EL FITZ ROY

En la Cordillera Patagónica existen numerosas montañas bellas e imponentes. Cada una de ellas podría atraer las miradas de los montañistas y constituir, con sus paredes y sus aristas, un problema para muchos años.

No obstante, la exploración de estas cumbres está aún en sus comienzos, sobre todo por la gran lejanía de cómodos puntos de apoyo. Justamente, este último factor ha tornado célebre en estos últimos años la región del Fitz Roy y del Cerro Torre, y sólo por este motivo las paredes de las dos más célebres montañas patagónicas han sido escaladas por todas las laderas.

Si bien en nuestros Cuadernos hemos tratado primeramente el Cerro Torre, por exactitud histórica y cronología andinística habríamos debido comenzar refiriéndonos al Fitz Roy. Se trata de una de las más impresionantes arquitecturas graníticas de la tierra y una de las más bellas cimas en sentido absoluto.

Su pirámide rocosa, tan perfecta, es visible ya muchos kilómetros antes de alcanzar sus laderas: su esbeltez armoniosa, que parte de los blancos glaciares extendidos a sus pies; su juego de esconderse entre las nubes, ya espesas y grises, ya vaporosas y etéreas, han logrado que, por sobre todas, pueda representar para muchos escaladores "la montaña" ideal. Por todos los motivos citados, el Fitz Roy es la montaña patagónica más rica en historia y ciertamente también una de las cimas más escaladas por los andinistas que actúan en aquella región.

Nuestra montaña está situada en el margen oriental de la Cordillera y, con muchas otras cumbres menores, forma un grupo diferenciado que se encuentra comprendido entre los 49º 15' y los 49º 20' de latitud sur.

Las rocas volcánicas que forman estas montañas, como por otra parte también las del grupo vecino del Cerro Torre, son dioritas claras y tonalitas. Constituyen el resultado de enormes procesos de intrusión que se han producido alrededor de doce millones de años atrás.

Las rocas intrusivas estaban inicialmente cubiertas por una especie de revestimiento de rocas más blandas que ha sido sucesivamente quebrado y erosionado en el curso del mioceno tardío, proceso que ha continuado en las eras sucesivas. Tal fenómeno es aún hoy visible en el grupo del Paine, donde muchas montañas graníticas presentan todavía un negro sombrero de esquistos que cubre la cima. Como una suerte de centinela, vanguardia de un ejército de cumbres, el Fitz Roy se asoma sobre le pampa y, con su mole poderosa, parece querer desalentar a todos los curiosos que querrían adentrarse en su mundo de hielos y rocas. A sus espaldas se extiende el misterioso mundo del Hielo Continental Sur, uno de los más grandes glaciares del globo. Dada su posición de avanzada, es probable que nuestra cumbre fuera ya conocida muchos años antes que fuese oficialmente "descubierta" por el mundo occidental. Seguramente los indios tehuelches, en sus migraciones, habían observado aquella imponente aguja rocosa muchos años antes de la llegada del hombre blanco, sin que nos sea dado saber cuántos, pero, por cierto, mucho, mucho antes. Al atravesar la pampa, deteniéndose en los alrededores de las orillas del gran Lago Argentino, los indígenas habían visto aquellas montañas a menudo envueltas en densas masas de nubes y también, en los días más serenos, habían observado cómo los blancos vapores se desflecaban en la cima bajo la acción de los fuertes vientos.

Confundiendo las nubes con humo, los tehuelches habían pensado que allá arriba existía un gran volcán o, tal vez, más de uno. Por este motivo llamaron a aquella montaña El Chalten, el volcán. No obstante, como a menudo ocurre con muchos topónimos, hubo quien pensó que este nombre resultaba demasiado poco importante e indigno de figurar en un mapa y así también el pobre Chalten vio su nombre cambiado. Al respecto, se podría destacar que, probablemente, esa fue una de las primeras montañas del mundo que hubo de sufrir una suerte tan poco digna. Más o menos por los mismos años cambiaron de nombre el Chomo Lungma (Divina madre de las nieves o Diosa madre de la tierra) y el Chogori (Gran monte) para tornarse en los mucho menos poéticos Everest y K2. Procuremos, pues, recorrer de nuevo la historia del Chalten a partir del día en el cual el primer hombre blanco vio sus laderas. Todas las informaciones sitúan el primer reconocimiento alrededor de 1782, fecha en que don Antonio Viedma, después de haber fundado el puerto de San Julián, organizó una expedición para adentrarse en el interior del territorio. Siguiendo el curso del Río Chalia, Viedma llegó al gran lago que hoy lleva su nombre y, costeando la orilla septentrional, pudo divisar la montaña. Así nos la describe en su informe: "En el fondo de esta ensenada (del lago) hay dos piedras en forma de torres, sin nieve, una más alta que otra, cuyas puntas muy agudas superan en altura a todas las otras montañas vecinas, y los indígenas les llaman "Chalten". Si bien muchos reconocen en la segunda de las dos "piedras" al Cerro Torre, nosotros nos inclinamos a pensar que Viedma se refería a aquella cima, igualmente airosa, que se halla inmediatamente al sur del Chalten y que hoy es conocida como Aguja Poincenot."

El segundo hombre blanco que vio la montaña fue Robert Fitz Roy, capitán de la expedición de estudio promovida por el Almirantazgo Británico para la observación y relevamiento de las tierras magallánicas. En el trámite de una exploración, Fitz Roy, al comando de tres balleneras, siguió el curso del Río Santa Cruz con la intención de llegar al Lago Argentino. Después de alrededor de trescientos kilómetros, la expedición fue obligada a desistir cuando ya la meta estaba al alcance de la mano. No obstante, fue justamente en las cercanías del punto máximo alcanzado donde el capitán inglés pudo atisbar la montaña que después tomaría su nombre.

Fue el perito argentino Francisco P. Moreno quien rindió este obligado homenaje a uno de los mayores exploradores de las tierras magallánicas. Enviado por el gobierno de su país para determinar los limites entre Chile y la Argentina, el perito Moreno descubrió el gran lago San Martín y, volviendo hacia el lago Viedma, recorrió el valle del Río de las Vueltas, dominado en su trecho inferior por la gran mole del Chalten, que en aquella ocasión cambió su nombre por el de Cerro Fitz Roy.

En esta publicación, para no agraviar a nadie (ni a los indios tehuelches que la bautizaron, ni a Moreno o a Fitz Roy) nos referiremos a la montaña con ambos nombres por los cuales es conocida. La primera exploración montañista de las laderas del Chalten es obra del célebre misionero padre Alberto María De Agostini, al cual ha sido dedicando el segundo de los Cuadernos Patagónicos. Gracias a la gran cantidad de material escrito y fotográfico recogido por el padre De Agostini en diversos volúmenes sobre los Andes Patagónicos, los montañistas comenzaron a interesarse seriamente por escalar aquel pico excepcional. Probablemente este interés derivaba también del hecho de que, en comparación con las otras cumbres graníticas que lo circundan, el Fitz Roy parece conceder cierta chance a los sueños de conquista; además, es la más alta cima de la región, lo que constituye factor de primera importancia, sobre todo en una época en que los montañistas preferían evitar las dificultades antes que buscarlas.

En 1936 parte de Italia una expedición privada, guiada por el célebre conde Aldo Bonacossa, infatigable explorador y escalador de cumbres alpinas, incomparable autor de las primeras guías alpinísticas de los Alpes. Junto con Bonacossa formaban parte de la expedición Titta Gilberti, Leo Dubosc y Ettore Castiglioni, excelentes trepadores todos, habituados a las dificultades técnicas de las más difíciles ascensiones sobre roca de por entonces. El 26 de enero de 1937 la expedición alcanzaba la pared sur del Fitz Roy, intuyendo que aquella era la vertiente más adecuada para escalar. Con todo, las grandes dificultades que se presentaron en los últimos 400 metros que los separaban de la cima indujeron a los hombres a la retirada. Habían de pasar otros diez años antes que algún otro montañista alcanzara las laderas del Chalten con intención de llegar a la cima. En 1947, Hans Zechner realizó, en efecto, una serie de reconocimientos para descubrir un lado débil en la perfecta pirámide rocosa. En 1948 él volvió al asalto con los italianos Bertoni y Gianolini, pero fracasó en la ascensión del lado sudoeste y luego en la de la cresta norte.

Al año siguiente, Zechner regresó con Dangi, Matzi y Lanchsne, pero también esta vez todas las ilusiones fueron pronto frustradas. Unico consuelo fue haber localizado tal vez una ruta que, si bien larga y difícil, parecía un poco más fácil que la intentada por los italianos de Bonacossa. Zechner localizó una larguísima canaleta que surca toda la pared oestenoroeste y termina en la cresta sudoeste, poco antes de la cima. Este surco, de casi 2.000 metros, constituirá más tarde la ruta más natural para alcanzar la cumbre, y es conocido como Supercanaleta.

Ya el Fitz Roy comienza a hacer hablar acerca de él en las revistas especializadas de montañismo, y la imagen de sus pendientes graníticas llega a los ojos de muchos esforzados grupos de trepadores europeos.

EL DESAFÍO FRANCÉS

Los primeros de todos en aceptar el desafío son los franceses, quienes en 1952 organizan una expedición muy adiestrada. La característica curiosa de esta expedición es que no fue organizada por un club de alpinismo nacional, y ni siquiera por alpinistas en el verdadero sentido de la palabra. Los que quisieron probarse intentando el Fitz Roy fueron los llamados Bleausards, no ya alpinistas acostumbrados a las paredes de hielo y a las tormentas, sino "simples" virtuosos de la escalada libre, que pasaban gran parte de su tiempo ejercitándose y trepando las pequeñas rocas que salpican la floresta de Fontainebleau, situada a pocos kilómetros de París.

En estas rocas, los trepadores franceses habían creado una escuela de escalamiento, donde los mejores y más entrenados se hallaban en capacidad de superar fácilmente situaciones que habrían descorazonado a cualquier otro. La acción y la técnica se habían afinado y eran virtualmente capaces de realizar cualquiera de las más difíciles ascensiones de por entonces con gran facilidad, si bien en general no gustaban demasiado de las largas marchas de acercamiento, los vivaques, el mal tiempo y todas las otras incomodidades de la montaña. En realidad, lo que a primera vista puede aparecer como un acto de presunción, fue por el contrario un cálculo bastante exacto: la montaña presentaba sus máximas dificultades en la parte superior: una coraza de placas graníticas de una altura de 400 metros, y entonces, ¿quién mejor que hombres habituados a moverse entre grandes dificultades habría podido vencerla? Para suplir eventuales faltas de experiencia sobre el terreno helado, nevado o mixto, hubiera sido suficiente tener también en el grupo algún buen alpinista.

En poco tiempo se integró el grupo, del cual formaron parte: Jacques Poincenot, Guido Magnone, M. A. Azema, Lionel Terray, R. Ferlet, Llilboutry, Depasse y Strouvé. Junto a los trepadores puros, como Poincenot y Magnone, se había pues ubicado un verdadero león de la montaña, Lionel Terray, uno de los mayores alpinistas de todos los tiempos. El grupo parte en diciembre de 1951, y en los primeros días de enero de 1952 alcanza las laderas de la montaña, donde establece una primera base, cerca de la estancia de Andreas Madsen. De boca de Madsen, estanciero, filósofo y escritor, los franceses escuchan la que podría definirse como "leyenda del Fitz Roy". Según el estanciero, el Chalten es la montaña elegida por Dios para indicar un limite más allá del cual toda capacidad humana de debe someter: "Si, es verdad: lo liso de las paredes, la impetuosidad de los vientos, los desmoronamientos de piedras, todo esto puede ser superado, pero, ¿cómo vencer el encantamiento de la montaña? Hay una en el mundo que Dios se ha reservado para decirle al hombre: Quiero destruir tu orgullo; de aquí no pasaras".

Y esta montaña continúa narrando M. A. Azema, autor de "Fitz Roy, cerro de Patagonia" y miembro de la expedición francesa "es el Fitz Roy. Es una muralla de luz en el fondo de este valle que es la tierra; es la frontera de esos espacios sin fronteras y de esas tierras sin dueños en las que Madsen soñaba cuando era niño y que después, en el final de su vida sin confines, él ha encontrado". Desgraciadamente, las misteriosas advertencias de Madsen parecen hallar trágica confirmación cuando, habiendo partido para un reconocimiento junto con Terray, Jacques Poincenot encuentra trágica muerte arrebatado por los remolinos del Río Fitz Roy al intentar vadearlo. Esta versión oficial, dada por la expedición, contrasta con algunas voces que pretenden que las causas de la muerte del joven escalador francés son muy otras. Parece, en efecto, que, no insensible a los hechizos de una bella estanciera, Poicenot se habría enfrentando con la ira mortífera de un marido celoso. Dejamos a los lectores la elección entre ambas soluciones, según su mayor verosimilitud, y proseguimos nuestra narración. La expedición francesa continuó, en efecto, con sus tareas de establecer el campamento de base en el bosque situado cerca del Río Blanco, al pie de la pendiente morénica que, escarpada, sube hacia la cuenca que contiene la Laguna de los Tres. Aun hoy es éste el lugar elegido come base por las expediciones que quieren ascender por las laderas sur y este del Fitz Roy.

En pocos días son preparados tres campamentos avanzados, de los cuales el último, en la Brecha de los Italianos (punto máximo alcanzado por la expedición Bonacossa en 1937) es base ideal para lanzar la acometida contra las dificultades finales. Un largo período de mal tiempo bloquea a los franceses por varios días, hasta el punto de hacer temer un fracaso. Inesperadamente, el 30 de enero el cielo está de nuevo azul y límpido, lo que genera un nuevo entusiasmo entre los escaladores, que saben que hay que aprovechar al máximo este buen tiempo. Son llevados nuevos víveres y materiales al campamento tres, y el día 31 Lionel Terray y Guido Magnone están prontos para iniciar su legendaria ascensión.

Las dificultades opuestas por el granito del Chalten son muchas, pero no insuperables, y los dos, alternando la escalada artificial con la libre, llegan a superar un difícil primer trecho y a realizar una larga travesía a la derecha, hacia un nevado triangular que parece ser el inicio de la única prosecución posible. Fijadas las cuerdas, los dos descienden al campamento, excavado en una hoya en la nieve, y vuelven a reunirse con Azema y los otros. La jornada ha sido dura, y, en particular, ha costado superar la primera fisura. Veamos cómo Azema describe la salida de Magnone del difícil trance: "Sosteniendo con una sola mano todo el peso de su cuerpo suspendido, teniendo el hombro introducido como cuña bajo la saliente, extiende su mano derecha por encima del desplome. La roca es convexa, desnuda y lisa; los dedos desesperadamente palpan, rascan, limpian el granito. La mano izquierda se contrae; los pies, poco a poco, resbalan. ¡No! ¡Hay que resistir! ¡Ah, finalmente! ¡Alabado sea Dios! ¡Una grieta! Los dedos la palpan, miden su longitud. Luego la mano derecha se estira hacia abajo, con precaución; busca febrilmente un clavo en el cinto, procura sacarlo (oh, estos mosquetones que se encajan!) y finalmente lo logra, vuelve hacia arriba, por encima del desplome. Parece que ahora Magnone se dice a sí mismo: ¡No me sostengo más! ¡Ah, he aquí la fisura! ¡Arriba, fuerza, levanta los pies, viejo bruto!... El martillo golpea; al principio yerra, pega al costado, sobre la roca; después, de a poco, sobre el clavo. Y el golpe provoca un sonido metálico. Fuerza, pues, más fuerte. Sí, penetra. Vamos, de prisa. ¡Sí, se sostiene! ¡Listo! Un mosquetón, y dentro, una de las dos cuerdas. Disparo del resorte. ¡Ya está! ¡Tira, Lionel! ¡Tira, por Dios!".

El primer día de febrero Magnone y Terray parten para la acometida definitiva; superan velozmente el trecho equipado la víspera, pero la montaña opone otros durísimos obstáculos durante toda la jornada. Chimeneas con costras de hielo, bloques inestables, fisuras clavables, largas travesías, fuerzan a los dos escaladores hasta extenuarlos sin jamás concederles la certidumbre de triunfar. Cada metro es una incógnita exasperante. Por la tarde, Terray alcanza un buen sitio para vivaquear, pero el tiempo está ya dando señales de querer cambiar. El alba del 2 de febrero se anuncia gris, alegrada apenas por un pálido sol que no permite presagiar nada bueno. El reposo ha sido escaso y ambos no han podido ni siquiera aplacar la sed dado que, por confundir cantimploras, han traído con ellos una llena de alcohol de quemar!!.. La escalada prosigue con las acostumbradas incógnitas y el tiempo parece aún empeorar. Ante un enésimo obstáculo, Terray tiene un momento de incertidumbre: su gran experiencia de alpinista y de guía le aconsejan no desafiar ya más a la montaña. Proseguir y quedar prisioneros de la tormenta significaría una muerte segura. Magnone, por el contrario, como todos los jóvenes, está animado por un irresistible deseo de victoria, aún a costa de la vida. Una breve discusión entre los dos concluye con un pacto: Terray concede a su compañero dos horas más de escalada, y después, si las dificultades no han cedido, deberán iniciar el descenso. Animado por el ímpetu de quien sabe que debe jugarse el todo por el todo, Magnone se lanza a superar pasos delicados y peligrosos sin casi asegurarse, tan audazmente que arranca un comentario admirativo del gran Terray: "¡Este condenado Magnone es un Lachenal en sus grandes días!" (Lachenal fue el compañero de cordada preferido de Terray. Juntos formaron una de las cordadas más fuertes y ensambladas de los Alpes, y realizaron muy difíciles escalamientos en tiempos increíbles). Pero, en cada situación en que parecía haber resuelto el problema, otros obstáculos se interponían para llegar a la cima. El último desplome previo al paso que señala el verdadero término de las dificultades, parece querer jugar una última mala pasada a los dos escaladores. He aquí nuevamente la descripción de este momento hecha por Azema: "El comando de la cordada lo toma Guido, porque solamente la técnica de la escalada artificial puede superar el obstáculo... Y he aquí que Guido está de pie, o, mejor, tiene el pie sobre el peldaño superior (del estribo) y el cinturón a la altura del mosquetón. El otro pie se balancea en el vacío; las manos tantean la roca... Magnone está a tres metros de Lionel... La fisura continúa hacia arriba pero se estrecha notablemente. - Si podemos clavar los clavos, es cosa hecha: ¡el Fitz Roy es nuestro! Su suerte depende de un clavo. Magnone se mira el cinturón. No le quedan más que dos clavos, ambos torcidos, ambos deteriorados por las rocas... Saca uno del cinturón... aferra con la izquierda el martillo, toma bien la medida, golpea suavemente. ¡Maldición! El clavo... se precipita en el abismo. - ¡Qué desgracia! Probemos con el otro. Con el corazón que palpita con fuerza en el pecho, Guido recomienza la operación. ¡Es el último clavo! Y ni siquiera tiene cordin; para asegurarlo... Esta vez el martillo golpea normalmente sobre la cabeza de hierro y la punta penetra en la roca medio centímetro... La fisura es demasiado estrecha y, bajo los golpes furiosos del martillo los bordes caen en pedazos, pero el clavo no penetra. Se necesitaría un "as de corazones" (pequeño clavo de hoja muy fina N. del R.) Magnone llora de rabia y de desesperación. - ¡Lionel, hemos perdido!" Es en este momento cuando, imprevistamente, Terray recuerda haber usado un "as de corazones" para abrir una lata de sardinas durante el vivaque y haberlo después vuelto a colocar en la mochila. "... ¡Abre la bolsa, mete la mano, busca! Un grito de alegría: - ¡Aquí está!

Entre sus gruesos dedos tumefactos está el minúsculo clavo: ¡una chuchería! Pero para cambiar la faz del mundo puede bastar un granito de arena..." Y así, gracias a un minúsculo trozo de hierro y a un desmesurado coraje, la "puerta de bronce" del Fitz Roy se abre y los dos pueden llegar felizmente a la cumbre poco rato después. En la cima, Terray y Magnone dejaron un mosquetón fabricado por la empresa de Ricardo Cassin, el "lequés" que con sus ascensiones marcó una época en la historia del alpinismo. En un artículo escrito en 1956 en la revista del Groupe Haute Montagne, Lionel Terray recordaba así su hazaña: "De todas las escaladas que hice, la del Fitz Roy es aquella que, por sobre cualquier otra, reclamó todas mis energías físicas y psíquicas. Técnicamente es quizás un poco inferior a las que he llevado a cabo recientemente sobre las paredes graníticas de los Alpes, pero una gran ascensión es más que la suma de sus largos de cuerda". La ruta de los franceses había, pues, disipado la aureola de leyenda de inviolabilidad de la montaña, y abría la era, no aún concluida, de la exploración montañista de todas las otras pendientes no holladas.

LA SUPERCANALETA Y EL PILASTRO ORIENTAL

Entre todas las líneas lógicas de ascensión, la Supercanaleta era sin duda la preferible, no obstante su gran longitud y el estar en parte expuesta a peligros objetivos. El estrecho surco recorre por 1.800 metros la pared oeste-noroeste y se presta a una táctica de subida basada, sobre todo, en la rapidez de ejecución. Esa magnífica canaleta será la ruta elegida por los argentinos José Luis Fonrouge y Carlos Comesaña para llevar a cabo la segunda ascensión al Fitz Roy. La expedición, compuesta por cinco personas, se dirigió al glaciar del Fitz Roy, mirando hacia la inmensa ladera noroeste de la montaña, y, con un estilo extremadamente moderno y audaz, Fonrouge y Comesaña encararon el canal. La ascensión duró tres días entre ida y regreso, que fue efectuado por la misma ruta, y aún hoy es la única primera escalada al Fitz Roy cumplida sin el auxilio de cuerdas precedentemente fijadas en varias tentativas. El 16 de enero de 1965 los dos andinistas argentinos llegaron a la cima.

La ascensión de la Supercanaleta constituye, a nuestro juicio, una piedra miliar en la historia de las escaladas al Fitz Roy, tanto por el pulcro estilo con que fue realizada como por el hecho de que la técnica piolet traction que otorga gran rapidez al avance sobre hielo, no era todavía conocida, y ello aumenta en mucho también el valor del resultado técnico y deportivo conseguido. Por esta muy lógica vía pasaron luego otras pocas cordadas, tal vez porque es menos cómoda respecto de aquellas que se ofrecen sobre la pendiente sudeste, o acaso porque no carece de peligros objetivos, incluso serios. Como demostración de cuanto se acaba de sostener, cabe recordar ahora la hermosa realización de los californianos Chouinard, Dorworth, Tejada Flores, Jones y Tompkins. Habiendo partido en camión de las soleadas playas de California, el grupo, bautizado por ellos mismos "Fun hogs" (cerdos divertidos), atravesó todo el continente americano, para llegar, después de mil peripecias, al pie de la tan soñada montaña. Chouinard y Flores eran muy expertos trepadores en roca, entre los mejores de América del Norte. Sobre las altas paredes del Capitán, en el Yosemite Valley, habían acumulado la experiencia y la tenacidad suficientes para resolver cualquier problema.

Una vez más, como en la primera ascensión, eran más bien trepadores puros antes que montañistas quienes venían a probarse en el Fitz Roy. Los californianos decidieron abrir una nueva ruta que siguiese el lado izquierdo de la estrecha pared sur. Para hacer esto, una vez alcanzada la Brecha de los Italianos, cruzaron de nuevo hacia la izquierda, hasta una pequeña concavidad denominada "Col del Cineasta". Una violenta tempestad bloqueó a los hombres en sus refugios, excavados en la nieve, durante seis días. Al final, su paciencia resultó premiada y pudieron afrontar la ascensión. Durante la subida fueron aplicadas todas las refinadas técnicas y se emplearon los materiales de vanguardia preparados especialmente para grandes escaladas sobre roca. En treinta horas de ascensión los americanos llegaron a la cima, abriendo la que aún hoy es la ruta más bella y clásica de toda la montaña, y, por ello, la más reiterada si se considera que hasta ahora se cuentan, por lo menos, una veintena de repeticiones.

La cima fue alcanzada por todos los miembros de la expedición el 20 de diciembre de 1969. En este punto, se podría considerar resuelto el problema planteado acerca de las rutas más fáciles o lógicas, y los andinistas, gente siempre en busca de "algo más", no tardaron en poner sus miras hacia las pendientes y las paredes más arduas del Chalten. Ya durante la expedición de 1957 los franceses, como siempre en la vanguardia y particularmente enamorados de las líneas estéticas, habían advertido el perfecto e imponente pilastro oriental, que, como gigantesca columna de soporte, sostiene toda la pendiente de ese lado de la montaña. Se trata de una de las estructuras más bellas y armónicas que sea dado imaginar, como síntesis de belleza y potencia que se funden allí en proporciones difícilmente hallables en otro sitio. El pilastro desciende de la cima 1.500 metros, alargándose progresivamente hasta tocar el glaciar subyacente. Las primeras tentativas remontan al año 1967, cuando una expedición francesa realizó un ensayo, pero bien pronto se desanimaron ante las muy grandes dificultades que presentaba el granito. Entre 1971 y 1973 se suceden dos expediciones italianas al pilastro (Rovereto y Monza). Los progresos alcanzados fueron, con todo, bastante reducidos: también para el pilastro se necesitaban hombres de "Big Wall" (gran muralla) habituados a desempeñarse durante días y días entre las más serias dificultades. Llegaron así al pie del pilastro los suizos H.P. Kasper y T. Holdner, junto con otros cuatro compañeros. Ellos tenían, a no dudarlo, sus papeles en regla para vencer. Los dos formaban parte de una vanguardia helvética conocida como "grupo de Arosa", que, apartándose de las convenciones normales del alpinismo helvético, se había lanzado a un montañismo mucho más técnico y complejo. También Kasper, como Holdner, había estado en Yosemite, en el Capitán, donde había repetido las rutas más difíciles, entre las cuales estaba la North América Wall, la "ruta más difícil del mundo" (Yvon Chouinard estuvo en el grupo de los primeros escaladores por esa vía). Alentados por estas experiencias, profundos conocedores del granito, los suizos se empeñaron a fondo en el pilastro y equiparon la ruta de subida hasta doscientos metros de la cumbre. ¡Habían llegado al limite de las grandes dificultades! Lamentablemente, un largo periodo de mal tiempo y los muchos días ya empleados en ascender al pilastro los obligaron a una retirada forzosa sin haber experimentado la alegría de alcanzar la merecida victoria que deportivamente debería serles reconocida.

LAS ARAÑAS DE LECCO

Dos años más tarde, en 1976, fue la oportunidad para las "Arañas de Lecco", guiados por Casimiro Ferrari. La expedición, compuesta por diez hombres, asedió prácticamente la montaña; con todo, más que el gran despliegue de medios (hasta se construyó un teleférico para el transporte de materiales) prevaleció la determinación de Casimiro Ferrari. En efecto, cuando, por defección de algunos miembros de la expedición, ya todo parecía comprometido, Ferrari se hizo cargo de la situación. Llegado hasta el final de las cuerdas fijas junto con Vittorio Meles, prosiguió en estilo alpino superando las últimas dificultades opuestas por el pilastro, hasta alcanzar la cima el 23 de febrero. El avance de la cordada no fue detenido ni siquiera por un accidente acaecido a Ferrari, quien, como consecuencia de una mala caída, perdió tres dientes a causa del violento choque contra la roca. Un accidente tal habría inducido a muchos otros a replegarse, pero lo dos "lequeses" estaban demasiado cerca de la victoria para poder pensar en aflojar justo en aquel momento. La subida total fue cumplida por Ferrari y Meles en seis días de escalada. De esas jornadas, las más intensas por cierto fueron las últimas dos. Cuenta Ferrari: "En la mañana del 22 hemos atacado la pared (se trata de la pared final, es decir, de lo últimos 300 metros. N. del R.) con el propósito de llegar a la cima. Hemos partido bastante cansados, dejando instalada la tienda del vivaque y llevándonos detrás solamente el acolchado... Superamos 100 metros de cuerdas fijas y afrontamos otros dos o tres largos difíciles sin clavos a presión; atravesamos hacia la izquierda con un péndulo cuando el granito no permite otras soluciones, y llegamos a un punto bastante fácil, aproximadamente a 100 metros de la cumbre. Eran las seis de la tarde y en un par de horas habríamos llegado a la cima... Exentos de dificultades, estábamos sobre el III° grado, no más . De improviso, pierdo apoyo y vuelo hacia Meles, choco con el rostro sobre la roca, me detengo sostenido por la cuerda. Siento algo caliente: es sangre en la boca. ¡He perdido unos dientes! Pienso que si descendiera, tal vez al día siguiente no lograría volver a ascender. Llegados a treinta metros de la cima (eran las nueve) apareció un banco de niebla que ciertamente nos habría hecho perder la orientación, y así hemos vivaqueado... El 23 de febrero, con un sol espléndido, Vittorio Meles y luego yo, hemos tocado la cumbre." Nuestra historia prosigue. Efectuamos un salto hacia atrás en el tiempo, ya que, casi contemporáneamente con las primeras tentativas sobre el pilastro oriental, los ingleses D. Nicol, E. Birch, J. Antoine, I. Wade y G. Lee lograban superar la pared sur, entre la ruta de los californianos y la de los franceses. En verdad, también ellos tenían intención de escalar el pilastro, pero las grandes dificultades de la escalada artificial los indujeron a buscar una ruta más natural. La hermosa conquista fue realizada el 11 de diciembre de 1972, con todos los miembros en la cumbre. También en este caso, la victoria se debió sobre todo a la gran perseverancia de los escaladores, que debieron esperar durante 16 días que el mal tiempo patagónico le diese tregua.

RENATO CASAROTTO

Después de este breve paréntesis en el tiempo, retomemos el hilo de la narración, prosiguiendo con la cronología histórica de la montaña. Llegamos así a la que puede ser considerada una de las más bellas aventuras patagónicas de todos los tiempos, y también de la historia misma del montañismo. Hablamos, sí, de la ascensión solitaria del alpinista de Vicenza, Renato Casarotto, sobre el hasta entonces virgen pilastro norte. El problema del pilastro estaba supeditado a la solución de los planteos más bellos y lógicos. El pilastro se eleva con la armoniosa osadía de un collado ("Col del bloque empotrado") y, después de haber interrumpido su impulso con un escalón prosigue hasta la cima. Por dos veces Casarotto había intentado la empresa, pero diversas causas habían siempre bloqueado su iniciativa. El italiano era, con todo, un óptimo escalador solitario, y hasta se manifestaba en su mejor forma únicamente cuando estaba solo. Finalmente, él se resolvió por esa alternativa: la escalada solitaria.

Por lo demás, había vencido, solitario, la pared norte del Huascaran en los Andes peruanos; el Diedro Cozzolino en el Piccolo Mangart durante la estación invernal; siempre en invierno había escalado la pared oeste de la Aiguille Noire de Peterey, la sud de Punta Guglielmina y el pilastro Freneg del Monte Blanco, en fantástica concatenación. Habituado a días y días de soledad en esas paredes, Casarotto era el hombre ideal para resolver el problema del pilastro norte del Fitz Roy. Abandonado por los miembros de la última expedición, Casarotto permanece al pie del Fitz Roy con su mujer Goretta e inicia su larga lucha contra la montaña. Sube solo y equipa la pared, para después descender a su carpa, que ha armado un poco más abajo del desfiladero del pilastro, al reparo de los vientos. Antes de morir por una caída en una grieta al pie del K2, Casarotto recordaba su ascensión en un escrito. He aquí algunos trozos: - "Me he vestido como un astronauta: polainas, dos pares de pantalones, rompevientos de 'goretex', chaleco de montaña, saco de duvet, dos gorros, guantes sin dedos, botas de escalar normales. En todo el día he logrado subir solamente 60 metros. Nieve que entraba bajo las ropas, viento espantoso: en verdad, alucinante". Atrapado por la tormenta en el curso del primer asalto, Casarotto alcanza no obstante la cima del pilastro mismo: "En la cumbre del pilastro he visto cuerdas fijas engrosadas hasta 15 centímetros. Debía sacudirías, quitarles el hielo, controlar el número de hilos que quedaban en su interior. Los yumars no los retenían".

Durante diez días el alpinista de Vicenza espera una nueva mejora del tiempo, y, finalmente, cuando esto ocurre, él regresa al desfiladero de la base del pilastro, reparando en que el viento ha dañado tanto las cuerdas fijas dejadas allí que las ha tornado casi inutilizables. "Mientras subo a lo largo de una cuerda fija veo que su extremidad cuelga en el vacío. ¿De qué estoy colgado? Subo con cuidado, trepando sin tirar del yumar. Llego al punto crítico. La cuerda se ha destrozado; la ha cortado el viento haciéndola rozar continuamente contra la roca, y, al caer, ha ido a engancharse entre una saliente y la pared. Después el hielo la ha bloqueado". No obstante, Casarotto llega al punto máximo alcanzado en las primeras tentativas y finalmente, después de otro día de duro trabajo, llega a la cima. Es el 1° de enero de 1979. Por sus características, que favorecen mucho el avance en escalada libre, el "pilastro Casarotto" del Fitz Roy constituye sin duda la mejor opción sobre roca entre las tres rutas de la ladera sudoriental (rutas de los franceses, de los californianos y de los ingleses). La trepada se lleva a cabo a lo largo de un sistema de fisuras paralelas que surcan todo el pilastro, y presenta dificultades de VIIº grado y escalada artificial.

OTRAS ASCENSIONES

En 1984, los norteamericanos Kearney y Knight han subido todo el pilastro en escalada libre, usando la artificial sólo en cuatro ocasiones. Al año siguiente, los suizos Pedrini y Locher, en el curso de una repetición, han abierto una amplia variante a la derecha de la ruta original habiendo alcanzado la cumbre del pilastro pero no la cima a causa de un incidente. Dado que la ascensión tiene en común con la ruta original sólo los dos primeros trechos, se puede con razón hablar de una verdadera ruta nueva que, en veintiún tramos, llega a la cumbre del pilastro. La ruta "Chimichurri y tortas fritas" presenta dificultades hasta el VIIIº grado inferior. En los mismos días en los que Casarotto escalaba la pendiente norte de la montaña, un pequeño grupo de franceses estaba empeñado en resolver uno de los mayores problemas planteados por el Fitz Roy, el de lograr abrir una ruta en la roca a lo largo de la altísima muralla occidental, que se precipita sobre el glaciar Torre en un salto que varía entre los 1.700 y los 2.300 metros.

Los franceses orientaron su tentativa hacia la no hollada cresta noroeste que, si bien larguísima, parecía ofrecer mayores oportunidades de subida. Del grupo formaba parte Jean Afanassieff, astro naciente del alpinismo francés, quien tenía en su activo numerosos y hermosos logros sobre las montañas de todo el mundo, y que ya dos años antes había podido superar el Fitz Roy con el norteamericano Mike Weiss. En sólo diecinueve horas los dos habían escalado, en primera repetición, la "Supercanaleta". Junto con Afanassieff formaban parte de la expedición de 1979 su hermano Michel, G. Albert, J. Fabre y G. Sourice. No obstante el tiempo pésimo, ellos lograron transportar víveres y equipo hasta el pie de la pared. Diez días después de su llegada el tiempo mejoró, permitiendo el comienzo de la verdadera ascensión. Mientras los dos hermanos conducían los difíciles largos de cuerda, Sourice filmaba y los otros preparaban la subida con algunas cuerdas fijas. Después de subir trescientos metros en este estilo, se llegó al punto máximo alcanzado en precedentes tentativas de otras expediciones. Tres días más tarde, cuando los franceses volvieron a la pared hallaron su carpa destruida y las cuerdas fijas casi inutilizables. No obstante, el 24 de diciembre, con perfecto estilo alpino, retomaron la subida y, a pesar de las grandes dificultades técnicas (Vº grado y A2) y con el tiempo siempre desmejorando, alcanzaron la cumbre después de vivaquear cuatro veces en la pared.

La ruta de Afanassieff y sus compañeros era también la primera ("Supercanaleta" aparte) que permitió superar la elevada pendiente noroeste de la montaña, iniciando una nueva era para su exploración andinística. Algunas tentativas se habían ya efectuado en años precedentes, pero, en general, todas se habían frustrado por el mal tiempo y por las grandes dificultades que presentaba la imponente ladera. Entre todas las tentativas merece ser recordada la que realizaron en 1977 los ingleses Rob Carrington y Alan Rouse. Ambos estaban entre los mejores montañistas anglosajones de por entonces, y, como prueba de ello, basta tan solo referirse al estilo que adoptaron para intentar la ascensión del Fitz Roy. Sólo entre dos, sin preparación previa, en perfecto estilo alpino, Carrington y Rouse prefirieron intentar la no hollada pared oeste, la más elevada de toda la montaña, delimitada a la izquierda por la "Supercanaleta". En la tarde del primer día los dos habían superado toda la parte inferior de la pared, que podría considerarse como un "zócalo", y habían llegado al comienzo de las dificultades. Al día siguiente la subida prosiguió en diagonal hacia la derecha, aprovechando la línea natural sugerida por la pared, que en lo alto muestra un verdadero sablazo en la roca, una hendidura diagonal que después tuerce para alcanzar la parte terminal de la ruta de los californianos. Las dificultades se tornaron, empero, un tanto excesivas para dos hombres que querían moverse al estilo alpino y que no disponían, por cierto, de abundante material.

Superado un muy peligroso trecho de bloques inestables, los dos ingleses llegaron hasta la base de la gran hendidura y allí vivaquearon. Al tercer día, el tiempo, que desmejoraba, y las grandes dificultades técnicas los obligaron a la retirada. Dice Carrington: "Fue una pesadilla: todos los rappels se desviaban, y los bloques caían continuamente en el vacío. Atardecía y mi antorcha eléctrica se había roto a causa de los golpes provocados en la mochila durante su recuperación, cordada tras cordada. Preparar cada punto de descenso nos demandaba una eternidad: todas las fisuras parecían precarias y estábamos obligados a usar clavos. Fue una cosa muy 'estresante' cerciorarse de que todos los anclajes fuesen seguros, rogar que las cuerdas no se encajasen en la etapa de recuperación, poner atención para no perder el preciado descenso en "8". El mismo resultado fue obtenido por los dos en una segunda tentativa que llevaron a cabo algunos días después. No obstante, cuando abandonaron la pared, Rouse y Carrington eran los hombres que habían llegado más alto, pues habían escalado dos tercios del total. Pocos días más tarde ellos abrían una nueva ruta en la Aguja Poincenot, y en años posteriores sus logros en los montes del Himalaya, en particular los de Rouse, dieron que hablar. Curiosamente, Alan Rouse perdió la vida en él, en la misma época en la cual moría allí también Renato Casarotto. La ruta seguida por los dos ingleses volvió a ser recorrida y completada en 1983 por una fuerte expedición checoslovaca después de un asedio que duró dos años.

Los checoslovacos habían llevado a cabo una primera tentativa en el verano austral de 1981-82, pero, no obstante casi tres meses de tentativas, no habían logrado vencer la pared. Robert Galfy, uno de los miembros de la expedición, se expresa así: "Hemos iniciado las operaciones el 30 de diciembre y hemos transportado los materiales a la base de la pared. Desde ese día yo y mis compañeros (M. Orolin, D. Bakos, Z. Brabec, V. Petrik, D. Kovac) hemos realizado diversas tentativas, siempre frustradas por el mal tiempo. Puesto que el descenso a lo largo de la pared oeste era peligroso a causa de la inestabilidad de los grandes bloques graníticos, en tres ocasiones hemos llegado a la Brecha de los Italianos para descender por la ladera este. Tres veces, pues, hemos dado la vuelta casi completa de la montaña para regresar al campamento base: ¡son cerca de 40 kilómetros! El último descenso lo realizamos, con todo, a lo largo de la pared oeste, bajo una tormenta furiosa. El 17 de febrero retornábamos a casa. La pared Oeste continuaba sin escalar". En 1983 Galfy regresa, decidido a no ceder. Junto a él están otra vez Orolin, Petrik y Brabec, más tres nuevos compañeros, el Dr. F. Kele, M. Hoholik y T. Surka. En esta ocasión las cosas marchan un poco mejor y, en el curso de una tentativa bastante acelerada, los checoslovacos logran conectarse con la ruta de los californianos: la pared oeste está conquistada. Con todo, la ética rigurosa de estos alpinistas del este obliga a que alcancen también la cumbre. Lamentablemente, la prosecución, aún cuando sobre un terreno ahora más fácil y conocido, resulta de nuevo impedida por el mal tiempo. Una vez más ellos se retiran hasta el campamento base con un sentimiento de rabia y frustración difícilmente imaginable. A las 3:30 del 14 de enero el tiempo parece mejorar. Del campamento base parten Galfy, Orolin y Potrik. En veinte horas de escalada los tres alcanzan la ruta californiana y suben un poco más para después vivaquear. Galfy recuerda nuevamente: "Si bien estamos muy cerca de la cumbre, no quiero pensar en eso. ¡El mal tiempo nos ha rechazado ya otras ocho veces! Ahora el tiempo parece bueno. A cada instante me asomo de la bolsa de dormir para escrutar el cielo." Esa vez el tiempo se mantuvo hermoso, permitiéndoles a los tres checoslovacos alcanzar sin problemas la cima. ¡Alguno debe haber pensado que realmente se lo habían merecido! El periodo de montañismo de 1983-84 coincidió con la realización de otra gran hazaña sobre la pendiente oriental del Chalten. Entre el pilastro este y el pilastro norte se constituyó naturalmente un diedro de dimensiones ciclópeas. Es obvio que tal estructura no podía pasar inadvertida, y es necesario decir también que justamente a lo largo del diedro se desarrollaron algunas de las primeras tentativas para superar la pared oriental. -La línea de subida es muy lógica y segura; además, la misma estructura del diedro permite las mayores posibilidades de ascensión, por estar siempre fisurada.- Esto era un poco lo que los andinistas pensaban de esa vía, pero no habían tomado en cuenta las dimensiones del Fitz Roy; las fisuras, por lo demás, no eran sino grandes chimeneas heladas y obstruidas por la nieve. Las posibilidades de protegerse durante la subida eran escasas, y muy elevadas las dificultades técnicas. Así, después de las primeras tentativas (Comesaña y Fonrouge en 1964; los suizos en 1976, y los japoneses en 1980), vinieron a recoger el guante los yugoslavos en 1983. La expedición se compone de cuatro miembros: S. Klemenc, S. Karo, F. Knez, y J. Jejlic, de los cuales los tres últimos fueron protagonistas de otras dos grandes ascensiones en las paredes del Cerro Torre. El 8 de diciembre de 1983, la ruta se completa al terminar juntándose con la de Casarotto, en la unión del pilastro norte. Las dificultades que se señalan son de VIº grado superior y A2. Sobre la pared sur, en cambio, les toca el turno a los andinistas argentinos, que se distinguen por una nueva variante en dirección a la ruta de los franceses. El 9 y el 10 de marzo de 1984, Alberto Bendinger, Eduardo Brenner, Marcos Coach y Pedro Friedrich comenzaron a escalar la pared a lo largo de la ruta de los franceses, pero, después de los primeros tres largos, prosiguieron directamente, evitando la larga travesía hacia la derecha, en dirección al nevado triangular.

La ascensión ofrece más o menos las mismas dificultades que las otras que se presentan en esta ladera, y si bien es reciente, tiende a tornarse una ruta clásica, que tal vez superará, en número de repeticiones, a la "vieja" ruta de Chouinard y sus compañeros. Como se puede notar por la crónica de estas últimas escaladas, a partir de la repetición de Kearney y Knight sobre el pilastro Casarotto se inicia una búsqueda más exacerbada de la contribución técnica. Los dos norteamericanos subieron casi totalmente en escalada libre, usando sólo cuatro clavos para el avance directo. Marco Pedrini y Locher cumplieron también una hazaña similar sobre el mismo pilastro y la pared sur, ya recargada de rutas y variantes. Todas las pendientes de la montaña ya eran conocidas y habían sido recorridas al menos por una ruta, con excepción de la poco llamativa pared sudeste, comprimida entre el contrafuerte sur y el grandioso pilastro oriental que, con su belleza, distrae la mirada de aquel ángulo tan patente como recóndito. En resolver el problema de esa pared pensaron los dos hermanos españoles Miguel Angel y José Luis García Gallego, pareja extremadamente armónica y adiestrada, siempre en procura de nuevas grandes ascensiones sobre las laderas de todo el mundo. Casi parece como que los dos hermanos se hubiesen aliado para hacer imperecedero el recuerdo de sus nombres en el mundo: por ejemplo, fueron los primeros europeos que lograron abrir una nueva ruta en el Capitán (Mediterráneo VI; 5.10, A4). Ya en 1982 los Gallego habían realizado una primera tentativa junto con sus compañeros Miguel Gómez y Manuel del Castillo. Lamentablemente, como dice el mismo Miguel Angel: "Pasamos cuatro meses llenos de dificultades y complicaciones, que comenzaron ya el día de la partida hacia el campamento base, cuando, a causa de una caída de caballo, José Luis se vio obligado a regresar a Río Gallegos para permanecer allí un mes con una pierna enyesada. Y después... una serie infinita de infortunios y aventuras. Manolo, sepultado vivo por una avalancha; un resbalón mío de más de 200 metros; caídas de quebradas en los glaciares; José Luis y Manolo, casi barridos de la pared a causa de la caída de un gran alud desprendido de más arriba." No obstante todas estas desventuras, los hermanos Gallego tornaron a la Patagonia dos años más tarde con la intención de terminar lo que habían iniciado. "Naturalmente (prosigue Miguel Angel) también en 1984 se produjeron numerosos inconvenientes. Una vez vimos como un gran bolso, que pesaba muchos kilos, desaparecía más allá de la cresta, sobre la pendiente norte, levantado por la fuerza del viento. Otra vez casi me transformé en una antorcha a causa de un calentador de gas que yo estaba manipulando. Mi conjunto de nylon se prendió fuego y yo salí de esa con serias quemaduras en las manos y en los cabellos." Pero la mala fortuna no se limitó por cierto a castigarlos durante la acción: baste pensar que José Luis, inmediatamente después de la partida, padeció una presunta hepatitis que retuvo a ambos hermanos en la Argentina por más de un mes, mientras pasaban de un médico a otro.

Este comienzo habría descorazonado a cualquiera, pero no ciertamente a los Gallego, que ya estaban como blindados contra todas las adversidades, aun las más extrañas e improbables. Partidos en enero de España, sólo en febrero logran llegar a ver la anhelada meta. Ayudados por el amigo Luis Herrero, un arquitecto sin experiencia alguna de andinismo, los dos hermanos transportan en material hasta la base de la pared. ¡Tienen equipos suficientes para soportar hasta un mes entero en pared sin necesidad de retornar al campamento base! Para ganar tiempo y evitar la primera y muy peligrosa parte de la ascensión, muy expuesta a la caída de nieve y piedras, y, por los demás, ya superada en la tentativa de 1982, los montañistas deciden hacer un rodeo y retomar su ruta pasando a través de la Brecha de los Italianos y la larga cornisa nevada que se halla en la base de la ruta argentina y francesa y que se prolonga a la derecha en la pared sudeste. El recurso es óptimo pero, no obstante, siempre peligroso a causa de la inclinación de la pendiente nevada que cubre la cornisa, y también del mal tiempo y de las continuas nevadas. Al final la gran paciencia recibe su premio: un inesperado período de seis días de buen tiempo permite a los hermanos alcanzar con seguridad la pared y, valiéndose de las cuerdas fijas preparadas en diversas tentativas, ganar rápidamente altura. Al término de las cuerdas fijas, ellos prosiguen al estilo alpino y se encuentran en la cima, estrechados en un abrazo también para resistir el fuerte viento. Es el 20 de marzo de 1984. La solución del problema planteado por la pared sudeste cierra idealmente un ciclo histórico para abrir otro que, como hemos ya señalado, había ya tenido sus primeras manifestaciones. Todas las laderas de la montaña estaban exploradas; ahora los andinistas que hubiesen deseado hacer algo nuevo sobre el Chalten habrían debido desviar su atención hacia las estructuras particulares que caracterizan las paredes.

Aristas y diedros constituyen el terreno más adecuado para estas rutas "menores". En el verano austral de 1984 entran en acción los fuertes alpinistas del este europeo, que en los años '80 constituyeron el núcleo de arrastre de todo el alpinismo internacional gracias a una infinita serie de excepcionales hazañas sobre las montañas del todo el mundo. Es el turno de los polacos, quienes, tal vez por primera vez, se ponen a prueba en el Fitz Roy, habiendo preferido en general las grandes ascensiones en el Himalaya. La meta elegida es la oscura pared norte, en el punto en el cual muestra un señalado e inmenso diedro-chimenea formado por el pilastro Casarotto a la izquierda y por la cresta noroeste e la derecha. La ascensión de los polacos es una de las que podemos definir como afortunadas. Después de haber instalado el campamento base en la Piedra del Fraile, establecen un campamento avanzado al pie de la pared. En sólo doce días logran liquidar el problema. De esos días, los últimos ocho han sido dedicados a la tentativa final, coronada con el éxito. El 24 de diciembre, P. Lutynski, W. Burzybski, M. Falco Sasal, M. Kochanczak y J. Kozaczkiewicz alcanzan la cima y, dos días después, están de retorno en el campamento base. La ruta de los polacos se conecta con la de Casarotto a la altura de la concavidad del pilastro norte. El inusitado buen tiempo que en los años 1983, 1984 y 1985 prevaleció en la región favoreció esta hermosa conquista. El primer éxito de 1985 es la nueva ruta yugoslava sobre la pared sur. De ella no se conocen detalles. Debería estar situada entre la ruta inglesa y la argentina. Escaladores: B. Biscak, R. Fabian, M. Lenarcic (entre el 21 y el 23 de diciembre). Entre 1985 y 1986 actúa también sobre las murallas del norte del Fitz Roy la expedición italiana organizada reuniendo las fuerza de los Clubes Alpinos de Mariano Comense, Florencia y Sección XXX de Octubre de Trieste. Los componentes son todos instructores nacionales del Club Alpino Italiano: C. Bartolini y M. Boni de Florencia; M. Sterni y M. Petronio de Trieste; A. Pozzi de Mariano Comense, y M. Rontini de Borgo S. Lorenzo.

Objetivo declarado es el escalamiento de la pendiente norte en su parte central, tomando como línea directriz de la ascensión el grandioso diedro que la surca en el centro. Se trata sin duda de una presa codiciada y de gran dificultad mas los componentes de la expedición son todos óptimos escaladores y alpinistas, y, por lo tanto, con los papeles potencialmente en regla para triunfar. También la expedición de los italianos sufre numerosas demoras y lentitudes debidas a un extravío en la entrega de la carga expedida por vía marítima. No obstante ello, unos quince días después de la partida de Italia (si bien parte del material, comprendidas las botas de montaña, se halla en Nueva Delhi) se inicia el transporte de los equipos disponibles hacia la base de la pared. En un hermoso artículo sobre esa expedición, aparecido en la revista Alp, Pozzi y Spinelli cuentan con simplicidad y eficacia los estados de ánimo de los componentes y las jornadas más importantes del recorrido. En la base de la pared, como es ya costumbre en la Patagonia, se excavan tres grutas en la nieve que servirán de refugio a los montañistas que se turnan en la subida. Se prefiere, por motivos obvios, emplear el estilo "Himalaya" de subida, que prevé la preparación de la pared con cuerda fijas. Dice Pozzi: "Mirando de frente la verdad de la pendiente norte, nos concedemos un escaso veinte por ciento de posibilidades de éxito. En el ánimo, liberado de la preocupación de perder la reputación en caso de desistir, queda todo el sitio para la determinación . . .Nuestras cartas de crédito alpinístico nos dan derecho a iniciar el encuentro en el centro del ring". Un primer periodo de buen tiempo permite una rápida progresión a lo largo de las lisas placas de la base, y en cuatro días es alcanzada la gran cornisa que se halla exactamente en la mitad de la pared y que muere en la base del diedro elegido para la continuación. La cornisa es larguísima y cómoda. Allí se establece un campamento avanzado que, dado su confort, tomará el nombre de Grand Hotel. El 15 de enero, Barbolini, Rontini y Boni acometen el gran diedro. Será un trabajo duro, que les demanda dos días y será también la obra maestra de Marco Sterni, quien, con sus 21 años, es el más joven del grupo. Con perseverancia, manteniendo siempre el comando de la cordada, Marco resolverá el problema pasando en escalada libre y suscitando la admiración de los otros, que le dedicarán el diedro: Diedro de Marco. El día 17 el grupo parte de nuevo para el asalto final, y hacia la tarde, mientras se prepara una inminente tempestad, alcanza la cresta noroeste, a cerca de cincuenta metros de la cima que, no obstante, no podrá ser hollada a causa del viento.

Nuestra historia del Chalten está por concluir. Resta aún recordar otros tipos de hazañas del montañismo como las ascensiones solitarias, las invernales y las escaladas femeninas. En el primer grupo se había distinguido, imbatible, Renato Casarotto. Con todo, debemos recordar que en 1985 se produce la primera ascensión solitaria por la ruta de los californianos, realizada por el francés Ives Astier, quien concluye la hazaña en sólo 12horas. Más veloz que él será el austríaco Thomas Bubendorfer, que, en el mes de enero de 1986 emplea, para el mismo itinerario, tan solo 7 horas y 30 minutos. El 27julio de 1986 los argentinos treparon en primera ascensión invernal a la Supercanaleta pero desafortunadamente no lograron llegar a la cima. La primera ascensión invernal absoluta a la cumbre, pues, es de los alpinistas "lequeses", que la llevaron a término en los días 6-8 de agosto de 1988 (ver Cuaderno patagónico nº 1). La ascensión de los alpinistas argentinos fue particularmente notable, llevada a cabo en estilo perfecto y con máxima velocidad permitida por el fuerte viento y por el mal tiempo. No obstante, ninguno de los dos llevó consigo la bolsa de dormir, para sentirse más livianos y ser, por lo tanto, más veloces. Lamentablemente, Eduardo Brenner, autor de numerosas y bellas hazañas y elemento de distinción del andinismo argentino, desapareció a causa del vuelco de una canoa durante la bajada del Río de las Vueltas. Por lo que respecta a las ascensiones femeninas, por ahora parece que las efectuadas son sólo dos. En 1978, una cordada sudafricana de tres miembros alcanzaba la cima por la ruta californiana. De ese grupo formaba parte Romy Drunshke, con su marido Eckhard y Jerry Linke. En noviembre de 1987, Silvia Fitz Patrick realizó la segunda ascensión femenina en cordada con Eduardo Brenner. ¡Es de señalar que para Silvia esa era su segunda ascensión patagónica!

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Fitz Roy. Vista desde el Noroeste
1. Pilastro Norte (Ruta Casarotto)
2. Diedro Noroeste (Ruta polaca)
3. Gran Diedro (Ruta Mariano Comense)
4. Cresta O.N.O. (Ruta Afanasieff)

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Fitz Roy. Vista desde el Oeste
1. Ruta Afanasieff
2. Supercanaleta
3. Ruta de los checoslovacos
4. Ruta de los californianos

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Fitz Roy. Vista desde Sur-Este
1. Ruta de los californianos
2. Ruta de los Ingleses
3. Ruta de los Yugoslavos
4. Ruta de los Franceses
5. Ruta directa argentina
6. Ruta Gallego (Pared S.E.)
7. Ruta Ferrari (Pilastro E.)
8. Diedro de los Yugoslavos
9. Ruta Casarotto (Pilastro N.)

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Vista del Fitz Roy desde la pampa argentina.

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Toldería de los indios tehuelches, primeros "descubridores" del Chalten, después llamado Fitz Roy.

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Retrato del Almirante Robert Fitz Roy, uno de los primeros grandes exploradores de la Patagonia, con cuyo nombre ha sido bautizada la montaña que los indios llamaba Chalten.

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Mapa general del área patagónica donde se halla el Fitz Roy.

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Mapa particular del área patagónica donde se halla el Fitz Roy.

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Una imagen que muestra el primer grupo de alpinistas que intentó escalar el Fitz Roy. De la expedición formaban parte los mejores escaladores italianos: Aldo Bonacossa, Ettore Castiglioni, Titta Giberti y Leo Dubosc.

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El Cerrro Torre visto a la entrada del valle que conduce al pie de la vertiente Norte del Fitz Roy y desde la Laguna Torre.

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Retrato de Jacques Poincenot, quien falleció arrebatado por las aguas impetuosas del Río Fitz Roy.

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Andreas Madsen trabajando en su estancia, que se extendía al pie del Fitz Roy y que durante años fur útil base de apoyo para las expediciones que operaban en la zona.

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Lionel Terray excava la hoya que servirá de vivaque al pie de la pared sudeste del Fitz Roy.

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La vertiente noroeste del Río Fitz Roy vista desde el valle del Río Eléctrico, con el lago homónimo.

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Acercamiento sobre el glaciar de Piedras Blancas: a la izquierda, la parte superior de la Aguja Poincenot, que recuerda al infortunado miembro de la expedición francesa.

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La imponente y magnífica pared este del Fitz Roy vista al amanecer. Sobre la derecha, contra el cielo, descuella el pilastro escalado por Renato Casarotto en ascensión solitaria.

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Típico ambiente en el cual de mueven los alpinistas en la Patagonia.

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Típico ambiente en el cual de mueven los alpinistas en la Patagonia.

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El surco de la Supercanaleta, tal vez la vía más lógica y "clásica" para alcanzar la cumbre.

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Foto histórica tomada por A. Scherrer, que ilustra la desafortunada expedición suiza que intentó escalar el pilastro este del Fitz Roy y llegó a pocos metros de la vistoria para después verse obligada a regresar.

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Otra foto tomada por A. Scherrer, de la citada expedición suiza.

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Acercamiento de las "Arañas de Lecco" al pilastro este.

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Teleférico construido por las "Arañas de Lecco" para facilitar el transporte de los materiales a la base de la pared.

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Acercamiento de las "Arañas de Lecco" al pilastro este.

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Una impresionante foto que ilustra el ambiente y las dificultades que presenta el pilastro este del Fitz Roy. Estos sson los diedros basales.

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Casimiro Ferrari en la cumbre, al término de una sacrificada ascensión.

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Los andinistas que, terminadas sus fatigas, se preparan para abandonar las laderas de la montaña.

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Otra imagen del la vertiente este del Fitz Roy y del pilastro norte (a la derecha), que tomará después el nombre de quien primero lo escaló: Renato Casarotto.

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Renato Casarotto, uno de los mayores alpinistas de los años 80, protagonista de empresas excepcionales en las montañas de todo el mundo, muerto trágicamente al pie del K2.

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La vertiente norte del Fitz Roy y, a la derecha contra el cielo, la larga cresta seguida por Afanasieff y sus compañeros, que constituye el camino de mayor desnivel de la montaña.

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Las tempestades que a menudo se desencadenan sobre las laderas de las montañas ponen a dura prueba la paciencia y la tenacidad de los escaladores.

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Si el tiempo es casi siempre inclemente, en compensación los dias hermosos reservan a los escaladores visiones incomparables y casi mágicas.

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Mucho tiempo transcurre en el campamento de Río Blanco, al pie de la vertiente este de la montaña. Esas horas sirven para recuperar energías y para esperar que mejoren las condiciones climáticas.

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EL acercamiento se lleva a cabo, a menudo, a través de grandes glaciares, y requiere dosis notables de fuerza y de resistencia, también a causa de las mochilas, que con frecuencia son muy pesadas.

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Uno de los últimos grandes logros en el Fitz Roy es la solución del problema del gran diedro norte, que constituye una escalada sobre roca de máxima dificultad.

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Uno de los últimos grandes logros en el Fitz Roy es la solución del problema del gran diedro norte, que constituye una escalada sobre roca de máxima dificultad. (II)

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Esta imagen muestra en toda su grandiosidad el diedro norte, superado por la expedición de Mariano Comense. Las dificultades señaladas iban más allá del VII grado.

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