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En la cuenca del Lago Belgrano, cercos y alambrados protegen el
pasto sembrado.

Entre las estancias Belgrano y La Oriental unas pequeñas morenas
llanas dejadas por antiguos glaciares forman la divisoria de las
aguas entre el océano Pacifico y Atlántico.

El cóndor sobrevuela su territorio sin preocuparse si esto pertenece
al parque o a las estancias.

El Rincón, la estancia más solitaria.

El Viento ayuda a sacar el agua del pozo.

Señalada de terneros en la estancia Belgrano.

El Puesto San Lorenzo es uno de los lugares más encantadores de
toda la Patagonia Argentina.

El gaucho está orgulloso de su facón.

El gaucho está orgulloso de su cinturón (rastra) con modedas de
plata.

Don Cofré poniéndole herradura a su caballo.

La hijita de Don Cofré mirando el típico telar araucano de su papá.

En los largos meses del invierno los gauchos trabajan el cuero con
sentido artístico. Obra de Rolando, encargado de La Oriental.

Para vivir la soledad patagónica y entender su historia, hay que
desplazarse de a pie o a caballo.

Bajando de la cumbre principal de Cerro San Lorenzo.

El guardaparque Horacio Svetas llevando encomiendas urgentes para
una estancia.

Con la radio transmisora, el aislamiento patagónico se torna algo
menos absoluto.

La carreta de los Soto de la Cruz, en el vado del Rio Tranquilo
en 1995.

Estancia Los Ñires en Rio Oro.

Estancia ex Elorriaga hoy Pallacar

El puesto Muñoz en Rio Oro.

Desayuno en uno de los puestos perdidos.

Agradeciéndole al estanciero el regalo de carne.

Lo que queda del puesto Alvarado Calluqueo en Río del Salto.

Todavía existen cercos y abrigos construidos por los Elorriaga en
la década de los años '20.

Al final del siglo XX en las estancias patagónicas queda todavía
algo del espíritu de los pioneros, no tan solo sus viviendas sencillas
como esta en el medio del gran valle solitario del Río Tranquilo.
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LA CRISTINA
Con las largas y tortuosas ramificaciones de sus
brazos, Lago Argentino se adentra en la Cordillera más que cualquier
otro lago de la Patagonia Austral. De los hielos que en el bañan
sus frentes se destacan grandes y pequeños témpanos que el viento
y las corrientes empujan hasta sobre las esteparias orillas orientales
del lago. Justo en el fondo de una ramificación del Brazo Norte
está la estancia La Cristina, a la cual se accede más cómodamente
navegando a lo largo del lago.
El andinista explorador inglés Eric Shipton, que tanto se destacó
en las travesías de los Hielos Patagónicos Sur y Norte, se hospedó
allí durante el verano de los años 1958-59 y la considera la estancia
más remota de toda la Patagonia. Sus dueños, los esposos Masters,
eran ya por entonces octogenarios. Percival Masters era oriundo
de Southampton, donde había sido marinero a bordo del yate de un
noble, pero alrededor del año 1900 quiso cambiar de vida y emigró
a la Patagonia.
Al principio trabajó en distintas estancias para adiestrarse en
la cría de ganado y luego, con largos paseos a caballo, fue en busca
de un lugar para establecerse. Lo encontró justamente en la encantadora
y tan aislada bahía donde construyó su estancia en 1913. Después
de pocos años los Masters recuperaron un bote salvavidas, reliquia
de un barco que naufragó en el Estrecho de Magallanes y facilitaron
de este modo los indispensables contactos con el pueblo de Calafate.
Cristina, la hija de ambos, murió en aquella soledad siendo aún
muy joven y la estancia la recuerda en su nombre.
Cuando se encontró con Shipton, su hijo Herbert tenía 57 años. Había
estudiado en la Escuela Británica de Buenos Aires pero luego había
regresado a la estancia para quedarse. Satisfacía su pasión por
los conocimientos geográficos, gracias a su calidad de óptimo radioaficionado,
comunicándose no sólo con Calafate, Río Gallegos y las estancias
de los alrededores, sino también con colegas radioaficionados de
todo el mundo.
La Cristina ha sido el punto obligado para muchas
expediciones que se han dirigido al Hielo Patagónico Sur desde el
Glaciar Upsala. También por aquí pasó el Padre De Agostini, primero
en 1928, después en los años 1930-31 cuando subió los montes Mayo
y Tormo y atravesó el Hielo hacia el oeste tratando de avistar el
Fiordo Falcón, y en el verano de los años 1937-38 cuando exploró
el Glaciar Upsala.
Durante los años '60 y '70 pasaron por allí diversas expediciones
argentinas dirigidas a las grandes cumbres nevadas del Hielo, donde
operaban especialmente los hermanos Skvars, que a los Masters les
dedicaron también un cerro cercano a su estancia. Varias travesías
parciales del Hielo terminaron en La Cristina: la primera de Shipton
en los años 1960-61 que había partido con sus compañeros chilenos
desde el Glaciar Jorge Montt; la de los japoneses que habían partido
del Fiordo Exmouth y había durado más de dos meses en los años 1968-69;
la primera invernal de Pedro Skvarca y sus compañeros en 1976, y
además los ya numerosos recorridos del Hielo iniciados en Paso del
Viento o en Paso Marconi.
En 1979 Casimiro Ferrari inició sus tentativas para escalar el soberbio
pero extremadamente difícil espolón nordeste del Cerro Murallón.
Su tenacidad fue premiada por el éxito obtenido en 1984 si bien
a Ferrari y a sus compañeros les es difícil recordar, y así poder
contar, cuántas han sido sus estadías y sus andadas y venidas a
La Cristina.
En el invierno austral de 1985, llegando exhausto
a La Cristina, salvó su vida Giuliano Giongo después de cuarenta
y dos días que transcurrió en soledad atravesando los altiplanos
del Hielo Patagónico Sur. Había sobrevivido a una caída de cuarenta
metros en una grieta porque se le había quedado incrustado allí
el trineo y sólo con la fuerza de la desesperación había alcanzado
a remontarse a lo largo de la soga que pendía del mismo trineo.
Llegar a La Cristina significaba sobrevivir.
En La Cristina los años pasaron como en cualquier lugar y la época
de los pioneros, de la cría de ganado y del andinismo terminó. No
obstante su importancia en la historia del andinismo patagónico,
no obstante la belleza de los lugares en los que se encuentra y
la óptima ubicación como punto de apoyo para quien se desplaza sobre
la parte central del Hielo Patagónico Sur, el reciente intento por
transformar la estancia en base turística no tuvo el éxito esperado.
Y quizás un día La Cristina de un tiempo sea sólo una leyenda, nada
más.
SOMBRAS PATAGONICAS
"La cosa era lavarse bien las manos. Y
en todo este juego sucio de fusilamientos, asesinatos e intereses
entraban todos".
Osvaldo Bayer
En cierto sentido también el andinismo patagónico
se lavó las manos, especialmente sus exponentes de los años '20
y '30. En vano se busca por ejemplo en el tan detallado "Andes
Patagónicos", del Padre De Agostini, un comentario sobre el
período más oscuro de la vida de las estancias patagónicas. Es verdad
que todo lo ocurrido involucró principalmente a las grandes estancias
y no a aquéllas administradas por sus dueños más cercanas a los
andinistas de los que hemos hablado hasta ahora.
Menos próximas a la Cordillera, mejor asistidas por carreteras,
existían y existen todavía estancias mucho más grandes, estructuradas
en forma empresarial, con miras al rédito pecuniario y no ya a la
supervivencia autónoma de un propietario como en el caso de las
pequeñas. También en estas grandes estancias hacían sin embargo
un alto quienes se dirigían a los cerros. "Primera Viedma",
"Segunda Viedma", "Julia", "Anita",
son nombres que recorren a menudo los relatos de exploradores y
andinistas. Brindaron hospitalidad no solamente varias veces a De
Agostini sino también a la expedición italiana al Fitz Roy de los
años 1936-37, a la francesa de los años 1951-52 al mismo cerro,
y a muchas otras más.
Se trataba de estancias que eran a menudo propiedad
de poderosos grupos familiares, entre los cuales se destacaban los
Braun y los Menéndez Behety. Eran regenteadas por administradores
y tenían varias decenas de peones como dependientes.
Los peones eran en su mayoría chilenos, muchos de los cuales provenían
de la isla de Chiloé y por eso el apelativo de "chilote"
que se extendió genéricamente a los otros con una lamentable connotación
despreciativa. Eran muchos los españoles y también la gente de otros
países. La vida de ellos no era sólo ruda y pobre sino que también
estaban privados de seguridad social alguna. No debe sorprendernos
entonces que durante los años '20 hayan también surgido en la Patagonia
movimientos de tipo sindical. Reivindicaban mejores condiciones
laborales ya sea para los obreros de los frigoríficos levantados
en aquel tiempo en los puertos de la costa atlántica como para los
obreros rurales.
Para conocer en su justa medida el contexto social y político de
estos movimientos es necesario distanciarse de las simplificaciones,
a menudo irónicas y despreciativas, que abundan también en los actuales
relatos de viajes, especialmente los anglosajones. Quien quisiese
profundizar esta cuestión, estudiar estos movimientos, comprender
la posición del líder anárquico Antonio Soto y la del héroe campesino
llamado Facón Grande, puede recurrir a la minuciosa reconstrucción
histórica de Osvaldo Bayer, titulada "Los vengadores de la
Patagonia trágica".
Porque trágica fue en verdad la consecuencia de
las dos huelgas promovidas en 1921 y en 1922. Muchos peones fueron
asesinados merced a la cómplice, complicada y confusa connivencia
del poder político y militar con los más potentes estancieros. Como
fundamento del descontento que desencadenó la primera huelga rural
yacía el hecho de que a los peones no se les pagaba en dinero sino
con bonos de compra, y esta práctica no ha sido aún del todo desterrada
en la Patagonia. Los bonos sin embargo no eran siempre aceptados
en las pulperías y almacenes. En 1920 se había creado una situación
tal que la mayoría de los peones no lograba desde hacia meses cambiar
los bonos ni tampoco que les pagaran por su trabajo.
Después de la primer huelga hubo una promesa de
arreglo por parte de los estancieros pero no fue mantenida y se
indujo entonces a una segunda huelga, a la cual se respondió con
matanzas y asesinatos en gran parte de las provincias de Chubut
y Santa Cruz.
Sabemos los andinistas que de aquellas matanzas de peones derivan
topónimos como «Cañadón de los Muertos". Cabe recordar que
en las cercanías de varias estancias, como la tristemente famosa
Anita, puede acontecer que se camine sobre tumbas masivas que jamás
tendrán su cruz. También esto pertenece a la historia de estancias
de la Patagonia aunque poco tenga que ver con la leyenda del Calafate.
LOS CERROS DEL PAINE
Al sur del lago Argentino, además de la citada
estancia Anita, se extiende una sierra árida y baja, sobre cuya
cresta pasa el límite entre Argentina y Chile. Desde el siglo XIX
se la llamó Sierra Baguales y entonces esta denominación se extendía
también a los cerros más imponentes del grupo del Paine. Los baguales
son caballos ariscos, difíciles de capturar y que viven sin ser
domados. Actualmente allá arriba no hay paso habilitado pero durante
mucho tiempo, quien desde el Lago Argentino quería conducirse a
la zona del Paine y a Puerto Natales, superaba una de las varias
incisiones de arista de aquella sierra. También el naturalista Clemente
Onelli, en 1899, para alcanzar el Seno Ultima Esperanza llegó a
la alta meseta remontando el cauce del arroyo Centinela y la cruzó
a pie. En sus nacientes y en el borde mismo de la altiplanicie se
encontraba un monolito producido por la erosión de la barranca que
mucho se asemejaba a una garita de centinela. Veinte años antes
que él lo hiciera había llegado a las proximidades de las Torres
del Paine una comitiva de exploradores ingleses que había partido
desde Punta Arenas. Su riesgosa estadía y las expediciones de caza,
así como el estupor que los invadió cuando llegaron frente a las
grandes y esbeltas torres a las que denominaron "Cleopatra
Needíes", fueron descriptos por una mujer que participó activamente
en la expedición. El riquísimo libro de Lady Florence Dixie, titulado
"Across Patagonia" apareció en 1880. En él se habla de
baguales pero no de estancias.
Por otra parte, en las proximidades de los cerros
no hubo muchas estancias. Orosimbo Santos, que había venido en 1908
de Chiloé, creó allí la estancia Pudeto. La conoció el Padre De
Agostini, quien más tarde, en 1929, partió de la estancia Los Leones,
propiedad de los Menéndez Behety, y en siete horas de cabalgata
a través de la Sierra Baguales llegó a la estancia Anita. Importante
para los andinistas fue a partir de entonces la estancia Radic.
Es necesario tener presente sin embargo que en la región del Paine
el desarrollo del andinismo ha sido anómalo respecto al del resto
de la Patagonia.
Caso único en aquellas tierras de libertad, en el grupo del Paine
una expedición se aseguró, por vía diplomática, involucrando también
a De Agostini, la ausencia de expediciones competidoras y el monopolio
para las escaladas en la temporada. Se trató de la expedición italiana
dirigida y financiada en los años 1957-58 por Guido Monzino que
bloqueó especialmente la acción de los fuertes andinistas del CAB
de Bariloche ya presentes activamente en la zona. Además, estando
comprendidos los cerros más interesantes para los andinistas en
un Parque Nacional, se impusieron rápidamente trámites burocráticos
para el acceso llegando incluso hasta cobrar aranceles para las
escaladas, los que en 1995 llegaban a ochocientos dólares estadounidenses
por cerro.
Las actividades de las estancias han sido limitadas por las reglas
impuestas por el Parque y también el contacto entre los estancieros
y los andinistas terminó siendo menor que en cualquier otro lugar.
Con el pretexto de la protección ambiental el Parque se está convirtiendo
en una zona de aprovechamiento turístico similar al de los parques
de Los Estados Unidos. Esto, indudablemente, significa llevar dinero
a las cajas de la administración pero a su vez le quita al andinismo
patagónico algunas de sus características peculiares. De la Patagonia
quedaron el encanto del paisaje y el acecho del mal tiempo pero
se desdibujó el libre acceso y con él el sueño de los grandes espacios
que había reunido a exploradores, aventureros, estancieros y andinistas.
EL VALLE DEL RIO BELGRANO
Para los andinistas, el valle del Río Belgrano
y los alrededores del lago que lleva el mismo nombre, como así también
el Valle del Río Lácteo que conduce a la ladera este del Cerro San
Lorenzo, tuvieron una importancia tardía. A que esto así sea contribuyó
el acercamiento difícil por las desérticas huellas de penetración
que se extienden desde la ruta Nº 40 hacia la Cordillera.
Después del empuje explorativo inicial del Padre De Agostini en
1937 que consideró poco posible alcanzar el San Lorenzo por esta
magnífica pero muy difícil ladera, sólo en 1955 se verificaron dos
ascensiones a cimas menores por parte de andinistas de Buenos Aires.
Antes de que naciera un interés por los grandes desafíos andinísticos
de la zona tuvieron que pasar más de treinta años.
El Lago Belgrano se encuentra situado en la confluencia de valles
secundarios, cerca de otros lagos que envían sus aguas ya sea hacia
el Atlántico como hacia el Pacífico. Sobre sus orillas se entrecruzan
antiguas huellas de los Tehuelches y sendas más recientes que hacia
el oeste conducen a pasos de frontera más o menos clandestinos.
En sus alrededores se encuentran todavía tres estancias en las cuales
se apoyaron los andinistas: la Belgrano, La Oriental y El Rincón.
En el Valle del Río Belgrano, si bien no tan adentro
como las recién citadas, se encontraban activas hacia fines de los
años '60 más estancias que las que hoy actualmente funcionan. Los
propietarios se habían instalado confortablemente para soportar
bien el aislamiento, tal es así que en algunas de ellas había incluso
un piano y cada tanto pasaba alguien para afinarlo. Había construido
también allí una linda estancia un marinero alemán sobreviviente
al hundimiento del acorazado Graf Von Spee. Luego, como en toda
la Patagonia, la cambiante situación económica que disminuyó las
ganancias generadas por la cría de ganado indujo a muchos a partir,
a vender o a abandonar la tierra. Así también el paradero que figuraba
en los viejos mapas como Hotel y estaba situado en el medio del
valle, terminó en ruinas y si no se conoce el lugar no se pueden
individualizar ni siquiera las cuatro chapas y las tres tumbas que
quedan. Las pequeñas pistas de aterrizaje para avionetas se transformaron
nuevamente en pasturas y apenas se individualizan. Los muchos buzones
ubicados en las bifurcaciones de la pista principal, desde donde
partían los caminos hacia las filas de álamos que indican desde
lejos las estancias, ya no recogen más mensajes ni encomiendas ni
tampoco exponen la bandera en caso de necesidad. Tranqueras construidas
con ingenio y maniobradas con cuidado durante años cayeron inutilizadas.
Las tres estancias citadas, las que sirvieron de referencia para
los andinistas, sobrevivieron. La Oriental está situada justo a
orillas del Lago Volcán y es de propiedad de la familia Lada, de
lejano origen ruso, que se dedica también al transporte en camión
y colectivos de línea desde San Julián, sobre la costa atlántica,
hacia el interior de la cordillera. La Belgrano está situada sobre
la pista principal, no lejos de la entrada del Parque Nacional Perito
Moreno, institución que circunscribió con límites administrativos
una parte del territorio de las estancias.
La institución de este Parque no incidió negativamente
sobre el andinismo debido también a que los cerros más interesantes
no están comprendidos en él. Es más, la presencia de los guardaparques,
aunque discontinua, favoreció a los andinistas que fueron aquí siempre
generosamente ayudados por los mismos. Aún siendo muy incómoda y
carente de una infraestructura adecuada para el turismo (basta con
pensar que quien llega en auto debe llevar consigo agua y combustible)
la región ha sido visitada aunque no masivamente invadida como otros
lugares sin sufrir, por ende, los problemas consecuentes.
En cambio, la creación del Parque y de las reservas contiguas no
ha sido indolora para las estancias. Las relaciones entre Parque
y estancieros fueron a menudo tensas y hasta conflictivas. No solamente
por los límites numéricos que fueron impuestos con el fin de reducir
el número de animales admitidos a la pastura sino debido también
a la prohibición de cazar los leones pumas y los zorros, animales
que desde siempre fueron enemigos de los ganaderos a causa de los
daños que provocan no sólo a los ovinos, sino también a los terneros
y potrillos. Y luego, naturalmente, la venta de pieles de leones
y zorros constituía una fuente de ingreso para los peones. Antes
de la institución del Parque, en la zona vivía durante el invierno,
un cazador de leones, quien con sus perros especialmente adiestrados
seguía sus rastros sobre la nieve para alcanzarlos. Porque el león
puma es un animal no solamente fuerte sino también muy astuto y
sabe esconderse muy bien en todos lados, en las cuevas de las barrancas
rocosas que son su hábitat preferido, pero también arriba de los
árboles y entre los arbustos.
Sin embargo, en este Parque, a raíz de la cómplice, involuntaria
y poco feliz ubicación de las dos habitaciones de los guardaparques,
que en aquel aislamiento se encuentran prácticamente dependiendo
de los servicios y de la colaboración de las estancias, se llegó
siempre a acuerdos de convivencia.
Aparte de las grandes propiedades, aún antes de
que se pusieran en práctica las restricciones del Parque, vivían
también pobladores solos, aislados y sin títulos de propiedad. Entre
éstos hubo tres hermanos de los cuales aún se conserva el recuerdo
porque sobre la cresta del limite hay un cerro que en honor a ellos
fue bautizado justamente "Tres Hermanos". Eran los sobrinos
de un famoso bandolero gentilhombre, Ascensio Brunel, durante años
incapturable, que luego fue asesinado a principios del siglo XX.
Los tres pobladores vivieron criando ganado y si bien no robaban
caballos como su famoso tío eran ellos también personajes solitarios
y extravagantes. Se refugiaban en pequeños puestos sobre las orillas
de los lagos Volcán y Azara donde habían descubierto pastos reparados
con un clima más cálido. No tenían hijos ni herederos y al morir
el último de los hermanos Brunel, los caballos, los toros, las vacas
se transformaron en animales salvajes, los puestos se marchitaron
y se derrumbaron. Sus sendas sirven como paso para los gendarmes
que una vez al año van a controlar los hitos de la frontera y cada
tanto a los ladrones de ganado y a todos quienes se desplacen en
la clandestinidad. Aún hoy no se excluye que un andinista pueda
encontrar las ruinas de los puestos y ni siquiera que pueda encontrar
alguno de los últimos toros ariscos del cual es siempre mejor escapar.
EL RINCON
La llegada de personas interesadas en las cumbres
del Valle del Río Belgrano durante los años '70 y '80 fue una novedad.
Al final de la pista transitable, los andinistas encontraron la
más remota de las estancias llamada El Rincón, nombre apropiado
para aquél ángulo tan aislado, tal cual como se la podía ver representada
en el libro Andes Patagónicos del Padre De Agostini publicado en
1949.
El propietario de entonces, Nicanor Torres, había muerto ya y parecería
estar sepultado en los alrededores aunque ninguno sepa precisamente
dónde. Mientras tanto El Rincón había cambiado de dueño pero no
de nombre.
Su gestión se le había confiado en aquellos años a un encargado
de origen araucano, Alberto Cofré. Don Cofré ayudó siempre a las
expediciones andinísticas que aparecían cada vez más seguido, alojándolas,
proveyéndolas de víveres, transportando sus cargas con pilcheros
hasta los lugares más apropiados para un campamento, enseñándoles
algunos caminos que sólo él conocía. Hasta allí llegaba cada tanto
para ver si necesitaban algo y llevando siempre de regalo pan y
carne que dejaba colgados de algún árbol cuando no encontraba a
nadie. Así Don Cofré no sólo quedó en el recuerdo de los andinistas
sino que también se lo cita con simpatía y gratitud en las revistas
de alpinismo de lejanos países como Sudáfrica a los cuales probablemente
jamás conocerá.
Don Cofré, especialmente, se encontraba a gusto en aquél aislamiento.
Había aprendido por sí solo a leer y a escribir. Un espíritu de
observación particularmente agudo le permitía captar muchos aspectos
de la región que a otros se les escapaban. Conocía los antiguos
picaderos de los indios y sabía dónde encontrar las bellísimas flechitas
de sílice y obsidiana que los Tehuelches utilizaban para la caza.
Sabía en qué pequeñas lagunas se podían encontrar flamencos rosados
durante la migración de los mismos. Cuando se le mostraba un fósil
enseguida ubicaba su posible lugar de encuentro y aún sin haber
ido jamás a la escuela podía reconstruir visiones de un pasado geológico
con asombrosa coherencia. Naturalmente criaba bien a sus animales,
amaba a sus caballos, tenía pavos, gansos y gallinas y además sabía
varias cosas de las cuales prefería no hablar.
Gracias a Don Cofré los andinistas pudieron compartir
por más de un decenio algunos aspectos auténticos de la vida de
las estancias, una vida a menudo similar a la que seguramente habrán
llevado los pioneros cien años antes. Sin embargo, el concepto de
auténtico va siempre ligado al contexto histórico y social. Padre
de nueve hijos, con una esposa sacrificada en el cuidado de su casa
donde había parido a los hijos con la sola ayuda del marido, Don
Cofré estaba muy contento con su vida pero para sus hijos deseaba
un mejor porvenir. Menos sacrificios, otros horizontes, otras perspectivas
de trabajo.
Cuando un día, del internado de Gobernador Gregores, le mandaron
a la estancia a uno de sus hijos, que ya sabía domar caballos ariscos,
porque en la escuela no había abierto la boca durante todo el año,
hizo lo imposible por irse de El Rincón.
A fin de no perder sus servicios el dueño le propuso administrar
otra estancia menos solitaria y le ofreció hacer estudiar al más
dotado de sus hijos responsabilizándose económicamente de ésto.
Don Cofré partió sin nostalgias pero cuando los andinistas volvieron
al Rincón se dieron cuenta de que con su partida se había cerrado
un pequeño periodo de historia también para ellos.
HABLAN POCO PERO SABEN TODO
Hay un aspecto de la vida de los pobladores de
estas estancias tan aisladas, cuando no perdidas, difícil de comprender
para quien esté habituado a la facilidad de comunicación disponible
en las ciudades. Hasta los años '20, para comunicarse de una estancia
a otra había que trasladarse personalmente a pie o muchas veces,
dadas las distancias, a caballo. A lo largo de las escasas carreteras,
que en realidad eran pistas de ripio, surgieron aquí y allá paraderos
y boliches, a menudo con un negocio al lado, que se transformaron
en puntos de referencia ya sea para la gente de las estancias como
para los viajeros, entre quienes figuraban los andinistas.
A lo largo de la ruta Nº 40, de la cual se ramifica también la pista
hacia el Valle del Río Belgrano y que en la Patagonia Austral une
las localidades precordilleranas de Perito Moreno y Calafate para
dirigirse luego a Río Gallegos, hay un par de estos bolichitos.
Florecen imprevistamente en lugares aparentemente desérticos, cerca
de una bifurcación o de un cruce. Por ejemplo Las Horquetas o Bajo
Caracoles. Durante decenios ejercieron la función de punto de encuentro
para quien venía de las estancias. El más característico de la ruta
Nº 40 es el ya histórico paradero llamado La Riera. Don Antonio,
su señorial dueño de origen español, lo administró durante años
digna y amablemente a pesar de que mucho no tenía para vender más
que cajas de bizcochos y latitas de sardinas, clavos y herraduras
para caballos y naturalmente bebidas alcohólicas. Pero La Riera
era uno de esos lugares donde se podían obtener todas las informaciones
necesarias para los viajeros y para los estancieros, donde se podían
dejar mensajes escritos u orales, confiar encargues, dar citas,
encontrar a personas o animales. Esta función fue ejercida durante
mucho tiempo, aún cuando fueron cambiando los medios por los cuales
arribaban los pasajeros; a caballo, en carros, luego en camiones
y finalmente en automóviles. Inexistentes ya en la ruta Nº 40 los
carros tirados por bueyes, hoy camiones y caballos siguen cruzándose
en la carretera y hay siempre alguien que deja o busca un mensaje
en el paradero.
Un cambio sustancial en las posibilidades de comunicación para quienes
viven en las estancias llegó con la radio. Algunos estancieros adquirieron
una rice-transmitente ya en los años '30 y por ejemplo Madsen tenía
una en su estancia Fitz Roy cuando en 1937 pasó la expedición italiana.
Más tarde la radio se difundió de tal manera que se transformó en
un aparato indispensable en toda estancia. En algunas existe el
verdadero radiotransmisor oficializado para radioaficionados, en
otras son aparatos con modificaciones artesanales que transmiten
por bandas que no les pertenecen, pero en todas las estancias existe
un aparato receptor. Porque en todas se escuchan las transmisiones
de los "mensajes" para las estancias, enviadas dos veces
al día, en horarios fijos, desde las varias emisoras locales.
Gracias a los mensajes radiofónicos queda abolida
la privacidad de los lugares aislados y todos conocen las vicisitudes
de los otros en toda la Patagonia; todos saben si hay un enfermo,
si faltan peones para la esquila, saben para quién llegó la carta
que espera en el correo y quien está a la búsqueda del caballo que
se le escapó.
Naturalmente saben todo también sobre los andinistas que a través
de la radio local advierten sobre su llegada o buscan un medio de
transporte. Gracias a los mensajes de la radio, la Patagonia, con
su único habitante por kilometro cuadrado es como un pueblito que
reúne en su plaza a toda la gente dos veces al día.
La característica sonora de estos mensajes es el tono voluntariamente
distinguido con el cual es leído todo lo escrito y entregado por
los interesados, en una lectura que para no cometer injusticias
transmite los mensajes en el orden en el cual son entregados al
emisor. Con el mismo y amable tono se anuncia la muerte de un pariente
concluyendo con un "en paz descanse" seguido por un aviso
de tratamiento sanitario obligatorio para las ovejas o para los
perros, se escucha algún "venir a recibir a la llegada del
micro" o "pase a buscar carta". En medio de paquetes
para entregar, citas, caballos que se escaparon, incidentes y augurios
por el cumpleaños de la tía, aparecen también los andinistas que
quisieran llegar a una estancia perdida en la base de los cerros
que intentan escalar, o bien poder partir a tiempo para tomar el
avión. Y lo lindo es que estos anuncios funcionan admirablemente
y resuelven, de modo patagónico, también las situaciones que en
lugares mucho más organizados resultarían en verdad sin solución.
SE DICE QUE UNA VEZ...
"Un profundo afecto une a los colonos a
estos solitarios valles andinos, como si fueran dominados por una
fascinación misteriosa".
Padre De Agostini
Es probable que el Padre De Agostini haya también
idealizado un poco ciertas situaciones. Su "mal de Patagonia"
era la nostalgia del explorador y del andinista y no la del poblador,
aunque se diga que, una vez que hubo regresado a Italia, durante
los últimos años de su vida, él se retirara a menudo en una localidad
poco frecuentada de los Alpes y prefiriera vivir en una cabaña de
pastores antes que en un hotel.
La Patagonia de los estancieros y pobladores tuvo, y en algunas
partes conserva todavía, ciertas características de "far west".
Peleas de vecindario con justicia expeditiva "a rifle y rebenque"
por tranqueras sin cerrar y alambrados cortados, borracheras de
boliche donde rápidamente los insultos verbales eran reemplazados
por el cuchillo, robo de ganado, caza abusiva y contrabando, odios
familiares nacidos de motivos baladies y conservados por generaciones,
han marcado la vida de no pocas estancias.
Hay lugares en donde es bastante fácil reconocer la existencia de
intrincadas vivencias de este estilo, lugares en donde la gente
transmite el recuerdo de los hechos si bien discretamente y hasta
con un poco de indiferencia, coloreando las vivencias de humanidad
y seguramente también adornándolas un poco. Uno de estos lugares
es la región que con sus amplios valles y lagos se extiende al norte
del cerro San Lorenzo.
Lago Posadas es un pequeño centro habitado cercano
al lago del mismo nombre que constituyó desde fines del siglo XIX
un lugar de paso y de encuentros, de intercambio de noticias y mercaderías.
El clima relativamente dulce había ya convocado antes que a los
pobladores a los indios Tehuelches. A espaldas del Lago Posadas,
el "Cerro de los Indios" expone una pared rocosa con pinturas
y tallados, estilizaciones de guanacos, jeroglíficos y huellas negativas
de manos.
Cerca del Lago Posadas se encuentra el gran Lago Pueyrredón, que
del lado chileno se llama Cochrane, y que está dividido en dos tercios
por una línea fronteriza existente en los mapas pero irreconocible
sobre el terreno. El lago constituyó durante decenios la vía preferencia
de comunicación para los colonos del lado chileno, los cuales con
barcazas rudimentarias transportaban los fardos de lana al territorio
argentino donde era posible llegar a los puertos del Atlántico a
través de las pistas y carreteras que atravesaban las mesetas de
la pampa. Las comunicaciones hacia el océano Pacífico eran en aquellos
tiempos si no imposibles mucho más dificultosas, y por otro lado
una parte de la penetración colonizadora había ya llegado partiendo
desde la Argentina.
Pero no era solamente el lago el medio de tránsito
ya que existen varios pasos naturales que se abren en la Cordillera
y a lo largo de los cuales se establecieron pobladores y surgieron
estancias.
En esta región cordillerana se alza, bellísimo y soberano, sobre
muchas otras cumbres menores, un solo cerro, el San Lorenzo (3.706
m). A la particularísima historia de su conquista se dedicó el Cuaderno
Patagónico N° 9. Antes de efectuar el primer ascenso en 1943 con
Heriberto Schmoll y Alejandro Hemmi del CAB de Bariloche, el Padre
De Agostini realizó sistemáticas exploraciones de sus complicadas
laderas y dejó importantes testimonios en su obra fundamental, Andes
Patagónicos. Estos testimonios son actualmente la única trama histórica
en la cual se pueden insertar las vivencias del pasado que les son
narradas a los andinistas de hoy.
Quien hoy quiera seguir los recorridos explorativos de De Agostini,
quien conoce sus escritos y escucha a los pobladores, puede moverse
de estancia en estancia como entre las páginas de una pequeña novela
histórica. Cuando De Agostini llegó por primera vez al Lago Posadas
existía todavía el hotel Mondelo que luego se cerrara a causa de
graves hechos de sangre. El valle hoy llamado Río Oro se llamaba
en aquel tiempo Río Platten tal como figura en los viejos mapas.
De Agostini cuenta que encontró en el lugar "solo mezquinas
taperas de pocos colonos" y en el extremo del valle fue ayudado
por el colono Muñoz a quien el Padre dedicó luego una laguna e indicó
un puesto con su nombre en su propia cartografía.
Doña Sar de la que se dice que cabalgaba mejor que sus peones, y
que en otros tiempos vigilaba su propiedad a caballo y armada con
un rifle, pero también se dice que escribió poesías al estilo Gabriela
Mistral en los embalajes de cartón que quedaron en la estancia.
En el valle del Río Tranquilo la propiedad de los Elorriaga se fue
fraccionando y las varias estancias pasaron a manos de nuevas familias
de pobladores chilenos: los Soto De la Cruz, los Ibañez, los Pizarro,
los Pallacar. Una huella de penetración en el valle del Río del
Salto facilita hoy el acceso desde el pueblo de Cochrane y los andinistas
interesados en subir el San Lorenzo por el itinerario de De Agostini
están orientando su atención hacia aquella
Los Ñires. Después de su muerte, los herederos entraron en conflictos
de vecindario con los pocos otros pobladores y también los andinistas
se encontraron involuntariamente envueltos en problemas cuando intentaban
recorrer el valle. Hubo quien pasó de corrida por la noche, quien
cabalgó a través de cordones secundarios para bordear la estancia,
quien incluso se hizo llevar con el camión de la cortés familia
Fortuny de Lago Posadas hasta la otra ladera del San Lorenzo. Así
los andinistas contribuyeron a darle un contexto de "far west"
también a la figura de aproximación más simple que la del Río Oro.
En el Campo San Lorenzo, en la base occidental de las agujas del
Cordón Feruglio, Luis Soto De la Cruz espera hacer convivir de manera
moderna la cría de ganado y el agriturismo andinístico.
El valle del Río Oro y el valle del Río Tranquilo
permanecen unidos por la antigua huella para carros. Su recorrido
se pierde por tramos pero su trazado es bien visible y en algunos
puntos quedaron hasta los surcos entre las piedras donde se encuentran
incluso las puntas de flecha de obsidiana, blancos huesos de animales,
y hasta las antiguas boleadoras, pequeñas bochas de piedra con la
ranura para fijar el lazo de cuero, que fueron perdidas durante
la caza. El trazado no se borró también porque el carro tirado por
bueyes es todavía el mejor medio a disposición de los pobladores
para trasladarse a lo largo de aquellos extensos valles donde no
existen los caminos. Mejor aún que un moderno vehículo todo terreno
doble tracción, el carro tirado por bueyes con los cubos de las
ruedas lubricados con grasa sobrante de las torta fritas, sortea
cualquier obstáculo. Atraviesa el río y supera tramos pedregosos
avanzando incluso en los pantanos, sin hacer ruido, a la velocidad
de un caminante en armonía con los ritmos originarios del hombre
y de la naturaleza. Una dimensión casi bíblica.
Es de augurar que el justo progreso esperado por los pobladores
en aquellas aisladas estancias salve el lado positivo de la herencia
histórica de esta dimensión. El andinista patagónico del 2000 podrá
quizás todavía recibirla como regalo a cambio de que sea consciente
de su excepcional valor y no contribuya también él a su destrucción.
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