Lista de Cuadernos Patagónicos Editados


Sugerencias

11. Estancias de la Cordillera

Territorio de pioneros
Los puntos de apoyo para la exploracion de la cordillera
A los pies del fitz roy y del Cerro Torre
La patagonia de Madsen
Huéspedes ilustres
El rio no da paso
Otros apoyos para el Cerro Torre y el Fitz Roy
La cristina
Sombras patagonicas
Los cerros del Paine
El valle del Río Belgrano
El rincón
Hablan poco pero saben todo
Se dice que una vez...

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Cuando las bautizaron "Cleopatra Needles" en 1880, las Torres del Paine ni soñaban con las restricciones que hoy día persiguen a los andinistas.

 


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Ubicación de los Parques Nacionales Perito Moreno y Los Glaciares en el sur de América.

 


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Zona de ubicación de los Parques Nacionales Perito Moreno y Los Glaciares.

 


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El antiguo paradero a la orilla del Río La Leona, donde por muchos años funcionó una balsa.

 


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El Cerro San Lorenzo dominando el valle del Río Lácteo.

 


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El Cerro Fitz Roy es de granito, pero con las nubes parece un volcán como lo creían los Tehuelches, que al cerro le llamaban Chaltén.

 


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Andreas Madsen carga un pilchero para la expedición italiana 1936-37.

 


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Andreas Madsen cruzando el río cerca de su estancia.

 


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La estancia de Andreas Madsen en la década de los años '30.

 


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Placa en recuerdo de Fitz Roy Madsen, hijo de Andreas, guardaparque que falleció en servicio.

 


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Lo que queda de la estancia Fitz Roy Madsen.

 


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El Río de las Vueltas lleva su nombre debido a las muchas vueltas del agua en su cauce.

 


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¿Por dónde habrá buscado abrigo en el invierno el ganado de la estancia Rio Túnel?

 


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Estancia San José. Al fondo aparece la línea azul del Lago Viedma donde transitan los témpanos.

 


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La pasarela sobre el Río de las Vueltas, como estaba en 1967. A lo lejos, el Cordón Adela, El Cerro Torre y el Fitz Roy.

 


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Ya lejos de las estancias, los andinistas viven en sus carpas. Aquí Casimiro Ferrari al Cerro Torre.

 


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Las impresionantes laderas oeste de los cerros Standhardt, Egger y Torre.

 


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Un gaucho con sus perros llegando a la Piedra del Fraile en 1981.

 


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Pieza acogedora en La Cristina.

 


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Estancia La Cristina.

 


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Alrededores de La Cristina.


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Los cerros que desde el glaciar Upsala saludan a La Cristina. Al fondo a la derecha se halla el Cerro Murallón.


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Entrada a La Anita.


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Estancia La Anita y estribaciones de la Sierra Baguales, donde pasa el limite con Chile.


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Peones esquilando.


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Agarrando caballos.


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Estancia Radic bajo el Cerro Almirante Nieto (Paine).


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En medio de la estepa, un gran rebaño de la estancia La Primera.


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Estancia La Oriental, en las cercanías del Lago Belgrano, donde termina el camino para vehículos.


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Las ruedas de antes brindan hoy día otro servicio y anuncian la llegada a la estancia.

Cuaderno 11
Estancias de la Cordillera

TERRITORIO DE PIONEROS

Los exploradores de los Andes Patagónicos Australes, y sobretodo los primeros andinistas, dependieron en forma determinante de la ayuda de los pobladores pioneros. En sus estancias los viajeros encontraban alojamiento, comida, baqueanos, caballos e informaciones. La estadía en la estancia formaba parte de toda aventura patagónica.

Con el paso de los decenios, la facilidad de los acercamientos a la Cordillera ha cambiado la dimensión de las relaciones con los hombres y con la naturaleza. Los andinistas van concentrando su interés en las dificultades técnicas de las escaladas y se despojan de las tradiciones de los viajeros de otros tiempos. Pero durante más de un siglo en la Patagonia Cordillerana el tiempo tuvo un ritmo propio, nada acelerado, es más, a menudo más lento que el del resto del mundo. Y hasta alguna vez, incluso, el tiempo retrocedió. Conservó así, en lo bueno y en lo malo, aspectos en otros lugares desaparecidos.

Conservó la solidaridad entre los pioneros y la generosa hospitalidad hacia los viajeros, particularmente hacia los andinistas, pero dejó también abiertas cuestiones humanas, sociales y económicas. Conservó el sueño de libertad de los grandes espacios pero no resolvió los problemas del aislamiento y de la soledad de quien se ha encontrado viviéndolos sin haberlos buscado.
El fin de la década de los ochenta, en el siglo XX, marcó sin embargo un cambió muy marcado en algunas áreas, cambió debido en buena parte al descubrimiento turístico de la Patagonia y al incremento de la actividad andinística en algunos grupos montañosos que adquirieron gran fama, que están incluso casi de moda.

Se ha descolorido así el contexto que determinó el encanto totalmente particular de la Patagonia que se puede resumir en la leyenda más difundida de este lugar, la del calafate. El calafate es un arbusto espinoso de la especie de los Berberis que en primavera tiene pequeñas flores amarillas y en verano muchos frutos azul oscuro. Según la leyenda, quien come los frutos del calafate queda enredado en la Patagonia y tendrá una perenne nostalgia. Esta leyenda no sólo tiene un genérico fondo de veracidad sino que se puede verificar aún hoy su preciso fundamento entre los andinistas. Los "patagónicos" son efectivamente andinistas un poco especiales porque con todas las bellas montañas existentes sobre esta Tierra continúan privilegiando los Andes Patagónicos.
Así como un poco especiales fueron casi todos aquéllos que se establecieron al pie de la Cordillera.


LOS PUNTOS DE APOYO PARA LA EXPLORACION DE LA CORDILLERA

"Un tipo abandonado en la Patagonia tiene que arreglárselas de alguna manera o se vuelve pata".

César Fernández Moreno

Cuando en 1878, por Decreto del Presidente Sarmiento, Argentina instituyó la "Gobernación del Sur", este "Sur" era todavía un tanto misterioso para la mayor parte de los argentinos. Es más, para muchos es aún hoy el símbolo de una región inhóspita. En aquél momento se conocían ya los puertos de la costa atlántica pero sólo poco tiempo antes se habían iniciado los viajes de exploración al interior de la Patagonia austral.
Entre la Cordillera y la costa atlántica, a través de las mesetas esteparias y semi desérticas de la pampa, transitaban los indios Tehuelches, nómades dedicados a la caza de guanacos, ñandúes y ciervos andinos (huemules) aún abundantes. Pero ya se habían establecido también algunos colonos en los lugares más propicios para la cría de ovejas y en ciertas zonas también de vacunos, particularmente en los valles al pie de la Cordillera y a orillas de los grandes lagos patagónicos.

Es difícil imaginar cuán dura fue la vida de estos colonos que con poquísimos medios debían construirse todo por sí solos, desde la habitación hasta los recintos para los animales e incluso los carros con los cuales transportaban una vez al año los fardos de lana hasta los puertos de la costa atlántica. Con las ganancias de la venta de la lana tenían luego que comprar lo necesario para vivir el resto del año, sobretodo sal y harina.
Los colonos eran de proveniencias diversas. Muchos eran inmigrantes europeos que habían llegado hasta la Patagonia en busca de un trabajo que no habían encontrado en el Norte de la Argentina; otros eran los marineros que habían quedado en tierra, los liberados de la cárcel de Ushuaia, los aventureros cansados de girar por el mundo, los buscadores de oro desilusionados por las promesas de la Tierra del Fuego y los refugiados políticos de varias naciones. Más adelante, se instalaron también algunos de quienes habían acompañado a geógrafos y militares durante las comisiones de los límites, que quedaron fascinados por la extraordinaria belleza de los lugares y por el sentido de libertad transmitido por los grandes espacios deshabitados. Cada uno se construyó su propia casa donde más le agradaba, una casa que en ocasiones pasó de ser un pequeño y miserable rancho a una cómoda estancia. El sueño de prosperidad se expresaba en recurrentes nombres como "El Porvenir", "La Esperanza", "El Progreso", "El Prodigio". Sin embargo la decadencia iba en aumento y sólo a alguna de estas estancias llegó la fortuna, a las otras no. Algunas se engrandecieron de tal forma que los descendientes enriquecidos no quisieron vivir más en aquél difícil aislamiento, ni siquiera aún habiendo construido cerca de la estancia una pista de aterrizaje para avionetas: las estancias fueron confiadas a administradores que introdujeron criterios empresariales y se fue con ello perdiendo quizás no el sentido general de hospitalidad pero sí a menudo el calor humano. Se puede estar satisfechos y aún felices con este tipo de vida cuando se trata al menos en parte de una elección, cuando esto calma el espíritu de aventura y el gusto por la autonomía. Cuando por el contrario, como sucede luego con varios hijos y nietos de los primeros colonos, esta vida resulta un peso psicológico más que material, antes o después se verifica el abandono del lugar y de la actividad. Es duro soportar el peso de la soledad, más duro que soportar la oscilación de los precios de la lana y de la carne.

Así es que fueron varias las estancias que cambiaron más de una vez de dueño y de nombre; otras desaparecieron; de otras subsisten las ruinas o sólo mínimas huellas, por ejemplo un corral destruido o frutales que con el tiempo se volvieron silvestres.
Las estancias que en un cierto sentido han ejercido en los Andes Patagónicos la función que en los Alpes europeos tuvieron los refugios para los alpinistas han sido sobretodo aquéllas estancias de administración familiar. Son parte de aquel patrimonio de historia y leyenda que constituye una especie de "humus" del andinismo patagónico, ya sea las actualmente existentes, como las que se fueron transformando, como las que han desaparecido.


A LOS PIES DEL FITZ ROY Y DEL CERRO TORRE

En 1991 se filmó en el Cerro Torre una pésima película, con verdadero desperdicio, titulada "Grito de Piedra". Mostraba, no obstante, algunas bellísimas imágenes del grupo montañoso tomadas desde un helicóptero; y así este cerro único en el mundo por su majestuosidad fue presentado a un vasto público. Sobre el Cerro Torre, un día de sol del verano de 1993, a lo largo del ya habitual itinerario abierto en 1970 sobre el espolón este se seguían, se cruzaban y se pasaban trece cordadas de andinistas. El cerro más intrigante de la Patagonia se estaba ya transformando en un cerro como muchos otros.
Sin embargo, por culpa de las vivencias de alguna manera no solo trágicas sino también inverosímiles sobre el primer ascenso al Cerro hecho por el italiano Cesare Maestri y por el austríaco Toni Egger en 1959, en el mundo alpinístico perduran los residuos de una aureola misteriosa entorno a aquella montaña. Nadie fue capaz aún de repetir el camino abierto por Maestri y Egger a lo largo de la pared norte, ni siquiera los sobresalientes andinistas patagónicos Ermanno Salvaterra y Tommy Bonapace, coterráneo de Maestri el primero y de Egger el segundo, que volvieron a intentarlo en 1994.
De la fantástica reelaboración del ascenso de Maestri y Egger nació un breve relato, uno de los mejores de la literatura andinística. Se titula "El peón del Rojo". Fue escrito por el andinista californiano Lito Tejada Flores, que había escalado el Fitz Roy en 1968, y publicado en la revista "Ascent" en 1971. Simbólicamente, el anciano peón del Rojo; el Rojo era concretamente el patrón de una estancia de la zona, es el último que cree en la inaccesibilidad del Cerro Torre y en la inutilidad del quererlo escalar. En su existencial melancolía percibe lo inevitable del drama que envuelve al andinista y a su mujer pero vive una Patagonia que no tiene nada en común con aquella de los escaladores.

Aún cuando peones y estancieros contribuyeron en forma determinante con las exploraciones y con los éxitos andinísticos de ese momento, la relación de ellos con los propios y verdaderos ascensos estaba marcada más que nada por el escepticismo. El peón del Rojo los consideraba inútiles; otros quizás, en lo más íntimo de su corazón, hubieran deseado que no lo lograran jamás. No por celos deportivos, simplemente porque no querían que alcanzando las cumbres se perdiera el respeto casi religioso que cultivaban por la grandiosa belleza de las mismas.
Uno de estos románticos fue Andreas Madsen, el referente estanciero para la historia no sólo andinística de la región del Fitz Roy y del Cerro Torre. Se puede considerar que hoy a Madsen le desagradaría más el cambio en la fisonomía de los alrededores de aquella que fuera su estancia que el éxito de las escaladas en las que había prestado su ayuda. Pero... ¿cómo era aquella Patagonia de los tiempos de Madsen?


LA PATAGONIA DE MADSEN

"Este era el mundo de los sueños de mi infancia: espacio sin límites y tierras sin dueño".

Andreas Madsen


Andreas Madsen nació en Dinamarca en 1881. Durante aquel mismo año Chile y Argentina concluyeron el Tratado de los Límites que establecía teóricamente la frontera entre los dos países a lo largo de la línea divisoria oceánica, el famoso "divortium aquarum". En aquellos tiempos la geografía de la Cordillera era casi desconocida. Cuando en 1892 los peritos designados por los dos países trataron de establecer concretamente las fronteras sobre el terreno, se dieron cuenta de que en la Patagonia no se encontraban ante una sola cadena montañosa con divisorias de aguas bien definidas sino que había diferentes cadenas divididas por valles transversales, cuyos cursos de agua desembocaban en parte en el Atlántico y en parte en el Pacífico. Se instituyeron entonces las Comisiones de Límites que tenían que relevar, ante todo, aquella complicada Cordillera. La obra de relevamiento topográfico fue realizada por chilenos y argentinos, principalmente entre 1894 y 1903.
Las comisiones se valían de ayudantes que lograban contratar para ese arduo trabajo siempre a la intemperie en regiones aisladas. En la comisión argentina, dirigida por Lodovico von Platten, encontró trabajo el joven Madsen. Había abandonado la miseria campesina de Dinamarca para embarcarse como marinero en un pequeño velero que se dirigía a Buenos Aires. Una vez en tierra firme quiso quedarse en Argentina y llegó a la región del Fitz Roy en 1901. Regresó al lugar en los dos años sucesivos y, enamorado del ambiente natural, decidió establecerse, no sin volver una vez más a Dinamarca a buscar a su novia Fanny que fielmente lo estaba esperando y que sería su heroica compañera para toda la vida.
Inició la construcción de su estancia en 1906, en el valle del Río de las Vueltas, frente al Fitz Roy. Aquel monte representaba para él una síntesis de la belleza de la creación.
Contrariamente a otros pobladores, no eligió un terreno por lo propicio que podía llegar a ser para la cría de ovejas y vacunos sino por su belleza. Permaneció por más de cincuenta años en aquel lugar encantador aunque solitario; cultivó hortalizas, centeno y árboles frutales. Su vida, aunque rica en entusiasmos, iniciativas y sagacidad, no fue nada fácil, al contrario, muy dura. Sus tres hijos, dos de los cuales se recibieron de guardaparques, murieron antes que él; sólo sobrevivió su hija que, por otra parte, se mudó a Buenos Aires.

Su estancia estaba situada en posición estratégica para el acceso a las cumbres de las cadenas del Fitz Roy y del Cerro Torre y así Madsen se encontró siendo el referente de apoyo para las expediciones. Les prestó su colaboración siempre con generosidad y "por amor a Dios y no al andinismo", como cita el escritor francés Saint-Loup, consejero militar en Argentina, luego de haber pasado por esos pagos en misión de exploración en 1951. El mismo Madsen, que escribió sobre la "Patagonia Vieja", sobre movimientos anárquicos y sobre sus expediciones de caza al león puma, nombró muy poco a los andinistas, algunos famosos, que se dirigieron a él. Madsen era importante para los otros y no así éstos para Madsen. Su Patagonia era la Patagonia de los espacios, de la serenidad, del trabajo del campo. Podía amar al Fitz Roy sin necesidad de escalarlo. En homenaje al incomparable cerro le puso el nombre Fitz Roy a uno de sus hijos y a su estancia, a la cual los andinista muy a menudo llamaron simplemente Madsen.


HUESPEDES ILUSTRES

"Nada se escribe sobre el Fitz Roy sin antes situar a Andreas Madsen a sus pies, en su formidable soledad".

Saint-Loup


Hagamos ahora un rápido repaso de las principales expediciones andinísticas que se valieron del apoyo de Madsen y que de él hablaron en sus propios relatos.
El ilustre padre salesiano Alberto De Agostini (1883-1960, coetáneo de Madsen) pasó cerca del Fitz Roy entre 1932 y 1935 en calidad de explorador; regresó al lugar durante el verano de los años 1935-36 para remontar el valle del Río Eléctrico y examinar el inaccesible monte desde aquél costado; posteriormente, en el verano siguiente (1936-37) volvió para dirigirse a las montañas del Lago San Martín. Durante el mismo verano opera la expedición italiana que intenta por primera vez escalar el Fitz Roy y que tuvo a Ettore Castiglioni como andinista de punta, llegando al collado que desde entonces lleva el nombre de "Brecha de los Italianos". Ninguna de las dos expediciones hace referencia de la otra aún cuando tuvieron que conocer la respectiva presencia hospedándose ambas en la misma estancia.
En 1947 llega al lugar Juan Zechner, oriundo de Austria y residente en Buenos Aires, para realizar un primer reconocimiento del Fitz Roy. Regresa con Mario Bertone y con Néstor Gianolini en 1948 para explorar otro acceso desde el Glaciar Torre; luego, en 1949, explora con Matzi y Lantschner la ladera oeste e individualiza un posible recorrido a través de la que más tarde se llamaría la Supercanaleta, la que sólo fue alcanzada en 1965 por los argentinos Fonrouge y Comesaña.

En 1951 pasa por la estancia de Madsen el ya citado Saint Loúp. No tiene miras andinísticas directas pero percibe que aconsejando a los andinistas estaba traicionando la visión estética y filosófica del anciano estanciero ya que la conquista del Fitz Roy le habría arruinado el sueño espiritual de una vida.
Y la conquista del Fitz Roy por parte de Terray y Magnone como miembros de la expedición francesa se registra durante el verano de los años 1951-52 teniendo como punto de partida justamente la estancia de Madsen y contando con todo su apoyo. Azéma, médico de la expedición, escribirá después: "el éxito de alcanzar el Fitz Roy destruye la leyenda", y esto para Madsen debió haber sido verdad. Permaneció, por otra parte, poco tiempo más en la estancia.
Cuando en 1957 llegaron al lugar, para utilizarlo como base, las expediciones italianas dirigidas al Cerro Torre (que involuntariamente competían entre ellas) y cuando en 1959 regresara al lugar Maestri con Egger para el trágico primer ascenso, ya no lo encontrarían. Cuando en 1962 pasara la expedición irlandesa que con Frank Cochrane y Don Whillans conquistaría el más bello pico cerca del Fitz Roy llamado Aguja Poincenot, en la estancia Madsen estaría solo y serenamente el viejo fotógrafo alemán Standhardt. Más aún, él mismo acompañaría a los irlandeses al campo base. Cuando llegasen otras expediciones durante el verano de los años 1967-68 no habría nadie más.


"EL RIO NO DA PASO"

La estancia de Madsen estaba situada sobre la orilla izquierda del Río de las Vueltas, más o menos frente al pueblito inventado para los turistas a fines de los '80 y denominado Chaltén, al cual se llega por ruta y pasando los ríos sobre puentes.
En los tiempos de Madsen la localidad de referencia para la zona no era Calafate sino Tres Lagos, que fue más tarde rebautizada con el nombre de Piedra Clavada, y luego la más cercana Punta del Lago Viedma con un paradero llamado Hotel. Había una pista de cinco leguas que se extendía a lo largo del Río de las Vueltas y entonces ninguno hacía las cuentas en kilómetros ya que la legua se medía de acuerdo al tiempo que tardaba normalmente un caballo para recorrerla: una hora por legua, que son alrededor de cinco kilómetros.
El Río de las Vueltas es un río grande, ancho, correntoso y profundo, de aguas turbias cargadas de limo glacial y que desemboca en el Lago Viedma. El nombre deriva de los numerosos meandros de su curso inserto en el fondo de planos valles colmados de material aluvial. Vadearlo fue siempre peligroso y sólo en períodos de sequía fue llevado algún camión hasta las pistas que, sobre la orilla opuesta, llegaban a las estancias San José, Río Túnel y a la actual Guardería del Parque Nacional. Sus aguas han derribado a más de un peón a caballo, a más de una carreta con todos sus bueyes y su carga y han sumergido hasta potentes tractores de la Gendarmería Nacional. En 1990 desaparecieron incluso en sus remansos algunos andinistas que intentaban introducir a lo largo del curso del río el "rafting" para turistas, entre ellos el guardaparque Ricardo Fonzo y uno de los mejores andinistas argentinos, Eduardo Brenner.
Cuando nosotros llegamos al Río de las Vueltas en 1967 para subir a la Aguja Saint-Exupéry, una de las puntas del Fitz Roy aún no escalada, el escueto mapa caminero mostraba la leyenda "no existe paso". Había sido sin embargo construido un puente colgante, una pasarela bailarina que permitía el tránsito a pie y el transporte de carga al hombro.

El acceso al reino del Fitz Roy y del Cerro Torre se hallaba defendido también por la corriente impetuosa de un afluente, el río Fitz Roy, que reúne las aguas de fusión del Glaciar Torre y de toda su cuenca. En el intento de atravesar este río falleció en 1951 Jacques Poincenot, miembro de la expedición francesa. La cuerda a la cual se había atado por seguridad se incrustó debajo de una roca y lo bloqueó bajo el agua. De nada sirvió la desesperada ayuda de sus compañeros. El trágico destino del bello joven, no insensible a la fascinación femenina, enciende la fantasía de los pobladores del lugar y hay quienes hablan sobre la posible venganza de un esposo traicionado.


OTROS APOYOS PARA EL CERRO TORRE Y EL FITZ ROY

Dejemos los puentes que han acelerado el fin de una época y regresemos al tiempo en que el apoyo de las estancias era tan útil que se tornaba incluso hasta indispensable. Más allá de la orilla norte del lago Viedma había otras dos estancias importantes para los andinistas: la San José y sobretodo la Río Túnel, esta última de la familia Halvorsen. La San José, si bien era más grande, estaba más alejada de los cerros por lo cual la Río Túnel era la preferida. Contaba sin embargo con una pista de aterrizaje para avionetas porque el dueño tenía un Piper y es así entonces que en la San José aterrizó más de una vez una singular figura, el misionero salesiano Padre Juan Corti. En toda la Patagonia, y sobretodo en Comodoro Rivadavia, lugar en donde vive desde hace cincuenta años, lo llaman el "cura gaucho". Su inmensa parroquia comienza donde terminan el asfalto y las alcantarillas, lugar donde él construye y dirige las escuelas y hasta donde hace llevar el agua y la corriente eléctrica a los ranchos de aquella villa miseria.
En la Patagonia existe un lazo ideal entre andinistas y aviadores. Ellos tienen muchos lados en común en las respectivas pasiones, y el Padre Corti ha sido también un apasionado y hasta se podría decir un arriesgado piloto de aeroplanos.

Pero particularmente el Padre Corti, que piloteaba un Chessna y un Twin Otter, aterrizaba en la estancia San José y sobrevolaba el Hielo Patagónico para ayudar a los alpinistas. Esto no debe sorprendernos si se considera que él nació en Galbiate, cerca de Lecco, la ciudad italiana donde crecieron grandes alpinistas y especialmente aquellos que, como Casimiro Ferrari, marcaron la historia del andinismo patagónico. El Padre Corti es también el tío de Pino Negri, uno de los hombres que con la expedición de Lecco guiada por Ferrari conquistó en 1974 el Cerro Torre. Vale decir que el espíritu y la pasión patagónica viven en la familia.
Esa expedición, que también se hizo famosa porque su ascensión al Cerro Torre por el Oeste, es decir con aproximación al Hielo, fue la primera ascensión comprobada a esa peleada cumbre, utilizó como base la estancia Río Túnel. Habían, también con anterioridad establecido allí su base Walter Bonatti y Carlo Maun y más tarde el mismo Maun con otra expedición, siempre para tratar de ascender el Cerro Torre. Ya en decadencia, en 1974, la estancia era dirigida por la vieja abuela Halvorsen. El tan servicial hijo Don Pedro era ya un muy amante del alcohol como para servir de gran ayuda. Mucho tiempo había transcurrido ya desde el año 1951 cuando los tres hermanos Halvorsen prestaron caballos para la expedición francesa al Fitz Roy y se acercaban muy curiosos para observar el material para escalar que jamás habían visto, y en pos de pasar Navidad acompañados recorrían a caballo cien kilómetros para festejarla en Punta del Lago.

Así es que en 1974 no sabían demasiado sobre lo que acontecía en los hielos del Cerro Torre. Recuperaban a los andinistas cansados y hambrientos en cada una de sus vueltas y finalmente festejaron, más que la victoria, el incólume regreso de los mismos ofreciendo un gigantesco asado. Por lo demás, para ellos el verdadero jefe de la expedición era el guía alpino Gigi Alippi, que hoy atiende su propio refugio en Piani Resinelli, cerca de Lecco, ya que siendo hijo de campesinos sabía arreglárselas también con los asuntos del campo y de la estancia. Como desde chico cabalgaba en un burrito que él mismo había domado, Alippi era también el más hábil para andar a caballo.
Así es que él mismo cabalgó al galope desde Río Túnel hasta la estancia La Florida, donde vía radio anunció la bella noticia de la feliz victoria de la expedición de Lecco al Cerro Torre.
Desde 1965, La Florida, de McLeod y de los Arbilla, se había transformado en puesto de la Gendarmería Nacional. Gendarmería merece no ser olvidada en este contexto porque los gendarmes ayudaron siempre a los andinistas con los transportes y con cuanto podían. En los años '80, gendarmes y andinistas tuvieron en común durante varias temporadas el campamento base en Piedra del Fraile. Compartieron el aislamiento, la falta de víveres que sufrían unos y otros, los intercambios de pan, de sal, de relatos en las largas jornadas de mal tiempo. Para la mayor parte de los gendarmes los cerros de los andinistas eran terroríficos y peligrosos, pero jamás se negaron a partir y a llegar hasta donde podían en ayuda de ellos cuando fue necesario. En Piedra del Fraile, nombre puesto en honor al Padre De Agostini que pasó varias semanas refugiado al amparo del gran bloque en el valle del Río Eléctrico, la casucha levantada en aquellos años por los gendarmes pasó hoy a manos privadas y en verano funciona como refugio para los turistas.
Sobre la margen sur del Lago Viedma se estableció en 1910 el finlandés Alfred Ramston, amigo de Madsen. Dado que era navegante, poseía una pequeña lancha con la cual podía trasladarse por el lago para alcanzar las ensenadas que se adentraban en la Cordillera y donde se encontraban las mejores pasturas. En su solitaria estancia llamada Helsingfors hizo base durante el verano de los años 1931-32 el Padre De Agostini para explorar el Cordón Moyano y el Glaciar Viedma. También los argentinos Skvaréa, Cuiñas y Vieiro la usaron como base para su ascenso en el año 1976. Este cerro Moyano, intentado por Cesarino Fava y sus compañeros en 1962, en 1974 y en 1975, y por Jorge Skvaréa y sus compañeros en 1967, 1973 y 1975, retornó a la soledad de su aislamiento después del primer ascenso y la Helsingfors fue olvidada por los andinistas.

 


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En la cuenca del Lago Belgrano, cercos y alambrados protegen el pasto sembrado.


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Entre las estancias Belgrano y La Oriental unas pequeñas morenas llanas dejadas por antiguos glaciares forman la divisoria de las aguas entre el océano Pacifico y Atlántico.

 


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El cóndor sobrevuela su territorio sin preocuparse si esto pertenece al parque o a las estancias.

 


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El Rincón, la estancia más solitaria.

 


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El Viento ayuda a sacar el agua del pozo.


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Señalada de terneros en la estancia Belgrano.


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El Puesto San Lorenzo es uno de los lugares más encantadores de toda la Patagonia Argentina.

 


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El gaucho está orgulloso de su facón.

 


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El gaucho está orgulloso de su cinturón (rastra) con modedas de plata.

 


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Don Cofré poniéndole herradura a su caballo.

 


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La hijita de Don Cofré mirando el típico telar araucano de su papá.

 


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En los largos meses del invierno los gauchos trabajan el cuero con sentido artístico. Obra de Rolando, encargado de La Oriental.

 


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Para vivir la soledad patagónica y entender su historia, hay que desplazarse de a pie o a caballo.

 


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Bajando de la cumbre principal de Cerro San Lorenzo.

 


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El guardaparque Horacio Svetas llevando encomiendas urgentes para una estancia.

 


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Con la radio transmisora, el aislamiento patagónico se torna algo menos absoluto.

 


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La carreta de los Soto de la Cruz, en el vado del Rio Tranquilo en 1995.

 


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Estancia Los Ñires en Rio Oro.

 


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Estancia ex Elorriaga hoy Pallacar

 


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El puesto Muñoz en Rio Oro.

 


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Desayuno en uno de los puestos perdidos.

 


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Agradeciéndole al estanciero el regalo de carne.

 


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Lo que queda del puesto Alvarado Calluqueo en Río del Salto.

 


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Todavía existen cercos y abrigos construidos por los Elorriaga en la década de los años '20.


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Al final del siglo XX en las estancias patagónicas queda todavía algo del espíritu de los pioneros, no tan solo sus viviendas sencillas como esta en el medio del gran valle solitario del Río Tranquilo.

LA CRISTINA

Con las largas y tortuosas ramificaciones de sus brazos, Lago Argentino se adentra en la Cordillera más que cualquier otro lago de la Patagonia Austral. De los hielos que en el bañan sus frentes se destacan grandes y pequeños témpanos que el viento y las corrientes empujan hasta sobre las esteparias orillas orientales del lago. Justo en el fondo de una ramificación del Brazo Norte está la estancia La Cristina, a la cual se accede más cómodamente navegando a lo largo del lago.
El andinista explorador inglés Eric Shipton, que tanto se destacó en las travesías de los Hielos Patagónicos Sur y Norte, se hospedó allí durante el verano de los años 1958-59 y la considera la estancia más remota de toda la Patagonia. Sus dueños, los esposos Masters, eran ya por entonces octogenarios. Percival Masters era oriundo de Southampton, donde había sido marinero a bordo del yate de un noble, pero alrededor del año 1900 quiso cambiar de vida y emigró a la Patagonia.
Al principio trabajó en distintas estancias para adiestrarse en la cría de ganado y luego, con largos paseos a caballo, fue en busca de un lugar para establecerse. Lo encontró justamente en la encantadora y tan aislada bahía donde construyó su estancia en 1913. Después de pocos años los Masters recuperaron un bote salvavidas, reliquia de un barco que naufragó en el Estrecho de Magallanes y facilitaron de este modo los indispensables contactos con el pueblo de Calafate. Cristina, la hija de ambos, murió en aquella soledad siendo aún muy joven y la estancia la recuerda en su nombre.
Cuando se encontró con Shipton, su hijo Herbert tenía 57 años. Había estudiado en la Escuela Británica de Buenos Aires pero luego había regresado a la estancia para quedarse. Satisfacía su pasión por los conocimientos geográficos, gracias a su calidad de óptimo radioaficionado, comunicándose no sólo con Calafate, Río Gallegos y las estancias de los alrededores, sino también con colegas radioaficionados de todo el mundo.

La Cristina ha sido el punto obligado para muchas expediciones que se han dirigido al Hielo Patagónico Sur desde el Glaciar Upsala. También por aquí pasó el Padre De Agostini, primero en 1928, después en los años 1930-31 cuando subió los montes Mayo y Tormo y atravesó el Hielo hacia el oeste tratando de avistar el Fiordo Falcón, y en el verano de los años 1937-38 cuando exploró el Glaciar Upsala.
Durante los años '60 y '70 pasaron por allí diversas expediciones argentinas dirigidas a las grandes cumbres nevadas del Hielo, donde operaban especialmente los hermanos Skvars, que a los Masters les dedicaron también un cerro cercano a su estancia. Varias travesías parciales del Hielo terminaron en La Cristina: la primera de Shipton en los años 1960-61 que había partido con sus compañeros chilenos desde el Glaciar Jorge Montt; la de los japoneses que habían partido del Fiordo Exmouth y había durado más de dos meses en los años 1968-69; la primera invernal de Pedro Skvarca y sus compañeros en 1976, y además los ya numerosos recorridos del Hielo iniciados en Paso del Viento o en Paso Marconi.
En 1979 Casimiro Ferrari inició sus tentativas para escalar el soberbio pero extremadamente difícil espolón nordeste del Cerro Murallón. Su tenacidad fue premiada por el éxito obtenido en 1984 si bien a Ferrari y a sus compañeros les es difícil recordar, y así poder contar, cuántas han sido sus estadías y sus andadas y venidas a La Cristina.

En el invierno austral de 1985, llegando exhausto a La Cristina, salvó su vida Giuliano Giongo después de cuarenta y dos días que transcurrió en soledad atravesando los altiplanos del Hielo Patagónico Sur. Había sobrevivido a una caída de cuarenta metros en una grieta porque se le había quedado incrustado allí el trineo y sólo con la fuerza de la desesperación había alcanzado a remontarse a lo largo de la soga que pendía del mismo trineo. Llegar a La Cristina significaba sobrevivir.
En La Cristina los años pasaron como en cualquier lugar y la época de los pioneros, de la cría de ganado y del andinismo terminó. No obstante su importancia en la historia del andinismo patagónico, no obstante la belleza de los lugares en los que se encuentra y la óptima ubicación como punto de apoyo para quien se desplaza sobre la parte central del Hielo Patagónico Sur, el reciente intento por transformar la estancia en base turística no tuvo el éxito esperado. Y quizás un día La Cristina de un tiempo sea sólo una leyenda, nada más.


SOMBRAS PATAGONICAS

"La cosa era lavarse bien las manos. Y en todo este juego sucio de fusilamientos, asesinatos e intereses entraban todos".

Osvaldo Bayer

En cierto sentido también el andinismo patagónico se lavó las manos, especialmente sus exponentes de los años '20 y '30. En vano se busca por ejemplo en el tan detallado "Andes Patagónicos", del Padre De Agostini, un comentario sobre el período más oscuro de la vida de las estancias patagónicas. Es verdad que todo lo ocurrido involucró principalmente a las grandes estancias y no a aquéllas administradas por sus dueños más cercanas a los andinistas de los que hemos hablado hasta ahora.
Menos próximas a la Cordillera, mejor asistidas por carreteras, existían y existen todavía estancias mucho más grandes, estructuradas en forma empresarial, con miras al rédito pecuniario y no ya a la supervivencia autónoma de un propietario como en el caso de las pequeñas. También en estas grandes estancias hacían sin embargo un alto quienes se dirigían a los cerros. "Primera Viedma", "Segunda Viedma", "Julia", "Anita", son nombres que recorren a menudo los relatos de exploradores y andinistas. Brindaron hospitalidad no solamente varias veces a De Agostini sino también a la expedición italiana al Fitz Roy de los años 1936-37, a la francesa de los años 1951-52 al mismo cerro, y a muchas otras más.

Se trataba de estancias que eran a menudo propiedad de poderosos grupos familiares, entre los cuales se destacaban los Braun y los Menéndez Behety. Eran regenteadas por administradores y tenían varias decenas de peones como dependientes.
Los peones eran en su mayoría chilenos, muchos de los cuales provenían de la isla de Chiloé y por eso el apelativo de "chilote" que se extendió genéricamente a los otros con una lamentable connotación despreciativa. Eran muchos los españoles y también la gente de otros países. La vida de ellos no era sólo ruda y pobre sino que también estaban privados de seguridad social alguna. No debe sorprendernos entonces que durante los años '20 hayan también surgido en la Patagonia movimientos de tipo sindical. Reivindicaban mejores condiciones laborales ya sea para los obreros de los frigoríficos levantados en aquel tiempo en los puertos de la costa atlántica como para los obreros rurales.
Para conocer en su justa medida el contexto social y político de estos movimientos es necesario distanciarse de las simplificaciones, a menudo irónicas y despreciativas, que abundan también en los actuales relatos de viajes, especialmente los anglosajones. Quien quisiese profundizar esta cuestión, estudiar estos movimientos, comprender la posición del líder anárquico Antonio Soto y la del héroe campesino llamado Facón Grande, puede recurrir a la minuciosa reconstrucción histórica de Osvaldo Bayer, titulada "Los vengadores de la Patagonia trágica".

Porque trágica fue en verdad la consecuencia de las dos huelgas promovidas en 1921 y en 1922. Muchos peones fueron asesinados merced a la cómplice, complicada y confusa connivencia del poder político y militar con los más potentes estancieros. Como fundamento del descontento que desencadenó la primera huelga rural yacía el hecho de que a los peones no se les pagaba en dinero sino con bonos de compra, y esta práctica no ha sido aún del todo desterrada en la Patagonia. Los bonos sin embargo no eran siempre aceptados en las pulperías y almacenes. En 1920 se había creado una situación tal que la mayoría de los peones no lograba desde hacia meses cambiar los bonos ni tampoco que les pagaran por su trabajo.

Después de la primer huelga hubo una promesa de arreglo por parte de los estancieros pero no fue mantenida y se indujo entonces a una segunda huelga, a la cual se respondió con matanzas y asesinatos en gran parte de las provincias de Chubut y Santa Cruz.
Sabemos los andinistas que de aquellas matanzas de peones derivan topónimos como «Cañadón de los Muertos". Cabe recordar que en las cercanías de varias estancias, como la tristemente famosa Anita, puede acontecer que se camine sobre tumbas masivas que jamás tendrán su cruz. También esto pertenece a la historia de estancias de la Patagonia aunque poco tenga que ver con la leyenda del Calafate.


LOS CERROS DEL PAINE

Al sur del lago Argentino, además de la citada estancia Anita, se extiende una sierra árida y baja, sobre cuya cresta pasa el límite entre Argentina y Chile. Desde el siglo XIX se la llamó Sierra Baguales y entonces esta denominación se extendía también a los cerros más imponentes del grupo del Paine. Los baguales son caballos ariscos, difíciles de capturar y que viven sin ser domados. Actualmente allá arriba no hay paso habilitado pero durante mucho tiempo, quien desde el Lago Argentino quería conducirse a la zona del Paine y a Puerto Natales, superaba una de las varias incisiones de arista de aquella sierra. También el naturalista Clemente Onelli, en 1899, para alcanzar el Seno Ultima Esperanza llegó a la alta meseta remontando el cauce del arroyo Centinela y la cruzó a pie. En sus nacientes y en el borde mismo de la altiplanicie se encontraba un monolito producido por la erosión de la barranca que mucho se asemejaba a una garita de centinela. Veinte años antes que él lo hiciera había llegado a las proximidades de las Torres del Paine una comitiva de exploradores ingleses que había partido desde Punta Arenas. Su riesgosa estadía y las expediciones de caza, así como el estupor que los invadió cuando llegaron frente a las grandes y esbeltas torres a las que denominaron "Cleopatra Needíes", fueron descriptos por una mujer que participó activamente en la expedición. El riquísimo libro de Lady Florence Dixie, titulado "Across Patagonia" apareció en 1880. En él se habla de baguales pero no de estancias.

Por otra parte, en las proximidades de los cerros no hubo muchas estancias. Orosimbo Santos, que había venido en 1908 de Chiloé, creó allí la estancia Pudeto. La conoció el Padre De Agostini, quien más tarde, en 1929, partió de la estancia Los Leones, propiedad de los Menéndez Behety, y en siete horas de cabalgata a través de la Sierra Baguales llegó a la estancia Anita. Importante para los andinistas fue a partir de entonces la estancia Radic.
Es necesario tener presente sin embargo que en la región del Paine el desarrollo del andinismo ha sido anómalo respecto al del resto de la Patagonia.
Caso único en aquellas tierras de libertad, en el grupo del Paine una expedición se aseguró, por vía diplomática, involucrando también a De Agostini, la ausencia de expediciones competidoras y el monopolio para las escaladas en la temporada. Se trató de la expedición italiana dirigida y financiada en los años 1957-58 por Guido Monzino que bloqueó especialmente la acción de los fuertes andinistas del CAB de Bariloche ya presentes activamente en la zona. Además, estando comprendidos los cerros más interesantes para los andinistas en un Parque Nacional, se impusieron rápidamente trámites burocráticos para el acceso llegando incluso hasta cobrar aranceles para las escaladas, los que en 1995 llegaban a ochocientos dólares estadounidenses por cerro.
Las actividades de las estancias han sido limitadas por las reglas impuestas por el Parque y también el contacto entre los estancieros y los andinistas terminó siendo menor que en cualquier otro lugar. Con el pretexto de la protección ambiental el Parque se está convirtiendo en una zona de aprovechamiento turístico similar al de los parques de Los Estados Unidos. Esto, indudablemente, significa llevar dinero a las cajas de la administración pero a su vez le quita al andinismo patagónico algunas de sus características peculiares. De la Patagonia quedaron el encanto del paisaje y el acecho del mal tiempo pero se desdibujó el libre acceso y con él el sueño de los grandes espacios que había reunido a exploradores, aventureros, estancieros y andinistas.


EL VALLE DEL RIO BELGRANO

Para los andinistas, el valle del Río Belgrano y los alrededores del lago que lleva el mismo nombre, como así también el Valle del Río Lácteo que conduce a la ladera este del Cerro San Lorenzo, tuvieron una importancia tardía. A que esto así sea contribuyó el acercamiento difícil por las desérticas huellas de penetración que se extienden desde la ruta Nº 40 hacia la Cordillera.
Después del empuje explorativo inicial del Padre De Agostini en 1937 que consideró poco posible alcanzar el San Lorenzo por esta magnífica pero muy difícil ladera, sólo en 1955 se verificaron dos ascensiones a cimas menores por parte de andinistas de Buenos Aires. Antes de que naciera un interés por los grandes desafíos andinísticos de la zona tuvieron que pasar más de treinta años.
El Lago Belgrano se encuentra situado en la confluencia de valles secundarios, cerca de otros lagos que envían sus aguas ya sea hacia el Atlántico como hacia el Pacífico. Sobre sus orillas se entrecruzan antiguas huellas de los Tehuelches y sendas más recientes que hacia el oeste conducen a pasos de frontera más o menos clandestinos. En sus alrededores se encuentran todavía tres estancias en las cuales se apoyaron los andinistas: la Belgrano, La Oriental y El Rincón.

En el Valle del Río Belgrano, si bien no tan adentro como las recién citadas, se encontraban activas hacia fines de los años '60 más estancias que las que hoy actualmente funcionan. Los propietarios se habían instalado confortablemente para soportar bien el aislamiento, tal es así que en algunas de ellas había incluso un piano y cada tanto pasaba alguien para afinarlo. Había construido también allí una linda estancia un marinero alemán sobreviviente al hundimiento del acorazado Graf Von Spee. Luego, como en toda la Patagonia, la cambiante situación económica que disminuyó las ganancias generadas por la cría de ganado indujo a muchos a partir, a vender o a abandonar la tierra. Así también el paradero que figuraba en los viejos mapas como Hotel y estaba situado en el medio del valle, terminó en ruinas y si no se conoce el lugar no se pueden individualizar ni siquiera las cuatro chapas y las tres tumbas que quedan. Las pequeñas pistas de aterrizaje para avionetas se transformaron nuevamente en pasturas y apenas se individualizan. Los muchos buzones ubicados en las bifurcaciones de la pista principal, desde donde partían los caminos hacia las filas de álamos que indican desde lejos las estancias, ya no recogen más mensajes ni encomiendas ni tampoco exponen la bandera en caso de necesidad. Tranqueras construidas con ingenio y maniobradas con cuidado durante años cayeron inutilizadas. Las tres estancias citadas, las que sirvieron de referencia para los andinistas, sobrevivieron. La Oriental está situada justo a orillas del Lago Volcán y es de propiedad de la familia Lada, de lejano origen ruso, que se dedica también al transporte en camión y colectivos de línea desde San Julián, sobre la costa atlántica, hacia el interior de la cordillera. La Belgrano está situada sobre la pista principal, no lejos de la entrada del Parque Nacional Perito Moreno, institución que circunscribió con límites administrativos una parte del territorio de las estancias.

La institución de este Parque no incidió negativamente sobre el andinismo debido también a que los cerros más interesantes no están comprendidos en él. Es más, la presencia de los guardaparques, aunque discontinua, favoreció a los andinistas que fueron aquí siempre generosamente ayudados por los mismos. Aún siendo muy incómoda y carente de una infraestructura adecuada para el turismo (basta con pensar que quien llega en auto debe llevar consigo agua y combustible) la región ha sido visitada aunque no masivamente invadida como otros lugares sin sufrir, por ende, los problemas consecuentes.
En cambio, la creación del Parque y de las reservas contiguas no ha sido indolora para las estancias. Las relaciones entre Parque y estancieros fueron a menudo tensas y hasta conflictivas. No solamente por los límites numéricos que fueron impuestos con el fin de reducir el número de animales admitidos a la pastura sino debido también a la prohibición de cazar los leones pumas y los zorros, animales que desde siempre fueron enemigos de los ganaderos a causa de los daños que provocan no sólo a los ovinos, sino también a los terneros y potrillos. Y luego, naturalmente, la venta de pieles de leones y zorros constituía una fuente de ingreso para los peones. Antes de la institución del Parque, en la zona vivía durante el invierno, un cazador de leones, quien con sus perros especialmente adiestrados seguía sus rastros sobre la nieve para alcanzarlos. Porque el león puma es un animal no solamente fuerte sino también muy astuto y sabe esconderse muy bien en todos lados, en las cuevas de las barrancas rocosas que son su hábitat preferido, pero también arriba de los árboles y entre los arbustos.
Sin embargo, en este Parque, a raíz de la cómplice, involuntaria y poco feliz ubicación de las dos habitaciones de los guardaparques, que en aquel aislamiento se encuentran prácticamente dependiendo de los servicios y de la colaboración de las estancias, se llegó siempre a acuerdos de convivencia.

Aparte de las grandes propiedades, aún antes de que se pusieran en práctica las restricciones del Parque, vivían también pobladores solos, aislados y sin títulos de propiedad. Entre éstos hubo tres hermanos de los cuales aún se conserva el recuerdo porque sobre la cresta del limite hay un cerro que en honor a ellos fue bautizado justamente "Tres Hermanos". Eran los sobrinos de un famoso bandolero gentilhombre, Ascensio Brunel, durante años incapturable, que luego fue asesinado a principios del siglo XX.
Los tres pobladores vivieron criando ganado y si bien no robaban caballos como su famoso tío eran ellos también personajes solitarios y extravagantes. Se refugiaban en pequeños puestos sobre las orillas de los lagos Volcán y Azara donde habían descubierto pastos reparados con un clima más cálido. No tenían hijos ni herederos y al morir el último de los hermanos Brunel, los caballos, los toros, las vacas se transformaron en animales salvajes, los puestos se marchitaron y se derrumbaron. Sus sendas sirven como paso para los gendarmes que una vez al año van a controlar los hitos de la frontera y cada tanto a los ladrones de ganado y a todos quienes se desplacen en la clandestinidad. Aún hoy no se excluye que un andinista pueda encontrar las ruinas de los puestos y ni siquiera que pueda encontrar alguno de los últimos toros ariscos del cual es siempre mejor escapar.


EL RINCON

La llegada de personas interesadas en las cumbres del Valle del Río Belgrano durante los años '70 y '80 fue una novedad. Al final de la pista transitable, los andinistas encontraron la más remota de las estancias llamada El Rincón, nombre apropiado para aquél ángulo tan aislado, tal cual como se la podía ver representada en el libro Andes Patagónicos del Padre De Agostini publicado en 1949.
El propietario de entonces, Nicanor Torres, había muerto ya y parecería estar sepultado en los alrededores aunque ninguno sepa precisamente dónde. Mientras tanto El Rincón había cambiado de dueño pero no de nombre.
Su gestión se le había confiado en aquellos años a un encargado de origen araucano, Alberto Cofré. Don Cofré ayudó siempre a las expediciones andinísticas que aparecían cada vez más seguido, alojándolas, proveyéndolas de víveres, transportando sus cargas con pilcheros hasta los lugares más apropiados para un campamento, enseñándoles algunos caminos que sólo él conocía. Hasta allí llegaba cada tanto para ver si necesitaban algo y llevando siempre de regalo pan y carne que dejaba colgados de algún árbol cuando no encontraba a nadie. Así Don Cofré no sólo quedó en el recuerdo de los andinistas sino que también se lo cita con simpatía y gratitud en las revistas de alpinismo de lejanos países como Sudáfrica a los cuales probablemente jamás conocerá.
Don Cofré, especialmente, se encontraba a gusto en aquél aislamiento. Había aprendido por sí solo a leer y a escribir. Un espíritu de observación particularmente agudo le permitía captar muchos aspectos de la región que a otros se les escapaban. Conocía los antiguos picaderos de los indios y sabía dónde encontrar las bellísimas flechitas de sílice y obsidiana que los Tehuelches utilizaban para la caza. Sabía en qué pequeñas lagunas se podían encontrar flamencos rosados durante la migración de los mismos. Cuando se le mostraba un fósil enseguida ubicaba su posible lugar de encuentro y aún sin haber ido jamás a la escuela podía reconstruir visiones de un pasado geológico con asombrosa coherencia. Naturalmente criaba bien a sus animales, amaba a sus caballos, tenía pavos, gansos y gallinas y además sabía varias cosas de las cuales prefería no hablar.

Gracias a Don Cofré los andinistas pudieron compartir por más de un decenio algunos aspectos auténticos de la vida de las estancias, una vida a menudo similar a la que seguramente habrán llevado los pioneros cien años antes. Sin embargo, el concepto de auténtico va siempre ligado al contexto histórico y social. Padre de nueve hijos, con una esposa sacrificada en el cuidado de su casa donde había parido a los hijos con la sola ayuda del marido, Don Cofré estaba muy contento con su vida pero para sus hijos deseaba un mejor porvenir. Menos sacrificios, otros horizontes, otras perspectivas de trabajo.
Cuando un día, del internado de Gobernador Gregores, le mandaron a la estancia a uno de sus hijos, que ya sabía domar caballos ariscos, porque en la escuela no había abierto la boca durante todo el año, hizo lo imposible por irse de El Rincón.
A fin de no perder sus servicios el dueño le propuso administrar otra estancia menos solitaria y le ofreció hacer estudiar al más dotado de sus hijos responsabilizándose económicamente de ésto. Don Cofré partió sin nostalgias pero cuando los andinistas volvieron al Rincón se dieron cuenta de que con su partida se había cerrado un pequeño periodo de historia también para ellos.


HABLAN POCO PERO SABEN TODO

Hay un aspecto de la vida de los pobladores de estas estancias tan aisladas, cuando no perdidas, difícil de comprender para quien esté habituado a la facilidad de comunicación disponible en las ciudades. Hasta los años '20, para comunicarse de una estancia a otra había que trasladarse personalmente a pie o muchas veces, dadas las distancias, a caballo. A lo largo de las escasas carreteras, que en realidad eran pistas de ripio, surgieron aquí y allá paraderos y boliches, a menudo con un negocio al lado, que se transformaron en puntos de referencia ya sea para la gente de las estancias como para los viajeros, entre quienes figuraban los andinistas.
A lo largo de la ruta Nº 40, de la cual se ramifica también la pista hacia el Valle del Río Belgrano y que en la Patagonia Austral une las localidades precordilleranas de Perito Moreno y Calafate para dirigirse luego a Río Gallegos, hay un par de estos bolichitos. Florecen imprevistamente en lugares aparentemente desérticos, cerca de una bifurcación o de un cruce. Por ejemplo Las Horquetas o Bajo Caracoles. Durante decenios ejercieron la función de punto de encuentro para quien venía de las estancias. El más característico de la ruta Nº 40 es el ya histórico paradero llamado La Riera. Don Antonio, su señorial dueño de origen español, lo administró durante años digna y amablemente a pesar de que mucho no tenía para vender más que cajas de bizcochos y latitas de sardinas, clavos y herraduras para caballos y naturalmente bebidas alcohólicas. Pero La Riera era uno de esos lugares donde se podían obtener todas las informaciones necesarias para los viajeros y para los estancieros, donde se podían dejar mensajes escritos u orales, confiar encargues, dar citas, encontrar a personas o animales. Esta función fue ejercida durante mucho tiempo, aún cuando fueron cambiando los medios por los cuales arribaban los pasajeros; a caballo, en carros, luego en camiones y finalmente en automóviles. Inexistentes ya en la ruta Nº 40 los carros tirados por bueyes, hoy camiones y caballos siguen cruzándose en la carretera y hay siempre alguien que deja o busca un mensaje en el paradero.
Un cambio sustancial en las posibilidades de comunicación para quienes viven en las estancias llegó con la radio. Algunos estancieros adquirieron una rice-transmitente ya en los años '30 y por ejemplo Madsen tenía una en su estancia Fitz Roy cuando en 1937 pasó la expedición italiana. Más tarde la radio se difundió de tal manera que se transformó en un aparato indispensable en toda estancia. En algunas existe el verdadero radiotransmisor oficializado para radioaficionados, en otras son aparatos con modificaciones artesanales que transmiten por bandas que no les pertenecen, pero en todas las estancias existe un aparato receptor. Porque en todas se escuchan las transmisiones de los "mensajes" para las estancias, enviadas dos veces al día, en horarios fijos, desde las varias emisoras locales.

Gracias a los mensajes radiofónicos queda abolida la privacidad de los lugares aislados y todos conocen las vicisitudes de los otros en toda la Patagonia; todos saben si hay un enfermo, si faltan peones para la esquila, saben para quién llegó la carta que espera en el correo y quien está a la búsqueda del caballo que se le escapó.
Naturalmente saben todo también sobre los andinistas que a través de la radio local advierten sobre su llegada o buscan un medio de transporte. Gracias a los mensajes de la radio, la Patagonia, con su único habitante por kilometro cuadrado es como un pueblito que reúne en su plaza a toda la gente dos veces al día.
La característica sonora de estos mensajes es el tono voluntariamente distinguido con el cual es leído todo lo escrito y entregado por los interesados, en una lectura que para no cometer injusticias transmite los mensajes en el orden en el cual son entregados al emisor. Con el mismo y amable tono se anuncia la muerte de un pariente concluyendo con un "en paz descanse" seguido por un aviso de tratamiento sanitario obligatorio para las ovejas o para los perros, se escucha algún "venir a recibir a la llegada del micro" o "pase a buscar carta". En medio de paquetes para entregar, citas, caballos que se escaparon, incidentes y augurios por el cumpleaños de la tía, aparecen también los andinistas que quisieran llegar a una estancia perdida en la base de los cerros que intentan escalar, o bien poder partir a tiempo para tomar el avión. Y lo lindo es que estos anuncios funcionan admirablemente y resuelven, de modo patagónico, también las situaciones que en lugares mucho más organizados resultarían en verdad sin solución.


SE DICE QUE UNA VEZ...

"Un profundo afecto une a los colonos a estos solitarios valles andinos, como si fueran dominados por una fascinación misteriosa".

Padre De Agostini

Es probable que el Padre De Agostini haya también idealizado un poco ciertas situaciones. Su "mal de Patagonia" era la nostalgia del explorador y del andinista y no la del poblador, aunque se diga que, una vez que hubo regresado a Italia, durante los últimos años de su vida, él se retirara a menudo en una localidad poco frecuentada de los Alpes y prefiriera vivir en una cabaña de pastores antes que en un hotel.
La Patagonia de los estancieros y pobladores tuvo, y en algunas partes conserva todavía, ciertas características de "far west". Peleas de vecindario con justicia expeditiva "a rifle y rebenque" por tranqueras sin cerrar y alambrados cortados, borracheras de boliche donde rápidamente los insultos verbales eran reemplazados por el cuchillo, robo de ganado, caza abusiva y contrabando, odios familiares nacidos de motivos baladies y conservados por generaciones, han marcado la vida de no pocas estancias.
Hay lugares en donde es bastante fácil reconocer la existencia de intrincadas vivencias de este estilo, lugares en donde la gente transmite el recuerdo de los hechos si bien discretamente y hasta con un poco de indiferencia, coloreando las vivencias de humanidad y seguramente también adornándolas un poco. Uno de estos lugares es la región que con sus amplios valles y lagos se extiende al norte del cerro San Lorenzo.

Lago Posadas es un pequeño centro habitado cercano al lago del mismo nombre que constituyó desde fines del siglo XIX un lugar de paso y de encuentros, de intercambio de noticias y mercaderías. El clima relativamente dulce había ya convocado antes que a los pobladores a los indios Tehuelches. A espaldas del Lago Posadas, el "Cerro de los Indios" expone una pared rocosa con pinturas y tallados, estilizaciones de guanacos, jeroglíficos y huellas negativas de manos.
Cerca del Lago Posadas se encuentra el gran Lago Pueyrredón, que del lado chileno se llama Cochrane, y que está dividido en dos tercios por una línea fronteriza existente en los mapas pero irreconocible sobre el terreno. El lago constituyó durante decenios la vía preferencia de comunicación para los colonos del lado chileno, los cuales con barcazas rudimentarias transportaban los fardos de lana al territorio argentino donde era posible llegar a los puertos del Atlántico a través de las pistas y carreteras que atravesaban las mesetas de la pampa. Las comunicaciones hacia el océano Pacífico eran en aquellos tiempos si no imposibles mucho más dificultosas, y por otro lado una parte de la penetración colonizadora había ya llegado partiendo desde la Argentina.

Pero no era solamente el lago el medio de tránsito ya que existen varios pasos naturales que se abren en la Cordillera y a lo largo de los cuales se establecieron pobladores y surgieron estancias.
En esta región cordillerana se alza, bellísimo y soberano, sobre muchas otras cumbres menores, un solo cerro, el San Lorenzo (3.706 m). A la particularísima historia de su conquista se dedicó el Cuaderno Patagónico N° 9. Antes de efectuar el primer ascenso en 1943 con Heriberto Schmoll y Alejandro Hemmi del CAB de Bariloche, el Padre De Agostini realizó sistemáticas exploraciones de sus complicadas laderas y dejó importantes testimonios en su obra fundamental, Andes Patagónicos. Estos testimonios son actualmente la única trama histórica en la cual se pueden insertar las vivencias del pasado que les son narradas a los andinistas de hoy.
Quien hoy quiera seguir los recorridos explorativos de De Agostini, quien conoce sus escritos y escucha a los pobladores, puede moverse de estancia en estancia como entre las páginas de una pequeña novela histórica. Cuando De Agostini llegó por primera vez al Lago Posadas existía todavía el hotel Mondelo que luego se cerrara a causa de graves hechos de sangre. El valle hoy llamado Río Oro se llamaba en aquel tiempo Río Platten tal como figura en los viejos mapas. De Agostini cuenta que encontró en el lugar "solo mezquinas taperas de pocos colonos" y en el extremo del valle fue ayudado por el colono Muñoz a quien el Padre dedicó luego una laguna e indicó un puesto con su nombre en su propia cartografía.
Doña Sar de la que se dice que cabalgaba mejor que sus peones, y que en otros tiempos vigilaba su propiedad a caballo y armada con un rifle, pero también se dice que escribió poesías al estilo Gabriela Mistral en los embalajes de cartón que quedaron en la estancia.
En el valle del Río Tranquilo la propiedad de los Elorriaga se fue fraccionando y las varias estancias pasaron a manos de nuevas familias de pobladores chilenos: los Soto De la Cruz, los Ibañez, los Pizarro, los Pallacar. Una huella de penetración en el valle del Río del Salto facilita hoy el acceso desde el pueblo de Cochrane y los andinistas interesados en subir el San Lorenzo por el itinerario de De Agostini están orientando su atención hacia aquella
Los Ñires. Después de su muerte, los herederos entraron en conflictos de vecindario con los pocos otros pobladores y también los andinistas se encontraron involuntariamente envueltos en problemas cuando intentaban recorrer el valle. Hubo quien pasó de corrida por la noche, quien cabalgó a través de cordones secundarios para bordear la estancia, quien incluso se hizo llevar con el camión de la cortés familia Fortuny de Lago Posadas hasta la otra ladera del San Lorenzo. Así los andinistas contribuyeron a darle un contexto de "far west" también a la figura de aproximación más simple que la del Río Oro. En el Campo San Lorenzo, en la base occidental de las agujas del Cordón Feruglio, Luis Soto De la Cruz espera hacer convivir de manera moderna la cría de ganado y el agriturismo andinístico.

El valle del Río Oro y el valle del Río Tranquilo permanecen unidos por la antigua huella para carros. Su recorrido se pierde por tramos pero su trazado es bien visible y en algunos puntos quedaron hasta los surcos entre las piedras donde se encuentran incluso las puntas de flecha de obsidiana, blancos huesos de animales, y hasta las antiguas boleadoras, pequeñas bochas de piedra con la ranura para fijar el lazo de cuero, que fueron perdidas durante la caza. El trazado no se borró también porque el carro tirado por bueyes es todavía el mejor medio a disposición de los pobladores para trasladarse a lo largo de aquellos extensos valles donde no existen los caminos. Mejor aún que un moderno vehículo todo terreno doble tracción, el carro tirado por bueyes con los cubos de las ruedas lubricados con grasa sobrante de las torta fritas, sortea cualquier obstáculo. Atraviesa el río y supera tramos pedregosos avanzando incluso en los pantanos, sin hacer ruido, a la velocidad de un caminante en armonía con los ritmos originarios del hombre y de la naturaleza. Una dimensión casi bíblica.
Es de augurar que el justo progreso esperado por los pobladores en aquellas aisladas estancias salve el lado positivo de la herencia histórica de esta dimensión. El andinista patagónico del 2000 podrá quizás todavía recibirla como regalo a cambio de que sea consciente de su excepcional valor y no contribuya también él a su destrucción.

 
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