur, lo prolongamos hasta la amplia depresión de la cresta del confín, situada al Oeste del Monte Tetris, por la cual el Río Mayer se ha creado, con recodos y meandros, un pasaje hasta el Lago San Martín - O'Higgins a través del territorio chileno. Podemos hacerlo también en apoyo a la tradición de la geografía patagónica, según la cual los límites de los sectores montañosos habían sido determinados por los exploradores en las latitudes de los grandes lagos.

Desde el punto de vista montañístico distinguiremos después la cadena sobre la cual se alza la cima principal del San Lorenzo de los cordones menores que lo circundan y lo ramifican con sus derivaciones, revestidas en la vertiente chilena de un bosque verde a menudo impenetrable y, en el lado opuesto, cada vez más áridas y desoladas a medida que se adentran en la Argentina. La cumbre misma del San Lorenzo, con sus 3.706 metros, es la tercera en altura de la Cordillera Patagónica Austral, superada sólo por el San Valentín y por el vecino Cuerno de Plata, que velan sobre el Hielo Patagónico Norte y son los más altos de todos. El San Lorenzo se perfila majestuoso sobre las mesetas del lado oriental, mientras permanece un tanto oculto en las vistas panorámicas que se disfrutan desde las regiones chilenas de nivel bajo y medio. Es así admisible que la denominación de San Lorenzo se haya afirmado como más usual en el lado oriental argentino, de donde la cima se admira ya desde lejos, en lugar del topónimo chileno de Cochrane, atribuido, siguiendo a De Agostini, a una cadena secundaria antepuesta hacia occidente.

Los pocos viajeros que, en el siglo pasado, se habían aventurado a lo largo de las vías de comunicación existentes entre los indios del Norte y del Sur de la Patagonia no deben haberse interesado por el San Lorenzo, pasando a lo largo de los rellanos basálticos de las mesetas o siguiendo las incisiones de los ríos. También transitó al costado el inquieto explorador británico George Chaworth Musters (1841-1879), que vivió durante un año con los indios tehuelches, aprendió su lengua y se trasladó con ellos de Punta Arenas a Carmen de Patagones en 1870, conociendo así sus caminos y paraderos. Nos ha dejado, de todos modos, un excepcional relato, en particular sobre el camino indígena que se extendía a lo largo de la margen derecha del Río Santa Cruz y pasaba por el Cerro de la Ventana. También sucesivamente en las descripciones geográficas se otorga más importancia a los relieves de las mesetas o a las primeras estribaciones de la cordillera que a las cimas en el corazón del grupo. El primero en contemplar la montaña con ojos avezados de andinista fue probablemente en 1899 el naturalista Clemente Onelli (1864-1924). Apenas graduado, partió de Roma hacia la Argentina y colaboró con el perito Moreno en la Comisión de Límites. Llegó a ser después director del Jardín Zoológico de Buenos Aires. Nos interesa aquí particularmente su viaje a la región del San Lorenzo, en apoyo a los geógrafos de la Comisión de Límites que en aquella parte de la Cordillera, donde la división de las aguas es incierta, debía marcar los límites entre Chile y la Argentina. Hasta qué punto es difícil determinar esta división oceánica de las aguas se deduce también de la narración del mismo Onelli, quien en 1898 asistió a la desviación de las aguas de un arroyo del lago

Buenos Aires al Río Deseado que desemboca en el Océano Atlántico: "bastó perforar con la pala un cordón de morena para modificar una división de aguas oceánica, con las consiguientes consecuencias políticas para el territorio". Aun hoy en el valle del Río Lácteo, cuando se penetra en la depresión de la Estancia El Rincón, cuesta trabajo darse cuenta de que el anónimo terreno de morenas sobre el cual corre la pista divide las aguas entre dos océanos. Ciertamente, en el curso de los períodos glaciales, las vertientes deben haberse desplazado otras veces y no por la mano del hombre. En 1899 Clemente Onelli pasó por donde hoy se halla el pueblo de Perito Moreno, prosiguió hacia el Sur a lo largo de las antiguas pistas de los indios que ahora están flanqueadas por la Ruta Nacional Nº 40 y vio el Valle de la Pintura, donde los indios se procuraban las tierras arcillosas de color ocre para sus dibujos. Subió al Gorro de Poivre (de unos 1.800 metros), único relieve de referencia en medio de la desolación de las mesetas, llamado así por él en recuerdo de un aventurero marsellés. Recibió una impresión de tanta tristeza, que le sugirió el siguiente comentario: "Es el más grande olvido del Creador en el globo". Dobló después hacia el Oeste, superó la cuenca interna sin desagüe de la Laguna Salitrosa, de aguas amargas y saladas, adonde, en vana búsqueda de refugio, se habían retirado indios fugitivos cuyos esqueletos blanqueaban todavía las secas arcillas veteadas. Alcanzó luego las orillas del Lago Pueyrredón, apenas descubierto por los geógrafos el año anterior, mientras sobre sus aguas de azul increíblemente intenso estaba navegando sobre una balsa el geógrafo danés Ludovico von Platen. Antes que otras circunstancias llevaran a cambiar el nombre del río que desciende del San Lorenzo en Río Oro, este curso de agua llevaba en recuerdo de dicho geógrafo el nombre de Río Platen, denominación que se salva del olvido solamente gracias a los viejos mapas y a las narraciones de De Agostini. Cuando desde el Lago Pueyrredón, donde reina un clima excepcionalmente suave, Clemente Onelli siguió las huellas de los indios, probablemente a lo largo de la que aún hoy se identifica como la "cruzada" y donde es fácil hallar picaderos con pequeñas flechas de obsidiana, se encontró imprevistamente, con inmenso estupor, con el San Lorenzo. Veamos cómo lo narra en su libro "Trepando los Andes", publicado en Buenos Aires en 1904: "Desde allí, la que, grandiosa, coronaba la escena era una gigantesca masa de hielo azulado que dominaba absoluta todo el paisaje: era el coloso andino del Sur, el Monte San Lorenzo, que en toda su mole enorme se destacaba soberbio sobre el cielo un día despejado". Su forma y sus dimensiones recordaban al Monte Blanco.

En la cuenca del lago Belgrano, comprendida hoy en el Parque Nacional Perito Moreno, Clemente Onelli encontró otros geógrafos que estaban explorando los bellísimos lagos de los más diversos colores y sus afluentes, en barquillas y balsas improvisadas. Fue en esa ocasión cuando le fue dado a uno de los lagos el nombre de Nansen; otro recibió el nombre de Burmeister, en recuerdo de padre e hijo naturalistas y geógrafos, ambos ligados a las investigaciones sobre la Patagonia. Clemente Onelli regresó a la región al año siguiente, para dirigirse al que hemos considerado como limite meridional del grupo, en un recodo del Río Mayer.

Pero en aquella ocasión el tiempo le fue adverso. Con todo, "en pasar a pie torrentes caudalosos, en escalar la montaña, en aguantar días enteros la lluvia y la nieve derretida que nos empapaba hasta los huesos, vencimos, sin embargo... alcanzamos a llevar los trescientos kilos de hitos de fierro y un bote armado al Río Mayer, pozo escondido entre los abismos de los Andes, y elegido por el árbitro como frontera". Hoy, sobre los mapas oficiales, los hitos llevan cada uno su número, y, una vez al año, los más accesibles son controlados por Gendarmes y Carabineros, que recorren a caballo la soledad de estos lugares desconocidos y extraños de la Cordillera. Pero, ¿pueden estos lugares ejercer una atracción sobre quien no quiere escalar las montañas? Si bien generalmente los andinistas se rehusan a admitirlo, un viajero puede quedar fascinado por esta Patagonia cordillerana sin sentirse atraído en modo alguno por sus montañas.

Dejemos de lado los casos de los primeros colonos que buscaban territorio para la cría de lanares o vacunos, o los mineros que iban a extraer carbón al Río Mayer o a buscar plomo y cobre al Río Oro. Tomemos un caso reciente, el del escritor y viajero Bruce Chatwin (1940-1989), desaparecido prematuramente a causa de una intoxicación con hongos contraída durante un viaje por China, y acudamos a su libro de mayor éxito, titulado "En Patagonia", aparecido en 1977. A pesar de la escasa sensibilidad por los problemas sociales de los habitantes, con una actitud alejada respecto de sus vicisitudes, que nos llevarían a quejamos algo por el colonialismo británico, y no obstante el poco entusiasmo por las bellezas de las montañas, su libro ha despertado nostalgias patagónicas en más de un viajero.

Hemos encontrado, por ejemplo, una pareja de alemanes que habían traído de su país, junto con ese libro, motocicletas de gran cilindrada, para recorrer fielmente, si bien no a pie o con medios de fortuna como había hecho el autor, el itinerario descripto por Chatwin. El "plato fuerte" de este recorrido era el trecho entre Bajo Caracoles, Lago Posadas y Paso Roballos. Así un lugar como el Paso Rodolfo Roballos - a mitad de camino entre los lagos Pueyrredón y Buenos Aires, abandonado por añares, que los chilenos llaman entrada Baker porque, atravesado el paso y prosiguiendo a lo largo del Río Chacabuco entre un paisaje de notable encanto se llega hasta el verde valle del Río Baker y al poblado de Cochrane - ha alcanzado notoriedad internacional aun cuando en el fondo bien pocos saben dónde se halla exactamente. Chatwin, en su viaje, no siguió a lo largo del Río Chacabuco, sino que tomó hacia el Este para alcanzar Puerto Deseado, sobre la costa atlántica. No obstante, quiso ubicar en su libro la hipotética ciudad con los muros y los techos de oro denominada por la leyenda "Ciudad de los Césares", y lo hizo exactamente en Paso Roballos. El sitio, aunque en realidad dista mucho de ser rico, no carece de encanto. Pero es la atracción ambigua de algo decadente. La construcción en Chile de la Carretera Austral que de Coihaique llega hasta Yungai, ofrece hoy a los chilenos una vía de comunicación más fácil hacia los mercados del Norte, evitándoles tener que atravesar una frontera sobre pistas riesgosas. Existen todavía los puestos de frontera con Gendarmería y Carabineros, si bien el típico tráfico fronterizo ha ido muriendo, y las tienditas se han transformado en derruidas taperas, mientras sauces y rosas crecen entre los pobres muros que se desmoronan. En las pocas estancias se sobrevive sin enriquecimientos: el periodo de oro de la lana ha debido ceder paso a los tiempos de las fibras sintéticas, y se diría que en esta región de la Patagonia está por concluir la época de los colonos pioneros. También la atracción de un trabajo mejor remunerado en los pozos de petróleo de Comodoro Rivadavia ha contribuido a despoblar la región. Como Bruce Chatwin, los viajeros que siguen el recorrido de su libro no toman en cuenta las posibles ascensiones. Desde Paso Roballos, no obstante, pueden emprenderse algunas hacia las cimas que se perfilan en el borde occidental de la Meseta Buenos Aires, vasto y desierto altiplano cubierto de lavas basálticas. Son cimas muy panorámicas, con largos trayectos de acercamiento carentes de dificultades técnicas o, cuando mucho, con alguna escarpada pendiente nevada, en tanto algunas se prestan al esquí de travesía en caso de nevadas favorables. La roca se presenta de calidad pésima y no inclina a escalarla. Las montañas más notables del Paso Roballos reciben los nombres locales de Cerro Colorado y Cerro Nevoso. Más atrás, el Monte Zeballos, que se puede alcanzar por la nevada cresta Norte, recuerda en su nombre a Estanislao Zeballos, fundador en 1879 del Instituto Geográfico Argentino y promotor de las exploraciones patagónicas.

En el Cerro Colorado (alrededor de 2.500 metros), escalado por el Este ya en tiempos remotos, las laderas del Sud-Oeste y la breve pared Sud-Este ofrecen itinerarios agradables cuando están cubiertas de nieve como las hemos hallado nosotros. La audaz aguja del Cerro Lápiz, saliente volcánica rica en alvéolos y estructuras de flujo, puede interesar más al geólogo que al andinista. Pero justamente en medio del valle casi llano del Paso Roballos emerge un relieve característico que bien merece, por su conformación, el apelativo de Pan de Azúcar. De una altura cercana a los 300 metros, muestra una pared Oeste que, con sus rocas de cuarcitas oscuras y compactas, invita a escalarla, invitación que con Walter Bonatti, famoso escalador italiano, hemos recogido en 1987, para descender después por la opuesta vertiente detrítica salpicada de crestas que, desde hace tiempo, los pastores han bordeado para plantar sus bastones en la cúspide aislada, reconocible desde lejos.

Una pequeña aventura de escalamiento fue propuesta - al margen sea dicho - también por el Cerro Negro, situado al NE del lago Cardiel, entre la Cordillera y Gobernador Gregores. Este lago, que lleva el nombre del misionero jesuita José Cardiel, es conocido por los pescadores de salmón, al punto que hubo un periodo en que el salmón era envasado en el lugar y aún hoy se ven las ruinas de las pesquerías. El gran lago merece una visita por los colores soberbios, que varían del azul al índigo y al turquesa según la incidencia del sol, en contraste con el centelleo de las riberas blanqueadas por los depósitos salinos. La vista más bella sobre el lago se goza desde el Cerro Negro, que se eleva sobre una falda detrítica de bloques hexagonales a manera de torrión, con soberbios agrietamientos que forman columnas. La escalada sobre los prismas de basalto negro de la pared Norte es muy original, pero, a decir verdad, la hemos hallado un tanto peligrosa, porque los prismas están amontonados como lápices en equilibrio, y algunos podrían volcarse. Pero también se puede elegir más simplemente el canal que llega a la cumbre y que recorre la vertiente Este: la vista sobre uno de los mayores lagos internos de las mesetas precordilleranas que se disfruta desde la cima es la misma, y transmite la insólita sensación de la paradojal presencia lacustre en una región donde sólo el verde oscuro de los matorrales atenúa la desolación de la árida estepa amarillo-marrón empenachada de coirones.

LA CONQUISTA DE LA CIMA PRINCIPAL

Por cuanto es dable conocer, el Padre salesiano Alberto María De Agostini (1883-1960) debe haber sido el primero en poner sus miras en la cima del San Lorenzo, recogiendo el guante de un desafío andinista. La vio por primera vez en 1937, mientras transitaba a lo largo del desmonte de la Ruta Nacional N° 40 por Tamel Aike, un antiguo paradero de los tehuelches, donde hoy se halla un viejo puesto de bloqueo destruido por las llamas. He aquí sus impresiones: "Las formidables paredes que circundan el San Lorenzo por todos lados, cortadas a pique en más de mil metros, lo hacen aparecer como una gigantesca fortaleza que quisiera defender su blanca y seductora cima, incrustada de hielo, de todo ataque de los montañistas... No tuve empero la sensación de su grandeza e imponencia sino cuando, alcanzada la parte más alta de algunos cordones de morenas que encauzan por el Sud el Lago Belgrano, se me presentó de repente su blanca cúspide, altísima y dominadora de todos los otros montes circunstantes". En aquella ocasión el Padre De Agostini se detuvo en la Estancia El Rincón para luego seguir el curso del Río Lácteo y pasar por el idílico Puesto San Lorenzo, tal vez el más encantador de todos los lugares situados al pie de esta montaña. Intuyó de pronto que los cerros Penitentes y Hermoso podían ofrecer itinerarios no muy difíciles, pero el San Lorenzo, "que de este lado ostenta una bellísima y afilada cresta que remata cerca de la cima y en la que se incrusta la nieve y el hielo" se le presentaba montañisticamente como una esfinge. Su gran experiencia de la Cordillera Patagónica le hizo no obstante suponer que la imponente montaña pudiese tener una configuración asimétrica: le parecía probable que la vertiente opuesta se presentase menos cortada a pique y cubierta de lenguas de hielo. En 1940 - y vaya uno a saber cuántas veces por entonces la soberbia visión del San Lorenzo se le habrá aparecido en sus sueños más secretos - el Padre De Agostini se dispuso a explorar otras vertientes de la montaña. De Comodoro Rivadavia se dirigió a Perito Moreno, que en esa época se llamaba Nacimiento, superó Bajo Caracoles y llegó al Lago Posadas, después de vicisitudes debidas al estado lamentable de las pistas y a los numerosos vados. Se detuvo en el albergue Mondelo, que ya no existe y que en un tiempo fue importante punto de encuentro para el pequeño comercio de frontera, y alcanzó el valle del Río Oro, entonces denominado del Río Platen. Llegó hasta la cabecera de dicho río, al lago helado que llamó Muñoz, explorando también el amplio valle lateral que se extiende entre el Pico Agudo y el Cerro Hermoso (que, a través del Paso Hermoso, ofrece un enlace largo pero relativamente simple con el valle del Río Lácteo).

Sin embargo, también en esta vertiente Noreste el San Lorenzo se presentaba complicado y difícil. Decidió, pues, dirigirse a Chile y explorar un profundo valle paralelo a la frontera, el de un afluente del Río Tranquilo, que hoy es costumbre llamar Arroyo San Lorenzo para distinguirlo del cauce principal del Río Tranquilo. Llegó así al gran lago turbio en el cual se proyecta la lengua de hielo más septentrional del San Lorenzo, que desciende de su extremidad denominada después Hombro Norte. También este amplio valle, cerrado al Este por el detrítico pero impracticable cordón Las Chivas, y al Oeste por un crestón sobre el cual se levantan grandes torreones negros, no parecía ofrecer vía de subida a la cima. No obstante, el Padre De Agostini no se contentó con esta primera visión general y quiso subir hasta una cumbre de la cual precisó sólo la altura - 1.950 metros - pero que le permitió hacer un descubrimiento importante: le pareció que dos collados de hielo harían posible el paso por la misma cota a la verdadera ladera Oeste del San Lorenzo. Le faltaba todavía, no obstante, el reconocimiento de esta vertiente Oeste, que da sobre el Río del Salto. Volvió allí al año siguiente, 1941, acompañado de dos jóvenes, Amedeo Zampien y Alfredo López, pasando de nuevo por el Río Tranquilo para alcanzar el curso del Río del Salto. Se detuvo en la Estancia Elorriaga y luego cerca del Puesto Alvarado; aun hoy la propietaria muestra la pequeña cabaña en la cual se refugió el Padre, conservada exactamente como entonces. A propósito de esa mujer, doña Ana Calluqueo, que vive solitaria en su modesto fundo del valle del Río del Salto, podemos recordar aquí que su nombre aparece ahora en los mapas oficiales, porque en su honor los topógrafos bautizaron Calluqueo al gran glaciar que desciende de la ladera Oeste del San Lorenzo. El Padre De Agostini también penetró por esta larga lengua de hielo, atravesándola, pero actualmente un importante retroceso del glaciar la ha fisurado por kilómetros, al punto de tornarla impracticable. Frente a ella se ha ido formando un lago limoso, contenido sólo por una morena de la cual no es imposible una rotura (fenómeno que se reitera en diversos valles de esta región cordillerana, donde causa ruinosas inundaciones). El Padre De Agostini bautizó a hijos de colonos y también a una cima, aunque no la había escalado, y dio el nombre de Camilo Ortúzar (1848-1895), filólogo y primer salesiano chileno, a una audaz aguja de esquistos arcillosos y cuarcitas sobre la margen izquierda del glaciar Calluqueo. Y si bien los empinados contrafuertes del que llamó Cordón Cochrane le escondieron la parte superior del glaciar, quedó convencido de poder alcanzar por él la entrada de la pared sobre la vertiente Oeste que permite alcanzar la cresta superior. Habría llegado a la parte más alta del glaciar, aprovechando dos collados de hielo que había entrevisto el año anterior.

Así regresó para una escalada decisiva en 1943. En Europa la guerra se enardecía, y no le fue posible hacer venir a guías alpinos de Italia, como era su costumbre hacer antes para otras ascensiones importantes en la Cordillera. Se dirigió pues al CAB, el ya famoso Club Andino de Bariloche, que le procuró al guía alpino suizo Alejandro Hemmi y al experimentado escalador Heriberto Schmoll, austríaco de nacimiento, residente desde hacía tiempo en Bariloche. Los dos nada sabían de aquella montaña, también porque en Bariloche los mayores esfuerzos andinistas tendían a la conquista del San Valentín, y se maravillaron no poco cuando vieron por la primera vez al San Lorenzo señorear con sus proporciones dignas del Himalaya sobre el valle del Río Oro. El viaje de acercamiento fue el habitual, por el desolado cruce del Bajo Caracoles hasta el oasis de clima agradable del Lago Posadas y la subida al valle del Río Oro. Si bien la ruta había mejorado, existieron los habituales contratiempos patagónicos, como la falta de llegada de los bagajes y de los víveres expedidos bastante antes, con la también habitual resolución patagónica de los problemas, en este caso gracias a la colaboración de una empresa de construcciones con ingenieros italianos que estaba trabajando en las carreteras. La pista apenas trazada en el valle del Río Oro por el señor Guizzardi, que había adquirido la estancia homónima - hoy Estancia Los Ñires, con sus novelescas vicisitudes -permitió penetrar más rápidamente. Después de otro trecho del trayecto llevado a cabo con un carro de dos ruedas tirado por bueyes, a lo largo de la vieja huella utilizada por los colonos chilenos y de la cual es aún posible discernir el trazado, llegaron a la desembocadura del alto valle del Río Tranquilo, que De Agostini había explorado en 1940. El acceso se torna precario por la torrentera del río, encajonado y bramando a la sombra de caídas a pique donde los nidos de los cóndores puntean con el blanco de los excrementos lugares repulsivos aun para un escalador. Llegados al margen del bosque en el amplio valle que se torna casi llano, instalaron un campamento de base, construyendo un reparo cubierto de troncos. Es, en verdad, un sitio decididamente apartado, cuyas calidades apreciaba el Padre De Agostini: "Nos sentimos felices de hallarnos lejos del alboroto del mundo y de sus noticias", escribió en su diario.

Es verdad que en aquellos días de 1943 no habrían podido obtener del mundo noticias reconfortantes... El 2 de diciembre partieron para una primera tentativa. Se dirigieron pronto hacia los collados de hielo ya localizados por De Agostini. Por un glaciar poco escarpado llegaron a una primera ensillada (Paso del Comedor, de unos 1.980 metros) y, descendieron por la cuenca glacial que va bajando, accidentada, hacia el Río del Salto y que se introduce como cuña entre las Torres Feruglio y el Cordón Cochrane, y subieron nuevamente a un segundo collado que separa el Cordón Cochrane del cuerpo del San Lorenzo (Brecha de la Cornisa, de unos 2.260 metros). Perdiendo altura recorrieron un largo tramo del glaciar bajo las paredes occidentales del San Lorenzo, hasta donde una entrada, interrumpida por salientes cubiertas de seracs, a la que De Agostini denomino "canaleta", dejaba entrever una buena posibilidad de alcanzar la cresta superior. Este es, en efecto, el punto débil de la muralla, y permite el mejor acceso al largo filo de la cresta que, desde el Hombro Norte, se lanza hacia el Sud y sobre la cual, después de una primera antecima, se eleva la cima principal. Alcanzaron un primer espaldar de hielo (2.320 metros), donde instalaron el vivac. Al día siguiente, el mal tiempo los sorprendió en la mitad de la pared de hielo, en la cual habían ya cortado muchos escalones, y desde una altura de 2.950 metros se batieron en retirada. El 15 de diciembre el tiempo volvió a presentarse hermoso. Partieron Hemmi, Schmoll y el Padre De Agostini, dejando en el campamento al cocinero Rainen, que los había seguido la primera vez. Por la tarde, no sin fatiga por la nieve blanda y por las nuevas y numerosas grietas que se habían abierto en sólo una semana de intervalo, alcanzaron el sitio del vivac en la lomada, a 2.320 metros. Este lugar continúa siendo el mejor para quien quiera o deba vivaquear a lo largo del itinerario. A quien le ataña, puede valerle de consuelo recordar que el Padre De Agostini no disponía de las modernas colchonetas aislantes, sino que dormía sobre el hielo, interponiendo tan sólo una vieja manta.

El 16 de diciembre el tiempo continuó inseguro, y no se movieron. El 17 partieron, a pesar de la existencia de una cortina de nubes altas: a las 7:30 abandonaron las carpas, a las 9:00 se hallaban en la base de la pared y, pasando entre las salientes cubiertas de seracs y cortando muchos escalones, alcanzaron a las 13:00 el filo de la cresta superior. Prosiguieron a lo largo de él, y a las 16:00 arribaron a la antecima Norte (3.567 metros). Pero, ¿dónde estaba la cima principal? La pudieron divisar en un desgarrón de las nubes: todavía estaba lejos, y era necesario descender 150 metros, a una amplia silla, para después subir, con trechos aún escarpados, al gran hongo de la cumbre más alta (3.706 metros). Era ya tarde, pero prosiguieron: a las 17:30 estaban, felices, en la cima del San Lorenzo. El Padre De Agostini tenía sesenta años, y la conquista selló gloriosamente una vida de entrega a los Andes Patagónicos. Representa el punto máximo personal de un andinismo explorativo que no se agotaba en el hecho técnico, sino que requería el amor por esos sitios y el estudio inteligente de las rutas naturales ofrecidas por las montañas. En ese sentido, el andinismo del Padre De Agostini puede ser considerado ejemplar, porque ese modo de entrar en relación con las montañas enriquece a quienquiera que lo practique, aun si la posibilidad de nuevos descubrimientos se va poco a poco agotando.

Hoy, a cincuenta años de distancia, los datos técnicos con los cuales se sintetiza la ascensión son los siguientes: desnivel del campamento de base del Río Tranquilo (Arroyo San Lorenzo) respecto de la cima: cerca de 3.000 metros; desarrollo del itinerario: unos 15 km.; dificultades sobre el hielo; AD; peligro de caída de seracs en la parte alta de la pared Oeste; itinerario de tipo clásico con notable compromiso en relación con las condiciones ambientales.

SOBRE LAS HUELLAS DEL PADRE DE AGOSTINI

Ciertamente, en razón de haber sido realizada en medio de la segunda guerra mundial, la primera ascensión al San Lorenzo recibió poca atención. Aun después de la segunda edición castellana de "Andes Patagónicos", en 1944 y en Buenos Aires, obra en la cual De Agostini narraba la expedición, el San Lorenzo no atrajo a los montañistas como se habría podido esperar. Los escaladores argentinos del Club Andino Bariloche estaban dedicando sus mejores esfuerzos a la conquista del San Valentín, que los había rechazado varias veces y que finalmente se les rindió, ante un ejemplar éxito colectivo, en 1952. Inmediatamente después concentraron sus esfuerzos sobre el Paine. Así, la segunda ascensión al San Lorenzo, a lo largo de la ruta De Agostini, fue efectuada en 1955 por una cordada del CABA, el Club Andino de Buenos Aires. A la cima llegaron J. Gross, H. Corbella y G. Krings. En 1957, dos de los primeros vencedores del San Valentín, Otto Meiling y Javier Neumayer, acompañados por Conrado Stifler, también de Bariloche, intentaron la tercera ascensión. La indispensable fortuna meteorológica no los asistió, y debieron renunciar cuando ya estaban en lo alto de la pared Oeste. En particular, Otto Meiling se había puesto entre ceja y ceja la idea de triunfar, así fuese solo: en efecto, hizo la tentativa solitaria con mal tiempo y alcanzó a aproximarse al filo de la cresta superior. No publicó jamás un relato detallado de su intento, y solamente después de su muerte, gracias a las investigaciones de Vojko Arko, eminente andinista historiador del CAB, fueron halladas tales noticias en su diario.

Durante quince años nada se supo de ascensiones o de tentativas. En 1972, los neocelandeses Bill Stephenson y Peter Barry llegaron muy cerca de la cima, y alcanzaron la antecima Norte (3.567 metros). Nuevo silencio montañístico en torno al San Lorenzo, silencio que debía interrumpirse en los años ochenta, cuando refloreció el interés por aquella montaña casi un poco misteriosa. En el alto valle solitario del Río Tranquilo (Arroyo San Lorenzo) los andinistas repararon como pudieron, reverentemente, la choza del Padre De Agostini. Es la única que permanece como recuerdo de sus exploraciones, porque el refugio - más famoso entre los andinistas - en Piedra del Fraile, en el valle del Río Eléctrico, al Norte del Fitz Roy, dedicado al Padre también en el nombre, porque por él se lo llama el "Fraile", se ha transformado rápidamente en ruinas en los mismos años ochenta, durante la permanencia de militares que allí alojaron sus caballos.

En la choza, un pequeño tarro de vidrio recoge las esquelas con los testimonios de los pocos que tuvieron la fortuna de llegar a la cima y de los muchos que, con amargura, debieron renunciar por el mal tiempo. Y todos desean "suerte" al que seguirá, porque en los Andes Patagónicos audacia y preparación organizativa no bastan si falta la clemencia del tiempo. Hasta ahora, como quiera que sea, no ha penetrado mucha gente en este valle. Su entrada está defendida por la torrentera del río y por los despeñaderos en los cuales resbaló la mula del Padre De Agostini; por ello el terreno no es adecuado para el transporte de cargas con caballos y en consecuencia es necesario entrar a pie, transportando en hombros lo necesario. También las vías a los valles de acceso, si bien mejoradas desde los tiempos de De Agostini, permanecen siempre un poco azarosas, sobre todo por la dificultad de hallar medios de transporte desde las poblaciones hacia el interior de las montañas.

En 1983 llegaron a la cima también los andinistas del CAB: eran Alex Scheuer, Jorge Rivero, Mario Gutiérrez, Tulio Calderón, Oscar Grizzi y Guillermo Zampien. En 1985 también se habían fijado como meta el San Lorenzo dos australianos provenientes de Adelaida: David Simons y John Marshall. No tuvieron suerte, porque el peón que los acompañaba con un caballo los condujo a un valle paralelo, más al Oeste, toda vez que la indicación del Río Tranquilo que los dos le habían dado se prestaba al malentendido. No tuvieron el coraje de cruzar la cresta de aquel valle, por lo demás hermoso, con toda la carga, para llegar al itinerario de De Agostini, sino que escalaron algunas de las torres negras que allí se elevan, sin dejar, con todo, relato escrito, y renunciando al San Lorenzo. Fuera de la historia de este contratiempo, se puede considerar que, en cualquier caso, para repetir la ruta De Agostini las vías de acercamiento más factibles son aquellas que pasan por el Lago Posadas y Río Oro viniendo de la Argentina, y la del Cochrane - Río Tranquilo si se llega de Chile. Hemos intentado varias veces y luego realizado la ascensión viniendo del Lago Belgrano, descendiendo del Paso Hermoso para bajar al Río Oro, pero se trata de 70 km. de recorrida a la ida y de otros tantos al regreso, y si bien son de una belleza excepcional en cuanto a paisajes, resultan muy duros para quien lleva sobre los hombros el equipo de montañista y víveres para muchos días.

Por lo demás, actualmente en el Lago Posadas los andinistas pueden parar en casa de una pareja de habitantes del lugar, expertos en los necesarios traslados. Pedro y Susana Fortuny son de aquellos que en la Patagonia se denominan "venidos y quedados" (para distinguirlos de los "nacidos y criados"). De Buenos Aires pasaron por el Lago Posadas en viaje de bodas, se enamoraron del lugar y decidieron permanecer en él. Administran el pequeño albergue con el negocio y el radioteléfono, y son un poco los guardianes andinistas del San Lorenzo. Naturalmente, el valle del Río Belgrano y la cuenca de sus lagos, ubicada al Este del San Lorenzo, no le ceden en belleza al Lago Posadas. Allí ha sido establecido desde 1937 el Parque y Reserva Nacional Perito Moreno, que no comprende al San Lorenzo pero si la cuenca de los lagos. Los servicios de un guardaparque han sido restablecidos - y después suspendidos de nuevo - sólo en los años ochenta. Al Lago Belgrano se llega por el Sur, desviándose hacia el valle del río homónimo desde la Ruta Nacional N° 40 en la encrucijada de Las Horquetas, para encontrar algunas pocas estancias a lo largo del camino. El viaje desde Gobernador Gregores, el mismo que hizo De Agostini en su primera exploración de 1937 - si bien entonces la población se llamaba más poéticamente Cañadón León - depende del medio de transporte que se logra hallar. Puede suceder que uno pase muchos días bloqueado en Gobernador Gregores sin lograr salir de allí. Pero es también verdad que a los andinistas no les viene mal entender, en aquellas involuntarias detenciones, qué quiere decir verdaderamente habitar en la Patagonia. Después podrá sucederles, como a nosotros, haber dejado transcurrir entre el polvo de Gobernador Gregores los únicos días de buen tiempo de la temporada, pero, en compensación, de haber establecido relaciones humanas en las cuales se experimenta una generosidad que no es fácil hallar en otro sitio. Es Rosa, la radioaficionada, quien espontáneamente se pone en comunicación con las estancias para ver si alguno va o viene con el camión; es el panadero De Martino, hermano del conocido cantante lírico italiano, quien para los andinistas prepara un pan especial y después no quiere ni siquiera recibir paga; son los guardaparques que vienen a reabastecerse y ponen a disposición sus medios de transporte y sus casas; son también los gendarmes que se apiadan de los andinistas que esperan y los cargan en su camión; es la familia del responsable del pequeño aeropuerto que acoge a los andinistas como si fuesen de casa... esto nos ha sucedido en las varias veces en que nos hemos detenido en aquella población aislada cuando nos dirigíamos al San Lorenzo, pero es lo que les sucede, con algunas variantes, a todos los andinistas. Tal vez porque los lugares no son todavía turísticos la relación con los residentes adquiere validez humana e importancia práctica, interesante y agradable para todos. Además, siempre se depende de la buena disposición de los estancieros y de los peones, siempre se necesitan caballos para los vados, y siempre también los caballos ariscos habrán de perderse en los mallines justamente el día convenido para la partida, y nos veremos obligados a aceptar un día más de hospitalidad. Es una forma de andinismo que reclama tiempo y apertura hacia aquello que circunda a la montaña, pero debe ser por esta misma razón que un grupo cordillerano como el de San Lorenzo cuenta con sus aficionados de pocas palabras que son, por así decirlo, casi un poco celosos de su condición de tales.

Gino y yo podemos considerarnos muy afectos al San Lorenzo. Pero su cima principal nos fue concedida sólo una vez, en tanto que las tentativas fueron tres. En una ocasión alcanzamos, con Walter Bonatti, a llegar al filo de la cresta superior y allí permanecimos durante tres días, en una cueva excavada, en última instancia, en la nieve, en tanto que afuera se desencadenaba sin tregua una ventisca horrible, con ráfagas que impedían la respiración durante el continuo trabajo de palear la nieve, indispensable tarea para no quedar sofocados en el angosto cuchitril de hielo, que goteaba día y noche. En la oportunidad en que llegamos a la cima, el 12 de diciembre de 1986, nos acompañaba Cristina Agüed Tarditti, de Córdoba, y, como en cualquier otra expedición patagónica, la ocasional o prevista participación de un andinista del país enriqueció nuestra experiencia con nuevas amistades y nos puso más en contacto con las realidades de las vidas ajenas. En el mes de febrero de 1987, tres norteamericanos, Timothy Rawson, John Hauf y Tom Walter, llegaron desde Cochrane al campamento de base del Arroyo San Lorenzo. Era su intención hallar un acceso directo a la cresta superior y después proseguir por ella hasta la cima. El 3 de marzo atacaron la pared Norte después de vivaquear a una altura de 2.000 metros, pasando un primer trecho peligroso por los seracs y siguiendo después, con relativa seguridad, los pequeños espolones rocosos entre las canaletas. El paso clave estaba representado por una cascada de hielo de sólo un metro de ancho, con una inclinación de entre 70 y 90 grados; después, zigzagueando entre los hongos de hielo, hallaron una salida hacia la cresta final. Eran ya las cuatro de la tarde y el tiempo empeoraba rápidamente, con una típica nube lenticular sobre la cima y un mar de nubes que se avecinaba desde el Oeste. Renunciaron a proseguir hacia la cumbre, buscaron un poco, en vano, el descenso por la ruta De Agostini y después bajaron a lo largo de la pared Oeste por una serie de cascadas de hielo. Esto los obligó a establecer un mal vivac en pared, bajo la ventisca de agua y nieve, pero a la mañana siguiente estaban de regreso en el campamento de base. En su informe señalaron esa subida como tentativa de ascensión; no obstante, dada la notable distancia entre el arribo a la cresta, según su itinerario, y la cumbre, se puede considerar su ascensión llevada a cabo sobre el Hombro Norte (alrededor de 3.150 metros), tanto más que dicho Hombro forma un nudo orográfico secundario.

En 1988, dos expediciones italianas se propusieron intentar otros caminos para escalar el San Lorenzo. Una, de Turín, tenía por meta el espolón Norte del Hombro Norte, pero por el mal tiempo y la errónea ubicación del campamento en el Río Lácteo no pudo ni siquiera iniciar el acceso. La otra, de Bérgamo, se dirigió a la escarpada cresta Nor-Nordeste de la cima principal, e inició el acceso desde el Río Oro a una altura de 2.500 metros. Desafortunadamente, el tiempo radiante y cálido que sobrevino después de un periodo de abundantes nevadas tomó muy peligroso el itinerario elegido. La expedición se replegó, pues, sobre la ruta De Agostini, y por ella alcanzaron con felicidad la cumbre los escaladores Tarcisio Longhi, Angelo Scaburri, Mario Signorelli, Uberto Testa y Ventura Tiraboschi el 26 de diciembre, cumpliendo así la séptima ascensión a la cima principal del San Lorenzo y la quinta por la ruta De Agostini.

En 1989, un error de itinerario sobre la ruta De Agostini llevó a los turineses Corradino Rabbi y Sergio Scavarda a un bello e inesperado resultado: el 29 de noviembre se encontraron ante la novedad de haber escalado, los primeros, por el Oeste, la cima central del San Lorenzo, de 3.385 metros, situada más al Sur de la principal. Ese año nosotros efectuamos también una tentativa en el San Lorenzo con esquíes y en el mes de agosto y llegamos al campamento De Agostini del Río Oro, con Angelo Todisco y Lucía Castelli. Permanecimos bloqueados durante dos días, por una abundante nevada, bajo la pared Oeste, y las condiciones inestables de la nieve nos aconsejaron un prudente retorno. Los esquíes resultaron utilísimos y, además, permitieron un descenso estupendo. La experiencia invernal nos obsequió atmósferas excepcionales en un silencio de cristal; el tiempo fue menos frío pero también más ventoso que lo previsto, y, en las alturas intermedias, resultó escasa la nieve sobre la cual fuera posible esquiar. Nos detuvimos varios días en la choza De Agostini, con un panel solar para recargar la única linterna y con el fuego encendido en una lata de galletitas, en jornadas que nos ofrecieron, además de dos magnificas recorridas de esquí andino sobre las cimas menores del Cordón Feruglio, una aventura entre las más profundamente serenas de nuestros itinerarios patagónicos.

ARISTA ESTE

Queda fuera de duda que la escarpada cresta Este, que se extiende desde la cima principal del San Lorenzo hacia el Río Lácteo, es la línea de escalada más elegante de esta montaña y una de las más bellas de la Patagonia. Entre el fondo del valle y la cima presenta un desnivel de alrededor de 2.700 metros; desde su base, el desnivel es, todavía, de 2.000 metros, sobre los cuales presenta cerca de 3.000 metros de desarrollo. Una fotografía a página entera en el libro "Andes Patagónicos", del Padre De Agostini, muestra su evidente magnificencia, que no pasó inadvertida al conocido andinista argentino José Luis Fonrouge, quien fue probablemente el primero en procurar escalarla, con Alfredo Rosasco. Lo intentaron también los japoneses, pero no se sabe hasta dónde llegaron. En 1976 retornaron los argentinos: Guillermo Vieiro, Héctor Cuiñas y Jorge Jasson. Alcanzaron el primer hombro por la pared Nordeste y prosiguieron un poco a lo largo de la cresta, hasta una altura de unos 3.100 metros. El mal tiempo los obligó a abandonar, pero se consolaron con la primer ascensión a la cima central del Cerro Hermoso. Vieiro no tenía intención de dejar la cuenta abierta con la cresta del San Lorenzo, pero perdió la vida en el Tupungato en 1985.

Entre tanto, otros apasionados de la región se habían enamorado de la cresta. Eran los sudafricanos, capitaneados por Paul Fatti, nativo de Florencia y docente de estadística, para quien los Andes Patagónicos se habían tornado terreno de elección en su tiempo libre. En 1974 había conducido con éxito la expedición sudafricana que logró escalar por primera vez el gran diedro Nordeste de la Torre Central del Paine. Había, además, realizado en silencio un intento a la cresta del San Lorenzo en 1980, y escalado después otras cimas menores.

En 1985 efectuamos también una tentativa Gino y yo y nos pudimos dar cuenta de los problemas que plantea esta ascensión. Sin presentar dificultades técnicas excepcionales, exige condiciones seguras de nieve, que son raras de hallar. Ya la recorrida de la pared Nordeste que conduce al primer Hombro de la cresta se desarrolla sobre una cara de nieve y hielo, con algún afloramiento rocoso muy quebradizo; esta pared tiene una altura de unos 600 metros y está inclinada a 50 grados; expuesta al sol, raramente está en buenas condiciones. Seguidamente, el hilo de la cresta presenta relieves rocosos cada vez más difíciles hacia lo alto, surcados por canaletas heladas, y festoneado por largos trechos de cornisas que sobresalen mucho. La presencia de estas amplias cornisas indica que, aun mirando hacia el Este, la cresta está sujeta a las turbulencias de los borrascosos vientos occidentales. A estas dificultades ambientales se agrega el hecho de que no existen vías de retirada si no es el retorno por la cresta misma o la llegada, a cualquier precio, a la cima, para encontrar a la ruta De Agostini sobre la otra vertiente. Además, sobre toda la cresta no existe un sitio cómodo para establecer un vivac. En síntesis, es una ascensión de gran dificultad global.

Nosotros llegamos, como la cordada de Vieiro, un poco más allá del Hombro (unos 3.100 metros), pero las condiciones peligrosas nos indujeron, después de dos vivacs, de los cuales uno efectuado de pie, a una retirada que, a decir verdad, fue por cierto bastante peligrosa. Para continuar cuesta arriba habría sido de cualquier modo necesario un equipamiento diferente, y, sobre todo, más alimentos. Dado que, en caso de triunfar, no habríamos querido volver a recorrer la cresta destrepando, con un largo rodeo intentamos el reconocimiento de la ruta De Agostini, para poder después hallarla aun con mal tiempo. Este llegó y nos impidió alcanzar la cresta superior; con todo, localizamos el itinerario. pero cuando regresamos al campamento de base en el valle del Río Lácteo, sobre la cresta se habían ya lanzado dos cordadas sudafricanas: había regresado Paul Fatti, pues también para él esa cresta estaba entre sus sueños y estaba dispuesto a realizarlos. Así, acompañado por Erwin Múller, Russel Dodding y H. P. Bokker, dio el asalto a la cresta en los primeros días de enero de 1986, aceptando las condiciones pésimas y riesgosas de la montaña, y permaneciendo bloqueado sobre el Hombro durante tres días de mal tiempo. Pero los sudafricanos no se desanimaron, se unieron en una sola cordada y, no hallando más sitios para vivaquear, prosiguieron escalando una noche entera; agotaron las raciones de alimentos, pero llegaron a la cima después de un último vivac apenas debajo de la salida, entre las torrecillas cubiertas de hongos de hielo. Cuando miraron hacia abajo, en un desgarro de las nubes entrevieron que habían plantado la última carpa del vivac sobre una cornisa en voladizo. No siguieron después la ruta De Agostini, sino que rehicieron todo el recorrido de la cresta en descenso y retornaron al campamento de base doce días después de haber partido.

Del estilo de aficionados en el cumplimiento de este empeño formó parte también el relativo silencio en torno a él. Tanto es así que ni el gran andinista patagónico Casimiro Ferrari sabía nada de ello cuando en enero del año siguiente quiso realizar un asalto fulmíneo a la cresta, que él por cierto conocía gracias al libro del Padre De Agostini, pero ignorando las tentativas de ascensión y el éxito de los sudafricanos. Por otra parte, también Casimiro Ferrari debe reconocer que escribe poquísimo sobre sus expediciones, y, cuando ha cumplido una ascensión, parece que le bastara hacerlo saber, cuando mucho, en Lecco, su ciudad cercana a Milán. No obstante, también Danilo Valsecchi, su compañero de expedición, había vuelto a mirar la fotografía de la cresta, en tanto que los más jóvenes compañeros, Annibale Borghetti y Maurizio Villa, debían permanecer desconocedores de lo que les esperaba.

Los cuatro hombres de Lecco permanecieron bloqueados ellos también por el mal tiempo sobre el Hombro durante dos días, pero luego, apenas retornado el buen clima, volvieron a partir. Se apresuraron a aprovechar, con técnica de "piolet traction", de todas las canaletas de hielo, y llegaron rápidamente al último trecho de rocas verticales. No lo superaron por la izquierda, como habían hecho los sudafricanos, sino directamente por la arista de roca, con dificultades de Vº grado, y, después de un último vivac, alcanzaron la cima el 19 de enero de 1987. En descenso, la "locomotora" Ferrari arrastró a los compañeros a lo largo de un recorrido que, dada la niebla, en la parte superior había de revelarse distinto de el de De Agostini, pues se trataba de una vertiente de hielo jamás recorrida precedentemente por el lado Oeste.

Después, debiendo regresar lo más rápido posible, los llevó a través del no por cierto simple glaciar situado al Este del crestón Las Chivas. Después de seis días, llegaron de regreso al campamento de base del Río Lácteo: habían realizado la segunda ascensión de la cresta, con una difícil variante directa y habían cumplido la primera travesía de la cima principal del San Lorenzo.

CUMBRE SUR

Por lo demás, tampoco nosotros, de regreso al Río Lácteo después de seis días perdidos en la infructuosa tentativa de alcanzar la cima por la ruta De Agostini en reconocimiento preliminar, cuando vimos a los sudafricanos sobre la cresta Este siguiendo nuestras huellas, entramos en competencia, si bien era natural que nos disgustara un poco abandonar nuestro proyecto.

La cadena principal del San Lorenzo se extiende de Norte a Sur por cerca de 15 kilómetros: ¿es posible que no existiesen otras metas? Por entonces también nosotros la habíamos visto de diferentes lados, pero nos faltaba el del Sur, del cual no se habla en el "sagrado" libro del padre De Agostini. Es posible llegar allí marchando hacia el Oeste a lo largo de la orilla del Lago Belgrano, donde una huella de caballos rodea por el Sur el pequeño macizo del Cerro Penitentes, sube por el curso del Río San Lorenzo y después tuerce hacia el valle que lleva al "Paso de la Balsa". Partimos en viaje de reconocimiento. En el vado del Río San Lorenzo, profundo no obstante las ramificaciones que siempre sirven para localizar el punto mejor, por poco nos arrastra la corriente. Andando a pie, no podíamos siempre aprovechar las huellas de los caballos que, si bien ya poco marcadas, indicaban el recorrido. Sabíamos que por allí pasaban de tanto en tanto prófugos o ladrones de ganado, porque se llega a un paso entre las montañas que se puede atravesar a caballo y que lleva al valle del Río del Salto y, por él, a Cochrane. Antes del paso se halla un lago sombrío, de aguas oscuras, y en otro tiempo, para transportar los animales, se utilizaban balsas improvisadas. Hoy ya no se las ve; no obstante, encontramos un remo y en él grabada una fecha: 1953. Así, llamamos "Paso de la Balsa" a ese sitio al cual los peones aluden cuando hablan significativamente en voz baja de "paso clandestino". Vivaqueamos dos días en el bosque, bajo la lluvia que se transformaba en nieve. Después aclaró, y he aquí una vista increíblemente soberbia: ante nosotros se elevaba una cima con una resplandeciente pared de hielo, rodeada de pequeñas cúspides rocosas. El entusiasmo por haber descubierto una montaña tan hermosa que nadie debía haber visto con ojos de andinista antes que nosotros, ni siquiera el Padre De Agostini y ese es un hecho excepcional en los Andes Patagónicos, nos hizo decidir rápidamente a no dejarla escapar. Pero no teníamos más víveres. En dos días de camino regresamos a abastecernos de algunas cosas en un depósito que habíamos dejado más allá del Río San Lorenzo, y luego retornamos hacia la cima. Ella está en el extremo Sur de la cadena principal, y por eso la llamamos Cumbre Sur. El itinerario que ofrecía su pared de hielo era evidente, con acceso por una larga y fatigosa morena de bloques. Dado el entusiasmo, no teníamos ni siquiera demasiado temor de los seracs, que hoy me preocupan cuando los vuelvo a ver en las fotografías. Pasamos bordeando algunos de ellos y debimos escalar directamente otros, sobre un extraño hielo vidrioso que se resquebraja fácilmente. Vivaqueamos en la hendidura que divide la pared a dos tercios de su altura: la creíamos atascada, pero por la mañana nos dimos cuenta de que teníamos una bella grieta abierta bajo nuestra carpa. Una breve ola de mal tiempo, un temporal verdaderamente insólito en la Cordillera Austral, y después un cielo claro que nos permitió llegar a la cima (unos 3.300 metros), constituida por una cúpula de nieve endurecida, defendida por un pequeño laberinto de muros de hielo. ¡Cuántas montañas desde allí arriba, cuánta Patagonia que aún no conocemos! Otro vivac en descenso a lo largo de la misma vía subida: la pared presenta un desnivel de 1.700 metros y requiere permanente atención. Después vino aquello que, con algunas variantes, todo andinista patagónico conoce: una larga caminata sobre los bloques de una morena despeñadiza, luego el bosque cerrado, la imposibilidad de vadear el río crecido y el consiguiente retroceso hacia un horrible frente de glaciar que nos tocó atravesar: todo ello sin víveres, ya agotados. Casi tropezando llegamos al depósito que habíamos dejado más allá del río. ¿Por qué habré de omitir la conmoción que se apoderó de nosotros cuando, en aquel lugar tan fuera de todo itinerario conocido, encontramos, esperándonos, a dos viejos amigos alpinistas de Roma, Paolo y Giancarlo Castelli, a los cuales el "tam tam" de la Patagonia había comunicado, de estancia en estancia, nuestra posible posición? ¿Y por qué deberé callarme acerca de la amistad que, en los años de nuestros consecutivos retornos a ese sitio, se había establecido con el encargado de la Estancia El Rincón, Don Cofré, quién cada tanto venía a ver dónde habíamos ido a parar y colgaba para nosotros un pan casero y un trozo de capón en las ramas de un árbol, sobre nuestra carpa?

Al grupo del San Lorenzo nos unen, por lo menos, trescientos kilómetros recorridos a pie, con las mochilas al hombro, millares de fatigosos metros de desniveles, y tantas largas esperas. Pero también nos unen los éxitos en las escaladas y las bellezas ambientales, además de los profundos contactos humanos, sin los cuales las cimas alcanzadas brillarían menos en nuestro recuerdo, pues sin ellos tal vez no nos sentiríamos tan enamorados de la Cordillera Austral como lo estamos desde hace más de veinticinco años.

CERROS MENORES EN TORNO AL SAN LORENZO

En este grupo las cimas secundarias son numerosas, pero, en verdad, menores respecto a la cadena de la cumbre principal, y no pueden competir ni en grandiosidad ni en elegancia con sus elevaciones. Ninguna cumbre alcanza más de 3.000 metros. La más alta es el Cerro Penitentes (2.943 metros), que forma un pequeño macizo aislado que se yergue sobre la ribera izquierda del Río Lácteo. Sus diversas crestas rocosas se presentan con audaz perfil, pero luego se muestran muy fracturadas, en tanto que hay algunas líneas de nieve o hielo que merece escalar para alcanzar la cima. Se ha llegado a ella sólo dos veces: en 1980 lo lograron los sudafricanos Paul Fatti, Geoff Pallister, Richard Smithers, probablemente por el Norte y por el mismo canal de nieve seguido por nosotros en 1985 (que ignorábamos haber sido precedidos). En el descenso, cruzamos por la cresta, con algunos breves tramos de escalada, también las tres cimas que cierran por el Norte el valle del Río Penitentes por el cual habíamos subido. Pero es en la cabecera del valle del Río Lácteo donde se hallan las dos montañas más hermosas. Una se llama, sin más, Cerro Hermoso, y merece plenamente el nombre por la armonía de sus formas. La otra fue llamada Twin Peak por sus primeros escaladores, pero para evitar homonimias con el ya demasiado difundido topónimo "Mellizos" hemos propuesto denominarla "Dos Picos".

La primera ascensión a esta montaña con dos puntas, de 2.275 metros de altura, fue realizada por los sudafricanos Richard Hoare y Greg Moseley, quienes en 1977 escalaron la punta Este. La punta Oeste fue alcanzada también por sudafricanos en 1980: la lograron Paul Fatti, John Moss, Richard Smithers y Geoff Pallister. Nosotros llegamos en tercer término, habiendo subido por la cresta Oeste del Paso Hermoso. Posteriormente el "Dos Picos", que muestra hacia el Sur algún espolón de roca no muy sólida y una pared cubierta de hielo, ha sido visitado algunas veces más. Por la pared de hielo subieron en 1987 Alberto Rampini y Davide Brighenti; por el espolón Sudoeste, con salida sobre la cresta Oeste (III, IV, grado y un paso de V) ascendió, en la misma temporada, una expedición turinesa con C. Rabbi, F. Ribetti, L. Castaglia y otros.

El Cerro Hermoso lo es en realidad solamente si se lo mira desde el Sur, porque la vertiente opuesta, expuesta al sol, es, más que todo, detrítica. Pero la vertiente que mira al Río Lácteo ofrece bellas líneas de hielo y algún espolón rocoso para alcanzar sus cimas. La principal, en el centro, ha sido escalada siguiendo una canaleta de hielo, con inclinación de hasta 60 grados, por los argentinos Guillermo Viciro, Héctor Cuiñas y Jorge Jasson en 1976. No se conocen los primeros que ascendieron a la más accesible cima Este, que presenta con todo diversas posibilidades de variantes de ascenso a lo largo de su articulada pared de hielo. Por cierto la escalaron los sudafricanos en 1977 y 1985, nosotros en 1985, y en 1986 los argentinos Cristina Agúed y Eduardo Tarditti. Se trata de la meta secundaria más atrayente de la zona, y ha recibido seguramente otras visitas, entre las cuales la de la citada expedición turinesa.

Después hay alguna cima curiosa, como la Chimenea (2.056 metros), torrecilla basáltica que se asoma un centenar de metros sobre la alta cuesta detrítica a espaldas del Puesto San Lorenzo, que se destaca desde lejos en el panorama. La hemos escalado en 1986, y es un lugar ideal de mira para observar el vuelo de los numerosos cóndores de la región. La cuenca del Lago Belgrano (a una altura de 800 metros) ofrece más atracciones naturales que montañistas, y no por nada se ha establecido allí en 1937 el "Parque Nacional Perito Moreno", de 115.000 hectáreas, de las cuales 30.500 de reserva, donde está permitido un limitado aprovechamiento pastoril y donde subsisten cuatro estancias. La zona ha sido progresivamente abandonada en los años setenta; el pequeño viejo hotel está destruido, y quedan como recuerdo sólo tres tumbas y cuatro chapas. Algún puente se ha convertido en ruinas, y, en conjunto, esta faja cordillerana está menos atendida que hace unos treinta años.

Pero el aspecto ambiental del Parque Perito Moreno merece que tampoco los andinistas lo dejen de lado. Las montañas se reflejan en ocho lagos, cuyas aguas fluyen en parte hacia el Atlántico y en parte hacia el Pacifico; a lo largo del Río Roble se encuentran pinturas rupestres; la riqueza de fósiles es tal que una playa del Lago Belgrano está prácticamente constituida por amonitas; boleadoras y flechas de obsidiana permanecen esparcidas como testimonio de un antiguo territorio de caza, donde hoy guanacos, zorros y felinos viven casi en paz.

Una ascensión fácil al punto panorámico del Cerro León (1.434 metros) o a la Sierra Colorada (unos 1.200 metros) ofrece una idea global de este típico territorio interno cordillerano. Enteramente en tierra chilena se halla el Cordón Cochrane, así bautizado por el Padre De Agostini, que recuerda el nombre de Lord Thomas Cochrane (1775-1860), marino británico expulsado de Inglaterra y que participó en las campañas libertadoras del Pacifico Sur. Este cordón secundario delimita al Noroeste el gran Glaciar Calluqueo y muestra diversas altas cimas nevadas con elegantes líneas de cresta y algunas torres de cuarcita y esquistos negros. En 1967 los chilenos Eduardo García, Luis Latorre y Erling Villalobos escalaron la Torre Norte del Cochrane (2.520 metros, tal vez menos). En 1971 los neocelandeses Peter Barry y Bill Stephenson ascendieron a otras cuatro cimas de este cordón. En 1989, también los italianos G. Borsani y M. Bascialla escalaron una cima de 2.517 metros, por la pared Sur y la cresta Oeste. El Cordón Cochrane se separa del San Lorenzo en la Brecha de la Cornisa y, a primera vista, parece proseguir tambien hacia el Norte. En realidad, de la cresta que después continúa hacia el Norte lo separa el glaciar que, en su parte superior, cruza el itinerario De Agostini al San Lorenzo, glaciar que después se precipita, escarpado, hacia el Oeste. Más allá de este glaciar, se yergue primero el que De Agostini definió como un "bellísimo grupo de pináculos y agujas", seguido por una fila de torres oscuras de andesitas y esquistos, apartadas entre si. El primer grupo de agujas fue dedicado por De Agostini a la memoria del geólogo friulano Egidio Feruglio (1897-1954), que trabajó muchos años para YPF, sobre todo en la Patagonia. A él se debe el primer tratado completo sobre la geología de esa región, publicado en tres volúmenes con el título de "Descripción Geológica de la Patagonia", por cuenta de YPF en Buenos Aires, en los años 1949-50. Sería simpático, además de útil para las referencias andinistas de la región, usar la denominación Cordón Feruglio para toda la cresta que, desde las agujas antes mencionadas, prosigue hacia el Norte para constituir la cresta que separa las cabeceras del Río Tranquilo y del Arroyo San Lorenzo. De cualquier modo, con este pantallazo no se agota la disponibilidad de cimas secundarias que esperan ser descubiertas por los andinistas: el grupo del San Lorenzo oculta aún alguna bella sorpresa en los ángulos recónditos de sus montañas.

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La cumbre principal del San Lorenzo (3706 m) está envuelta por un muro de nubes de tormenta que provienen del Océano Pacífico, cuyos fiordos se hallan apenas unos cien kilómetros más al Oeste.

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En el borde Sur del grupo, camino al Lago Volcán, los amplios valles se abren ya a la atmósfera desolada de las estepas.

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Así se presenta la soberbia mole del San Lorenzo a quien transita la peligrosa ruta entre el Lago Posadas y el Paso Roballos, pero no todos los viajeros reparan en ella. Ni siquiera Bruce Chatwin la menciona en su "best seller" "En la Patagonia"; no obstante haber pasado justamente por aquí.

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El padre salesiano Alberto María De Agostini fue el primero en trazar un mapa detallado de esta región, indicando sus itinerarios de exploración y de conquista.

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El naturalista Clemente Onelli (Roma, 1864 - Buenos Aires, 1924) visitó y describió la zona, pero su nombre nos ha sido transmitido por la Laguna Onelli pequeño y severo espejo cubierto de témpanos, alcanzable por el Lago Argentino desde Calafate y visitado, desde hace unos años, también por los turistas.

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Un estilo de vida que va desapareciendo de lo cotidiano, pero que continúa recordado en los murales de Gobernador Gregores. Hoy el gaucho patagónico no caza más las avestruces con boleadoras; si bien continúa su duro trabajo de cuidar el ganado en los lugares solitarios al pie de la Cordillera.

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Cien kilómetros al Sur de Perito Moreno en el valle del Río Pinturas, hoy accesible también a los turistas, una serie de cuevas muestra pinturas rupestres; sobre todo negativos de manos, que se consideran realizadas ya a partir del 7000 a.C.

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El Cerro Árido en el Parque Perito Moreno, encuadrado por unas características hayas australes; con sus ramas crecidas "en bandera" a causa del viento. Fue escalado en 1955 por los argentinos E. Parusel y L. Herold, que encontraron más dificultades en cruzar ríos y lagos que en alcanzar la cima.

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Sobre la cresta fronteriza con Chile se alzan hacia el Sur más cumbres interesantes. Cerca del Cerro Tres Hermanos; los argentinos G. Maioli y A. Petrelli escalaron en 1983 cerros denominados simplemente con las letras "Q" y "W".

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Numerosas son las fascinantes lagunitas como ésta que se encuentran una después de otra a lo largo del recorrido que lleva de la Estancia El Rincón al Cerro Hermoso. Cada una tiene un color diferente.

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Numerosas son las fascinantes lagunitas como ésta que se encuentran una después de otra a lo largo del recorrido que lleva de la Estancia El Rincón al Cerro Hermoso. Cada una tiene un color diferente.

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Numerosas son las fascinantes lagunitas como ésta que se encuentran una después de otra a lo largo del recorrido que lleva de la Estancia El Rincón al Cerro Hermoso. Cada una tiene un color diferente.

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Despunta el alba sobre la cumbre principal del San Lorenzo, admirada después de una noche de vivac pasada en las pendientes del Cerro Penitentes.

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La cumbre principal del San Lorenzo, con su grandiosa pared Sudeste, que se alza más del 2000 m sobre el glaciar de Lácteo. La cresta Este, de perfil es una de las líneas andinísticas más elegantes de toda la Patagonia.

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Desde el Cerro Dos Picos (2275 m) se observa el perfil del Cerro Hermoso (2500 m), con el San Lorenzo al fondo. Estos cerros menores ofrecen bellas ascensiones e introducen bien en el conocimiento del grupo montañoso.

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Alcanzado el primero hombro sobre el filo de la cresta Este del San Lorenzo, la vista se extiende hacia el Nordeste hasta el Lago Pueyrredón, a lo largo del cual, hasta hace pocos años, se desarrollaba un tráfico fronterizo entre Chile y la Argentina.

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Trazado esquemático del itinerario descubierto y recorrido por el Padre De Agostini durante la primera ascensión al San Lorenzo, en 1943. El campamento de base para la ascensión está situado en los márgenes del bosque, en el valle del Arroyo San Lorenzo, cuyo acceso se torna dificultoso debido a una estrecha garganta del río.

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La solitaria cumbre Sur del San Lorenzo costituye la última elevación de la cadena principal. Presenta una pared Sur que se eleva 1700 m sobre el glaciar cortada por diversos y peligrosos seracs y rodeada por agujas y pilares.

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En el regreso, después de la ascensión por la ruta De Agostini, Cristina Agaed y Silvia Metzeltin se dan vuelta para un último saludo a la cumbre principal del San Lorenzo. El descenso es todavía muy largo, pero la cumbre es ya un recuerdo, y dentro de poco volverá la ventisca.

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Una de las lagunitas buscadas por los flamencos cuando están de paso en el Parque Perito Moreno.

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Una de las lagunitas buscadas por los flamencos cuando están de paso en el Parque Perito Moreno.

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Las salvajes orillas del Lago Belgrano, expuestas al fúrioso viento del Oeste.

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El tipico mal tiempo patagónico obliga muchas veces a vivaquear o a renunciar. Walter Bonatti sonríe después de una noche pasada en la pequeña carpa colgada entre los seracs del San Lorenzo.

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El tipico mal tiempo patagónico obliga muchas veces a vivaquear o a renunciar. Renuncia a la ascensión invernal a lo largo del glaciar Calluqueo.

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El tipico mal tiempo patagónico obliga muchas veces a vivaquear o a renunciar. Apartando con la pala la nieve para mantener libre la entrada en la cueva de hielo excavada sobre la cresta superior del San Lorenzo, único reparo eficaz contra la ventisca.

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Con el buen tiempo el sol puede ser tan fuerte como para obligar a colocar a la sombra el pequeño muro de bloques de nieve alzado para reparar del viento a la pequeña carpa. Al fondo, el Cordón Cochrane.

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En invierno, el uso de los esquíes no sólo es útil, sino que puede procurar emocionantes descensos.

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Desde el Cordón Feruglio, el panorama transmite la severidad y el aislamiento del largo invierno patagónico.

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Para alcanzar la primera espalda sobre el largo filo de la cresta Este del San Lorenzo, es necesario primeramente subir a lo largo de un glaciar y después escalar una escarpada pared de hielo de 400 metros de altura. De la primera espalda a la cima, la cresta presenta muchas cornisas y además hay que superar un desnivel de 1000 metros para alcanzar las torrecillas finales con los hongos de hielo, por detrás de las cuales se llega a la cumbre.

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Un pasaje sobre hielo en la pared del Cerro Hermoso.

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La ventisca obliga a renunciar a una ruta nueva.

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Campamento de base sin pretenciones.

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Enorme hongo de hielo sobre la cresta cumbrera del San Lorenzo.

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Bajo uno de los seracs colgantes sobra la pared de la Cumbre Sur.

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Una bajada esquiando en los flacos del Cerro Villarrica, durante la expedición Hourcadette.

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En la mitad de la pared, durante la primera ascensión a la Cumbre Sur.

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Subiendo por la cresta Oeste del Cerro Dos Picos; pocos metros por debajo de la cumbre panorámica. El Paso Hermoso, situado debajo, permite una buena comunicación entre el Rio Lácteo y el Rio Oro.

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Vista desde el Cerro Dos Picos hacia las cadenas septentrionales del grupo. Esta cima ha sido escalada varias veces por andinistas que tenían su campamento de base en el valle del Rio Lácteo.

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El Cerro Hermoso visto desde el Sudeste merece su nombre y ofrece diversas ascensiones de dificultad media. La otra pendiente, muy expuesta al sol, es detrítica y poco atractiva.

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El cóndor ha venido a ver qué hacen los andinistas; y regresa volando hacia el San Lorenzo. Debe haber comprendido que ellos aman, como él, esta naturaleza salvaje. Sólo que para llegar hasta donde él lo hace con pocos golpes de ala, ellos requieren hasta cinco días de escalada.

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