La conquista del hielo continental

El Hielo Continental Sur es el gran glaciar que ocupa buena parte de la punta meridional de América Latina y que se extiende al oeste de la Cordillera Patagónica Austral y, en consecuencia, se encuentra prácticamente casi todo en territorio chileno. La inmensa extensión helada tiene una longitud de cerca de 400 kilómetros y una anchura que varía entre 50 y 80 kilómetros. Su comienzo se ubica oficialmente a 48° 15' de latitud, cerca del fiordo Calen del Canal Becker al norte, en tanto que el término meridional se ha fijado a los 51° 40' de latitud, empalmando con el comienzo de una cadena casi inexplorada de montañas que forma la península Sarmiento y, por lo tanto, aún más al sur del fiordo Última Esperanza del Canal Unión.

Si bien tales coordenadas se corresponden con las de Basilea (alrededor de 48°) y Berlín (alrededor de 52°) en el hemisferio boreal, el clima es decididamente diverso. Vientos occidentales fuertísimos se desencadenan casi cotidianamente y durante buena parte del año con velocidades a menudo superiores a los 150 km. por hora. A los vientos se agregan violentísimas perturbaciones grávidas de la humedad recogida en el Pacífico, que se descarga en forma de nieve ante el primer obstáculo que se presenta, es decir, la Cordillera. Esta situación, con el mal tiempo que puede durar un mes o más, es la que hace de las montañas patagónicas una de las pruebas más severas para los montañistas, a pesar de la altura de las cimas, que es aparentemente modesta. Pero el desafío ambiental alcanza su mayor grado justamente sobre el Hielo Continental, donde surgen incontenibles las perturbaciones, donde la niebla transforma en potenciales trampas a los grandes altiplanos helados que lo componen y donde porciones de territorio aún inexploradas aumentan las incógnitas de la travesía.

Esta primera y sumaria descripción nos sirve como introducción a una de las áreas menos conocidas de la tierra, todavía hoy meta de exploradores y soñadores en busca de nuevas y fuertes sensaciones y de un contacto real y directo con la naturaleza salvaje. Pero antes de adentrarnos en la historia explorativa de las extensiones de Hielo Continental, tratemos de completar su descripción geográfica. Tal extensión helada está en realidad compuesta por dos grandes masas separadas entre sí por un profundo brazo de mar. Al norte, más pequeño, pero con cumbres muy importantes, se halla el Hielo Continental Norte, dominado por el macizo del Monte San Valentín, la más alta cima de la Patagonia, con sus 4.058 metros (esta cota es, para algunos estudiosos, excesiva respecto de una altura más modesta, de 3.976 metros, medida por el explorador Otto Nordenskjold en 1921 y reiterada por Louis Llilboutry en 1956, lo cual, no obstante, no invalida su primacía como cumbre mayor de la cordillera austral). Las formaciones del Hielo Continental Norte van degradando hacia el sud hasta casi llegar a los bordes del Canal Becker, complejo y grandioso brazo de mar de la orilla del Pacífico, que se insinúa por muchos kilómetros en estas landas desoladas con un laberinto de fiordos a menudo engañadores. Justo sobre la orilla septentrional de uno de éstos, el fiordo Calen, surge la última avanzada humana organizada: la pequeña colonia de Caleta Tortel, con sus quinientos habitantes, sus casas de madera y sus larguísimas pasarelas que las unen por sobre el mar. Una buena lancha, en condiciones óptimas de mar, emplea siete horas de navegación para alcanzar la orilla opuesta del fiordo Calen y, allí, el comienzo del Hielo Continental Sur, que está constituido por el grandioso glaciar Jorge Montt. Alrededor de 40 kilómetros más al sur, encima del Jorge Montt, se inicia la vasta sucesión de mesetas heladas que se prolongan por toda la longitud del Hielo Continental, desbordando al este y al oeste con larguísimas y complejas lenguas de hielo que descargan respectivamente hacia los grandes lagos de la vertiente argentina y hacia los estrechos fiordos de la costa que mira hacia el Pacífico. El total de la superficie cubierta por los hielos ha sido estimado en cerca de 20.000 km. cuadrados, subdivididos en el área central propiamente dicha, la de las mesetas, que equivale a 14.000 km. cuadrados, y el área periférica, constituida por las lenguas laterales y por los territorios circundantes cubiertos en gran parte por florestas y montañas. La cota media de altura del casquete interno es de unos 1.500 a 1.700 metros.

Si bien sería interesante describir también el sector septentrional del Hielo Continental, nuestro trabajo se refiere a las expediciones que en diversos momentos han intentado, a veces con éxito, atravesar el Hielo Continental Sur ya sea en sentido longitudinal o transversal. El primer encuentro con la grandiosa masa de hielo se debe situar en el año 1557, cuando el capitán Juan Fernández Ladrillero, al frente de una flotilla de exploración encargada por el gobernador de Chile don García Hurtado de Mendoza de verificar la ruta occidental hacia el Estrecho de Magallanes, fue obligado por una tempestad a separarse del resto de las naves. Su carabela "San Luis" se perdió en el laberinto de canales y fiordos formados por el vasto archipiélago que en estas regiones se antepone a la tierra firme. El 4 de diciembre los navegantes se encontraron en un brazo de mar que se insinuaba con dirección principal este-nordeste en la tierra firme. Entrados en el largo fiordo, de pronto apareció ante sus ojos un escenario grandioso constituido por montañas y hielos que parecían originarse en una región de nieves eternas tan vasta como jamás se había visto.

Solamente varios siglos después este fiordo volvió a ser recorrido por geógrafos de la marina británica y fue bautizado fiordo Eyre. En otras tres ocasiones Ladrillero halló el modo de acercarse a las heladas regiones internas y a diferentes grados de latitud. Concibió entonces la idea, no errónea, de que todo aquel vasto sector de la Patagonia estaba recubierto de hielos, y llamó a tal área "Sierra Nevada". Tal es la verdadera denominación primera de lo que después se conocerá como Hielo Continental Sur. A partir de este momento, serán muy numerosos e ilustres los exploradores que por tierra, pero más a menudo por mar, se acercarán a los desconocidas regiones internas, contribuyendo una y otra vez a un conocimiento siempre mejor de los accesos y de las zonas limítrofes. Cortes de Oeja, Antonio Viedma, James Kirke, Francisco Pascasio Moreno (el perito Moreno), Hans Steffen y Ricardo Michelí son sólo algunos de estos audaces exploradores cuyas observaciones fueron de gran ayuda para la tentativa de una primera y más profunda penetración en el interior.

EN BUSCA DEL VOLCAN MISTERIOSO

Casi todos los exploradores habían hablado de penachos de humo que provenían de una probable actividad volcánica y que se alzaban en diversas zonas del interior. El Perito Moreno identificó directamente tal fenómeno geológico con la bella pirámide montañosa que los indios tehuelches llamaban Chalten y que él rebautizó Volcán Fitz Roy. Si bien esta montaña muy pronto se revelaría de otra naturaleza, muchas eran las evidencias de que en alguna parte del interior debía ocultarse por lo menos un volcán. Durante muchos años, hasta la expedición organizada por el británico Shipton, la búsqueda del volcán misterioso fue una de las principales motivaciones que llevaron a explorar el Hielo Continental. Junto a este aliciente, se señala también el surgido del propósito de solucionar un segundo misterio geográfico: la búsqueda de una supuesta vinculación entre el Lago Argentino y el fiordo Peel. Si bien pronto se comprendió que tal pasaje no existía, algunos exploradores y estudiosos continuaban convencidos de tan mítica y fascinante hipótesis. Entre ellos se recuerda a Clemente Onelli, quien en 1895 afirmó finalmente haber descubierto el mítico vínculo al recorrer en parte un curso de agua al que bautizó Río Gordian. Un posterior reconocimiento, conducido en 1877 hasta el fondo del fiordo Peel por el Capitán de la Armada de Chile Alberto Fuentes, disipó definitivamente este misterio al demostrar que no existía ningún punto de pasaje hacia el este. La primera tentativa concreta de penetrar en el corazón del Hielo Continental se registra en 1914 por obra del naturalista Federico Reichert, alemán naturalizado argentino. Reichert fue invitado a participar en una expedición al Hielo Continental Norte por su colega Cristóbal Hicken, botánico y catedrático de la Universidad de Buenos Aires. Por varias razones, el objetivo fue después desplazado al Hielo Continental Sur.

La expedición, que después fue conocida como "Comisión Flora Argentina", partió del puerto de Santa Cruz el 26 de enero de ese año, dirigiéndose hacia la cordillera. El 15 de febrero los hombres estaban frente al gran glaciar Perito Moreno, dispuestos a comenzar el trabajo. Doce días más tarde, un grupo de exploradores comandados por Reichert se dirigió hacia el interior, habiendo partido de un campamento ubicado en el borde izquierdo del glaciar Perito Moreno. Después de una larga y difícil marcha de cerca de treinta kilómetros, el equipo logró alcanzar la línea principal de división de las aguas en un amplio desfiladero, que después tomaría el nombre de Paso Reichert. En el curso de la expedición fue reconocido también ese particular tipo de glacialismo que Reichert calificó como "patagónico", esto es, la formación de inmensas lenguas de hielo que, como rayos, parten de una cuenca de alimentación única formada por un inmenso altiplano interior.

En el verano austral de 1915-16 partió hacia el Hielo Continental una gran expedición de la Sociedad Científica Alemana de Buenos Aires, con propósitos de investigación en los más variados sectores vinculados al naturalismo y la geografía. Una vez más el objetivo era, con todo, lograr atravesar la cordillera buscando una zona libre de hielos. Los exploradores estaban en efecto convencidos de que al poniente de Lago Viedma podía existir una vasta zona de planicie, con bosques y prados, fácilmente transitable. Por ese camino se habría podido alcanzar fácilmente el fiordo Eyre.

La primera fase de la expedición, la explorativa, fue conducida por el geólogo Lutz Wittle, por el químico Alfredo Koelliker y por el fotógrafo y pintor Hans Jorgensen, ayudados por algunos campesinos en calidad de cargadores. Fue explorado el valle del Río Túnel, y el 3 de febrero de 1916 se estableció un campamento de base sobre la morena derecha del glacial Túnel, a una cota de 767 metros. El día 3 de marzo, después de un largo lapso transcurrido en la investigación y recolección de datos científicos, Koelliker y Wittle, con dos ayudantes, Silberman y Diener, decidieron realizar un intento de travesía este-oeste del Hielo Continental. Seis días después de su partida, los exploradores alcanzaron el casquete de la meseta de hielo, en un amplio desfiladero que marcaba el punto de origen de cuatro distintos glaciares y que fue inmediatamente bautizado Paso de los Cuatro Glaciares (después rebautizado Paso de los Cinco Glaciares por el Padre De Agostini). Tomando en cuenta los medios, los equipos de que entonces se disponía y la casi total inexperiencia de los exploradores ante los obstáculos de la región, se trata de una gran empresa. Gracias a ella fue definitivamente posible establecer que el Hielo Continental Sur se extiende ininterrumpidamente cerca de 400 kilómetros y está constituido por una serie de mesetas ligadas entre sí que forman una suerte de casquete interior del cual descienden al este y al Oeste grandiosas lenguas de hielo.

LAS EXPLORACIONES DE 1920 A 1940

Estos primeros ensayos explorativos, por lo demás bastante significativos y coronados por el éxito, establecieron el punto de sustentación para nuevas y mejor preparadas exploraciones del interior, que tuvieron como protagonistas al padre salesiano Alberto María De Agostini y nuevamente a Federico Reichert. Las primeras exploraciones de De Agostini remontan a 1928, cuando, cerca de fines del año, halló la manera de adentrarse en los fiordos Eyre y Falcón, y realizó algunas ascensiones menores con el fin de poder tener una mejor visión de la zona interior. Del 1930 data la exploración del sector oriental cordillerano correspondiente a los brazos Mayo y Norte del Lago Argentino. En compañia del geólogo Egidio Feruglio, De Agostini alcanzó la cima del Monte Mayo, pudiendo finalmente reconocer todo un sector del interior ubicado entre los que habían sido anteriormente recorridos por Reichert en el sur y por Koelliker en el norte. Pero data de 1931 la que puede considerarse como la mayor empresa del sacerdote italiano sobre el Hielo Continental. El 24 de enero, con sus guías y Feruglio, siguiendo el glaciar Upsala y continuando con tiempo favorable hacia el oeste, los exploradores inician su aventura, que concluirá virtualmente cuando alcanzarán la cima del Monte Tormo, desde donde habrían de divisar las aguas del Pacífico. En 1933 retorna también Reichert a la región, con una expedición de la Sociedad Argentina de Estudios Geográficos GAEA con el objetivo de reconocer los territorios que se extienden al sudoeste del Lago San Martín: junto a Reichert participaban los estudiosos Ilse von Rentzell, Juan Neumayer y Arturo Donat.

El 3 de febrero de 1933 el grupo se hallaba ya sobre las mesetas heladas interiores del Hielo Sur, que habían alcanzado recorriendo la orilla derecha del glaciar O'Higgins. Excitaron aún más los ánimos en favor de la exploración los testimonios ulteriores de actividad volcánica que recibieron de los colonos establecidos sobre las márgenes del Lago San Martín. Resistiendo las terribles adversidades atmosféricas, el grupo se mantuvo a la espera de una mejora del tiempo y, cuando ésta finalmente llegó, pudo dirigirse hacia el sudoeste, rumbo a una cadena montañosa que De Agostini llamó Pío XI y que, a causa de las emanaciones sulfurosas cuyo olor era llevado por el viento, se interpretó como un probable volcán. Después de una marcha agotadora, los exploradores llegaron por fin al pie de la montaña y pudieron comprobar cómo sus laderas presentaban diversas fumarolas activas. Se descorría así el velo que durante muchos años había cubierto el secreto del volcán misterioso oculto en las regiones interiores. Lo más sorprendente es que, sin embargo, Reichert no mencionó jamás oficialmente tal descubrimiento, y ni siquiera dio la posición geográfica del volcán.

De tal modo se explica el hecho de que aún muchos años después los exploradores patagónicos, a partir de De Agostini, continuaron obstinándose en la búsqueda del fantasmagórico volcán, búsqueda que concluyó tan solo treinta años más tarde con el redescubrimento del mismo hecho por Sir Eric Shipton. De las laderas del volcán, Reichert y sus compañeros avanzaron aún más, hasta alcanzar la línea de separación de las aguas, y de allí regresaron, no sin grandes fatigas y peligros, hacia el campamento de base, En conclusión, el reconocimiento explorativo podía considerarse un éxito: habían sido descubiertas tres nuevas cadenas montañosas, entre las cuales una que tomó el nombre de GAEA, y había sido descubierta otra vasta meseta interior, cuenca de alimentación de muchos de los glaciares septentrionales, que fue bautizada Corredor Hicken. Finalmente, habían sido localizados dos focos de actividad volcánica. Posteriormente se registraron algunos otros ensayos de exploración por parte de De Agostini destinados a completar el conocimiento general de tan vasta región. En 1935, en el curso del reconocimiento de las laderas del Fitz Roy, el salesiano recorrió también el valle del Río Eléctrico y, habiendo atravesado el Paso Marconi, alcanzó el Paso de los Cinco Glaciares. En esta ocasión fueron reconocidas y bautizadas dos cadenas montañosas, avistadas ya en las precedentes expediciones de Reichert, el cordón Pío XI y el cordón Marconi. Fue durante esta expedición cuando también De Agostini se halló ante las evidencias geológicas de la presencia de uno o más volcanes que se ocultaban en las zonas interiores. Las dos sucesivas campañas de exploración del misionero italiano, en 1937 y en 1940, tuvieron como escenario la región septentrional del Lago San Martín mientras que otra fue cumplida en 1944 en el sector de la Bahía Mayo del Lago Argentino. En esta última ocasión fue reconocida la gran lengua de un glaciar que De Agostini bautizó Ameghino.

LAS EXPLORACIONES DESDE 1950 A 1980

Con las últimas exploraciones de Reichert y De Agostini se puede decir que concluye la época de los pioneros y de las expediciones románticas sobre el Hielo Continental. La señal de que algo estaba cambiando aun en torno a las misteriosas regiones patagónicas fue clara e inequívoca: entre los años 1944 y 1945, por comisión del gobierno chileno, la aeronáutica estadounidense inició el trabajo de relevamiento aerofotogramétrico de toda la región meridional. Con esta operación prácticamente desaparecía toda incógnita que aún pudiese subsistir, pero, si por un lado ello podía ser criticable porque sustraía parte del aura romántica a las futuras empresas, por otra resultó extremadamente útil, sobre todo para los estudios geológicos y geográficos.

De cualquier modo, éste no podía ser motivo para descorazonar o reducir las investigaciones realizadas directamente sobre el terreno, que, más bien, se enriquecieron con nuevas motivaciones. El nuevo ciclo de exploraciones fue iniciado por Héctor Gianolini, socio del Club Andino de Bariloche, quien, junto con John Mercer, concibió una expedición con el propósito de atravesar el Hielo Patagónico Sur. Obtenido el patrocinio de la Sociedad Científica Argentina, en enero de 1949 los dos intentaron la travesía siguiendo las trazas de la expedición Reichert de 1916. Desafortunadamente, habiendo alcanzado el Paso de los Cinco Glaciares, fueron obligados a retornar a causa del persistente mal tiempo. Una tentativa posterior, penetrando por el glaciar Upsala, dio el mismo resultado. El problema de la travesía completa interesaba mucho, ya que efectivamente De Agostini no había alcanzado el lado occidental, si bien se había acercado a él hasta el punto de poder ver los fiordos de la costa desde la cumbre del Monte Tormo. Con tal fin, en 1952 se organizó la "Expedición Argentina al Hielo Continental", bajo la dirección de Bruno Guth. La línea elegida para la travesía partía del Lago Viedma y terminaba en el fiordo Exmouth, pero junto al objetivo principal había otros de tipo científico.

El grupo seleccionado para la travesía estaba compuesto por expertos montañistas comandados por el mayor del ejército Emiliano Huerta. Lo integraban Mario Bertone, Arrigo Bianchi, Folco Doro Altan y Antonio Ruiz Beramendi. La marcha comenzó el 4 de febrero y, atravesado el Paso Marconi, el día 16, al caer la tarde, al disolverse la niebla que envolvía al grupo, fue posible darse cuenta de que el empeño se había logrado: el fiordo Exmouth estaba a la vista. Huerta escribió: "No faltó mucho para que cayéramos de rodillas ante aquella radiante aparición, pero nuestros labios sí alcanzan a musitar las gracias a Dios. Temblando de excitación vemos las aguas castigar la costa e infinita cantidad de cascadas cubiertas de inmensos bosques de hayas. Oh, cielo! Aquello sí que era toda la promesa que puede encerrar un paraíso. Después de marchar y vivir tantos días sobre el hielo, con su hermosa pero horrible blancura, aquello era sinónimo de inefable bienestar". Durante la travesía habían sido recorridos cerca de 60 km. en dirección general este-oeste, yendo por los pasos Marconi y Moreno y alcanzando la cuenca de alimentación del glaciar Pío XI, donde el rumbo tomó hacia el sur. El mismo recorrido sirvió para el retorno, que concluyó felizmente el día 23 de febrero. Durante la travesía fue ubicada correctamente la cadena Pío XI, se recorrió por primera vez la vasta meseta que fue bautizada Caupolicán, y recibió el nombre de Lautaro la montaña que después resultaría el volcán por todos buscado y que había sido avistado por Reichert.

De carácter deportivo fue también la travesía proyectada por el explorador y oficial británico Harold William Tilman con el patrocinio de la Royal Geographical Society. Junto con sus compañeros Charles Mariott y Jorge Ramírez, chileno, Tilman inició la travesía partiendo del oeste y, más precisamente, del fiordo Calvo. Los primeros días de 1956 encuentran al grupo empeñado en remontar el glaciar Calvo; la travesía, obstaculizada a veces por ventiscas imprevistas prosiguió con todo bastante bien, y el día 13 los hombres se hallaron en la base del cerro Cervantes, ya claramente en el lado oriental del Hielo Continental. Cinco días más tarde la empresa concluía después de la bajada del glaciar Moreno, sobre las riberas del Lago Argentino. El viaje de retorno hacia el fiordo Calvo duró unos diez días. Entre los años 1957 y 1959 se registran diversas expediciones, entre las que vale la pena recordar la chileno-japonesa a los Andes Patagónicos y la promovida en 1959 por el Centro Andino de Buenos Aires, mejor conocida como Expedición Polaca por la nacionalidad del jefe, Jorge Peterek. El resultado de tal experiencia fue particularmente importante por cuanto comportó el reconocimiento del área ignota de los glaciares Frías, Cubo y Dickson. Sobre las morenas de este último glaciar fue hallado también un curioso afloramiento petrolífero. También de 1959 es un gran emprendimiento del cual poco se conoce pero que debemos sin más poner en evidencia: el primer recorrido parcial de norte a sur del Hielo Continental Sur, cumplido por H. Corbella, J. Marticorena y L. Costas en la región comprendida entre los lagos San Martín y Viedma.

LAND OF TEMPEST - LOS AÑOS DE SIR ERIC SHIPTON

Seguramente una de las figuras más representativas del montañismo y de la exploración británicos, Sir Eric Shipton, fue durante muchos años atraído por las cumbres del Himalaya. Tan solo después de cumplir el medio siglo se dedicó a las expediciones patagónicas y, como él mismo dice: "Había celebrado mi quincuagésimo cumpleaños en el Karakoram. Fue sin duda este melancólico acontecimiento que señaló en mí la urgencia de preparar los planos definitivos para una expedición en la Patagonia." En 1958 Shipton realizó así una primera visita a estas tierras con el patrocinio del Museo Británico y con sus compañeros Geoff Bratt, John Mercer, Peter James y Peter Miles. Más tarde se unirían también al grupo dos argentinos: Barny Dickinson y John Cotton.

La permanencia de los exploradores se prolongó varios meses, en el curso de los cuales fueron realizadas diversas tentativas de exploración y se recogieron numerosos datos botánicos y geológicos. Las zonas frecuentadas fueron las del Lago Viedma, con el glaciar homónimo, y las del Lago Argentino, con penetraciones en la bahía Mayo, en su glaciar y en el glaciar Upsala. Durante el reconocimiento del glaciar Viedma los ingleses lograron también alcanzar las laderas del supuesto "Volcán Viedma", identificado como tal por el geógrafo chileno Luis Llilboutry, pero que en realidad resultó ser una formación montañosa carente de toda actividad volcánica (no era otra cosa que el afloramiento rocoso hoy conocido como Nunatak Viedma).

Entre fines de 1959 y los primeros meses de 1960 Shipton regresó a la Patagonia con la intención de dedicarse a la caza y al definitivo reconocimiento del fantasmagórico volcán que debía ocultarse en las regiones interiores. Siguiendo las indicaciones de los exploradores que lo precedieron, eligió para operar la región del Lago San Martín. Con él estaban Jack Ewer, Peter Bruchausen, Peter y Martha Miles y W. Ellery Anderson. La exploración tuvo comienzo el 4 de enero de 1960, y partió de la costa del brazo sur del Lago San Martín. El 19 los ingleses habían alcanzado los bordes de la meseta, dispuestos a internarse en ella. El tiempo favorable permitió una óptima visión de las montañas que dominaban el Hielo Continental, y fue observando hacia el oeste, en dirección de la cadena Pío XI, que Shipton y sus compañeros pudieron divisar, sobre las laderas del cerro Lautaro, una grieta de la cual salía una espesa columna de vapor que ascendía hacia el cielo varios centenares de metros. ¡El volcán tan buscado por todos era sin duda ese!

Al día siguiente los exploradores alcanzaron las laderas de la montaña y pudieron comprobar desde más cerca la existencia de actividad del magma; no obstante, el mal tiempo no permitió calcular la exacta posición geográfica del monte. Con todo, estaba ya bien identificado. Las anteriores experiencias patagónicas habían enriquecido hasta tal punto la práctica del explorador británico que muy pronto decidió organizar una ambiciosa expedición con el fin de recorrer todo el inexplorado sector septentrional del Hielo Continental Sur. La intención de Shipton era efectuar una travesía norte-sur que, partiendo del glaciar Jorge Montt, llegara hasta las riberas del Lago Argentino. Se trataba sin duda de una gran aventura, similar en muchos aspectos a las realizadas sobre los casquetes polares por otros célebres exploradores y con los mismos problemas y las mismas incógnitas, pero con el agregado de las condiciones meteorológicas, que sobre el Hielo Continental, son siempre bastante cambiantes. Como primera medida, Shipton eligió los compañeros que consideraba más capacitados: su compatriota Jack Ewer y los chilenos Eduardo García, excelente montañista del Club Andino de la Universidad de Chile, y el glaciólogo Cedomir Marangunic. Se trataba, pues, de una expedición anglo-chilena. Los problemas por resolver para una travesía del tipo elegido eran muchos y muy variados. Después de consultar con muchos expertos exploradores polares sobre el mejor tipo de carpas a utilizar, la elección recayó sobre un modelo piramidal para cuatro personas. Muchas incógnitas le presentaba también el tipo de trineo sobre el cual cargar los materiales. Después de muchos titubeos, por fin fue elegido un modelo de "pulka" diseñado por Sir Vivien Fuchs. La Fiberglass Company se ofreció a construir gratuitamente un modelo y... "El trineo llegó a Londres poco antes de la partida de los bagajes. Aparecía como un extraño objeto de color naranja en forma de ojiva; pesaba 35 libras y podía ser desmontado en cuatro trozos que se insertaban uno en otro. Sobre el fondo tenía dos estrechos esquíes de madera para evitar que se ladeara." Extrañamente, aun cuando ya se lo habían planteado, los exploradores decidieron no llevar los esquíes, y optaron por los barajones para nieve. Finalmente, Shipton estudió también una dieta que aseguraba alrededor de 4500 calorías diarias para cada miembro de la expedición y que estaba compuesta por azúcar, avena (quaker), bizcochos, carne seca, manteca, queso, leche en polvo, chocolate con ron, sopas en polvo y papas en polvo. En total, el peso por transportar había sido calculado en 310 kg., de los cuales 100 de materiales y 210 de provisiones y combustible.

El 10 de diciembre de 1960 el grupo, embarcado en la fragata Covadonga de la armada chilena, zarpaba dirigiéndose al fiordo Calen y a la bahía donde desemboca en el mar el gigantesco glaciar Jorge Montt. Después de haber desembarcado, durante varios días los hombres procedieron a la exploración de los alrededores para hallar una vía fácil que permitiese el acceso a la parte superior del glaciar y, por tanto, al mismo Hielo Continental. Una vez hallado el camino, día tras día el material fue transportado hacia la parte alta del glaciar Jorge Montt, y el 12 se iniciaba la aventura. Durante un buen trecho, las condiciones de la nieve y el peso excesivo de la "pulka" obligaron a un duro trabajo de pequeños avances y retrocesos y a una marcha agotadora interrumpida por descansos de cinco minutos por cada veinte de camino. El 2 de enero la expedición alcanzó una latitud correspondiente a la del cerro O'Higgins y del volcán Lautaro, zona bien conocida por el jefe del grupo. Desafortunadamente, el mal tiempo impidió la vista del volcán y obligó a una prolongada detención. El día 20, por fin, era alcanzado el islote rocoso del Nunatak Viedma, y durante tres días la expedición lo utilizó como campamento de base para efectuar investigaciones y relevamientos en la zona.

El 23 de enero, retomado el camino en medio de una furiosa ventisca, fueron alcanzadas las laderas del cerro Don Bosco, que fue escalado al día siguiente con tiempo espléndido y visibilidad excepcional. Poco después fue intentado también el escalamiento del poderoso cerro Murallón, cuya cima no fue alcanzada, faltando apenas siete metros, a causa de la violencia de una tempestad de viento y nieve que se había levantado, imprevista y temible. Había llegado, empero, el tiempo de concluir esa larga "vacación" y así la expedición, penetrando por el vasto glaciar Upsala, se dirigió hacia la estancia Cristina, a la que arribó el 30 de enero. Ese día terminaba la empresa más emocionante y grandiosa jamás cumplida en las tierras patagónicas y sobre el Hielo Continental Sur. La aventura de Shipton y sus compañeros abría los horizontes para otras interesantes exploraciones y atraía el interés de muchos hacia el Hielo. En los dos años siguientes se organizaron diversas expediciones conducidas, tanto en verano como en invierno, con fines geográficos, de conocimiento o puramente montañistas.

LAS NUEVAS TENTATIVAS

Todas estas experiencias prepararon el terreno para un nuevo y gran desafío humano en aquellas desoladas landas de hielo. Después de que en 1961 Carlos Sonntag y Teodoro Sifuentes, miembros de una expedición de 12 hombres, alcanzaron, en una primera penetración invernal, el Paso de los Cinco Glaciares, se produjo la primera tentativa, en invierno, de travesía oeste-este, organizada por el Club Andino de Chile. Sus objetivos eran recoger experiencias sobre como sobrevivir en una época tan negativa y en una zona tan hostil y, de ser posible, efectuar la travesía del mismo Hielo Continental en una región poco conocida del norte, comprendida entre el fiordo Témpano y el Lago O'Higgins (San Martín). Formaban parte del grupo Claudio Lucero, jefe de la expedición, César Vásquez, Esteban Siquez y Fernando Fuentes.

Se poseen pocas noticias acerca de cómo fue conducida esta travesía, que, de cualquier modo, concluyó con éxito y preparó el terreno para una nueva expedición chilena, promovida esta vez por la Asociación Universitaria de Andinismo. Inspirador y jefe del nuevo equipo fue Eduardo García, un veterano del Hielo Continental. Junto a él estuvo otro gran experto, Cedomir Marangunic, así como el médico Alvaro Yañez y el capitán del ejército René Martínez. Gracias a una embarcación de la Armada de Chile, la expedición hizo pie en el fiordo Exmouth a fines del mes de noviembre de 1963. Después de haber transportado los materiales sobre los bordes del altiplano, los hombres tomaron la dirección sudoeste-nordeste, triunfaron en su empeño y llegaron hasta el Lago Argentino. El día 15 enero estaba el grupo de nuevo sobre las orillas del fiordo Exmouth. A fines de los años sesenta aparecieron también sobre el Hielo Continental los montañistas japoneses, famosos por haberse probado en todas las montañas del mundo, concibiendo itinerarios muy peligrosos y dejando allí muchos muertos. En el verano de 1969 operaron sobre el Hielo Continental dos grupos separados: uno, guiado por Chotoro Nakasima, de la Universidad de Kioto, realizó investigaciones sobre el glaciar Pío XI, mientras que el otro, organizado por el Rokko Gakuin Alpine Club, llevó el propósito de realizar una travesía oeste-este partiendo del fiordo Exmouth para llegar al glaciar Upsala.

Este último grupo estaba capitaneado por H. Sakagami. Participaron, además, I. Ikawa, S. Iwata, M. Maekawa y K. Matsunaga. La expedición partió de Puerto Edén y desembarcó sobre la costa septentrional del fiordo en los primeros días de enero. El día 8 inició la larga marcha, que lo fue sin duda, ¡ pues requirió días de camino! Tan prolongado recorrido para un trecho de "solamente" 80 kilómetros debe ser imputado a las condiciones meteorológicas particularmente adversas que la expedición encontró a lo largo de todo el trayecto. Los japoneses estaban provistos de esquíes y trineos, y transportaban cerca de 600 kg. de equipos y víveres. Recorrido el glaciar, llegaron a la vasta meseta Caupolicán y prosiguieron hacia el este, hasta que, el día 5 de febrero, llegaron a un paso situado entre el cordón Mariano Moreno y el cordón Risso Patrón, que fue bautizado Paso Rokko. Después de haber escalado una de las cimas que componen el Risso Patrón, continuaron la marcha y, siempre azotados por ráfagas de nieve y viento, el 2 de marzo alcanzaron la cuenca de alimentación del glaciar Upsala. El día 7 la aventura concluía felizmente en la estancia Cristina: a cada miembro sólo le quedaban 9 kg. de víveres y equipos. Calculando que fueron instalados once campamentos y también teniendo en cuenta algunos días dedicados a escalar una de las cimas del Risso Patrón, es fácil darse cuenta de cuántos días de descanso forzado transcurrieron en las carpas a causa del mal tiempo.

En 1971 otra expedición japonesa dirigió sus miras hacia el inexplorado sector occidental de la parte central del Hielo Continental Sur. Los japoneses perdieron casi un mes en Santiago para obtener el permiso del gobierno chileno y el apoyo de la armada de Chile. Finalmente, todos los trámites burocráticos fueron resueltos y el grupo pudo partir con una nave de la armada. La expedición estaba compuesta por tres hombres, Toschio Takeuchi, Takeo Tsusuki y Takeo Yoshizawa, y era patrocinada por la Universidad de Jochi (Tokio). Con cerca de 800 kg. de equipaje, con trineos pero sin esquíes, los japoneses partieron del fiordo Falcón el 3 de diciembre de 1971. Previamente había sido preparado un depósito de víveres en el fiordo Europa, sobre la plataforma del Hielo Continental, en las faldas de una montaña que fue llamada Cerro Jruka. Sin duda fue una sabia elección que tomaba en cuenta la eventualidad de quedarse con escasas provisiones en el curso de la travesía a causa de un prolongamiento imprevisto. Es ésta la primera vez que se adopta la técnica de los depósitos de víveres, que más tarde hallaremos adoptada también por otras expediciones.

El terreno casi siempre llano que determina una meseta ininterrumpida a lo largo de cerca de 90 km., permitió una travesía bastante fácil pero, también durante esta aventura, el mal tiempo patagónico dificultó no poco la marcha, haciendo temer a los hombres por su vida a causa de un período de insistentes nevadas. Finalmente, con el mejoramiento de las condiciones meteorológicas, se elevó la moral y la travesía concluyó virtualmente el 23 de enero cuando alcanzaron el depósito del Cerro Jruka. Para realizar estudios y reconocimientos la expedición se detuvo en la zona hasta el día 17 de febrero, y luego retornó a Puerto Edén, de donde había partido. La meseta recorrida fue denominada Altiplano Japón. En 1976 se registra la primera travesía invernal longitudinal por obra de un grupo del Club Andino de Bariloche guiado por Pedro Skvarca. El recorrido siguió una orientación sud-norte, con ingreso por el glaciar Upsala y salida por el Paso Marconi.

Los últimos intentos corresponden finalmente a los neozelandeses, con dos importantes expediciones conducidas en los años 1979-80. Un primer grupo de montañistas neozelandeses, tomando como base el fiordo Exmouth, en el mes de marzo de 1979 realizó numerosas ascensiones a las cumbres vecinas, luego tres de ellos realizaron también una travesía oeste-este del Hielo Continental, desde el río Trinidad al río Eléctrico. De mayor importancia deportiva fue la expedición guiada por Barry Mc Sweeney, que procuraba seguir el recorrido de Shipton en 1960-61, con la ambición de adentrarse aún más hacia el sur para completar la travesía saliendo a la región del Paine y, si fuese posible, al fiordo Ultima Esperanza. Junto al jefe de la expedición estaban Jaquetta Smith, la primera mujer que iba a realizar una travesía del Hielo Continental, Paddy Gresham y Chris Blackman. Dificultados por el mal tiempo, los cuatro marcharon durante cerca de un mes, superaron el cerro Murallón tomando al sudoeste y, habiendo penetrado en la meseta Italia, prosiguieron hasta casi las proximidades del fiordo Falcón. En este punto los neozelandeses decidieron retornar sobre sus pasos y, bordeando el Murallón, salieron, a lo largo del glaciar Upsala, a la estancia Cristina.

LOS PRIMEROS AÑOS OCHENTA Y LA CONTROVERTIDA HAZAÑA DE GIULIANO GIONGO

En los años ochenta las exploraciones en el Hielo Continental sur toman aún más una connotación deportiva, y a veces el desafío en este territorio salvaje y desolado parece estar motivado más que todo por la esforzada búsqueda de la pura hazaña, verdadero objeto de culto de los así llamados "deportes de aventura" que se han impuesto hasta casi en nuestros tiempos. En 1981-82, desde el 10 de octubre al 31 de enero, una expedición japonesa intentó una travesía norte-sur partiendo del glaciar Jorge Montt, pero, a causa de las condiciones del tiempo, y sobre todo del glaciar, tuvo que desistir.

En el verano de 1982-83 hallamos en acción a un equipo francés compuesto por Jean Francois Coste, Thierry Leroy, Denis Ducroz, Bernard Prudhomme, Jean Marc Boivin, Dominique Marchal y Jean Louis Etienne, expertos alpinistas todos y veteranos de empresas de gran aliento. Habiendo partido en un velero desde Mar del Plata, los franceses atravesaron el estrecho de Magallanes y entraron en el Pacífico para alcanzar luego el fiordo Falcón, con la intención de escalar el cerro Risso Patrón. Una serie de dificultades y dos graves accidentes ocurridos a Decroz y a Leroy obligaron a la expedición a cambiar de planes.

El día 27 de diciembre Boivin, Prudhomme, Etienne y Marchal iniciaron una tentativa de travesía del Hielo Continental. No obstante el tiempo pésimo, la empresa fue llevada felizmente a término en diez días de marcha, hasta alcanzar el Lago Argentino. En el mismo período se esforzaba en el Hielo Continental otro grupo de franceses, que realizó ciertamente una de las mayores hazañas que se pudiesen todavía concebir, también por estar enriquecida con importante significación explorativa. Estamos hablando de la valiente expedición compuesta por Jean Louis Hourcadette, Bernard Doligez, Roger Hemon y Marc Roquefere. Objetivo de la expedición era recorrer todo el "campo de hielo", partiendo del fiordo Ultima Esperanza hasta el fiordo Calvo y, per ende, de sur a norte. Con gran dispendio de medios y de tiempo, los franceses se preocuparon por establecer depósitos de víveres a lo largo del recorrido y, en particular, en el lago Dickson y en los fiordos Europa y Falcón. Si bien hubiera sido más conveniente iniciar la travesía desde los glaciares Tyndall o Grey en la región del Paine, seguramente por espíritu deportivo y también explorativo, el equipo decidió comenzar propiamente donde el Hielo Continental termina en el Sur. Si se considera que el sector comprendido entre el glaciar Tyndall y el fiordo Ultima Esperanza asume características orográficas bastante complejas y que nadie lo había jamás atravesado, resulta evidente la importancia y el valor de la empresa.

Con muy pesadas cargas, transportadas sobre trineos, y con el empleo de esquíes, los franceses iniciaron su larga marcha. Pronto encontraron muy serias dificultades de penetración, opuestas por las accidentadas y agrietadas lenguas del glaciar Balmaceda. Labrándose día tras día la ruta hacia el norte en la compleja región montañosa, desafiando las adversidades atmosféricas, el viento y las nevadas, Hourcadette y sus compañeros lograron finalmente llegar a la cuenca de alimentación del glaciar Tyndall, donde el terreno se torna relativamente menos accidentado.

Gracias a un ingenioso sistema de protección contra el viento, obtenido con los trineos y los esquíes, las carpas resistieron algunas violentas ventiscas, pero las condiciones de supervivencia estaban a menudo en los limites soportables. Piénsese que, después de los primeros campamentos, todos los miembros de la expedición prefirieron amontonarse en una única carpa para dos personas antes que afrontar la dificultosa empresa de armar la otra, operación a menudo casi imposible a causa de la violencia del viento. Más allá del glaciar Tyndall los franceses lograron localizar un pasaje para penetrar en el trecho superior del glaciar Grey, pero por entonces ya habían transcurrido varios días y era necesario descender para reabastecerse en el Lago Dickson. Gracias al descubrimiento de un desfiladero que bautizaron Paso Montreal, el grupo logró entrar también en el glaciar Dickson, por cuyo margen izquierdo descendieron. Después de algunos días de reposo junto al lago, se decidió reiniciar la marcha hacia el norte, pero ahora todas las motivaciones comenzaban a disiparse, y, después de una breve tentativa, los franceses abandonaron la partida luego de haber realizado también algunas ascensiones en la región montañosa del glaciar Dickson.

Si bien el objetivo principal de la expedición no se logró, puede hablarse de un resultado largamente positivo: fue explorado y atravesado por primera vez el sector meridional extremo del Hielo Continental, fueron escaladas muchas cumbres hasta entonces no alcanzadas y se realizaron preciosas experiencias que han de resultar útiles para las expediciones que en el futuro quieran afrontar esta empresa. Ya el gran glaciar podía considerarse conocido en todo rincón, pero el deseo de empresas nuevas y cada vez más difíciles remoza el terreno y hasta lo torna campo de acción extremadamente rico de desafíos. En el invierno de 1985 asistimos así a la más controvertida travesía que jamás haya sido realizada sobre esos hielos: la de Giuliano Giongo. Escalador de valía, con numerosas hazañas en su activo sobre los Alpes y en la Patagonia, donde escaló el Fitz Roy y, en segunda ascensión por una ruta nueva, la Torre Egger, Giongo había decidido intentar una travesía solitaria invernal del Hielo Continental en sentido longitudinal. Al regreso, afirmó haber cumplido enteramente el recorrido del inmenso glaciar. Sus explicaciones, más bien imprecisas y a veces falseadas por un enfoque escasamente especializado y más atenidas a lo espectacular que a los reales valores de lo emprendido, suscitaron con todo no pocas dudas entre los conocedores del Hielo continental y, en particular, en el gran montañista Walter Bonatti.

Diseñada una muy liviana carpa, casi más parecida a un bolso de vivaque dotado de una embocadura que permitía la respiración en caso de que quedara sumergida en la nieve, hallado un "sponsor" y preparados los víveres y equipos de cerca de 35 kg. de peso, Giongo estaba listo para la aventura. A causa de una serie de inesperados problemas de límites, el italiano decide penetrar en el Hielo Continental atravesando el Paso Marconi. "El 13 de julio parto a pie y, finalmente, puedo contar con mis propias y solas fuerzas. Vivaqueo en viejas chozas destruidas por el viento, o bajo un peñasco, supero cascadas verticales de hielo, hasta que, a través de la cordillera, entro en Chile... Un fuertísimo viento del sur me impele a través del paso Hicken y el 21 de julio llego a destino, a la altura de los Mellizos." De aquí Giongo invierte la marcha y se dirige hacia el sur, casi siempre dificultado por las ventiscas, que a menudo lo llevan a condiciones en el límite de lo soportable. Nuevamente él mismo escribe: "No he tenido tiempo de acostarme y ya estoy nuevemente sumergido en la tempestad. La nieve se licúa al contacto con el tejido calentado por mi cuerpo y crea la base para que otra nieve se me acumule encima. Después de media hora debo ya usar la embocadura para respirar, dado que mi bolsa-carpa está completamente sumergida y el peso es tal que me aprisiona las piernas. Sólo a través de la embocadura siento el infierno que se desencadena sobre mí. Hacia el amanecer, coloco dentro de mi acolchado de duvet una bolsa de celofán llena de nieve que todas las noches preparo junto a mí. Después de dos horas, con el calor del cuerpo se forma un cieno acuoso y entonces puedo cocinar con un notable ahorro de gas... Cuando salgo de mi cubil y emerjo a la superficie, mirando la tierra me parece imposible llegar a pasar la noche en estas condiciones." No obstante, Giongo adelanta, supera el Paso de los Cinco Glaciares y se acerca al altiplano Italia.

El día 4 de agosto el italiano llega cerca del fiordo Andrew, en uno de los puntos más complejos del Hielo Continental, tal vez en el más complejo de todos, y hasta entonces no recorrido por nadie. Después de siete días de lucha con la complicadísima orografía, Giongo alcanza finalmente a la meseta Polonia. En día 14 cae en una grieta y permanece allí durante tres jornadas. Finalmente, trata de salir asiéndose de la cuerda a la cual está atado y que, a su vez, está unida al trineo. Por fortuna, los patines se han congelado solidificándose con la superficie del glaciar, y el trineo, soportando el peso del montañista, se vuelve su anda de salvación, que le permite salir vivo de aquella situación. Después de unos diez días de marcha, la aventura concluye al llegar nuevamente a la pampa argentina. Como ya se ha señalado, las contrapuestas versiones ofrecidas por Giongo no pasaron inadvertidas a Walter Bonatti, intransigente defensor de un montañismo puro y riguroso. La polémica entre los dos personajes continuó con intervenciones de uno y otro, que figuraran, en Italia, en las páginas de la Rivista della Montagna: cada impacto es respondido al son de coordenadas, grados de latitud y longitud, cotas, pesos, tiempos de recorrido. De cualquier modo, Giongo Jamás logró demostrar con hechos y pruebas su efectiva travesía completa del Hielo Continental Sur. El definitivo cierre del episodio lo ofrece el frío, preciso y por cierto incontrovertible veredicto que, acerca de esa aventura, ofrecen los cónyuges Buscaini-Metzeltin en su libro "Patagonia", donde, en la página 201, se lee: "1985 (invierno austral). Travesía invernal (parcial) N-S, con entrada por el Paso Marconi y salida a la Estancia Cristina, lograda por Giuliano Giongo, solo, con esquíes y trineo".

HASTA NUESTROS DÍAS

Después de este paréntesis, que estimamos sabroso, retomemos el tratamiento de las ulteriores tentativas que han tenido por teatro el Hielo Continental Sur. Ahora son numerosísimos los aventureros y los montañistas que realizan intentos sobre el vasto glaciar, ya sea con el solo propósito de una simple travesía, ya con fines de andinismo, y, por lo tanto, con el escalamiento de alguna montaña. Por ejemplo, en 1985 una pequeña expedición compuesta por Walter Bonatti, Melchiorre Foresti y Elio Sangiovanni, si bien sin la intención de realizar tipo alguno de travesía, penetraba en el fiordo Bernardo del Canal Becker y, alcanzada la meseta del Hielo Continental, escalaba una de las cumbres que constituyen su margen septentrional y que, hasta ahora, están casi inexploradas. La cumbre, denominada Punta Giorgio Casari, fue alcanzada el 27 de noviembre de 1985. En el verano de 1986, un nutrido grupo de montañistas italianos realizó una travesía parcial norte-sur con ingreso por el Paso del Viento; de allí al grupo Fitz Roy - Cerro Torre, con salida cerca de la estancia Cristina. Formaban parte del equipo Giuseppe (Det) Alippi, Carlo Buzzi, Luciano Bertolina, Luigi Corti, Giuliano Maresi, Roberto Maresi, Luciano Spadaccini y Egidio Spreafico. El nutrido grupo empleó cinco días de marcha, sin esquíes ni trineos, para realizar el trayecto completo, del 20 al 25 de diciembre.

Al año siguiente es Casimiro Ferrari el protagonista de una empresa sobre el Hielo Continental. De ella hemos ya tenido ocasión de hablar ampliamente en el Cuaderno Patagónico Nº 1, dedicado a las actuaciones de los montañistas de Lecco en la Patagonia. No obstante, vale la pena recordar brevemente sus características. El equipo estaba compuesto por Giuliano Maresi, Annibale Borghetti, Carlo Buzzi, Luigi Corti, Bruno Lombardini, Luciano Spadaccini, Gigi Spreafico y el proprio Ferrari. Habiendo entrado, con un barquito pesquero, en el fiordo Falcón, los italianos llegan al borde del Hielo Continental y, a través de un desfiladero alcanzan las laderas del Cerro Risso Patrón, que escalaron. Se reanuda la travesía hacia el este, para concluirla exitosamente en la estancia Cristina, después de seis días de marcha efectiva, del 12 al 18 de agosto. Esta es la primera travesía invernal en sentido transversal del Hielo Continental Sur.

En el verano austral de 1987-88, una pequeña expedición de Instructores Nacionales de Esquí del Club Alpino Italiano logró cumplir una travesía norte-sur entrando por el Paso Marconi y saliendo por la estancia Cristina, después de cinco días de marcha efectiva, con el uso de esquíes y de pequeños trineos. Formaban parte del grupo Antonio Curtabbi, Marino Ciresa, Franco Proserpio y Mauro Taramelli. Durante el otoño de 1991, del 4 de abril al 5 de mayo, un grupo de cinco montañistas, de los cuales tres argentinos, Alberto del Castillo, Alberto Gabriel Ruiz y Marcos José Couch, y dos brasileños, Alexandre Portela Martínez de Cavalho y José Carlos Tamayo Gegundez, partía para intentar una travesía completa del Hielo Continental, de norte a sur. El grupo estaba provisto de todos los elementos posibles para facilitar la travesía y, en previsión de algún vado, tenían también botas de goma y una canoa inflable. El acceso al Hielo Continental fue el usual, adoptado por Shipton y sus epígonos, pero la época elegida, el otoño, había dejado a los glaciares sin cobertura de nieve, dejando pues al descubierto las numerosas grietas que caracterizan las lenguas laterales de acceso y de salida de la meseta. De tal modo, la marcha fue inicialmente bastante lenta, al menos hasta que el quinteto alcanzó el altiplano. Aquí los esquíes y los trineos, si bien sobrecargados, rindieron el servicio requerido y la marcha se hizo más expedita.

El 4 de abril el equipo parte, pues, del glaciar Jorge Montt con dirección sur, con la esperanza de interrumpir la marcha sólo en la región del Paine o en el fiordo Ultima Esperanza. Para triunfar en el intento habían sido preparados también depósitos de víveres y materiales a lo largo del recorrido, pero ellos no fueron después alcanzados. Además de los antedichos equipos, había víveres para quince días y raciones especiales para las dos semanas de travesía previstas para el altiplano, antes de alcanzar el primer depósito de víveres. Después de 31 días de marcha, señalados por momentos de alegría y otros de frustración y fatiga, los cinco habían recorrido 145 kilómetros. La llegada anticipada del invierno con un largo período de fuerte mal tiempo obligaba ya a los cinco valientes exploradores a salir del infierno blanco a través del Paso del Viento. Escribe al respecto Tamayo: "... Son días taciturnos, entre porteos y balances. ¿Qué ha sido esta historia? ¿Qué ha significado? El invierno vino adelantado y la nieve lo cubre todo a ambos lados del Paso del Viento. ¿Dónde está ese verde esperado? Será que la Patagonia viste un sudario blanco?..." Nuestra exposición concluye con las últimas dos expediciones que han intentado la travesía norte-sur del Hielo Continental: la invernal de cuatro montañistas italianos de la provincia de Sondrio y la llegada pocos meses después, también con alpinistas italianos, de Biella.

El primer grupo estaba compuesto por los guías alpinos Giuseppe Miotti y Maurizio Folini, y por otros dos montañistas muy expertos con los esquíes, Dario Mura y Gianni Rovedatti. La estrategia de la expedición era la de moverse extremadamente livianos y, con ello, con la mayor velocidad posible, confiando para ello muchísimo en la buena estrella de un período de buen tiempo. Probablemente, si omitimos a Giongo, fue la expedición más alivianada que hasta ahora haya intentado la travesía norte-sur, con solamente 64 kg. de bagaje por persona y, seguramente este factor ha sido el determinante del fracaso, a causa de un prolongado período de mal tiempo que oprimió a los montañistas ya sobre los bordes del fiordo Calen. Ocho días de nevadas y mal tiempo continuo impidieron respetar todos los programas de marcha que, por el motivo antedicho, eran calculados con precisión. Al ver esfumarse la posibilidad de una tentativa seria, los montañistas, en previsión de un futuro retorno, decidieron abandonar el plan, y en solo cinco días de buen tiempo que tuvieron lograron escalar una cumbre antes no hollada que domina el glaciar Jorge Montt y que fue bautizada Cerro Valtellina.

Los muchachos de Biella, los guías alpinos Paolo Cavagnetto y Alberto Guelpa y los alpinistas Joel Blumemberg y Paolo Falco, fortalecidos por una experiencia exitosa precedente en Tierra de Baffin, tenían todas las cartas en regla para triunfar finalmente en su empeño. Partieron los de Biella el día 4 de noviembre de 1992, también ellos de las orillas del fiordo Calen, con esquíes y trineos y alrededor de 100 kg. de bagajes y lograron, también favorecidos por un prolongado período de buen tiempo, alcanzar, en 27 días de marcha, el punto más meridional jamás alcanzado, correspondiente a la posición aproximada del Fiordo Andrew. Para poder hallar un pasaje que les abriese la puerta hacia el sur, los montañistas recorrieron durante otros nueve días la zona del Monte Majo, intentando cruzar diversos pasos que, todos, se revelaron impracticables. Finalmente, un último paso resultó factible y les permitió descender a la Laguna Escondida, donde, el 9 de diciembre, decidieron interrumpir la tentativa. Con la breve historia de esta expedición concluye por ahora la narración de las aventuras humanas sobre las desoladas extensiones del Hielo Continental Sur. El desafío más simple que por ahora se formula sigue siendo el de completar una travesía longitudinal, pero con una pizca de fantasía las perspectivas que esta región ofrece a los montañistas y exploradores son aún tantas que durante años oiremos hablar de nuevas empresas sobre estos vastos altiplanos helados. De cualquier modo, el acceso a las vastas extensiones del Hielo Continental ha sido abierto, y numerosas son las breves expediciones al alcance de los buenos andinistas, como, por ejemplo, la emprendida por el argentino Rubén Bresba y sus compañeros que, a comienzos de 1993, realizó la travesía del Paso Marconi al Paso del Viento.

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Glaciar Viedma

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Una imagen emblemática de dos andinistas argentinos en el tramo central de la travesía del Hielo Continental entre el Paso Marconi y el Paso del Viento. Al fondo, el Cerro Domo Blanco.

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Foto de una lengua lateral del Hielo Continental tomada por Jean Louis Hourcadette. La vista aérea es el medio principal para poder evaluar las mejores vías de acceso a las numerosas metas aún inexploradas que aquí se ocultan.

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La accidentada parte terminal del Glaciar Perito Moreno, una de las metas turística más frecuentadas. En su conformación, este glaciar es buen ejemplo de la morfología del Hielo Continental en sus partes periféricas.

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El grupo del Cordón Lautaro, con la cima del Volcán Lautaro en el centro. Se trata del misterioso volcán largamente buscado por los primeros exploradores del Hielo Continental. El primero en determinar su colocación geográfica definitiva fue Eric Shipton.

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Un zorro colorado en la vertiente argentina de acceso al Hielo Continental.

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En la vertiente argentina de acceso al Hielo Continental, un águila mora.

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En la vertiente argentina de acceso al Hielo Continental, un caburé.

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Un notofagus (haya) doblegado por el viento, sobre los rápidos del Río Paine.

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Una vista aérea del Glaciar Upsala, cuya lengua terminal se lanza sobre el brazo septentrional del Lago Argentino. Se trata de una de las vías de acceso más utilizadas por quienes desean adentrarse en el Hielo Continental desde la vertiente argentina.

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El Perito Francisco P. Moreno, oficial del ejército argentino, autor de los primeros relevamientos geográficos de la región.

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El explorador británico Eric Shipton, protagonista de la primera audaz tentativa de travesía longitudinal del gran glaciar.

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Panorama aéreo del Glaciar Perito Moreno, que, como el Glaciar Upsala, desemboca en el Lago Argentino. A diferencia de este último, es mucho más difícilmente recorrible a causa de su morfología muy accidentada.

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Cordón Moreno con el paso homónimo, a través del cual, en 1951-1952, la expedición guiada por Huerta realizó la primera travesía integral de este a Oeste.

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Una visión, desde el Oeste, de las cumbres máximas del Cordón Marconi.

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Una imagen otoñal del Brazo Cristina del Lago Argentino, uno de los tres grandes lagos formados por la fusión del Hielo Continental.

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Dos andinistas en presencia de la vertiente Oeste de la Torre Egger y del Cerro Torre. Obsérvese al hombre de la izquierda, empeñado en arrastrar una "pulka"; trineo indispensable para el transporte de víveres e implementos sobre el Hielo Continental.

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En las cercanían del Glaciar Upsala se encuentra la Estancia Cristina, conocida base de partida para quien quiere adentrarse en el Hielo Continental.

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El Lago Argentino, en las cercanías del Glaciar Upsala.

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Estuario de un curso de agua que desemboca en el Brazo Norte del Lago Argentino. Nótese el descenso del nivel del agua debido al menor aporte de ésta, por fusión en el período invernal.

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El recuadro muestra la zona del Hielo Patagónico Sur.

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Mapa del Hielo Patagónico Sur.

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Vista aérea del Glaciar Viedma que desemboca en el lago homónimo. De aquí salió del Hielo Continental la expedición francesa guiada por Prudhomme en 1982-83.

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Imagen de la expedición de Antonio Curtabbi en 1987-88, que pone bien en evidencia la característica de los grandes altiplanos internos, absolutamente chatos y desolados.

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Un témpano en el lago Argentino, flanqueado por una de las numerosas embarcaciones asignadas también a excursiones turísticas. Este témpano se ha desprendido del Frente terminal del Glaciar Upsala.

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Una rara vista de la vertiente oeste de la cadena del Cerro Torre, que se torna aún más insólita por la jornada de buen tiempo más bien extraña en esas partes. En el centro se observa la cumbre más alta del grupo (3128 m).

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Expedición francesa de 1982-83, que cumplió la travesía Oeste-este partiendo del Fiordo Falcón, sobre la vertiente del Océano Pacifico. Nótese, la pared de bloques de nieve destinada a proteger la carpa.

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Expedición francesa de 1982-83, que cumplió la travesía Oeste-este partiendo del Fiordo Falcón, sobre la vertiente del Océano Pacifico.

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Vista de la primera travesía del sector meridional del Hielo Continental realizada por la expedición francesa Hourcadette en 1982-83.

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Travesía del sector meridional del Hielo Continental realizada por la expedición francesa Hourcadette en 1982-83. Un miembro de esa expedición se ejercita escalando una grieta en un momento de forzado descanso a causa del viento.

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Travesía del sector meridional del Hielo Continental realizada por la expedición francesa Hourcadette en 1982-83. Lago formado por agua de fusión sobre el Hielo Continental.

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Escalada de entrenamiento realizada por un miembro de la expedición Hourcadette sobre un pico helado.

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Se apartan bloques de hielo que podrían dañar la embarcación durante la navegación de acercamiento de la expedición Hourcadette al Fiordo Falcón.

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Las muy pesadas "pulkas" cargan materiales que fueron arrastradas durante días por miembros de la expedición Hourcadette.

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Una bajada esquiando en los flacos del Cerro Villarrica, durante la expedición Hourcadette.

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Expedición Hourcadette. Aliñándose, al final de la travesía, en la región del Paine.

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El austero ambiente del lago Argentino sobre la vertiente oriental de los contrafuertes del Hielo continental. Gran parte de las cimas visibles en la foto no han sido hasta ahora escaladas.

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Andinistas de la expedición Curtabbi en subida hacia el Paso Marconi. Se observan las inmensas grietas que defienden el acceso a los altiplanos internos.

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Vista de la subida hacia el Paso Marconi por un miembro de la expedición Curtabbi. Sobre el fondo se nota la imponente pirámide del Cerro Fitz Roy.

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Miembro de la expedición italiana de 1986, al final de la travesía desde el Paso del Viento a la Estancia Cristina, en las cercanías del glaciar Upsala.

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Los miembros de la expedición italiana de 1986, una de las últimas que se desplazaron sin emplear esquíes sobre estos glaciares.

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La pequeña choza de chapa metálica del Refugio Pascal en los bordes del Glaciar Upsala.

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Un miembro de la expedición italiana de 1986 ante el Cerro Murallón, punto en el cual la serie de altiplanos del Hielo Continental torna hacia el Oeste.

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Vadeando un torrente helado a la salida del Glaciar Upsala. Dada la violencia de la corriente, estas maniobras figura con entre las más riesgosas en el curso de estos emprendimientos patagónicos.

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La vertiente septentrional del Cerro Valtellina, escalado por la expedición valtellinesa en el invierno de 1992.

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Retorno a la actividad de los miembros de la expedición valtellinesa en el invierno de 1992, después de las abundantes nevadas que la bloquearon en las orillas del Fiordo Calen.

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Lancha utilizada por la expedición valtellinesa para acercarse al glaciar Jorge Montt en aguas del Océano Pacífico.

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En el el centro, ligeramente sobre la derecha, al fondo, el Cerro Murallón, que se está cubriendo de nubes, señal de una incipiente tormenta. En primer plano, el Glaciar Upsala y el Lago Argentino.

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Un miembro de la expedición biellesa (1992) se divierte esquiando sobre las pendientes del sector centro-meridional del Hielo Continental. Esta expedición es hasta ahora, la que, entre todas, se ha adentrado más hacia el sur en su tentativa de travesía longitudinal.

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