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Dos expediciones australes en kayaks.

Agostino Rocca.

Martín Larumbe navega en Puerto Parry.

Kayak nevado en Puerto Parry.

Emilio, Pablo, Martín y Matías. Por detrás una lenga patagónica modelada por el viento.

Emilio en Puerto Paz, en la costa oeste de la isla, primer punto de llegada.

Placa del Faro de San Juan de Salvamento, el Faro del Fin del Mundo.

Matías, Pablo, Emilio y Martín con la bandera en el faro.

Faro del Fin del Mundo.

Emilio, Martín y Matías en el Faro del Fin del Mundo.

Un día de navegación y calma.

Interior de la Bahía Parry desde el Destacamento A.R.A. Luis Piedra Buena.

Tomado de la "Carta Histórica Cabo de Hornos - Isla de los Estados - Península Mitre".

Tomado de la "Carta Histórica Cabo de Hornos - Isla de los Estados - Península Mitre".

Tomado de la "Carta Histórica Cabo de Hornos - Isla de los Estados - Península Mitre".

Detalle de la Isla de los Estados. Tomado de la "Carta Histórica Cabo de Hornos - Isla de los Estados - Península Mitre"

Detalle del itinerario al Cabo de Hornos. Tomado de la "Carta Histórica Cabo de Hornos - Isla de los Estados - Península Mitre".

Atilio Mosca al sudoeste de la Isla de Hornos.

Marcos y Atilio disfrutan la calma.

Atilio y "Cicharra" navegan al reparo del acantilado.

"Chicharra" y Marcos navegan en rompientes bajas, en el Paso Mar del Sur.

Entre algas y bruma, rumbo al cabo.

Delfines australes en Bahía Nassau.

Marcos Oliva Day frente al faro del Cabo de Hornos.

Atilio y "Chicharra" frente a los Clowen Cliffs al sudoeste del Cabo de Hornos.

Marcos Oliva Day y "Chicharra en Bahia Nassau.

Marcos y Atilio a la espera del buen tiempo en Punta Guanaco, al sudoeste de la Isla Navarino.

"Chicharra" y Atilio sacan el kayak, al norte de las Islas Wollanston.

Marcos, Atilio y "Chicharra" en la capilla de la Isla de Hornos.

Marcos en un Canal Beagle sereno.

Un marino chileno del destacamento de Cabo Ross (al norte de las Islas Wollanston) explica un mapa a "Chicharra".

Bahía León: escalinata para subir al Destacamento de la Armada chilena.

Albatros en el cruce de Bahía Nassau
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Cuaderno 18
Dos expediciones australes en Kayaks Isla de los Estados - Cabo de Hornos
A Agostino Rocca "Pensar en los amigos que se han ido es dulce y tierno para mí. Los tuve conmigo como si hubiera de perderlos un día, el haberlos perdido es como tenerlos aún."
Séneca
EXPEDICIÓN A LA ISLA DE LOS ESTADOS Por Pablo Basombrío
"Envuelta casi siempre en densos vapores, que invaden las gargantas y cubren en jirones las cumbres de los montes, presenta en sí algo inmaterial y misterioso, que deja en el alma un profundo sentimiento de temor y de espanto. La isla no es más que un amontonamiento de rocas y de montañas cortadas a pique; ni un trecho de llanura, ni una playa donde pueda arrimarse una nave sin peligro de hacerse añicos contra las rocas. Parece una fortaleza gigantesca e inexpugnable, contra la que combaten inútilmente desde hace siglos el furor de las olas y las iras de los vientos".
Padre Alberto María de Agostini
AÑO 1999, NACE LA IDEA
El relato del padre De Agostini, que leímos en "Cuadernos Patagónicos", Número 2, fue uno de los tantos que nos animaron a tomar la determinación de intentar la primera circunnavegación en kayak de la Isla de los Estados partiendo desde la Isla Grande de Tierra del Fuego.
Todas las piezas estaban ya sobre el tablero: nos aguardaba la Patagonia más profunda, virgen e inexplorada, protegida por violentos mares, vientos huracanados y rocas eternas. La travesía fuera de las rutas convencionales nos permitiría, además, realizar un viaje en dos dimensiones: por un lado, explorar los límites geográficos de nuestro continente sorteando imprevisibles dificultades; por el otro, explorar nuestros propios límites, conviviendo con nuestros miedos y poniendo a prueba nuestras habilidades, fuerzas e instintos.
Sobre la mesa no quedaba ya más que algún vaso de vino, mientras con Emilio, Martín y Matías seguíamos examinando la carta náutica de un viaje que había nacido como un sueño y comenzaba a hacerse realidad. Nos preguntábamos si seria posible; buscábamos información y antecedentes, y volvíamos siempre sobre la carta, como tratando de zambullirnos para que no se nos escapara ningún detalle.
DOS AÑOS MÁS TARDE ... MAYO DE 2001
Recién habíamos llegado a la Base Naval de Ushuaia y ya nos dirigíamos con paso veloz, por estrechos corredores, a la Sala de Operaciones. Enfundados en elegantes capotes azules, dos oficiales nos guiaban. "Desplieguen las cartas", fue la orden corta y clara al grupo que se arremolinaba en torno a una mesa. Nos mirábamos excitados. Durante dos horas analizamos detalladamente el derrotero y explicamos nuestro plan. Estudiamos todas las hipótesis, incluso la que nadie quería mencionar: un rescate. Las lanchas rápidas de la Armada tardarían, como mínimo, unas doce horas en llegar al punto más cercano de la isla (¡y esto, con buen tiempo!). Las posibilidades en favor de nosotros no eran muchas. La conclusión era obvia: había que evitar a toda costa un accidente.
Pocos días más tarde, cuando ya estábamos navegando y, gracias a nuestro teléfono satelital, relatábamos a una radio porteña nuestras impresiones, contemplábamos por primera vez la cara oeste de la isla desde la Bahía Buen Suceso.
El 10 de mayo, luego de un descanso reparador, salíamos para enfrentar nuestro primer gran desafío: el cruce del Estrecho de Le Maire. Eran las 7 de la mañana y todavía estaba oscuro cuando dejábamos la bahía. "La Indómita", al mando del capitán Félix Plaza -que entre preocupado y entusiasmado se había acercado para hacernos una visita sorpresa-, hacía el saludo de rigor mientras continuaba meciéndose en el fondo de la bahía. Aprovechando la calma y la extraña ausencia de viento, remamos con fuerza mientras nuestros kayaks subían y bajaban en el inmenso mar de fondo. "¡Una ballena!", gritó alguien, para sacarnos súbitamente de nuestros pensamientos. Efectivamente: dos enormes cetáceos, que no logramos reconocer, lanzaban poderosos chorros de agua mientras nadaban hacia el sur. Luego, como para recordarnos dónde estábamos, entramos en una zona de escarceos. Este movimiento de aguas, que se produce por el choque de olas y corrientes, es muy frecuente en los alrededores de la isla y representa un serio peligro incluso para las embarcaciones de gran porte. Recién al mediodía logramos divisar la isla, que hasta entonces había permanecido escondida tras un manto de bruma, ... para descubrir que estábamos derivando más de lo deseado. En efecto: la corriente de cuatro nudos proveniente del nordeste hacía casi imposible nuestro avance hacia la Bahía Crossley y nos obligó a cambiar el rumbo: primero hacia la Bahía Franklin y finalmente -casi con desesperación- a Puerto Paz, único lugar no estudiado para nuestro primer contacto con la isla.
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La Isla de los Estados, cuya superficie aproximada es de 556 Km., se extiende en sentido longitudinal de oeste a este, unos 75 Km. desde el Cabo San Bartolomé hasta el San Juan; tiene unos 10 Km. de ancho en promedio y apenas llega a unos 500 metros de ancho en el istmo que se forma entre Puerto Cook y Puerto Vancouver. Separada del continente por las 18 millas del Estrecho de Le Maire, sus costas son sumamente irregulares y caen en forma abrupta en un mar cuyas profundidades aumentan rápidamente.
Su interior está constituido por tierras montañosas que llegan a superar los 800 metros de altura. Sus valles profundos, desnudos de vegetación forestal, se hallan cubiertos de una espesa capa de turba con cyperáceas y juncáceas, sobre la cual crecen con extraordinario desarrollo distintas especies de musgos y líquenes. El resto del terreno lo cubren los bosques pertenecientes al Distrito Magallánico de la Provincia Fitogeografica Patagónica, dominados por el guindo (Nothofagus betuloides) y el canelo (Drymis winterii). Otras especies características son las praderas de pasto tussock (Poa flabellata). Junto con la Tierra del Fuego, constituyen los únicos lugares de nuestro país donde una formación boscosa toma contacto con el mar.
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EL PRIMER CONTACTO
"Vamos a llegar si la isla nos deja pasar", repetíamos a modo de mantra, como esperando conjurar las fuerzas de la naturaleza. Mientras navegábamos la costa sur de la Isla de los Estados, entre acantilados que sobrepasaban fácilmente los 80 o 100 metros de altura y el océano infinito que se extendía hacia el horizonte, la sensación de estar "en manos de la naturaleza" era muy fuerte. Navegar con nuestras frágiles embarcaciones por esas latitudes nos hacia sentir como si hubiéramos hecho un viaje en el tiempo. Como los yámanas, percibíamos que nuestras vidas pendían de un hilo muy delgado, que se podía cortar en cualquier momento. Sin embargo, en este reconocimiento fundamental residía nuestra fortaleza, porque nos llevó a estudiar detenidamente cada detalle de nuestra expedición: rutas de navegación, campamentos, vías de escape, meteorología, equipos de navegación y salvamento, comunicaciones y, por fin, un concienzudo entrenamiento.
Respecto de la fauna de la isla, se sabe que los hombres llevaron allí animales exóticos con distintos propósitos. Luis Piedra Buena introdujo cabras para que sirvieran como alimento a los náufragos del siglo XIX. Estos animales se adaptaron al nuevo ambiente y se reprodujeron sin problemas, ya que no tenían depredadores naturales. Hoy se pueden contar decenas de ellos "colgados" en los acantilados o pastando en los valles al este de la isla.
El ganado vacuno no tuvo tanta suerte, ya que no resistió la humedad del terreno turboso. Los ciervos colorados traídos de Bariloche son los que se llevan toda la admiración. Estos animales nos observaban incrédulos mientras descendíamos de nuestros botes... casi tan incrédulos como ellos, ya que no esperábamos tener semejante recepción.
También meditábamos sobre las civilizaciones autóctonas de la Tierra del Fuego y su capacidad de adaptación a un medio tan inhóspito. Sabemos que la etnógrafa Anne Chapman y la arqueóloga Victoria Horwitz hallaron restos de ocupación humana preeuropea en la Bahía Crossley de la Isla de los Estados, durante una expedición realizada en 1982. Es claro que para esas civilizaciones la isla tuvo un gran atractivo, mezcla de mitología, fantasía y curiosidad. Los haush se referían a ella como "jaius" o el lugar de origen; los hechiceros la consideraban fuente de sus poderes y región del frío. Para los selkman (onas), era el "koi harri", la cordillera de las raíces. Para los yámanas, los indios canoeros, fue "chuanisin" la tierra de la abundancia: tal vez por ello se aventuraron hasta sus costas en sus frágiles embarcaciones, arriesgando sus vidas en el cruce del Estrecho de Le Maire.
LA OSCURIDAD DEL PRESIDIO, LA LUZ DEL FARO
"El viento corre continuamente... En sus días de asueto, llega a ser vertiginoso y el anemómetro gira con tal rapidez, que parece un disco transparente... La velocidad máxima registrada ha sido de 165 Km. por hora, y esto con bastante frecuencia...". Estas palabras del escritor Roberto Payró no podían resonar con más fuerza la mañana del 14 de mayo, cuando intentábamos inútilmente dejar la Bahía Vancouver en dirección a Puerto Back, nuestra última escala antes de llegar al faro. El viento huracanado pulverizaba el agua y nos obligó a regresar al punto de partida. Cuatro días permanecimos encerrados en nuestro campamento. Cuatro días que pusieron a prueba nuestra paciencia y fortaleza anímica. Nos amontonábamos en nuestras pequeñas carpas para analizar la situación una y otra vez. Afuera, la lluvia no ayudaba. Los campeonatos de truco se sucedieron casi sin solución de continuidad. Martín y Emilio batieron el récord permaneciendo 24 horas ininterrumpidas dentro de sus bolsas de dormir.
En esos días también aprovechamos para visitar el último asentamiento del presidio que albergó la Bahía Cook antes de su definitivo traslado a Ushuaia: cruces sin nombres, cubiertas por una densa vegetación dispuesta a ocultarlo todo, y una placa con sólo una fecha (¡enero de 1900!) era todo lo que quedaba. El presidio, que fue levantado junto al faro en 1884, llegó a contar con 119 penados, que "gozaban" de una mortalidad del 10% anual. En 1899, sus instalaciones y las de la Subprefectura fueron trasladadas a Puerto Cook, y en 1902 se decidió el traslado del Penal a Ushuaia, "por razones de seguridad, de disciplina y hasta de humanidad". En diciembre dé 1902, durante este traslado, se produjo la famosa fuga de 51 hombres. Algunos lograron cruzar el Estrecho de Le Maire con las balleneras robadas, pero unos pocos murieron en el intento, ya sea asesinados por sus propios compañeros o como consecuencia de las durísimas condiciones climáticas. Meses más tarde, aquéllos serian apresados y sometidos a consejo de guerra en Buenos Aires.
"No bien pusimos pie en la playa, besamos la tierra y nos abrazamos eufóricos y agradecidos a Dios... Hoy, simbólicamente, hemos abrazado en el tiempo a Jacobo Le Maire, Luis Piedra Buena, Augusto Lasserre, Julio Verne y tantos otros que navegaron estas aguas o las visitaron en su pensamiento. Esta noche, en nuestros corazones, la luz del Faro del Fin del Mundo brillará como una estrella tocando el horizonte". Así escribíamos en nuestro diario de viaje el 18 de mayo, luego de catorce días de expedición, al desembarcar en las costas de la Bahía San Juan de Salvamento. El sol brillaba y el viento nos había dado batalla durante casi toda la mañana. Los escarceos frente a la Bahía Ferreyra habían sido muy fuertes y los kayaks parecían levantar vuelo cuando pasaban la cresta de una ola. Víctimas de la emoción, elegimos la playa equivocada: rocas enormes lo cubrían todo y las rompientes estallaban con violencia. Los botes golpearon contra las piedras, pero todos salimos ilesos. Luego tuvimos que realizar el traslado de los equipos subiendo una empinada cuesta cubierta de altísimos pastos, mientras caíamos en zanjas invisibles (para diversión de los otros integrantes del grupo).
Las resistentes paredes del Faro de San Juan de Salvamento nos cobijaron durante cuatro largos días, que volvieron a transcurrir entre truco y lecturas interminables, historias repetidas, especulaciones sobre el clima... y el recuento casi obsesivo de nuestras provisiones. Por momentos nos parecía que ya no serian suficientes, y volvíamos a contar y racionar. Muchas veces los ánimos decaían, minados por el persistente mal tiempo: la "terapia de grupo", en esos momentos, disipaba cualquier duda y retemplaba los ánimos. Y vuelta a ocupar nuestro tiempo: Emilio no dejaba acontecimiento sin pasar por la lente de su filmadora; Matías se esmeraba con la fotografía; Martín tallaba toda suerte de recuerdos de nuestra expedición, y yo me deleitaba con la lectura.
Cuando finalmente nos decidimos a partir, el clima continuaba inestable. Llegamos a Puerto Cook literalmente ateridos de frío y agotados, luego de apenas media jornada de remo. Las condiciones fueron muy estresantes, ya que tuvimos que navegar con un viento de lado muy fuerte, olas que rompían constantemente sobre nuestros botes y sin ninguna playa de escape. ¡Todo era acantilados altísimos! Entramos en la bahía empujados por un fortísimo viento de popa. A algunos les resultó muy difícil cambiarse, debido al estado de hipotermia que soportábamos. Por la noche, luego de varias sopas calientes, cuando la adrenalina había bajado, todos reconocimos lo mal que lo habíamos pasado. A las 8 ya estábamos durmiendo. Necesitábamos un buen descanso.
ROCA, PARRY Y FINAL...
Pasamos por Puerto Roca, donde hay una extensísima playa de arena, apta para el aterrizaje de pequeñas avionetas cuando la marea esta baja. Al día siguiente salimos rumbo a Puerto Parry. Este fue, seguramente, el día más difícil para todos. Lo que debía ser un picnic de un par de horas de navegación se convirtió en una lucha sin cuartel. Dejar la playa nos costó más de dos horas, debido a que una corriente de marea ubicada a la salida de la amplia bahía no nos dejaba salir. Remábamos con ahínco, pero siempre en el mismo lugar. Nuestros GPS marcaban la velocidad: ¡cero kilómetro por hora! Al llegar a Punta Colnett, casi sin percibirlo, entramos en una inmensa hoya, con olas que superaban los cinco metros de altura y una corriente que nuevamente impedía nuestro avance. Fueron cuarenta minutos de lucha, con nuestros kayaks tambaleándose en las olas, chocando unos con otros, arrastrados por las rompientes y despedidos del agua como en una danza en la cual no queríamos participar. Las costas elevadas y filosas del islote Colnett tampoco invitaban a un desembarco de emergencia. En estas situaciones, los músculos se tensan, la adrenalina corre por todo el cuerpo y los sentidos se agudizan. Había que estar atentos a la espuma del mar, a las olas que venían de popa y a las que estallaban sobre cubierta. Nos gritábamos para darnos ánimo y para asegurarnos de que no faltara nadie, ya que el contacto visual se perdía continuamente. Estábamos juntos, pero cada uno era consciente de que luchaba por su propia supervivencia: un vuelco hubiera sido fatal. Finalmente, pudimos escapar de ese pandemónium retrocediendo hasta un lugar reparado cercano a la costa..., salvo Martín, quien, navegando más adelante, no había escuchado la orden. Diez minutos de angustiosa espera transcurrieron antes de que "el Loco" apareciera detrás de las olas: su cara lívida lo decía todo. El resto de la jornada lo pasamos bajo una lluvia intensa. La isla no estaba dispuesta a darnos tregua.
El Destacamento A.R.A. Luis Piedra Buena es el único puesto habitado de toda la isla. Un oficial y tres suboficiales custodian nuestra bandera en uno de los rincones más alejados de nuestra patria. Un oficial y tres suboficiales que nos recibieron con aplausos, una ducha caliente y mucha hospitalidad... Nosotros, a cambio, ¡les saqueamos la despensa!
Festejamos el 25 de mayo, repusimos energías, lavamos ropa y nos miramos a un espejo luego de casi un mes. Volver a zarpar fue difícil. Pero sólo nos faltaba una jornada y nos sentíamos cargados nuevamente. Las intensas nevadas habían hecho descender la columna de mercurio, y el aire, sumamente frío, cortaba nuestras caras. La última jornada no fue más fácil que las anteriores. Al pasar el Cabo San Antonio, la Bahía Flinders, una de las más profundas de toda la isla, se mostraba sumamente encrespada. Navegamos tratando de no alejarnos excesivamente de su boca. Al entrar en Bahía Crossley, los últimos escarceos nos dieron el saludo de despedida.
Durante cuatro semanas habíamos circunnavegado la isla, pero también habíamos recorrido los contornos de nuestro espíritu. Soportamos bajísimas temperaturas, que congelaban nuestras manos, y una humedad constante, que calaba hasta los huesos. Luchamos contra el mar embravecido acompañados solamente por enormes acantilados, mientras buscábamos una playa donde desembarcar... para hallar, muchas veces, unas pocas rocas dispuestas a ceder su espacio eterno. Pero también contemplamos amaneceres que nadie vio y millares de estrellas que se encendieron sólo para nosotros. Escuchamos el canto de las sirenas y navegamos con ballenas, toninas y lobos marinos. Y lo más importante: vimos brillar la luz del Faro del Fin del Mundo como una estrella tocando el horizonte. Una estrella que brillará para siempre.
EXPEDICIÓN A LA ISLA DE LOS ESTADOS DEL 4 AL 27 DE MAYO DE 2001
Pablo Basombrío (40)
Licenciado en Ciencias Políticas y team leader de esta expedición. Participó en la primera expedición en kayak al Canal Beagle y en otra al Cabo de Hornos partiendo de la ciudad de Ushuaia.
Martín Grondona (41)
Se especializa en la enseñanza deportiva como instructor de kayak. Experto en descenso de ríos de montaña. Navegó ríos de Chile, la Argentina, los Estados Unidos y el Ecuador. Integrante del seleccionado nacional de Kayak Polo.
Emilio Caira (38)
Profesor nacional de Educación Física y socio del Instituto LEMM. Kayakista de travesías desde hace más de diez años, recorrió los ríos Uruguay y Paraná, el Delta del Tigre, el Río de la Plata y la costa atlántica. Participó en la primera edición de la travesía "100 Km. Non Stop Nueva Palmira - Tigre".
Matías Larumbe (29)
Piloto comercial de Aerolíneas Argentinas. Triatleta y especialista en radiocomunicaciones. Practica kayakismo desde hace cuatro años y ya navegó numerosos ríos, además de la costa atlántica. Participó en la travesía "100 Km. Non Stop Nueva Palmira - Tigre".
Agradecimientos
Armada Argentina.
Prefectura Naval Argentina
Makalu.
Globalstar
Exolgan.
Hotel Tolkeyen
EXPEDICIÓN AL CABO DE HORNOS Por Marcos Oliva Day
La suerte seguía de nuestro lado: extrañamente para lo que es el tiempo en esas latitudes, el Sol seguía brillando, las ondas altas nos hamacaban, cuando vimos apenas las velas apareciendo y desapareciendo entre las movidas aguas que rodean al cabo. Como una ráfaga, nos llegó el recuerdo de una lejana y regada sobremesa en el Club Náutico, bajo el cielo estrellado de Puerto Deseado. Se adivinaban las primeras luces cuando alguien, mirando a Jean Paul Bassaget, ex capitán del "Calypso" de Cousteau, lanzó al aire: "¡Qué lindo sería cruzarnos algún día frente al Cabo de Hornos, vos con tu velero y nosotros con nuestros kayaks!".
Y ahí estábamos.
A LA CONQUISTA DEL CABO
Atrás habían quedado el entrenamiento trotando por la Costanera, las largas horas de remo en la extraordinaria ría Deseado, las charlas frente a las cartas de navegación, los cálculos de los víveres, el repaso al equipo de campamento.
Un año antes, cuando yo tenía 37, había estado en esa zona, cruzando el Estrecho de Le Maire desde Bahía Buen Suceso, en la costa este de Tierra del Fuego, hasta la Caleta Campos, en la Isla de los Estados, para finalizar en Bahía Crossley. Con Atilio Mosca (19), llevábamos en las mochilas las experiencias de las travesías por toda la costa de la provincia de Santa Cruz -alrededor de 1.200 Km.- y el cruce del Estrecho de Magallanes por su boca oriental, desde Punta Dungeness hasta Cabo Espíritu Santo, en la Isla Grande de Tierra del Fuego. Víctor Hugo "Chicharra" Temporelli (23), el tercero del equipo, había sido compañero de regatas, navegaciones y aventuras. Integrábamos un equipo fuerte y con carácter.
Había tenido la suerte de recorrer el Canal Beagle en 1985, en una expedición organizada por el "Abuelo" Basombrío. Por eso, como no nos sobraba el tiempo, decidimos ahorrarnos uno o dos días de remo y zarpar desde Puerto Almanza.
El 15 de enero, a las 8 de la mañana, zarpamos de Ushuaia con el Guardacostas 80 de la Prefectura Naval, comandado por el oficial Roberto Annichini, y navegamos hasta Puerto Almanza. Desde ese lugar partimos con nuestros kayaks hacia Puerto Williams, cruzando el Canal Beagle hacia el sur.
Allí tuvimos la alegría de encontramos con nuestro amigo el navegante patagónico Gustavo Díaz, quien había cruzado el cabo con el "Gandul" y ahora se aprestaba a zarpar hacia la Antártida con el velero "Oviri".
Al día siguiente, antes de zarpar, caminé por la Costanera hasta el Barrio Ukika, donde viven los últimos descendientes de los yámanas. Estas tribus canoeras constituían la cultura marítima más austral del mundo. Desde su arribo, 5.000 años atrás, desarrollaron una formidable adaptación al medio, que les permitió navegar hasta el Cabo de Hornos y la Isla de los Estados en sus frágiles canoas de corteza.
Ahí me acerqué hasta la casa de la señora Úrsula Calderón, quien tuvo la gentileza de recibirme. Me contó que había alcanzado a ver a su abuelo remando en una de aquellas embarcaciones. Después de una amable charla, en la que le hablé de nuestro propósito, tras una pausa me dijo en lengua yámana algo que yo estaba esperando: "Anushké kamateuakon", "Buena suerte". La íbamos a necesitar.
Terminadas las formalidades con las autoridades chilenas, y con un viento que nos favorecía soplando fuerte del oeste, zarpamos hasta Puerto Eugenia. Nos acompañaban cormoranes y gaviotines, y los petreles gigantes hacían acrobacia mientras barrenábamos las olas. Al llegar al poblado -cuatro casas que conformaban el casco de una antigua estancia que mantenía unas pocas ovejas- recibimos la cálida hospitalidad de la familia Cárdenas. Nos agasajaron con un exquisito guiso de cordero y nos invitaron a tirar nuestras bolsas de dormir en una casita de madera: un lujo.
Al día siguiente, después de un buen desayuno, con viento frío en contra remamos hacia Puerto Toro, último lugar poblado en nuestra travesía. El viento del sur soplaba con entusiasmo, disparando sin compasión perdigonadas de granizo horizontal que nos reventaban en la cara. La sensación térmica bajó al punto de que no sentíamos las manos enguantadas. Frente al islote Snipe, cerca del lugar donde está encallado el barco "Lobos", hicimos un alto para descansar. Nos refugiamos en el cerrado bosque de lengas, ñires y coihues, y nos costó encender un fuego con la madera mojada. Llegamos al anochecer a Puerto Toro, para tomar una gloriosa sopa caliente que nos ofreció el jefe del Destacamento de la Armada chilena, David Sáez.
Demorados por la tormenta, aprovechamos el tiempo para conocer ese abrigado y simpático pueblo de pescadores, con sus casitas desplegadas en la falda de una colina.
Mientras le daba forma a una futura cuaderna con el vapor que salía de una rústica hornalla, un poblador nos dijo, mirando el mar: "El diablo está parado ahí afuera". Conversamos mucho con el profesor Carlos Soto, de la escuelita de Puerto Toro, sobre la enseñanza de la geografía, la historia regional y su importancia. Nos habló de las aventuras de los buscadores de oro, en la época de Julio Popper y del célebre navegante y cazador de lobos "Pascualín".
El 19 remamos hacia Punta Guanaco, extremo sudeste de la Isla Navarino. A medida que avanzábamos hacia el sur, los árboles se iban haciendo más escasos y achaparrados, hasta desaparecer completamente y dejar su lugar a un pastizal alto y siempre húmedo. La tarde gris y las olas altas, que venían corriendo libres desde lejos, no eran alentadoras para el desembarco en una playa de piedras redondas del tamaño de pelotas de fútbol. Después de algunos revolcones, llegamos enteros.
Nos acostamos pensando en el cruce más largo que teníamos por delante: Bahía Nassau.
EL CRUCE DE BAHÍA NASSAU
Al levantarnos comprobamos que el viento seguía soplando contento, arreando montañas de nubes negras. Los marinos de Cabo Ross nos confirmaron por VHF que el mar estaba muy revuelto del otro lado. Pasamos el tiempo leyendo y conversando en la carpa, y nos fuimos a dormir temprano. Estábamos en eso cuando unos ruidos extraños nos despertaron: eran dos helicópteros de la Armada chilena, cuyos pilotos nos preguntaron si necesitábamos algo y nos informaron que nuestro amigo Jean Paul Bassager estaba en Puerto Toro con su velero "Ksar". Esto nos dio una sensación de mayor seguridad, a la vez que comprobamos el control de la Armada chilena sobre la zona.
El 21 de enero nos despertamos a las 5 de la mañana: tras un buen desayuno, desarmamos rápidamente el campamento y guardamos todo en las bodegas de los kayaks. A las 7 estábamos en el agua, listos para iniciar el cruce más difícil: los 34 Km. de mar abierto que nos separaban de las islas Wollaston.
Con una brisa suave del noroeste, remamos a ritmo de regata. Teníamos una onda alta del mar de fondo del día anterior, pero por suerte no rompía. Las siluetas de los islotes Terbalten y Sesambre se recortaban hacia el este, marcándonos que estábamos a mitad de camino. Más adelante avistamos el islote Evout, altos peñascos en medio de las aguas.
Delfines australes, pingüinos de Magallanes, albatros y petreles nos acompañaron durante el cruce. En un momento, un enorme albatros de ceja, que volaba distraído a ras del agua, casi aterriza sobre Atilio. Cuando éste levantó el remo a último momento, el pájaro hizo una maniobra acrobática que evitó el choque.
Llegamos al Destacamento de Cabo Ross después de cinco horas y media de remo. Allí fuimos magníficamente recibidos y atendidos por el personal de la Armada de Chile, en sus modernas instalaciones. Los guardafaros, que también habían cumplido funciones en la Isla de Hornos, nos dieron datos importantes sobre las playas a las que se podía acceder con kayak y sobre la meteorología del lugar. Uno de ellos nos dijo que las rachas de viento podían sostener a una persona inclinada en su contra -nos pareció que exageraba-.
El 22 zarpamos de Cabo Ross con un espléndido día de sol y viento suave del Norte, ideal. Pasamos frente a la isla Middle y Bahía Alsina, y cruzamos Bahía Hately, donde un cardumen de sardinas había motivado una fiesta de gaviotines, cormoranes y pingüinos. Bahía Scourfield, con su profunda entrada, nos invitaba a explorar, pero teníamos que aprovechar el buen tiempo y seguimos adelante.
EL ASALTO FINAL
En el pintoresco Canal Bravo sacamos fotos de un apostadero de lobos de dos pelos, una especie que fue prácticamente exterminada durante las cacerías del siglo XIX y principios del XX -episodios que vivió y relata magníficamente el escritor chileno Francisco Coloane-.
Nos metíamos en el Paso Mar del Sur cuando, de repente, sentimos un soplido y unas aletas aparecieron al lado del kayak de "Chicharra. ¡Orcas!, pensamos; pero no, eran dos tranquilas ballenas minke que nos escoltaron un trecho.
Al salir del reparo del canal el tiempo cambió; el cielo y las aguas tomaron un color plomizo. Apuramos el ritmo y entonces la vimos. Envuelta en nubes, con su cerro de aristas cortadas por un cuchillo desafilado, la Isla de Hornos era realmente impresionante. Con la pretensión de estirar nuestra buena fortuna, igualmente nos lanzamos a cruzar. A mitad de camino, como de libro, sobre los acantilados de Hornos aparecieron de improviso, arreadas en estampida por un ventarrón del oeste, unas nubes negras con la clásica forma de yunque. Decidimos volver velozmente a Herschel. Se desató un fuerte chubasco de viento y granizo, y la cresta de las olas se pulverizaba. Sin embargo, como por arte de magia, al rato el viento cedió y, con el mar no muy enojado, volvimos a orientar la proa hacia nuestra cumbre. Queríamos aprovechar al máximo esa ventanita de calma, que parecía no querer durar mucho, y cruzar el famoso cabo. Al aproximarnos vimos las altas rompientes: las ondas de mar impresionaban cuando nos levantaban cerca de las rocas. A las 21.45 cruzamos el faro y avisamos por radio a los torreros que la suerte nos seguía acompañando. Para ellos no era novedad: nos tenían en foco con sus largavistas y nos felicitaban calurosamente. Todavía quedaba un poco de claridad.
Volvimos a la margen este de la isla, buscando el desembarcadero de pedregullo del destacamento de la Armada. Sin decir palabra, "Chicharra" me acercó una botella de algo parecido al champán que el "Colo" había comprado en un almacén de Puerto Williams. Ahí si festejamos con unos gritos, levantando la botella. Me acuerdo de que me quemaba la garganta, pero eso era, tras once horas y media de remo, un detalle sin importancia. Después de la celebración nos costó mucho subir las empinadas escaleras que llevaban hasta la casa de los guardafaros; nos pesaban también los sesenta kilómetros navegados.
Cuando nos abrazamos con los torreros sentí, por primera vez, que podía relajarme y descansar.
LA ISLA
Durante la noche se levantó al fin el temporal que se venia anunciando. El viento alcanzó los 90 nudos y la casa temblaba. Cada ráfaga parecía más fuerte y se me hacía difícil entender cómo no remontábamos vuelo.
Al día siguiente el panorama seguía igual. Después de un buen desayuno salimos a recorrer la isla. El rugido del viento, las olas inmensas y el agua que se pulverizaba traían a la memoria las novelas de Conrad.
Al mirar esas aguas embravecidas que chocaban contra los peñascos, me ganó el ánimo una emoción especial y admiré el coraje de los tripulantes de aquellos veleros que, sin otro apoyo que el de su experiencia y su fortaleza, tuvieron que hacer frente a esa furia desatada.
Los torreros tenían una pareja de perros con cachorritos que rodaban sobre las plataformas de madera, construidas para poder caminar sobre la turba, cada vez que los alcanzaban las rachas. Caminamos cerca de la colonia de pingüinos de Magallanes y entre los altos pastizales verdes. Los marinos de Cabo Ross nos lo habían dicho, pero pensamos que eran exageraciones. Sin embargo, cuando el temporal arreciaba, Atilio, que pesaba sus buenos 85 kilos, se inclinaba contra el viento y éste lo sostenía.
En la capillita de troncos le agradecí a Dios por permitirme contemplar, en tierra, las terribles fuerzas de la naturaleza en todo su poderío.
A la noche llenamos el libro de visitas y dibujamos los kayaks. Recordé con alegría el comienzo de aquel sueño en 1983, al iniciar con Malala, mi mujer, el proyecto "Conociendo Nuestra Casa", con su escuela de kayaks, en el Club Náutico "Capitán Oneto" de Puerto Deseado, donde empezaron a remar los chicos. Y ahora habíamos podido llegar hasta allí.
En el libro de visitas, me impresionó el sobrio relato de un navegante australiano que en diciembre de 1983, tras naufragar en la peligrosa margen oeste, había caminado herido durante 16 horas hasta llegar a la casa de los guardafaros.
Con respetuosa atención, escuchamos el emocionado relato de episodios de la historia naval chilena, contados por los torreros. Nos sorprendió el conocimiento de su país y el patriotismo de esta gente.
Por la noche, sentía que la casa temblaba con cada cimbronazo. En mi bolsa de dormir, pensaba si la fuerza terrible del viento no sería capaz de arrancar la casa y tirarla por el barranco. Oyendo esa masa que golpeaba y rugía, pensaba también en las tripulaciones de los barcos a vela que se habían encontrado por aquí con temporales similares.
CIRCUNNAVEGACIÓN
Al día siguiente, sin embargo, el viento se durmió por la tarde: apenas era una caricia suave del sudeste. Rápidamente decidimos intentar la circunnavegación de la Isla de Hornos. A las 17 zarpamos, bordeando la isla para tomar el cabo desde el oeste. Íbamos remando cerca de la costa a fin de tener una mejor vista de la fauna y el paisaje.
Al tomar el lado oeste empezaron los escarceos. La onda alta provocada por el temporal anterior golpeaba contra los acantilados y rebotaba en los peñascos, produciendo un raro efecto en el mar: nos daba la sensación de navegar entre los rápidos de un río de montaña. Los dibujos de las rocas golpeadas por el viento eran extraordinarios. Algunas se internaban en el mar y debían ser terroríficas con mal tiempo. "Chicharra" se preparó para cualquier eventualidad, colocándose su capucha de neoprene; pero esta vez no usó la luneta como en el difícil desembarco en Punta Guanaco.
Nos llamaron la atención las grandes cavernas que el mar ha cavado en el borde de los acantilados. Aproximándonos al faro, y como si lo hubiéramos planeado, tuvimos la gran alegría de ver las blancas velas del "Ksar", de Jean Paul Bassager. Nos comunicamos por VHF y festejamos a la distancia. Para el álbum de recuerdos, debajo del faro, nos sacamos muchas fotos con la bandera argentina.
En un peñasco cercano hallamos una colonia de vistosos pingüinos de penacho amarillo. Después seguimos hasta la playa sur y nos acercamos a la vieja casa de chapas del guardafaros, que hoy está abandonada y es ocupada por pingüinos. Seria bueno mantenerla en condiciones, como justo homenaje a esos esforzados marinos. Cuando retornamos al destacamento, celebramos nuevamente con los chicos y Jean Paul, con un champán "como la gente" que éste había traído para la ocasión.
El 25 recorrimos a pie la costa sur de la isla y llegamos hasta el faro. Atilio, que tiene una vista prodigiosa, divisó una nutria de mar que comía sobre una piedra, cerca de la playa. Esta especie también se halla en peligro de extinción, por las encarnizadas cacerías en esa zona.
A la tarde llegaron dos helicópteros con el capitán de navío De Monaffos Gándara, gobernador marítimo de la Isla Navarino. Nos felicitó amablemente y nos ofreció todo el apoyo que estuviera a su alcance para que pudiéramos continuar sin dificultades nuestra travesía.
EL REGRESO
Esa misma noche, a las 8, zarpamos con viento en contra hacia la Isla Herschel. Allí nos albergó un refugio de madera, y al día siguiente pusimos proa a Cabo Ross. Patos a vapor y cauquenes de mar con sus pichones nadaban cerca de la costa.
El 27 intentamos un cruce, pero volvimos después de dos horas de remo, al aumentar el viento del oeste. Al día siguiente, con viento suave del sudoeste, cruzamos Bahía Nassau y continuamos remando hasta Puerto Toro. Con el viento por la aleta, llegamos después de once horas de palear. Gracias a la gentileza del profesor Carlos Soto, pudimos comunicarnos con radioaficionados argentinos, quienes llevaron tranquilidad a nuestras familias, dando noticias sobre nuestra posición y buen ánimo.
El 30 zarpamos temprano hacia Puerto Eugenia, en medio de una fuerte lluvia. Lo mejor del día fueron los mejillones que recogimos en unas restingas y que comimos después con arroz junto a la familia Cárdenas.
El 31 volvimos a Puerto Williams, donde dormimos en cómodas dependencias de la Armada chilena. Por la noche, en una pared del "Micalvi", histórico barco que alberga al Club de Yates, dejamos de recuerdo uno de nuestros remos. Al día siguiente conversamos con el director del Museo de Puerto Williams, quien se mostró muy interesado en los datos sobre la fauna que habíamos reunido.
El 1º de febrero cruzamos el Canal Beagle hacia su margen norte, hasta Pilar Monte Árbol, y después de tres horas llegamos a Puerto Remolino. Recordé que muchos años atrás, cuando vivía en Ushuaia y era explorador fueguino, solía acampar en ese lugar.
El 3 de febrero, con buen tiempo, saludamos desde el agua a los arqueólogos de la estancia "Túnel" y con buen ritmo nos aproximamos al puerto. Cuando salió a recibirnos el Guardacostas 80 de la Prefectura Naval, con la sirena y los gritos de aliento de sus tripulantes, nos invadió una extraña sensación de alegría y placidez.
En la costa nos esperaban los amigos y brillaba el Sol.
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EPISODIOS DE LA TRAVESÍA
Cuando remábamos desde Puerto Toro hasta Punta Guanaco, el tiempo fue desmejorando. Al llegar a este último lugar, nos dimos cuenta de que iba a ser muy dificil desembarcar. Una onda alta que corría por Bahía Nassau se agrandaba al llegar a la costa, convirtiéndose en una fila de rompientes que estallaban con gran estrépito sobre los grandes pedregullos de la costa. Mientras observábamos el lugar pensando en cuál seria el mejor sitio para arribar, advertí con alegría que "Chicharra" se había colocado rápidamente un gorro de neoprene y tenía la luneta puesta. Si bien contaba en su haber una larga experiencia en navegaciones a vela, "Chicharra" no había realizado largas travesías en kayak, pero su decisión y su fuerte temperamento eran una garantía de su desempeño. En ese momento tuve la certeza de que no me había equivocado cuando lo invité aformar parte de la expedición. Así preparado, encaró hacia la costa y fue tomado por una ola enorme, que hizo que lo perdiéramos de vista. Mientras buscábamos el kayak, imaginándo nos que se habría tumbado, vimos aparecer su figura en la costa, levantando el remo en señal de triunfo.
Por su parte, Atilio, con ese don especial que tiene para calcular con precisión tiempo y distancia, arribó suavemente con mucha elegancia: parecía venir de una fiesta.
Cuando llegamos de vuelta a Puerto Williams vivimos una de las más grandes alegrías de toda la travesía, al enterarnos de que el velero "Patagón", de nuestro amigo Javier Brizuela, había arribado a Puerto Argentino, en nuestras queridas Islas Malvinas, con una tripulación integrada por dos grandes amigos del Club Náutico de Puerto Deseado: Ariel Pérez y el Vasco Iza.
A la vuelta, en Ushuaia obsequiamos un remo a la Prefectura Naval Argentina, en reconocimiento por su permanente apoyo, y otro a la familia de Beto Brizuela, por su cariñosa hospitalidad.
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EXPEDICIÓN AL CABO DE HORNOS DEL 15 DE ENERO AL 3 DE FEBRERO DE 1989
Integrantes
Marcos Oliva Day
Atilio Mosca
Víctor Hugo Temporelli
Equipo empleado
Tres kayaks de travesía.
Remos de repuesto. Des equipos de radio VHF marinos. Equipos de ropa secos y de neoprene. Brújulas y compases. Barómetro. Salvavidas luminiscentes. Bolsas de dormir y carpas. Cartas náuticas plastificadas de Hidrografía Naval. Bengalas de mano y arrojables. Señales de humo, heliógrafo. Bolsas secas para transportar elementos. Linternas. Prismáticos. Calentadores. Equipo fotográfico.
Organización
Club Náutico "Capitán Oneto", de Puerto Deseado (Santa Cruz).
Trayecto navegado
Puerto Almanza (Isla Grande de Tierra del Fuego) - Cruce Canal Beagle, Isla Navarino (Puerto Williams - Puerto Eugenia - Paso Picton - Puerto Toro - Paso Gores - Punta Guanaco) Cruce Bahía Nassau hacia Cabo Ross (norte Islas Wollaston) - Bahía Middle, Bahía Alsina, Bahía Hately, Bahía Scourfield - Canal Bravo - Este Canal Franklin - Este Isla Herschel - Paso Mar del Sur - Circunnavegación de la Isla de Hornos.
Objetivos
Realizar el cruce del Cabo de Hornos. Rendir homenaje, de este modo, al marino argentino Luis Piedra Buena. Elaborar un informe sobre la fauna avistada en el trayecto navegado, para ser presentado a Fundación Vida Silvestre, Greenpeace, Ecobios y Museo "Martín Gusinde" de Puerto Williams, Chile. Fotografiar el paisaje, la fauna y escenas de navegación, a efectos de brindar charlas de divulgación sobre la geografía austral en colegios, bibliotecas, entidades defensoras del medio ambiente y asociaciones deportivas.
Acumular experiencias a fin de enriquecer el proyecto de educación ambiental y regional "Conociendo Nuestra Casa", que el Club Náutico "Capitán Oneto" brinda gratuitamente a los niños y jóvenes de Puerto Deseado desde 1983. Este curso combina la enseñanza de la navegación a vela y con remos con la de nociones sobre la geografía, historia y fauna de la región. Allí se enseña a valorar también la vida y el ejemplo de don Luis Piedra Buena.
Colaboración recibida
Organismos oficiales: L.A.D.E. (Líneas Aéreas del Estado), Municipalidad de Puerto Deseado, Subsecretaría de Deportes de la Provincia de Santa Cruz, Gobernación del Territorio de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, Prefectura Naval Argentina.
Entidades privadas: Libo Camping; Fugate S.R.L.; Eskimo Kayak, que facilitó las embarcaciones para la expedición; Pescasur; Pesquera Santa Cruz y Cooperativa Ganadera de Puerto Deseado; Farmacia Iribarren de Ushuaia; familias Bronzovich y Lawrence; Marcelo Murphy y familia; Roberto Brizuela y familia; Ksar Expeditions (Ushuaia); David Philip y familia; familia Bridges, Estancia Viamonte (Río Grande). En Chile: Director del Museo "Martín Gusinde" de Puerto Williams, Licenciado Maurice van de Maele Silva; Armada de la República de Chile, que nos brindó apoyo radiofónico y meteorológico, alojamiento y un aliento afectuoso y permanente para llevar a cabo nuestro proyecto; Luis Cárdenas Haro y familia, de Puerto Eugenia, Isla Navarino; Profesor Carlos Soto, de la Escuela G-44 de Puerto Toro, Isla Navarino, que nos permitió comunicarnos con radioaficionados argentinos para llevarles noticias a nuestros familiares.
Datos sobre la zona
Carta 63 del Servicio de Hidrografía Naval y sus complementarias. Derrotero 3. Conversaciones explicativas con: Jean Paul Bassaget, navegante francés (ex capitán del "Calypso"), capitán del velero "Ksar", con el cual realiza charters al Cabo de Hornos.
Gustavo Díaz, capitán del "Gandul II", primer velero patagónico en cruzar el Cabo de Hornos.
La revista "Cuadernos Patagónicos" es una publicación fuera de comercio, de edición semestral, que se distribuye gratuitamente como anexo del Boletín Informativo de la Organización Techint. El presente No. 18 corresponde al semestre Enero-Junio de 2002 y se terminó de imprimir en Noviembre de 2002.
En esta realización han intervenido:
Coordinación general: Daniel Hiesch Edición: Silvia Alderoqui Cartografía Zagier & Urruty Publications. Servicio de Hidrograf[ia Naval de la Armada Argentina Fotografïa: Pablo Basombrío, Marcos Oliva Day, Jasmine Rossi Diseño: Fundación Proa Corrección: Rolando Trozzi.
ISBN 987-20434-O-X
Techint. Derechos Reservados 2002
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