EL CERRO TORRE

Montaña maldita, aguja maravillosa, grito petrificado, montaña infernal, aguja traviesa: estos son algunos de los adjetivos usados para definir una de las montañas más bellas y singulares del mundo: el Cerro Torre.

Entre todas las definiciones citadas, la más original y simpática es la última, empleada por Gino y Silvia Buscaini para describir el Cerro Torre en su bellísimo e interesante libro "Patagonia". Semejante idea del Cerro se aparta completamente de las adjetivaciones retóricas de la literatura montañista: muy vivaz y original es también la narración que los dos cónyuges-alpinistas hacen de la historia de la montaña.

"El Cerro Torre es una aguja traviesa, con su hongo de hielo en la cumbre puesto como un bonete insolentemente atravesado. Ultima de los muchos cerros esculpidos en la poderosa inserción de granito, ha resultado similar a un hijo díscolo que a menudo se exhibe con travesuras de dudoso gusto. Sus provocaciones peores, de acuerdo con el viento, son el incrustarse de hielo para encapucharse hasta las orejas y luego desvestirse de golpe para permanecer totalmente desnudo, sólo con su bonete en la cabeza. Su vanidad lo había llevado a querer renegar de su realidad de montaña para proponerse como un mito. Para lograrlo habría estado dispuesto a las prácticas más torpes, complaciéndose también en escándalos e intrigas". Un Torre pícaro, vanidoso y a veces malo es el descripto en "Patagonia", y efectivamente, si queremos humanizar la montaña, no podremos hallar adjetivos más adecuados.

En esta monografía procuraremos narrar la historia de todas las principales ascensiones a este cerro, ascensiones que han establecido un punto de referencia en la historia del andinismo y donde siempre la confrontación entre hombres y montaña se ha llevado a cabo en los límites de la capacidad técnica y de la audacia.

EL CERRO TORRE EN CIFRAS

El Cerro Torre, así llamado por su puntiaguda y sutil silueta, es tal vez la montaña más conocida de la Cordillera Patagónica Austral, tanto por la subyugante historia de su conquista como por su belleza. La magnífica montaña constituye la mayor de cuatro agujas graníticas que forman un imponente complejo montañoso de rara belleza y armonía. La cadena Cerro Torre Cordón Adela está situada en el límite oeste del Hielo Continental, cerca de los 49º 20' de latitud. Sobre la vertiente argentina de la cadena montañosa se forma un valle que confluye con el del Río de las Vueltas: frente a las paredes del este del Cerro Torre, de la Torre Egger, de Punta Herrón y del Cerro Standhart, constituyendo la vertiente hidrográfica izquierda, se halla la cadena del Fitz Roy con sus satélites. La cabecera del valle es ocupada por el glaciar del Torre, cuyas aguas de fusión forman la Laguna Torre, de la cual es emisario el Río Fitz Roy. La vertiente occidental del Cerro Torre es principalmente rocosa, así como la meridional. Del glaciar se elevan paredes graníticas compactas de más de 1.300 metros de altura. La vertiente occidental, la más expuesta a los vientos ciclónicos que provienen del Océano Pacífico, está cubierta casi por completo por una costra de hielo que se forma por la condensación del aire húmedo sobre las paredes rocosas. Este es, sin duda, uno de los rincones más remotos y salvajes de la Patagonia, apartado de fáciles vías de acceso y casi siempre envuelto en nubes. La vertiente norte no es todavía bien conocida. Se extiende desde el horcajo formado entre el Torre y el Egger y se abisma en parte también hacia el oeste, sobre el Hielo Continental. Probablemente es el lado más peligroso, dado que está sujeto a cubrirse repentinamente de hielo y a liberarse de él con la misma velocidad. Es en esa vertiente norte que se iniciará la historia de la conquista de esta magnifica cumbre.

LAS PRIMERAS TENTATIVAS

Las descripciones de quienes lo habían visto eran poco alentadoras. Alberto María De Agostini habla de él como de una grácil aguja con "formidables paredes de granito talladas verticalmente sobre el glaciar". Héctor Castiglioni, miembro de la primera expedición que intentó escalar el Fitz Roy, dice del Torre: "algunas de ellas (cimas) dan la más espantosa impresión de absoluta inaccesibilidad con medios naturales, aun a aquellos que, como yo, están habituados a ver siempre una hipotética posibilidad en cada monte, en cada vertiente".

El médico de la expedición francesa que venció al Fitz Roy dijo: "El solo hecho de pensar en escalarlo es cosa vana y ridícula". Estos antecedentes y la idea que el mundo del montañismo se había hecho del Torre, cumbre "imposible", eran sin duda el mejor resorte para desencadenar las ambiciones de los escaladores más dotados, y las primeras tentativas comenzaron. Estamos en 1957, y hacia el Torre convergen las expediciones y las miras de los mayores alpinistas italianos del momento. Integrando una expedición trentina, Cesare Maestri buscó una vía de ascensión a lo largo de la vertiente occidental, pero, ya sea a causa del mal tiempo o de las grandes dificultades, no logró alcanzar mucho. El jefe de la expedición, el célebre Bruno Detassis, expresó sin rodeos su parecer, que era casi una orden: "El Torre es una montaña imposible, y no quiero poner en peligro la vida de ninguno. Por lo tanto, en mi calidad de jefe de expedición, os prohibo intentar el asalto del Torre".

En la vertiente opuesta, en la batalla por la pared oeste, donde actuaba un grupo que tenía en Walter Bonatti y Carlo Maun sus figuras más significativas, sólo habían obtenido esos alpinistas algún pálido resultado. Bonatti y Maun escalaron un paso que llamaron "Paso de la Esperanza", y luego se arriesgaron aún más, para ganar otros 120 metros, pero finalmente debieron detenerse por las grandes dificultades. La derrota es urticante para ambas expediciones, pero tal vez es aún más penosa para Maestri, quien, en cierta manera, ya por aquellos días se da cuenta de que el destino lo ha ligado para siempre al Torre. Bellísimas y extremadamente humanas son las páginas del diario de aquella expedición, transcriptas en "Arrampicare é il mio mestiere" ("Trepar es mi oficio"), su libro autobiográfico. En el capítulo en el cual el trepador trentino narra la tentativa de 1957 se transparenta constantemente el conflicto entre el hombre ambicioso, el alpinista atraído por la bellísima aguja, y el hombre vencido, incapaz de actuar y, al mismo tiempo, tozudo y siempre esperanzado en redimirse.

Es un diario denso y rico de imágenes e ideas, una crónica que concluye con el triste regreso al Río de las Vueltas: "Estamos aquí con el sentimiento de haber dejado alguna cosa no cumplida allá arriba. Pero yo creo haber hecho lo imposible para que esto no ocurriese. Debo regresar y regresaré". La montaña "imposible" había vencido el primer "round", batiendo a los mejores escaladores del momento, y había incrementado el halo de invencibilidad que la circundaba. Ninguno tal vez se daba todavía cuenta de que, junto con la lucha por superar las dificultades propias de la montaña, se había iniciado una verdadera "carrera hacia la cima" entre los escaladores de todo el mundo, carrera que tendrá un triunfador y cuyo misterio no está todavía definitivamente resuelto. Maestri y Maun, entre tanto, se preparaban para retornar al Torre como rivales, para vencer el mito, para tratar de alcanzar la victoria que se les había negado a ambos en 1957.

LA VICTORIA Y EL ENIGMA

Maestri, con esfuerzos económicos sobrehumanos, logró organizar una nueva expedición en el verano austral de 1958-59. Por sobre todo, según afirma en su libro, perdió también una importante contribución que la Snía Viscosa (industria de fibras sintéticas) había transferido a una expedición hacia el Torre, organizada por el rival Bonatti, quien después no partió. No obstante las dificultades económicas, una buena noticia vino a alegrar al gran escalador trentino: la participación de Toni Egger, el mejor alpinista austríaco del momento, vencedor solitario de la ruta Solleder en la pared noroeste del Civetta y escalador del nevado Jrishanca, el "pico de colibrí de hielo", en los Andes peruanos. Egger era un alpinista completo, con sobresaliente aptitud para las ascensiones en hielo y, sin duda, su experiencia iba a ser bastante útil en el curso de la que emprenderían.

En tanto que la expedición de 1957 era totalmente italiana con excepción del ítalo-argentino Cesarino Fava (Bruno y Catullo Detassis, Marino Stenico, Luciano Eccher, Cesare Maestri), la de 1959 es, por así decirlo, cosmopolita, ítalo-austro-argentina: además de Maestri y de Egger forman parte los argentinos Fava, Spikermann, A. y G. Daibagni. Entre breves períodos de buen tiempo y otros, más prolongados, de malo, Fava, Egger y Maestri aparejan la pared este hasta el nevado que la caracteriza en su parte inferior y después esperan la ocasión para lanzar el asalto definitivo. El buen tiempo llega el 28 de enero de 1959 y los tres parten, decididos. Remontadas las cuerdas fijas, la cordada prosigue, con dificultades, sobre roca y hielo, y con el peligro constante de la caída de masas de nieve y bloques de hielo que se desprenden del hongo de la cumbre: "Apenas tengo tiempo de mirar hacia arriba y advertir a los compañeros, cuando una avalancha de nieve se precipita sobre nosotros... me pongo firme, en posición de seguridad, y espero que la nieve cese de caer".

A la tarde están en el alto collado entre el Torre y el Egger, que será bautizado "Paso de la Conquista", casi en oposición con aquel "Paso de la Esperanza" de la expedición Mauri Bonatti de 1957. Por lo demás, no estaba en el estilo de Maestri emplear términos poéticos o mágicos, o comentar el topónimo de los dos rivales. Él afirma alusivamente: "la esperanza es el arma de los débiles". En el paso, Fava abandona a sus compañeros y desciende hacia la base. Los dos cavan un refugio en la nieve, que en aquel periodo era bastante abundante, al punto de haber recubierto con una coraza uniforme toda la pared norte. Al día siguiente se inicia la peligrosa aventura. "Subimos hasta la cima del pilastro, sobre la cresta noroeste. Sobre nosotros asciende, vertiginosa, la pared norte. Placas, canaletas, fisuras, todo está recubierto de una capa de nieve helada, que nos da inmediatamente la impresión de ser postiza y provisional. Toni me mira; yo callo. Así comienza nuestra lucha... Toni parece volar sobre la cresta, y cada paso resuena con un sordo rumor de vacío.

Unas veces, la nieve dura se deja apenas rayar por los grampones; otras, se hunde en ella todo nuestro calzado." La ascensión prosigue sin respiro, siempre sobre el filo de la navaja, con grandes dificultades técnicas y con la permanente amenaza de avalanchas y de cambio de tiempo. Es una dura lucha que envuelve a los escaladores física y, más aún, emocionalmente. "A veces, amplias zonas nevadas se hunden con soplos que provocan escalofríos... En los trechos escarpados Toni me deja su mochila, y al remontar la ruta tortuosa para llegar a él, los bultos me pesan, me cortan los hombros y mi respiración se torna tan pesada como la carga." Egger, experto escalador en hielo, juega a zigzaguear sobre la pared de la montaña, buscando los puntos débiles, pero, sobre todo, las canaletas, los diedros, donde el hielo y la nieve se han acumulado en mayor cantidad y aumentan las posibilidades del ascenso. Esta enervante marcha sigue durante doce horas, que lo son de precariedad casi absurda, donde "nuestra vida no vale nada..." Por la tarde, con todo, los dos escaladores llegan al sector donde el hielo se torna más espeso y permite mejores posibilidades de afirmarse.

Se detendrán aquí, excavando un espacio para el vivac. Los nervios se relajan un poco, y la mente busca en el recuerdo un anclaje en la realidad cotidiana tan diversa de aquella, durísima y no humana, de la pared norte del Cerro Torre. "Estamos aquí, recostados, y esto me trae el recuerdo de una tarde, a la orilla del río, con una muchacha: anochece como entonces; hay un ligero viento en lo alto, como entonces. La pared norte parece un gran río, que corre lento y desaparece a lo lejos, y nosotros estamos sentados a su orilla, como aquella tarde. Querría que todo hubiese terminado y poder retornar a vivir las pequeñas cosas: sentir el perfume de una flor, observar el vuelo de los pájaros, abrazar con fuerza a mi querida. Sin embargo, me parece que todo esto no podrá ya tener valor si no llegamos a la cima del Torre. Hablo en singular, porque para Toni no es lo mismo. Toni estaría feliz si pudiese llegar a la cima, pero no "debe" llegar. Yo debo, porque me lo he ordenado. La noche pasa veloz, y en la mente hay sólo voluntad de batalla." La ascensión prosigue al día siguiente sobre el mismo terreno, con las mismas dificultades e incertidumbres. La capa de nieve se ha tornado, con todo, más espesa, y esto permite una mayor seguridad. Extraplomos de hielo, paredes verticales, cornisas para perforar como topos, crestas nevadas: el zigzagueo continúa una vez más hasta caída la tarde. Los progresos han sido mínimos (100, 150 metros) y faltan otros 200 metros llenos de incógnitas.

Entre tanto, la temperatura, que ya durante el día se había elevado, sube aún más, presagiando la inminente llegada del mal tiempo. "El altímetro indica 3250: mañana tendremos mal tiempo. Hoy no hemos advertido este cambio. Solamente ahora sentimos que hace demasiado calor para esta hora de la tarde. El Mariano Moreno está recubierto de niebla. Ciertamente, pocos metros nos separan de la cima." A la mañana, mientras las nubes aumentan, la cordada retoma su "carrera hacia la cima", pero esta vez contra el tiempo. Nuevamente, enormes dificultades que habrá que superar a fuerza de clavos. Nuevamente el zigzagueo para evitar todas las posibles acumulaciones de hielo. "Toni parte y supera una pared muy escarpada, casi vertical. Sube poniendo un clavo después del otro. Luego subo yo y dejo los clavos en la pared. Continúo y supero un techo bastante escarpado. Aquí Toni pasa una saliente de hielo y grita: '¡Cesare, la cima!' "¡He soñado durante tanto tiempo este anuncio, que ha sido mi pesadilla de tantas noches! En mil sueños he visto nuestros gallardetes flamear sobre la cima. Y ahora permanezco casi indiferente. Embrutecido por el cansancio, con los nervios en pedazos, me preparo para consumar el sacrificio a la más estúpida manifestación humana: la vanidad.

El viento ciclónico aumenta de intensidad, obligando a la cordada a subir los últimos metros a saltos, deteniéndose a cada ráfaga para no ser arrancados de la pared. "¡He aquí la cima!" "Por este momento he luchado y vivido. ¿Valía la pena? Nunca como ahora me doy cuenta de que ninguna montaña vale una vida. Siento repugnancia de esta cima. ¡Qué asco este viento, las fotos tomadas, las firmas registradas! No. No valía la pena." Estas amargas consideraciones, tanto más verdaderas cuanto más uno se da cuenta de haber superado el sutil, invisible confín entre el riesgo calculado y el confiado a la suerte, parecerían un contrasentido al profano, pero a menudo penetran en las mentes de los montañistas en situaciones como las descriptas. Comienza en este punto una verdadera y real huida de la cima y de aquel mundo hostil, como si los dos se hubiesen dado cuenta de haber violado un tabú, un reino prohibido al hombre. Un viento cada vez más cálido y más fuerte azota las paredes del Torre y la coraza de hielo poco a poco se debilita, se derrumba, desaparece.

LA HUIDA DESDE EL CERRO TORRE

Antes de iniciar la descripción del tremendo descenso desde la cima, Maestri se entrega a una serie de consideraciones que deben hacer meditar. "Pero, ¿qué victoria tengo entre manos? Una victoria lograda con resentimiento y con rabia y con el corazón lleno de amargura y de hastío. ¡Qué diferente de mis victorias solitarias, hechas de técnica y de alegría de vivir!"

A este desahogo siguen las consideraciones de hasta qué punto él, Maestri, se ha dejado arrastrar a esa empresa como por una suerte de reacción contra aquellos que de algún modo lo habían hostigado. El descenso de los dos fue rocambolesco: algunos rappeles sobre clavos inseguros en el hielo, otros sobre clavos a presión colocados cada vez perdiendo treinta, cuarenta minutos para perforar la dura roca granítica. El viento arrastra la cuerda en su loca carrera y aquélla se extiende horizontal, en el vacío, o bien directamente se eleva hacia lo alto empujada por una fuerza invisible. Es un apocalipsis, vivido siempre en espera de una avalancha que de un momento a otro puede desprenderse de los hongos de hielo de la cima.

Un quinto vivac se instala todavía en plena pared, y al día siguiente los descensos prosiguen hasta que, finalmente, Egger y Maestri llegan a la base del Cerro de la Conquista, al reparo del viento. Aún algunos descensos, y después podrán usar las cuerdas fijas. Se proyecta otro vivac, que deberá ser el último. En la tentativa de colocarse en una posición más favorable, al comienzo de las cuerdas fijas, Egger desciende todavía una vez más en rappel. En este punto ocurre que (burla suprema e injusta) una enorme avalancha se desprende de la cima y se precipita por la pared oriental. Toni Egger es arrancado de la roca y su cuerpo desaparece en el vacío, mientras Cesare Maestri, golpeado sobre el costado, se encuentra atónito e impotente ante la tragedia. Otra noche transcurre, angustiada y, esta vez, solitaria. Al día siguiente, con los fragmentos de cuerda salvados de la avalancha, Maestri reinicia el descenso. En él hay solamente dolor, cansancio y resignación: "Hoy se decidirá mi vida. No alzaré la cabeza si un soplo más denso me advierte que la avalancha caerá, poderosa. No gritaré si todo, en un instante, se torna tenso y silencioso. No podré sentirme feliz si hago pie sobre el glaciar, en la base".

Al término del descenso, pocos metros antes de tocar el ventisquero de base, Maestri cae, pero el vuelo es amortiguado por la enorme cantidad de nieve fresca caída, y él logra salvarse, si bien está ya en el límite de sus fuerzas. Sólo por casualidad, su cuerpo ahora exánime será hallado por Cesarino Fava, quien, mientras se preparaba para abandonar la gruta del campamento base, lo localiza entre la nieve. Maestri, pues, se salva y retorna a la vida, si bien con el peso de la gran tragedia vivida, pero quizás este es un peso leve si se lo compara con el de la sospecha y la duda que la ascensión, no documentada, suscitará entre los montañistas. Sobre todo los escaladores anglosajones serán los primeros en sostener la tesis según la cual la cima no ha sido alcanzada por Egger y Maestri. Por otra parte, toda documentación en favor o en contra de esta tesis es casi imposible. Egger ha muerto, y la máquina fotográfica que llevaba ha desaparecido en el glaciar junto con las eventuales pruebas. Nacía, pues, un caso aún hoy abierto, y que tal vez no podrá jamás ser resuelto, si bien la capacidad de los dos escaladores y las particulares condiciones de la montaña, tales como las descriptas por Maestri, son factores más que válidos para poder decir que la cima fue efectivamente alcanzada.

Ni siquiera el hallazgo del cuerpo de Toni Egger, ocurrido en 1975 en el glaciar del Torre, contribuyó a la solución del enigma que, como se ha dicho, apasiona sobre todo a los alpinistas británicos. Veremos seguidamente que, en diversas ocasiones, ellos se dedicaron a buscar las pruebas de la realidad de la ascensión de Maestri. En general, la investigación estuvo siempre dirigida más a impugnar que a comprobar las afirmaciones de '"la araña de los Dolomitas". Pero, después de la empresa, el veneno corrió también por Italia, y muchos fueron los alpinistas, aun de fama reconocida, que insinuaron que Maestri había contado una mentira. Toda esta polémica, clara o rastrera, no podía sino aumentar el deseo de Maestri de hacer callar, de una vez por todas, a sus detractores. La cuestión de la subida al Torre estaba entre tanto tornándose de proyección internacional, y fueron muchísimos los alpinistas que, viendo en aquella montaña un símbolo de afirmación, tornaron sus miras hacia una conquista que las dudas acerca de una primera ascensión de Maestri dejaban aún abierta.

Para el alpinista trentino quedaba una herida abierta en el orgullo; para los otros, un incentivo para competir aún más encarnizadamente. Entre todas las tentativas, se impone sin duda aquella llevada a cabo por los ingleses en 1967-68 a lo largo de la cresta sudeste de la montaña. El equipo estaba compuesto por los más avezados trepadores británicos del momento: Martin Boysen, Mick Burke, Peter Crew, Dougal Haston, a los cuales se agregó el argentino José Luis Fonrouge. En oposición a lo que Fonrouge sostenía, los ingleses decidieron que la mejor táctica era la del asedio y de una preparación extremada de la pared. Usando todas las más refinadas técnicas, los escaladores llegaron bastante alto, pero el buen tiempo que los había acompañado por varios días cesó, obligándolos a la retirada. ¡El campo estaba de nuevo libre para Cesare Maestri! Pero antes de pasar a la narración de las vicisitudes que llevaron nuevamente al alpinista trentino hacia la cumbre del Torre, es necesario referirse también a una nueva tentativa hacia la cima llevada a cabo por los "lequeses", guiados por el gran Carlo Maun, el cual había reabierto la polémica sobre la primera ascensión.

La tentativa repitió los pasos de la expedición de 1957 sobre la pared Oeste. Forman parte del grupo Carlo Maun, Piero Rava, Casimiro Ferrari, Roberto Chiappa, Giuseppe Cima, Gianfelice Rocca, Gianni Stefanon, Gianluigi Lanfranchi y Pierlorenzo Acquistapace. Los alpinistas operan eficazmente a lo largo de la pared de hielo y, antes de ser rechazados, llegan a 250 metros de la cima con Casimiro Ferrari y Pietro Rava. Maun, al regreso, proclama que por cierto volverá para terminar esos pocos metros que separaban a los hombres de la victoria y, además, enciende de nuevo la polémica sobre la veracidad de la ascensión de Maestri. Faltan las pruebas fotográficas.

VENGANZA, TREMENDA VENGANZA!

Maetri está amargado, herido en su orgullo, y tal vez, justamente por esta última impugnación a su empresa, se decide por la más loca y original respuesta que él pueda dar a sus detractores: retornar a la cima del Torre por una ruta nueva y llegar con cualquier medio disponible. La crónica y los antecedentes de esta empresa, con sus dos tentativas, hecha de coraje y tozudez, en desafío, más que a una montaña, a todo el mundo del montañismo, es narrada en el libro "2000 metros de nuestra vida". El libro ha sido escrito entre dos: Cesare y su mujer Fernanda. Es una obra muy bella y original, ya sea porque establece un puente entre el restringido mundo del montañismo y el mundo común, el de todos los días, ya porque, por primera vez en un libro sobre ese tema, la penetración psicológica procura alcanzar profundidades nunca sondeadas. Concebido como un diario, con páginas escritas alternativamente por los dos autores, el libro muestra cuáles podían ser las motivaciones y los impulsos del montañista y los pensamientos y preocupaciones de una mujer que tal vez soñaba con una vida normal y que de improviso se veía impelida de lleno a un mundo cuya problemática le era tan extraña. Escribe Maestri en las primeras páginas del libro: "En este momento Maun y Rho, no convencidos de mi victoria, quieren las pruebas fotográficas, aquellas que Toni tenía consigo cuando fue arrollado y barrido por la furia de la avalancha. Bien, señor periodista; bien, señor alpinista, bien, señor dubitativo: ¿queréis guerra? Yo la haré, pero a mi manera. Regresaré al Torre. Atacaré su pared más difícil en la estación más impracticable". Y Fernanda Maestri responde a esas palabras: "Y en casa se desplomó otra vez el Cerro Torre; se desplomó destrozando todo, con la misma fuerza destructora de un huracán. A mi alrededor veía despedazarse mi vida".

En 1970 surge la expedición Campiglio '70 con el fin de alcanzar la cima del Torre escalando su cresta sudeste en el período invernal. Son sus miembros Cesare Maestri, Carlo Claus, Ezio Alimonta, Pietro Vidi, Renato Valentini y el fiel amigo del jefe de la expedición, Cesarino Fava, aquél que conoce, más que ningún otro, qué motivos pueden inducir a Maestri a esa nueva tentativa. El desafío debe ser un bofetón, un ultraje y, al mismo tiempo, una victoriosa revancha. Por este motivo, "la araña de los Dolomitas" no pone atención en gastos ni en dispendio de medios. Se preparan al efecto las primeras botas de montaña dobles con estructura plástica, que hoy están tan en uso pero que entonces parecían una locura. Igualmente revolucionarias son las vestimentas acolchadas con una simple hoja de aluminio que mantiene inalterable la temperatura del cuerpo en su interior. Para permitir soportar el asedio, que se prevé largo y con muchos días de inactividad, Maestri concibe sin rodeos la idea de construir un pequeño refugio prefabricado al pie del Torre. El transporte de los materiales es efectuado gracias a la Fuerza Aérea Argentina y, sobre todo, a un helicóptero puesto a disposición por Agip Petroli.

Con dos vuelos sucesivos, en el límite de capacidad del aparato, el helicóptero logra llevar la carga hasta las cercanías de la base del Cerro Torre, sobre el glaciar. Poco después los hombres montan la pequeña casilla prefabricada que los hospedará en las pausas del largo asedio. Y Maestri anota: "Ahora el Torre y nosotros estamos frente a frente. No nos separan ya infortunio o fortuna, ministros o ministerios, dificultades burocráticas kilómetros de bosques, de morenas, de glaciares... Y los días tendrán dimensiones verticales y no estarán constituidos de minutos o de horas sino solamente de centímetros y de metros".

EL COMPRESOR

Entre las novedades absolutas y originales del desafío de Maestri debemos ahora dedicar dos palabras al ya célebre "compresor", el monstruoso medio tecnológico empleado en la ascensión, y que tanto escándalo suscitó en los ambientes del montañismo de su tiempo. Maestri sabia muy bien que en la subida habrían sido necesarios los clavos a presión, es decir aquellos clavos que no se meten en las fisuras naturales sino que requieren efectuar una perforación hecha expresamente en la roca compacta.

Para realizar esta operación son necesarios cerca de 15 minutos de trabajo, martillando sobre un pequeño buril. Obviamente, previendo usar muchos clavos a presión, se debía hallar el modo de reducir los tiempos; las jornadas cortas de invierno, las condiciones meteorológicas casi siempre tendientes al mal tiempo, no permitían por cierto pasar horas y horas en la pared para perforar la roca para hacer pocos metros de avance. Fue así como en Maestri, espíritu vivaz y aun desafiante, nació la idea de valerse de un trépano a motor para acelerar la perforación.

En la elección de un medio técnico como el "compresor" podemos reconocer toda la tensión de Maestri hacia la cima y su logro a cualquier costo. Y debo decir, a título absolutamente personal, que el desafío a los grandes tabúes de la ética montañista, que no contempla por cierto tales medios mecánicos para escalar, y la alocada idea de arrastrar tal peso a lo largo de las paredes talladas a pico de una montaña como el Cerro Torre, me tornan aún más simpático el personaje de Maestri, Fitzcarraldo patagónico.

El compresor fue provisto por Atlas Copeo y diseñado expresamente para la empresa. Escribe a propósito Maestri: "Debo hallar una máquina que me permita perforar la pared más velozmente; podría ser un perforador a aire comprimido. Aire comprimido: Atlas Copeo. Y heme aquí frente al director de Atlas, el doctor Lai..." Después de haber escuchado el problema, el director responde: "Para nosotros no es por cierto un problema. Pero Ud., como alpinista, de qué modo la arreglará?. ¡Son ya tantos los alpinistas que critican su técnica moderna (la de los clavos a presión)! Esos conservadores lo acusarán de haber ofendido al alpinismo. Por lo que a mi respecta, Maestri, está bien, porque cuanto más cruenta sea la polémica más publicitado será el nombre de Atlas". Una semana después del coloquio Atlas Copeo puso a punto el compresor.

"Una perforación cada veinte segundos. Querría abrazar al doctor Lai y a sus técnicos. Procuro perforar un bloque de granito. La punta entra como un dedo en la manteca. Expele el aire automáticamente. Hace un agujero redondo, bello, sin rebabas. Sin más, es mi máquina. Tiene solamente un pequeño defecto: bastidor, motor y compresor pesan setenta kilos. Agregando dos pistolas perforadoras, las piezas de recambio, los tubos para el aire, la gasolina y el cabrestante para levantar el conjunto la cuenta se hace pronto: ciento cincuenta - ciento ochenta kilos" . Pero todas las diabluras de la técnica, toda la grande, inmensa voluntad de Maestri y de los otros miembros de la expedición debieron vérselas de pronto enfrentadas con el invierno patagónico y su dureza. Las condiciones meteorológicas se mantienen casi siempre malas, con precipitaciones de nieve de notable intensidad. La "casota" (este era el mote con el cual los hombres bautizaron su refugio prefabricado) había ido poco a poco desapareciendo bajo la nieve acumulada en oleadas sucesivas de mal tiempo y se hallaba ya cubierta por 18 metros de nieve.

Una galería subterránea la ponía en comunicación con el mundo exterior. El 4 de julio, en medio de la noche, los hombres son despertados por un tremendo fragor: "Toda la barraca ha experimentado un sobresalto. A la luz de una pila nos damos cuenta de que debe haber sucedido algo muy grave. En la 'casota' hay como unos diez bloques de nieve, y la puerta está derribada. Tratamos de plantar la picota en la nieve que obstruye la salida, pero es tan dura que la punta no alcanza ni siquiera a perforaría.

Nos parece que falta el aire. Inmediatamente comprendemos que debe haberse desprendido una masa de nieve que, pasando sobre nosotros, ha llenado el túnel, obstruyendo la salida... Para dejarla expedita, debemos arrojar la nieve al interior de la casa, amontonándola a los costados, pero continúa obstruida y el interior de la barraca está casi lleno. Excavamos por más de tres horas, cuando Piero logra abrir una salida al exterior". Esta parece una señal del destino o del Cerro Torre, que indica que tal vez sea hora de dejar el campamento. Estamos, en realidad, en las últimas reservas de la expedición, los montañistas están muy fatigados y los víveres comienzan a escasear. "... En el depósito queda sopa, un par de kilos de pasta y aceite. Hemos revuelto entre las inmundicias para recoger la piel del jamón que habíamos tirado..." Ezio Alimonta y Renato Valentini proponen abandonar la partida de manera que queden unas pocas reservas más para los tres que continúan, a fin de que la escalada pueda proseguir.

Es una propuesta que nos entristece, pero es muy realista. Salgo de la barraca y voy a la gruta-cocina... Qué debo hacer? Contengo las lágrimas, pero un largo sollozo sale de mi garganta. Tengo los pies fríos y las ropas desgarradas... y ese sollozo no quiere dejar de salir de mi garganta... Siento que alguien llega. Enjugo las lágrimas y me pongo a hurgar en un bolso vacío. Es Carlo. Coloca su brazo alrededor de mi hombro, me aprieta contra él con dulzura y me dice: "Cesare, se acabó. No hay nada que hacer, no hay ya nada que hacer".

Alimonta y Valentini parten. Quedan Carlo Claus, quien tiene serios problemas en las manos, y Pietro, que sufre un principio de congelamiento. Siguen pocos días de lucha inhumana, durante los cuales Maestri llegará a pensar en proseguir solo cuando los otros deban detenerse. El 9 de julio se terminan también las reservas de gas: no se podrá ya beber o calentar la comida.

"He aquí que todo ha terminado. Estamos a poco menos de cuatrocientos metros de la cumbre y todo ha terminado..." La expedición se ve obligada a regresar, pero Maestri no está vencido y ya piensa en volver en el verano austral para vencer esos cuatrocientos metros que faltan. Y así lo hace. Nuevas fatigas, nuevos problemas para reorganizar la expedición y hallar el dinero necesario; y una vez más lo tenemos al pie de su Cerro Torre. De la nueva expedición forman parte Claus, Alimonta. Claudio Baldassari, Juan Pedro Spikermann y Fausto Barozzi. El verano austral es favorable. El compresor, no obstante tres meses sin funcionar en medio de la intemperie, colgado en las paredes del cerro, responde bien a la primera prueba. La escalada se reanuda. Todo parece más fácil a los trepadores, en comparación con aquello que habían pasado durante el invierno. El avance es rápido y resulta favorecido por una inesperada serie de días de buen tiempo. Finalmente, queda espacio aún para momentos de broma, de distensión, como cuando Carlo Claus, oculto a la vista de Maestri y de Alimonta por la roca que sobresale, monta sobre el compresor y se hace izar por los desprevenidos amigos hasta el punto en el cual se hallan.

Casi sin novedades, el 2 de diciembre de 1970 los tres de la cordada alcanzan la cima del Cerro Torre. "Ghe son! Ghe son!" (Aquí estamos! Aquí estamos!) grita Maestri como conclusión de su sueño-pesadilla, y tal vez con estos gritos se cierra también un capitulo de historia del montañismo. En el descenso, Maestri quiebra los últimos veinte clavos a presión, aquellos del muro de la cumbre, y después desactiva el compresor, que permanecerá fijado en la pared de la montaña como recuerdo de su ascensión. El Torre ha sido vencido. Ahora los detractores no podrán decir que Maestri no ha alcanzado la cima: hay fotos, pruebas y testimonios. Los periódicos italianos han seguido día por día la evolución de la subida y han hecho partícipes a millones de personas de un acontecimiento que sus crónicas han tornado un poco semejante a una conquista espacial. El Cerro Torre, la cumbre imposible, la cima símbolo último de algo que todavía podía escapar al "control del hombre, había caído. No había ya nada sobre la superficie terrestre que pudiese mantener vivo el mito de la lucha del hombre contra la naturaleza".

LOS "LEQUESES" Y LOS NORTEAMERICANOS

Y como siempre sucede en estos casos, una vez derribada la barrera psicológica todo se torna más fácil para los otros que siguen y que quieren legar su propio nombre a la montaña. En 1974, los alpinistas de Lecco, guiados por Casimiro Ferrari, regresan para una tentativa sobre la pared oeste, y con el valor y la tenacidad que siempre los ha distinguido, demuestran que, al fin de cuentas, el torre 4, odia ser superado también de otras formas más sencillas y menos dispendiosas. Cuatro llegan a la cima, Casimiro Ferrari, Mario Conti, Pino Negri y Daniele Chiappa, después de haber superado dificultades extremas sobre el hielo. La empresa es alabada por un articulo del periódico inglés Alpine Journal, que la define como "ethically pleasant". Esta ascensión es aclamada en muchos sitios como la primera escalada verdadera al Cerro Torre, dadas las dudas que aún subsistían acerca de la subida de 1959 y en razón de que en la de 1970 los trentinos no habían escalado el hongo de la cima. La escalada de los "lequeses" derriba definitivamente el muro mítico que rodeaba al Torre y abre camino a una serie de hazañas cada vez más audaces que tendrán por teatro todas las paredes de la montaña, en todas las estaciones.

Justamente a lo largo del itinerario de los "lequeses", por cierto el más clásico y también el más factible, se efectúa, en 1977, la repetición de los norteamericanos Bragg, Carman y Milson, quienes así constituyen la tercera cordada que alcanza la cumbre de la montaña. Tres días tardaron los escaladores en la ascensión. Con todo, deben pasar todavía algunos años antes de que alguno decida seriamente volver a intentar el Cerro Torre escalando la cresta oriental de Cesare Maestri.

Jim Bridwell venia de las soleadas laderas del Yosemite Valley, en California, de un mundo sin nubes ni problemas de mal tiempo, pero sobre las altas paredes graníticas de El Capitán había conocido y resuelto inimaginables problemas técnicos y de audacia. Jim Bridwell parece un hombre tranquilo, pero su mujer dice que cuando lo ve enajenado y con la cabeza en otra parte, comprende que lo debe dejar ir en busca de nuevas pruebas y de nuevos horizontes. Y uno que conoce las grandes paredes del Capitán como sus bolsillos no puede sino buscar dimensiones similares y superiores, en los lugares más salvajes e inhóspitos del mundo. De Alaska al Himalaya y más abajo, hasta la Patagonia, donde haya paredes que puedan desafiar sus sueños, Jim Bridwell estuvo. Evidentemente, el Torre estaba en los sueños de Jim, y él hizo todo para poder escalarlo, si bien él mismo admitirá que "en la Patagonia el buen tiempo es raro y precioso como el agua en el Sahara, y es necesario saber captar al vuelo las oportunidades que permiten llevar a cabo ascensiones".

Jim estaba obsesionado por la idea de escalar el Cerro Torre, pero sabia que la obsesión, si no es controlada, puede llevar a desastrosas consecuencias. Estaba también frustrado por la misma idea y "cuando me siento frustrado estoy asimismo determinado". Había llegado a la Patagonia con John Bachar, tal vez el mejor trepador del mundo en aquel momento, y Mike Graham; pero los amigos, después de poco tiempo, lo abandonaron al viento, solo con su sueño y su frustración. En esta situación, cualquiera habría tomado el camino de su casa, pero no por cierto Bridwell, quien pronto se ocupó en hallar un nuevo compañero para la ascensión. Poco días antes había conocido a Stewe Brewer, un joven compatriota llegado en esos lugares en busca de aventura. "Lo abordé y le propuse unirse a mi expedición como segunda mitad de un intento al estilo alpino entre dos, sobre el espolón sudeste del Cerro Torre, una de las montañas más salvajes de la tierra. Antes de haberlo pensado, aceptó, y yo pude tener una segunda oportunidad".

A las 3,30 de la mañana los dos empiezan a trepar simultáneamente a lo largo del trecho de hielo que precede a la verdadera pared. Bridwell ha basado todo en la ligereza y velocidad, pero se apoya también en su gran determinación, en los tres años pasados pensando en el día en que estaría sobre el Torre. A las 5,30 están sobre roca. La carrera prosigue sobre el nuevo terreno, y por la tarde los dos se hallan ya muy alto: "Me doy cuenta de que, en menos de una jornada, hemos llegado más alto de lo que cualquier otro haya logrado en el mismo tiempo". La noche sorprende a la cordada bajo la cima y los obliga a hacer un vivac. Giuliano Giongo, miembro de la expedición italiana a la Torre Egger, miró incrédulo las luces de las lámparas frontales de Bridwell y Brewer, a las que primeramente había tomado por estrellas de tan alto que estaban. El día se muestra precursor de mal tiempo, y se inicia la carrera entre los dos norteamericanos y la perturbación incipiente. Bridwell está decidido a no aflojar. Falta poco trecho hasta la cima. Pasan al lado del compresor de Maestri: "Mucho me maravilló ver una maquinaria tan cerca de la cima, de esta magnífica cima, y me vi impulsado a comparar los esfuerzos para elevarla hasta allí arriba con la travesía de los Alpes por Aníbal".

Los últimos clavos habían sido rotos por Maestri, y Jim está obligado a perder mucho tiempo para superar los últimos metros de roca. Para hacerlo, se vale de toda la experiencia acumulada sobre las paredes del Capitán: usa "copper- heads", pequeños cables con un tarugo de cobre que se implantan precariamente en las fisuras superficiales; usa clavos a presión mucho más cortos que los normales, pero más veloces de colocar. Después de esta obra maestra, no quedan más que los pocos metros de hielo del hongo de la cima. Pocos minutos en la cumbre, y luego el rapidísimo retorno realizado con muchas cuerdas dobles, hasta que los dos pueden regresar al puesto del vivac de la noche anterior. Durante la noche el tiempo empeora, y a la mañana siguiente los descensos se realizan entre tormentas. Es entonces cuando, por una banal distracción, Bridwell se asegura con una cuerda rota, que cede bajo su peso. Todo ocurre en un segundo, mientras los sentidos y las reacciones del trepador se agudizan hasta lo inverosímil: "¿Lograré ver a mi hijito aún no nacido? ¿Dónde concluye la cuerda? ¿Caeré hasta la base? Pienso en gritar. Cállate, me digo. Gritar no mejora la situación". Afortunadamente, el fin de la cuerda estaba cerca, y Bridwell se halla suspendido después de un vuelo de metros. Todo puede recomenzar como antes y los dos logran alcanzar el glaciar en la base de la pared. Así concluye la primera repetición del ascenso al Cerro Torre por la cresta sudeste, y una de las más rápidas escaladas a la cima, en sentido absoluto. Hubo un instante de pánico, es verdad, pero, como dice Jim: "Me agrada pensar que si no tienes miedo no te diviertes, y si esto es verdad, el Cerro Torre vale por dos años pasados en Disneylandia".

LA PARED ORIENTAL

Superadas las paredes norte y oeste y la cresta sudeste, no quedaba más que intentar la que sin duda es la más bella pared del Cerro Torre, es decir la pared este. Con un vuelo de 1.000 metros se eleva del glaciar, compacta y rocosa, si se excluye un pequeño ventisquero que se halla un poco sobre la base y, naturalmente, los hielos que bajan del hongo de la cima.

Los primeros intentos sobre la pared son de 1978, cuando los ingleses Campbell y Wymill decidieron atacarla y no descender hasta alcanzar la cumbre. Gracias a una pequeña carpa dejada en el reducido ventisquero de la pared, los dos podrán resistir sobre la montaña durante un mes entero, dando pruebas de una tenacidad sin limite. Llegaron a 350 metros de la cima, pero la falta de víveres los obligó inmerecidamente a rendirse. La ruta de Campbell y Wymill fue retomada en enero de 1981 por sus connacionales Phil Burke y Tom Proctor y llevada a término en estilo semialpino pero sin alcanzar verdaderamente la cima. Es interesante señalar que Tom Proctor realizaba su primera experiencia en una gran montaña, dado que hasta entonces había limitado sus intereses a los bajos acantilados de Inglaterra, donde había abierto diversas rutas difíciles. Una vez más he aquí la demostración de que, por sobre cualquier otra cosa, para conquistar una cima difícil es necesaria la cabeza y la determinación, más que una larga experiencia de alturas.

La subida de los dos ingleses estuvo bastante expuesta a la caída de bloques de hielo. Del ventisquero siguieron una línea de fisuras paralela a la gran canaleta que conduce al Cerro de la Conquista y llegaron al pie del enorme diedro, camino que caracteriza el borde derecho de la pared este. Después de haber equipado paso a paso los tramos escalados, Proctor y Burke llegaron finalmente casi a la cumbre del gran diedro. Dejadas las cuerdas fijas, descendieron a la pequeña carpa, donde pasaron una noche sin dormir, conscientes de que el día siguiente seria el decisivo. "Habíamos dispuesto partir a las 4 de la mañana y, por consiguiente, pasamos la noche insomnes, en un estado de nerviosa introversión. Ninguno de los dos hablaba, pero había tanta adrenalina en nuestros cuerpos que habríamos podido hacer saltos de 15 metros o sentir caer a tierra un clavo en el campamento base. Cuando llegó el alba me sentí excitado como un chiquillo la noche de Navidad. Hoy habríamos debido marchar veloces y ligeros, abandonando las cuerdas fijas, trepando y viviendo sobre nuestros nervios, sobre nuestro coraje y sobre nuestra fortuna. Piénsalo, escalaré el Cerro Torre después de comer, le dije riendo a Tom". Al término de las cuerdas fijas, una larga travesía lleva a los dos a plena parte norte, donde, como buenos ingleses, no obstante su propósito, no dejan de buscar pruebas de la ascensión de Maestri y Egger. Afortunadamente el tiempo... empeora, el sol se oculta y la temperatura desciende, protegiendo a los escaladores de posibles caídas de hielo. Con siete tramos de cuerda, entre dificultades extremas en roca y hielo, luego de doce horas de lucha y riesgo, Proctor y Burke alcanzan el borde inferior del hongo cimero, que presenta su última defensa, una saliente de hielo esponjoso absolutamente inescalable. Avanzar es imposible. "Me estoy desollando con los equipos inutilizables sobre este hielo, hundo los brazos procurando hacer tracción de algún modo, pero no hay posibilidad ninguna. Lloro de desaliento y frustración. Con seguridad hemos hecho lo posible, hemos trepado bien, al punto de alcanzar casi la cima, tan próxima, aquí encima. Todo lo que queda es el descenso en un estado de total agotamiento psicofísico". La cima no es alcanzada, pero la pared oriental está vencida, y los dos pueden considerarse satisfechos.

SOLOS Y EN INVIERNO

Después de la escalada de la pared este, a partir de 1983 se observa un número cada vez mayor de ascensiones por la cresta sudeste, comenzando por la de los italianos Ermanno Salvaterra y Maurizio Giarolli. El Cerro Torre comienza a estar de moda, como, por lo demás, toda esa parte de la cordillera patagónica. El año 1985 será histórico en razón de una serie de logros espléndidos en el Torre, que culminan en la primera ascensión invernal por la ruta Maestri en la cresta sudeste y con la primera ascensión solitaria por la misma ruta. La estación invernal era, sin duda, un hueso duro de roer. Bastaba releer las páginas de la tentativa de Maestri para comprender qué condiciones infernales podían hallarse sobre las paredes del Torre en esa época.

Pero en el '70 Maestri había debido también abrirse camino a través de la cresta, transportar el pesado compresor y valerse de técnicas que a diez años de distancia, resultaban superadas. La idea de intentar la escalada había surgido en 1983, justamente en la Patagonia, entre cuatro de los mejores alpinistas italianos. Ermanno Salvaterra y Maurizio Giarolli conocían bien la cresta por haber llevado a cabo la segunda reiteración, en tanto que Andrea Sarchi y el romano Paolo Caruso tenían sobrada experiencia y personalidad.

En junio de 1985 los cuatro parten de Italia para intentar la gran aventura. El día 21, comienzo del invierno austral, los ve ya empeñados en el trecho de base de la montaña. Por dos veces las imprevistas y célebres tempestades del Torre obligan a los montañistas a descender de las paredes cubiertas de hielo del Cerro. Durante una primera tentativa, permanecen en la pequeña carpa del vivac por unas 40 horas, en espera de un mejoramiento que no se producirá. Finalmente, el 4 de julio vuelven a partir para el intento decisivo, pero el mal tiempo los bloquea por dos días en la carpa a unos 300 metros de la cima. Solamente después del mediodía del 6 se reinicia la escalada, que llevará al grupo al pie de la pared terminal, donde se establece el penúltimo vivac. "Nos hemos metido en la pequeña carpa y hemos dejado que el tiempo se deslizara llevándose consigo esa última noche. La bolsa de dormir era ya un bloque de cemento. Ni siquiera he intentado desprenderla del pequeño saco que la contenía. Me he contentado con mirarla cada tanto, procurando imaginar el calor que me habría regalado si hubiese estado seca y blanda. También los cigarrillos se acababan. Fumábamos uno entre los cuatro".

Los 200 metros de la pared final están cubiertos por un estrato de nieve helada de 20 a 30 centímetros. El avance es lento, por cuanto cada vez es necesario romper la caparazón helada para hallar los clavos a presión de Maestri. La blanca pared aparece así surcada por una sutil franja de roca de un metro de ancho y 200 de largo. "Todavía un poco más de media hora y estábamos los cuatro en la cumbre. El sol se ponía sobre el Hielo Continental con colores metálicos. Un frío polar descendía lentamente sobre nosotros, haciéndonos muy semejantes a fantoches sin hilos. Nos hemos abrazado. Dábamos vueltas, sin rumbo, en esos pocos metros cuadrados de la cima. Una serie infinita de sensaciones y de emociones me recorrían sin dejar huella. Estaba confuso, aturdido. Mi arnés colgaba a la altura de mis rodillas. Me movía entorpecido, tropezando cada tanto con la cuerda. Las fotos, era necesario sacar las fotos. Era necesario filmar; no había que olvidarse del mundo de allá abajo. Y entretanto el frío intenso endurecía los dedos, descoloría los rostros. Y después estaba el descenso. Había sido sólo un cuarto de hora de pausa, de detención. Había que dejar de lado todo, concentrarse nuevamente. El descenso sería largo y difícil. Y además ya la noche se nos venia encima. El último vivac en la pared se instala en el mismo punto que el del día anterior. El tiempo va empeorando, y, después de otra noche transcurrida en la base de la pared, los cuatro logran regresar al campamento base. Es el 10 de julio: sólo aquí podemos darnos un apretón de manos y decir que hemos ascendido al Torre en invierno".

Después de la experiencia invernal, faltaba solamente alguno que decidiese intentar la ascensión solitaria. A decir verdad, ya habían existido por lo menos dos tentativas conocidas en ese sentido, pero ambas habían concluido mal. El primer intento corresponde al neocelandés Bilí Denz, quien, después de una temporada de asedio, logró sólo llegar a las proximidades de la pared terminal. En 1983 le toca al francés Pierre Fargos, cuya tentativa concluye trágicamente: su cuerpo será hallado en la base del Torre y ninguno sabrá jamás si logro o no coronar su empresa. De seguro triunfó el suizo Marco Pedrini en el verano de 1985, el 26 de noviembre. Pedrini era uno de los mejores trepadores de la nueva generación, completo en todos los terrenos y, sobre todo, extremadamente decidido. Había llegado a la Patagonia con la idea de escalar solo el Cerro Torre y, después, hacer una película sobre el tema. Para esto se valió de su amigo el cineoperador y alpinista Fulvio Mariani, experto en filmar escaladas en paredes de montaña.

Después de la ascensión solitaria, Marco repite por dos veces la subida con Mariani para poder efectuar las tomas. Los dos alcanzaron la cima, tanto el 1° como el 11 de diciembre, y el resultado de sus fatigas es inmortalizado por el bello film "Cumbre". Las magnificas tomas de Mariani muestran a Marco Pedrini mientras, en camiseta y zapatillas, sube solo a la terrible montaña y, mientras, con tono provocativo y burlón, monta sobre el compresor de Maestri imaginando que es una moto: todo ello con más de 1.000 metros de vacío bajo sus pies. Pero hay también otras tomas que podrían hacer reflexionar a los más expertos y desprejuiciados, y son aquellas en las cuales Pedrini avanza, suelto, sobre los viejos clavos a presión, sin estribos y, por lo tanto, forzándolos muchísimo. Parece un verdadero y real desafío a la muerte en directo y a la luz del trágico destino que sorprendió a Pedrini poco tiempo después, durante un descenso solitario en el Dru, un trágico mensaje escrito entre líneas.

EL VIENTO DEL ESTE Y EL... SEXO "DÉBIL"

Los juegos de Marco Pedrini sobre el Torre contribuyeron ulteriormente a disipar el mito, y la ruta Maestri, si no llego a ser clásica, se puso bastante de moda. Quedaban empero por resolver dos enormes problemas esto es, el ascenso directo a la pared este y la ascensión del lado sud. Para problemas de tal magnitud se requería gente excepcional con motivaciones superiores a las del término medio de los alpinistas. Se necesitaba gente dura, decidida, incentivada para hallar en el éxito no sólo fama y gloria sino también otros reconocimientos y ulteriores espacios para una libertad que en sus países estaba casi ausente. Estos hombres, pues, vinieron de la Europa del Este y precisamente, de Yugoslavia. En 1986, una expedición compuesta por Matjaz Fistravee, Silvo Karo, Franc Knez, Pavle Kozjek, Janez Jeglie y Peter Podgornik se lanzó al asalto de la pared este.

La ascensión fue iniciada el 12 de diciembre y terminó el 16 de enero, después de haber sido equipados 31 largos de cuerda. En 35 días de permanencia, solo 14 fueron de buen tiempo. No obstante, a despecho de los grandes riesgos debidos a que la ruta estaba continuamente expuesta a la caída de bloques de hielo, los yugoslavos se impusieron. La ruta directa a la pared este había así llegado a ser la más difícil ascensión de la Patagonia y, por cierto, una de las más difíciles del mundo. Dificultades máximas señaladas: VIIIº y A4. Pero Karo y Knez parecían no estar satisfechos con los riesgos pasados sobre la pared este, y tal vez buscaban alguna cosa aún más dura, aún más salvaje, aún más peligrosa, alguna cosa que (para decirlo con Bridwell) valiese por una vida pasada en Disneylandia. No quedaba, pues, más que la pared sud, ya intentada y tan añorada por medio mundo entre los montañistas: último gran problema entre los grandes problemas de la Patagonia.

Los dos sabían que era imposible usar una técnica de gran expedición sobre una pared tan expuesta a riesgos: no se podía comprometer a otros en aquel sueño enloquecido. Decidieron, pues, intentarlo solos, seguros de su valor y de su experiencia en aquellas montañas que conocían muy bien por haber escalado también el gran diedro de la pared este del Fitz Roy, la pared sudeste de la Torre Egger y la norte del Mocho. La narración del escalamiento es heroica y dice Karo: "Sólo ahora puedo admitir que por lo menos cuatro veces nos hemos hallado en situaciones que se nos presentaron sin esperanza".

La pared sur es un infierno vertical martirizado por las continuas descargas de hielo que se desprenden de la cima y convergen sobre todo en su parte inferior. La roca es a menudo poco sólida, hecha de gruesas láminas inestables, de bloques móviles que están milagrosamente pegados a la pared. Para completar los 45 largos de la ruta, Karo y Knez trabajaron largamente y con paciencia, extendiendo las cuerdas fijas, descendiendo a la base cada vez que el tiempo no permitía avanzar, reponiendo las cuerdas rotas o dañadas, superando trechos muy riesgosos en escalada libre y artificial. Y cada vez que regresaban a la pared se daban cuenta de que aumentaban las posibilidades de ser golpeados o de tropezar con una cuerda fija rota. El 6 de noviembre inician el ascenso, con diversas tentativas en las que arriesgan avanzar un trecho por vez, y lo concluyen el 20 de enero, en medio de una violentísima tormenta de viento que ni siquiera les permite detenerse para ponerse las camperas. Una larga travesía de siete largos sobre el gran ventisquero de la cima los lleva al trecho terminal de la ruta Maestri sobre la cresta sudeste. Y es en este trecho, cuando todo parece ya próximo a concluir felizmente, donde Karo, desplazado por una ráfaga de viento, se precipita: "Instintivamente busqué parar, pero nada me detenía mientras me precipitaba en las profundidades. ¿Me habría retenido Janez? ¿Habrían resistido las cuerdas ya desgastadas por la larga ascensión? Me parece un tiempo larguísimo, y después, un cimbrón me dice que todo había funcionado: yo estaba treinta metros debajo de mi compañero". Con este último momento de suspenso con final feliz, termina la más grande empresa patagónica hasta ahora realizada y está llegando también a término nuestra historia del Cerro Torre. Poco antes de que Karo y Knez llegasen al Torre, sobre las paredes de la montaña se había cumplido otra hazaña: la primera ascensión femenina. La cordada, compuesta por los muy avezados Maurizio Giordani y Rosanna Manfrini, había alcanzado la cima, con mal tiempo, por la ruta clásica, el 29 de octubre. Si el tiempo no hubiese sido tan inclemente, aquel día las mujeres en la cima hubiesen sido dos, pero, desafortunadamente, Roberta Vittorangeli, que estaba en cordada con Stefano Righetti, fue obligada a detenerse a pocos metros de la cima. El día 4 de noviembre, con todo, fue ocasión de otra escalada femenina, la realizada por la yugoslava Inés Bozic en cordada con su amigo Janez Skok. Tal vez son exactas las palabras de Silvia Metzeltin cuando dice que, para mantener vivo su mito de montaña inaccesible, el Torre se ha convertido en el foco de los intereses de muchísimos montañistas y buscadores de aventuras, hasta obtener así un resultado diametralmente opuesto. En confirmación de lo que se acaba de decir, querría recordar que ya en 1984 el piloto argentino Oscar Almirón había logrado posar un patín de su helicóptero sobre el hongo de la cima. El golpe de gracia lo debía dar, poco después, el alemán Matthis Pinn, con dos compañeros y con el primer descenso en parapente (paracaídas orientable, de sección rectangular, usado para descender de paredes abruptas de montaña) de la montaña más difícil del mundo.

La historia de este descenso es casi increíble. Los tres alcanzan la cima del Torre para lanzarse con el parapente, arman un vivac en la cima, pero el tiempo empeora y los fuerza a la retirada. Poco tiempo después, gracias a un helicóptero del ejército argentino, se encuentran nuevamente en la cima. El tiempo es óptimo, pero sólo uno logra partir, gracias a las corrientes favorables. Los otros dos deciden vivaquear otra vez sobre la cima, en espera de condiciones mejores. A la mañana siguiente apenas osan asomarse desde la carpa por temor de hallar mal tiempo: por el contrario, está todo calmo y tranquilo y, con una corriente favorable, también ellos se lanzan al vacío para coronar con éxito su empeño. Termina aquí, por ahora, la historia del Cerro Torre, la montaña que no conocía la condena que pendía sobre su cabeza por haber vendido a la vanidad su alma de montaña: la de transformarse directamente de mito en "estructura para trepar". Lo realizado por los alemanes, de cualquier modo, va más allá por importancia y valor: en cuatro días ascienden al Fitz Roy y al Torre, descendiendo en parapente también de la primera montaña. Igual suerte correrá poco después el Aconcagua.

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El grupo del Cerro Torre visto desde el Este. La montaña ha sido definida por el padre Alberto María De Agostini, uno de los primeros en describirla de manera acabada, como una "grácil aguja con formidables paredes de granito talladas verticalmente sobre el hielo".

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La cima del Cerro Torre es caracterizada por una especie de hongo de hielo.

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Casimiro Ferrari.

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Carlos Mauri, quien condujo, con Walter Bonatti, una expedición que en 1957 llegó hasta el Paso de la Esperanza.

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La mochila de Cesare Maestri; al fondo la montaña conquistada por él.

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El Cerro Torre visto desde la arista Sud-Este a punto de ser cubierto por la neblina.

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Mapa de la Argentina con la zona del Cerro Torre indicada por un punto rojo.

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Zona del Cerro Torre.

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Los integrantes de la expedición de 1970 al Cerro Torre, capitaneada por Cesare Maestri (al centro). Maestri fue el primero en conquistar la cima. La narración de su primera ascensión había suscitado, empero, muchas dudas y polémica, hasta el punto de obligarlo a repetir la empresa.

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Formaciones de nubes sobre el Cerro Torre, que presagian un cambio de tiempo. Esta montaña es difícil, no sólo por la verticalidad de sus paredes, sino por los vientos de más de 100 km por hora que la azotan con cierta frecuencia.

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Expedición de Carlo Mauri de 1970. Atravesando sobre una balsa un curso de agua.

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Expedición de Carlo Mauri de 1970. Atravesando sobre una balsa un curso de agua.

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Expedición de Carlo Mauri de 1970. Acercamiento a pie.

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El campamento de la expedición organizada por el grupo "Arañas de Lecco".

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Un miembro del grupo "Arañas de Lecco", observa la pendiente Oeste del Cerro Torre. En esta ocasión, Piero Rava y Casimiro Ferrari llegaron a 250 metros de la cumbre.

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El famoso compresor utilizado por la expedición de Cesare Maestri para fijar los clavos a presión en la pared. El aparato, de un peso global de casi 200 kilos, debió ser subido a fuerza de brazos.

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Recorrido de la ascensión de 1970 cuando Maestri llegó a la cumbre.

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Una imagen de la ascensión de los hombres de la expedición de 1974, "Arañas de Lecco", quienes finalmente lograron conquistar la pared Oeste. A la cima llegaron Casimiro Ferrari, Mario Conti, Pino Negri y Daniele Chiappa.

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Un campamento de la expedición "Arañas de Lecco".

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Ascendiendo por un angosto corredor, la expedición de 1974 fue definida por algunos como la primera conquista real del Cerro Torre, también porque en esta ocasión fue escalado el hongo de la cima.

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Algunos miembros de la expedición "Arañas de Lecco" de 1974, transportan el material; en un trineo. Sobre el itinerario inaugurado por los "lequeses", los norteamericanos Bragg, Carman y Wilson efectuaron la primera repetición en 1977.

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Un hombre de la expedición de 1974 afronta un pasaje sobre hielo. Los norteamericanos, que reiteraron el recorrido de los "lequeses", emplearon tres días para alcanzar la cima.

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Daniele Chiappa

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Daniele Chiappa en la conquista de la cumbre del Cerro Torre en 1974

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Una fase de la ascensión en la niebla.

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Un montañista mientras cruza una gran pared inclinada sirviéndose de los clavos dejados por Maestri, en el curso de la expedición de 1985 de Ermanno Salvaterra, Maurizio Giaroli, Andrea Sarchi y Paolo Caruso.

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Tierra del Fuego. Turistas en el Fiordo De Agostini.

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La pequeña carpa de la expedición de Salvaterra, a cerca de 300 metros de la cima.

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Ascensión en la zona de las Torrecillas durante la expedición de 1985.

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Ermanno Salvaterra fotografiado en la cima por sus compañeros.

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Miembros de la expedición de Ermanno Salvaterra en la cima.

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Marco Pedrini, primero en alcanzar la cumbre, tomado por el cineoperador Fulvio Mariani, quien llegó con el a la cima en dos ocasiones posteriores.

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Mariani se acerca al compresor dejado por Maestri en la Pared.

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Escalamiento de la pared Este por la Expedición yugoslava que el 16 de enero de 1987 alcanzó la cima después de 31 cordadas con dificultades VIII + e A4.

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Conquista de la pared Este por la Expedición yugoslava de 1987.

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Rosanna Manfredini en la cumbre del Cerro Torre. Fue la primera mujer que logro alcanzarla. Lo hizo el 29 de octubre de 1987, junto con Maurizio Giordani.

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Rosanna Manfredini en las cercanía de la montaña conquistada por ella como primera mujer.

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Silvio Karo en el gran extraplomo amarillo, en la parte central de la pared.

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