Lista de Cuadernos Patagónicos Editados


Sugerencias

10. San Valentín

El hielo Patagónico Norte y sus cerros
Una Pampa de nieve
El misterio de los hielos hoscos y tempestuosos
El descubrimiento
Llegan los montañistas
Nuevas tentativas
El final de la sinfonía patagónica
Las visitas sucesivas
No sólo el San Valentín
Las estribaciones orientales
Los cerros de Santa Ana
Reserva de aventura silenciosa

 

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Cerros casi desconocidos como el Serrucho, Pared Sur Pared Norte y Arenales (de izquierda a derecha) ofrecen hacia el Este paredes altas y difíciles que nunca se intentó escalar.

 


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Mapa de la zona del Hielo Patagónico Norte

 


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Ubicación de la zona del Hielo Patagónico Norte dentro de América del Sur.

 


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A la izquierda el Cuerno de Plata, a la derecha el San Valentín. Así se los ve, con sus perfiles parecidos, desde el Cordón La Parvas. Dentro de un rato estarán envueltos por las nubes.

 


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Los glaciares debajo de las cumbres son inmensos y donde no están cubiertos por nieve se ve el hielo con la red de las grietas.

 


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Para subir al San Valentín se encuentran grietas anchas y a veces traidoras. Hay que poner mucho cuidado en cruzarlas.

 


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Las cumbres del Cordón Contreras vistas desde el pueblito de Puerto Bertrand, cerca del nacimiento del Río Baker donde las aguas del lago tienen una limpidez excepcional.

 


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En el panorama desde el Cordón Esmeralda, las cumbres del Hielo Patagónico Norte aparecen a lo lejos, más allá del pueblo de Cochrane y del Río Baker.

 


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Para llegar de la Laguna San Rafael hasta donde se puede caminar sobre el glaciar hay que subir por laderas empinadas con mucho bosque pluvial.

 


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Balsa para cruzar el Río Baker.

 


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Cruzando mallines en praderas y bosques.

 


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Cruzando mallines en praderas y bosques.

 


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El ranchito de un poblador cerca del Lago Vargas.

 


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El Río Baker fluye ancho y majestuoso, bajando cerca de Cochrane hacia los mallines del "Valle Grande" Es muy difícil cruzarlo sin bote y es un desafto para los pocos que intentan bajarlo con un kajak hasta Caleta Tortel.

 


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Don Anselmo Soto, poblador instalado en la salvaje ortíla del Lago Plomo, sube por el largo Valle del Río Soler para cuidar su ganado. Los andinistas necesitan también varios días, cruzando ríos peligrosos, para llegar por este valle, a veces inundado, al pie de los hermosos cerros Hyadex, Largo y Cachet.

 


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Sobre la inmensa planicie del Campo de Hielo el andinista se queda solo con sus deseos de alcanzar cumbres, muy aislado del mundo de los demás.

 


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Rocas escarpadas y mojadas, con musgos, helechos y nalcas, ofrecen un camino malo a los que suben con carga pesada desde el océano hacia los glaciares. El tallo de la nalca se puede comer, si uno está realmente muy hambriento.

 


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Las flores estupendas de las fucsias, que aparecen tan delicadas, se encuentran lozanas aun cuando están expuestas al viento huracanado y cerca de los glaciares.

 


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Hermann Hess en 1993. Fuerte, generoso y desdichado protagonista de la lucha para la primera ascensión al San Valentín en la década de los años '40.

 


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Foto histórica: Hermann Hess con el quipo de entonces en el medio del Campo de Hielo.

 


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Otra foto histórica. Hermann Hess con su kajak navegando sobre el Lago León en 1940.

 


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Los hombres son siempre pequeñitos frente a los cerros, aún más si estos cerros se hallan tan aislados como los patagónicos alrededor del San Valentín

Cuaderno 10
San Valentín

EL HIELO PATAGÓNICO NORTE Y SUS CERROS

¿Dónde se hallan y qué aspecto tienen? No son muchos los montañistas que sepan responder a estas preguntas. Es verdad que las nubes ocultan a menudo esta parte de la Cordillera andina, que el detalle de su cartografía es aun hoy aproximativo, pero la razón principal es que, por causas climáticas y logísticas, un conocimiento sobre el terreno ha sido difícil en el pasado y no resulta simple ni siquiera ahora. Justamente por ello, empero, subsiste ese encanto algo especial, casi misterioso, propio de las regiones poco frecuentadas y de las cuales se habla raramente. Es como si hubiesen caído en el olvido después de un momento de gloria.
Tal momento de gloria ha sido el de la primera ascensión -lograda después de treinta años de tentativas- a la cumbre más elevada de esta región montañosa que, al mismo tiempo, es también la más alta de toda la Cordillera Patagónica Austral: el Cerro San Valentín, que se eleva en el borde norte del Hielo Patagónico Norte. Muchas otras montañas y la gran extensión del mismo Hielo hacen de la región una importante unidad geográfica y andinística.

Esta región de la Patagonia Occidental está situada por entero en territorio chileno. En términos generales, se halla comprendida entre las líneas de los ríos Tranquilo, Bayo y Exploradores al Norte, el Lago Buenos Aires - General Carrera y el curso del Río Baker al Este y al Sur. Al Oeste, está limitada por el Océano Pacífico, entre el Seno Elefantes, la Laguna San Rafael, el istmo de Ofqui y el delta del Río Baker. Recientemente, la construcción de la Carretera Austral entre Coyhaique, Cochrane y Puerto Yungay ha mejorado la posibilidad de alcanzarla desde el continente, mientras que entre Puerto Aisén y la Laguna San Rafael, en el verano existe un enlace marítimo.


UNA PAMPA DE NIEVE

Es éste el nombre poético que los pobladores han dado a la gran extensión de hielo, cuya existencia conocen, pero que no pueden ver desde los valles porque permanece oculta detrás de una fila de majestuosas cumbres nevadas. Su nombre geográfico es Hielo Patagónico Norte y aparece designado en forma abreviada con la sigla HPN. El valle entre montañas del Río Baker lo separa del Hielo Patagónico Sur, más grande y también - siempre relativamente - más frecuentado. Estos dos grandes campos de hielo son los restos de la última glaciación cuaternaria que, por lo demás, hace millones de años ha excavado los surcos ocupados hoy por los fiordos y ha modelado los valles que se abren hacia el continente. Las perturbaciones que llegan del Océano Pacifico aseguran las importantes precipitaciones necesarias para la supervivencia de los hielos, mientras que las mesetas esteparias de la Patagonia Argentina son tan áridas justamente porque la humedad permanece retenida sobre las planicies de hielo y sobre los cerros que están a su alrededor. El Hielo Norte tiene una longitud de cerca de 100 km. y se extiende alrededor de 40 km. de Oeste a Este. Su superficie ha sido calculada en alrededor de 4.400 km2. Se estima que el espesor del hielo es de cerca de 1.500 metros. La altura media de la superficie del campo de hielo es de cerca de 1.500 metros, y sobre su lado oriental se alzan poderosos cerros que superan los 3.000 metros. De cada lado se derraman importantes y largas lenguas de hielo, a menudo quebradas por seracs y zonas con grietas. En su extremo Norte, el Hielo Norte culmina con la majestuosa cumbre del San Valentín, que es el cerro más alto de la Patagonia Austral. Sobre los viejos mapas aparece mencionado también como San Clemente, y acerca de su altura persiste todavía cierta incertidumbre, pero aun si no llega a los 4.058 metros que en un tiempo se le asignaron, con los 3.910 metros que le atribuye el último mapa oficial conserva siempre su primacía de altura.
Otra prioridad del Hielo Norte -esta vez a nivel mundial- es la de poseer, con el Glaciar San Rafael, la lengua de hielo que se lanza en el océano a la más baja latitud: menos de 47º latitud Sur.

En este vasto conjunto de glaciares, que parece eterno a escala de vida humana, se ha verificado en el último decenio un evidente retroceso de las lenguas que descienden ya sea hacia el océano o hacia el continente, proceso que se encuadra dentro de la disolución general de las masas de hielo que se observa en el hemisferio Sur. Según las investigaciones de los glaciólogos, a partir de 1986 el retroceso ha sido particularmente acelerado, más sobre el lado Oeste que sobre el Este (curiosamente, sobre el Hielo Sur ocurre lo contrario, y la mayor retracción se observa sobre el lado Este). Así, el Glaciar San Rafael se ha retirado a una velocidad de 200 metros por año entre 1974 y 1985, en tanto que después se ha retraído hasta a 300 metros por año y, si esta tendencia prosigue, dentro de pocos años no se lanzará ya sobre la laguna. Las varias lenguas, de cualquier modo, retroceden a velocidades diversas y, donde hay cobertura detrítica que aísla al hielo, ésta prolonga el derretimiento. Los ritmos acelerados de retroceso han creado nuevos lagos vecinos a los hielos, en los cuales andan bogando los témpanos que se desprenden de los frentes. Otros glaciares que antes terminaban en los lagos ahora están suspendidos en la roca, como el Glaciar León. Las investigaciones de los glaciólogos son al respecto interesantes aun para el montañista, porque le ofrecen informaciones sobre los cambios de los recorridos y sobre las condiciones de acceso a las lenguas que le permiten llegar al campo de hielo.

Los glaciares se mueven, empero, siempre hacia el valle, y en su parte frontera, allí donde se disuelven, abandonan los detritos que han transportado y que constituyen las morenas. Este avance, que en promedio es aquí de 170 metros por año, ¡puede ser también muy rápido: en el frente del Glaciar San Rafael ha sido calculada una velocidad de unos 17 metros por día!. La rapidez de deslizamiento de ciertos glaciares se interpreta también como efecto de la gran cantidad de agua producida por derretimiento y precipitación, que después corre sobre el fondo rocoso lubrificándolo, teniendo en cuenta también las amplias redes de agua dentro de los glaciares mismos, que se acumulan en hoyos, grietas y canales de tipo túnel. Esto puede explicar al montañista cómo a veces, en el regreso de una ascensión, se encuentra una larga grieta abierta en el recorrido por donde a la ida se había pasado con absoluta tranquilidad. Las investigaciones de los glaciólogos no sirven solamente a la curiosidad científica y a las informaciones para los andinistas: en los últimos años, además del reconocimiento para recursos de agua, se ha hecho sentir también la necesidad de prevención de desastres debido a aluviones imprevistos.

También el gran explorador de los Andes Patagónicos Australes, el padre salesiano Alberto De Agostini (1883-1960), señaló los efectos de las crecidas estacionales del Río Colonia, observadas en 1942, documentándolas con fotografías impresionantes y atribuyéndolas a rupturas parciales de la morena que contiene el Lago Arco. Estas calamidades, ligadas al movimiento de los glaciares y al derrumbamiento de sus deposiciones son lamentablemente reiteradas. El escritor Francisco Coloane (Chiloé, 1910), descubridor literario de las regiones australes chilenas, se inspiró de ellas en el relato "Tierra de olvido", ambientado justamente en el interior del Río Baker. Pero en cada valle alrededor del Hielo Norte hay restos de troncos esparcidos, algunos aun en pie, emergiendo de los fragmentos de piedra que han invadido el valle, como para testimoniar los desastres. Se los ve bien en el valle del Río Soler, donde se produjo un gran aluvión en marzo de 1989, y se cuenta de un poblador que perdió todo su ganado pero que se salvó permaneciendo aferrado durante tres días a la cima de uno de éstos árboles que se mantuvieron en pie en medio de las aguas que lo arrastraban todo.

Glaciología y andinismo siempre han estado unidos de algún modo en el estudio de los Hielos Patagónicos. Los primeros mapas realmente utilizables, que aún hoy constituyen una base de referencia, han sido diseñados en 1956 por el glaciólogo y andinista Luis Lliboutry, hoy docente en la Universidad de Grenoble. Lliboutry fue el primero en poner en evidencia los glaciares en la cartografía derivada de los reconocimientos aéreos de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos en 1944-45. Los glaciólogos japoneses que, desde más de un decenio, llevaron adelante las investigaciones sobre los Hielos Patagónicos, fueron ayudados por valiosos andinistas investigadores en glaciología y geofísica, como Pedro Skvarca, del Instituto Antártico Argentino, explorador y primer ascensionista de muchas cumbres del Hielo Sur, y Gino Casassa, de la Universidad de Magallanes, especialmente para el Hielo Norte.
Si este gran campo de hielo ha suscitado tantos intereses, está no obstante siempre la roca bajo esos 1.500 metros de espesor helado, y de su tipo dependen también las estupendas formas de los cerros.

Si bien, esparcidas sobre el Hielo Norte y sus cerros, se pueden encontrar pequeñas piedras pómez y cenizas que el viento ha llevado durante erupciones de volcanes vecinos, en la región que estamos considerando hasta ahora no han sido localizados volcanes y es poco probable que allí existan. El volcán activo mas cercano se halla, empero, un poco al Norte y es el Volcán Hudson, cuya última erupción data de 1991. Por el contrario, emergiendo de los hielos, podemos hallar las rocas de cuerpos graníticos que pertenecen al gran Batolito Patagónico, formado a partir del Cretáceo y que, por ello, puede tener 60 millones de años de edad. Estos cuerpos graníticos se han introducido en un complejo de rocas metamórficas muy viejas, constituido por esquistos y pizarras y también por bellísimos mármoles veteados. La "capilla del mármol", que emerge de las limpidísimas aguas azules del Lago Buenos Aires-General Carrera cerca de Puerto Tranquilo, es un bloque de mármol redondeado de unos 25 metros de altura, cuya base ha sido erosionada por el movimiento de las corrientes, que ha dejado solamente pilastras y bóvedas, creando una magnífica escultura natural.


EL MISTERIO DE LOS CIELOS HOSCOS Y TEMPESTUOSOS

"Centenares de picos, de cándidos macizos caprichosamente revestidos de hielo, osadas agujas de granito y de esquistos arcillosos no sólo no han sido jamás escalados, sino que permanecen hasta ahora envueltos en el misterio de sus cielos hoscos y tempestuosos". Padre A. M. De Agostini

Esta bella expresión de De Agostini es particularmente adecuada para el Hielo Norte y para sus montañas. Detengámonos ahora sobre los "cielos hoscos y tempestuosos". Existen, en verdad. Es hasta superfluo especificar en cada relación alpinística hasta qué punto el mal tiempo ha dificultado y a menudo impedido la exploración o la ascensión. En cada narración hay abundancia de lluvia, lluvia a cántaros, neblina, viento huracanado, tormenta, nieve, lluvia torrencial y nuevamente lluvia. Las personas están siempre empapadas hasta los huesos, con zapatos llenos de barro y, naturalmente, tienen carpas mojadas. De ahora en más, al hablar de la actividad andinística no volveremos a repetir el tema. Pero, efectivamente, esta anomalía de los glaciares que llegan hasta el océano a una latitud de casi 45°, que en el hemisferio Norte corresponde, en Europa, a la de Suiza, es índice de una situación climática particular. En el hemisferio Sur, los 46° de latitud son considerados también como punto de cambio de clima, porque aquí se invierte el régimen de las lluvias: de aquí hacia el Sur hay más precipitaciones de verano que de invierno. El Hielo Norte se halla, con todo, en una zona de transición, y en la Laguna San Rafael los días de lluvia son, por término medio, los mismos, tanto en verano como en invierno. Además, la intensidad y la cantidad de precipitaciones aumentan con la altura, y se estima que en el interior del Hielo Norte las precipitaciones pueden alcanzar los 10 metros por año.

La influencia del océano limita las fluctuaciones estacionales de temperatura, pero las precipitaciones están distribuidas más o menos uniformemente, porque la región permanece durante todo el año bajo la influencia meteorológica de las corrientes atmosféricas que vienen del Oeste. Relativamente a menudo, durante las jornadas estivales, el cielo está cubierto hacia el Pacífico y despejado hacia el Oriente. Lo certifican también los pluviómetros, que anualmente registran en la Laguna San Rafael más de 3 metros de agua, mientras que en Cochrane se registra sólo 1 metro. Este hecho explica también por qué en la vertiente Oeste hay más nieve y el hielo se disuelve menos, justamente a causa de la menor radiación solar existente.

Cuando, con todo, el sol llega, quema, la temperatura asciende y la nieve se funde rápidamente. En los altos glaciares del Hielo, la nieve permanece todo el año solamente por encima de los 1.100 metros al Oeste y de los 1.300 metros al Este, donde cubre el verdadero campo de hielo, es decir aquel que los pobladores, sin haberlo generalmente jamás visto, llaman poéticamente "Pampa de Nieve".
Si bien se presentan ciclos de buen tiempo, es necesario tener suerte para encontrarlos. Durante el verano, el tiempo hermoso está determinado por la presencia de un anticiclón en la latitud del Perú. Por otra parte, la corriente ininterrumpida que condiciona las precipitaciones durante el verano se aleja hacia el Sur, y allí permanece, para después provocar las perturbaciones hacia el Norte hasta más allá de los 46º de latitud.

Aun cuando no disponga de instrumentos científicos, el viajero puede vivir los efectos de este clima particular no solamente buscando protegerse de la intemperie, sino observando el extraordinario cambio de paisajes ligado a la diversidad de vegetación, en una recorrida de menos de 100 km. Viniendo delEste, en las zonas de climas locales secos, sobre los bordes del Lago Buenos Aires-General Carrera, se siente el viento a veces huracanado y el polvo que se eleva sobre los coironales y las matas de rosa mosqueta. Acercándose a la montaña, donde llueve más y en invierno hace más frío, el viajero ve los bosques de hayas australes, con las variedades de lenga, ñire y coíhue. En primavera, florecidas de color rojo llama, están las matas de ciruelillo, en tanto que en verano se llenan de bayas las zarzas espinosas de las diversas especies de berberis llamadas calafate.
Prosiguiendo hacia el océano, encuentra los primeros cipreses; luego, el manio con sus agujas puntiagudas, árboles ambos de apreciada madera, y después también el canelo, que es una lozana especie de magnolia. Será difícil que llegue a entrever los huemules escondidos entre los árboles, porque estos pequeños ciervos son muy tímidos y silenciosos, pero seguramente vuelan a su alrededor los colibríes y los loros. En otoño se podrá gustar de los frutos ásperos de la parra silvestre, y en primavera podrá probar los jugosos tallos de la nalca. Los helechos comienzan a crecer como árboles y, por lo tanto, el viajero no se atreverá ya a salir de los caminos, porque además el terreno se hace cada vez más pantanoso y se encuentran extensiones enormes de pérfida caña colihue, que hace casi imposible el avanzar. Los pobladores han transformado partes de esta naturaleza salvaje en pasturas y terreno agrario. En el pasado, por desgracia, varias veces los incendios provocados con ese propósito en el fondo de los valles se han propagado sobre los flancos de las montañas, provocando graves daños al patrimonio forestal y favoreciendo una erosión peligrosa del suelo. Todavía son visibles los grandes troncos carbonizados por los incendios de los años 1940 y 1950. Hoy, por el contrario, el viajero encuentra de tanto en tanto una vacada en los mallines, mientras tal vez intenta alimentarse, con evidente gusto, de las delicadas corolas en forma de pagodas de las fucsias que ondean por millares en las malezas. Y, cuando alcanza los aledaños de la costa del Pacífico, el viajero se halla inmerso totalmente en un lozano bosque pluvial. Si es un andinista, con todo, además de la satisfacción por la excepcional experiencia botánica y paisajística, ha acumulado también no pocas perplejidades con relación a la búsqueda de un pasaje hacia los glaciares y las montañas adonde le agradaría llegar. No habría jamás pensado que el bosque pluvial había de arraigarse también sobre las rocas más escarpadas por centenares de metros. Así, removiendo la adquirida conciencia ecológica, sus ojos van furtivamente hacia un tramo de vertiente donde el incendio, que en el pasado escapó de las manos del poblador, ha destruido un trozo de foresta y dañado el equilibrio ambiental, pero que hoy le puede facilitar un pasaje hacia las cimas sin tener que armarse de machetes.


EL DESCUBRIMIENTO

Antes de la llegada de los españoles, vivían en torno a esta región dos grupos distintos de indígenas. A lo largo de la costa del Pacifico estaban los Alacalufes, que se denominaban a si mismos Kaweshour. No se conocen testimonios de intercambios o de conflictos entre estos nómadas del mar y los otros nómadas del continente, los tehuelches, que, por el contrario, vivían sobre el lado oriental y se desplazaban hasta la costa atlántica.
Si pasamos también a la historia, durante siglos sólo se conoció el litoral. A lo largo de él, la navegación fue siempre peligrosa y con muchos naufragios. Algunos datos: en 1520, Magallanes, después de haber pasado el estrecho que lleva su nombre, entrevió la costa inaccesible, erizada de cerros, que llamó "Tierras de Diciembre". Los españoles querían mantener el control político para evitar la intromisión de los ingleses y por ello estaban interesados en conocimientos geográficos que tornasen más segura la navegación.

En 1575, Bartolomé Díaz Gallardo descubre la Laguna San Rafael y explora el Golfo de Penas. En realidad, los españoles lo llamaban "de Peñas", vale decir, de peñascos, pero después, dado que la lengua inglesa no emplea la tilde, sobre los sucesivos mapas ingleses las montañas se convirtieron en "Penas", penas o padecimientos ciertamente vividos por los navegantes hasta tiempos recientes. A la laguna se le dio el nombre de San Rafael porque el día en el cual llegó allí Díaz Gallardo era el que, según el calendario, estaba dedicado al santo.

Entre la laguna y el Golfo de Penas se halla el Golfo de Ofqui, de una longitud de 22 km., que une la península de Taitao con el continente. Los Alacalufes vivían al Sur del golfo, y el istmo les permitía el contacto con la tribu asimismo marina de los Chonos, que habitaba más al Norte. Las canoas eran transportadas por ellos a lo largo de pistas y canales a través del istmo. En un intento de imitar el pasaje de los nómades del mar para evitar la navegación de altura en un golfo siempre tempestuoso, en 1910 un ingeniero inglés propuso construir un canal de 5 m de profundidad para atravesar el istmo en barco. La construcción se inició en 1937 y se edificó un albergue sobre el borde de la laguna pensando en el tránsito de veleros y en el turismo, y se habló de colonizar la lluviosa península de Taitao. Pero en 1941 los trabajos estaban ya suspendidos. El fango había ya cubierto el surco fatigosamente trazado por las dragas, y el albergue jamás se habilitó y terminó en ruinas. En 1959 fue establecido el "Parque Nacional Laguna San Rafael", en cuyos limites está incluido todo el Hielo Norte, y lo que resta del albergue sirve ahora de refugio al guardabosque y a las expediciones que por gentil concesión pueden instalar allí su campamento de base.
Retornemos al siglo XVIII. Los españoles habían dado la misteriosa denominación de "Trapananda" a la región de Alsén, pero sin conocer su interior. En 1766-67 el jesuita José García Alsué pasa por el istmo de Ofqui; otros sacerdotes franciscanos residen en la zona entre 1776 y 1780. Recuerda esta presencia de religiosos el nombre de "Jesuitas Mountains" que se halla en algunos mapas para designar elevaciones menores, por lo demás inexploradas, en el interior del fiordo llamado también "Jesuitas".

Poco a poco se abre camino la idea de que la costa debe estar unida de algún modo con las llanuras de la Patagonia y del Atlántico, pero este pasaje será descubierto sólo por el almirante Enrique Simpson durante la campaña de 1870-72, por el valle del Río Aisén, lejos de las montañas. La vinculación natural más cercana, entre el istmo de Ofqui y el Lago Buenos Aires-General Carrera por el Río Exploradores y el Río Bayo, intuida, como veremos, también por Reichert en 1921, será explorada y recorrida en 1943 por Augusto Grosse.

También la exploración científica se desarrolló esencialmente a lo largo de las costas, para efectuar relevamientos hidrográficos. El capitán inglés Fitz Roy la recorre, con su nave "Beagle", en 1832. En 1857 pasa el teniente Francisco Hudson de la Armada Chilena, quien después naufragará con su nave "Janequeo" durante una tempestad en el Cabo de Hornos. Pero los reconocimientos más importantes tienen lugar entre 1892 y 1902, cuando el geógrafo alemán Juan Steffen, contratado por el gobierno chileno, en siete expediciones logra identificar la hidrografía de la región. Su obra clásica, "Viajes de exploración y estudio en la Patagonia Occidental, 1892-1902", publicada en dos tomos en 1910, continúa siendo obra fundamental para el conocimiento de la región.
Continuaba empero en el misterio por entonces la cuestión de las grandes superficies de hielo situadas entre el océano y los cordones que se extienden hacia las mesetas orientales. La atención de muchos se tomó primeramente hacia el menos oculto Hielo Sur. La hipótesis de la existencia de un Hielo Norte era mucho más difícil de verificar.


LLEGAN LOS MONTAÑISTAS

Desde el Océano Pacífico, durante las peligrosas navegaciones a lo largo de fiordos y canales, fueron avistadas las montañas, con emoción ambiental pero también con interés geográfico y, después, andinístico. Con todo, eran pocos los que estaban al tanto de los esfuerzos ya efectuados para explorar las impracticables regiones que se presentaban a la vista de los navegantes.
Navegando en 1930 de Puerto Montt a Puerto Natales, el periodista italiano Mario Appelius escribía: "El capitán del Alfonso me indica el Cachet, el Arenales, el Orco, el Serrucho, el Bonete, el Tamango... todos gigantes forrados de arminio que, normalmente, permanecen escondidos entre las nubes, pero que de tanto en tanto emergen con una u otra de sus cimas azuladas por los glaciares. Estas vastas y salvajes regiones australes son casi inexploradas..."

Notemos, pues, que algunos cerros llevaban ya un nombre, conocido también por los hombres de mar. Pero todavía en 1940 el escritor chileno Benjamín Subercaseaux evoca así las impresiones que le sugiere la región: "Ahí está la misteriosa región con sus hielos sucios, milenarios, cuajados de piedras, semejantes a un mar donde emergen los picos de algunas montañas como formidables torres góticas... El mapa poco nos dice de estas cosas tremendas; solo el monte San Valentín marca una sombra en la carta sobre esa inmensa zona blanca, donde la palabra inexplorado parece ser el único detalle conocido".

De hecho, sin embargo, en 1940 los andinistas estaban ya buscando conquistar la cima del San Valentín, si bien es cierto que los mapas presentaban todavía la indicación: "Región inexplorada de nevados y ventisqueros", impresa sobre la gran extensión del Hielo Norte.
Quien primero se atrevió a presentar una cartografía específica, no de los canales para la navegación, sino de la tierra interior, fue Hugo Nicolaus Pallin (1880-1935), explorador sueco, especialista en regiones polares, jefe de expediciones a las Spitzbergen y a Groenlandia, que unía a la pasión por el montañismo también la de topógrafo profesional. "Ver crecer bajo mis manos el mapa de un nuevo territorio montañoso me ha llenado siempre de verdadera satisfacción alpinística", escribió en su relación del viaje a la Patagonia, llevado a cabo en 1920-21 como cartógrafo de la expedición dirigida por Otto Nordenskjöld (1869-1928). Pallin terminó su carrera lejos de las montañas heladas, en Turquía, como profesor del Politécnico de Estambul. Podemos imaginar que el calor de Turquía le haría aparecer, en el recuerdo, menos desolado el paisaje patagónico que nos ilustra. Lluvia sin parar, bosque pluvial impenetrable, lagunas, fango, troncos sumergidos aún en pie, paisaje polar inmerso en el verde: ello es lo que se presenta a la expedición Nordenskjöld, que tenía como objetivo develar el misterio geográfico del Hielo Norte. Porque aquello que nosotros llamamos familiarmente así, que directamente entre los investigadores lleva la simple sigla HPN, por 1920 no se sabia si en efecto existía, aun silos geógrafos habían trazado hipótesis acerca de su realidad. Ellos habían solamente intuido que, más allá de la gran incisión del Río Baker, se podía ubicar una continuación de las vastas llanuras de hielo existentes más al Sur. No obstante, Nordenskjöld y sus hombres no eran los únicos interesados por el problema en aquella temporada de 1920-21. Como para la conquista de los Polos, también aquí la exploración geográfica y científica iba acompañada de la ambición de ser el primero en hacer las observaciones y en alcanzar las metas, ya fuesen cumbres, collados o publicaciones científicas. Así, la historia del conocimiento y de la conquista en torno al San Valentín y al Hielo Norte está señalada por la competición, primeramente entre Otto Nordenskjóld y Federico Reichert, y luego, aún más marcada, entre Reichert y Arnoid Heim, tres personalidades que al placer de la investigación científica unían una fuerte pasión por el montañismo, sobre todo Reichert y Heim. Gracias a su tenacidad y pasión fueron adquiridos los conocimientos que hicieron posible -pero sólo treinta años más tarde- la primera ascensión de la cumbre más alta de los Andes Patagónicos Australes.

Retornemos a 1920. Para tratar de llegar al Hielo Norte, Nordenskjéld había elegido la cercanía del Océano y la subida del Glaciar Tadeo (San Quintín). Como, con todo, no era posible llegar directamente sobre el glaciar, la expedición fijó el campamento en la Bahía Kelly. Fitz Roy, que, como se ha dicho, había pasado por allí en 1834 con su famosa nave "Beagle", a bordo de la cual se hallaba el naturalista Charles Darwin (1809-1892), ulteriormente célebre por sus teorías sobre la evolución de las especies, había descripto la Bahía Kelly como el lugar más triste, sombrío e inhóspito de toda la costa patagónica.

Bancos de fango tornaron dificultosa la navegación para Nordenskjld, y, posteriormente, para llegar al Glaciar Tadeo se requirieron doce días y tres campamentos intermedios, a fin de cubrir una distancia que, en línea recta, es de sólo 5 km. Pero, finalmente, un día de buen tiempo compensó sus fatigas: subieron a un pequeño cerro de dos puntas¨(llamado por ellos Stortoppen, 760 metros) y fueron estimulados por una vista soberbia. A una distancia que estimaron en 60 km reconocieron la cima majestuosa en forma de catedral del San Valentín. El topógrafo Pallin tomó la altura: 3.976 metros. Reconocieron la inmensa extensión del Hielo Norte: existía. En ese mismo enero de 1921 zarpó de Puerto Montt, con la intención de confirmar la presencia del Hielo Norte y de hallar un acceso para escalar el San Valentín, también Federico Reichert (1878-1953). Químico y naturalista, pero también montañista muy destacado, ya antes de emigrar de Alemania a la Argentina, adonde llegaría a ser docente universitario, había realizado numerosas ascensiones en los Alpes y había sido uno de los pioneros del esquí de travesía. En el Cáucaso había sido el primero en escalar el Uschba y el Schechildi-Tau, cerros considerados difíciles todavía hoy; en aquella ocasión, como en otras, fue su compañero el ingeniero suizo Robert Helbling, quien lo siguió a la Argentina y es recordado por una cima bautizada con su nombre, ubicada sobre una de las estribaciones orientales cerca del Lago León.
En aquel enero de 1921 eran sus compañeros el botánico Cristóbal Hicken, el zoólogo Martín Gusinde, el geólogo Fritzsche, de Santiago, y el pintor alemán Alfred Bachmann. Reichert había recibido, ya en 1912, informaciones personales de aquel que por entonces podía ser considerado el mejor conocedor de esa Patagonia Occidental: el geógrafo alemán Juan Steffen. Pero no lo siguió enteramente, porque, según Steffen, habría debido dirigirse al Glaciar Tadeo como estaba haciendo Nordenskjóld, sin que aquél lo supiese. Reichert, por el contrario, consideraba que aquel itinerario era "un rodeo infernal" y era de opinión de que el modo más simple de penetrar en el Hielo Norte era la travesía del Glaciar San Rafael. Por lo demás, después la historia le ha dado la razón.

Superada la desembocadura del Río Huemul y atravesado el Canal Elefante, desembarcaron en la estrecha lengua rocosa de Punta Leopardo. Con una chalupa transportaron el equipaje a través del Canal Témpanos hasta la Laguna San Rafael. Sobre el otro lado del istmo de Ofqui, más allá de una caótica zona pantanosa, sembrada de restos de árboles y bosques destruidos, se veía el Glaciar Tadeo, con seracs grandes como torres. Reichert reconoció enseguida como factible el acceso a lo largo del borde Norte del Glaciar San Rafael. "La lluvia ininterrumpida que a menudo adquiría los caracteres de fuerte aguacero" como escribirá en su narración no le impidió, después de haber establecido cuatro campamentos, alcanzar con el chileno Antonio Lían Lían, que transportaba parte del equipo, la cima de un islote rocoso que emergía del glaciar (un llamado "nunatak"). Reconoció así la recorrida general del Hielo Norte y aun una depresión al Sur del San Valentín, a una altura que estima en cerca de 3.000 metros, y que, con gran intuición de montañista, considera como el mejor punto de partida para alcanzar la cumbre del cerro más alto de la Patagonia Austral. Si Nordenskjóld logró ser el primero, por diferencia de pocos días, en arrebatar el secreto geográfico del Hielo Norte, a Reichert compete el descubrimiento del mejor acceso al campo de hielo y el haber puesto los pies allí en prioridad. No obstante, Reichert no estaba totalmente seguro de que ese fuera el único acceso posible, y quiso explorar también el lado oriental del Hielo Norte. Lo hizo en el verano de 1938-39, ya en su séptima expedición patagónica. Y tenía por entonces 61 años y, además de la botánica y fitogeógrafa Ilse Von Rentzell, que ya lo había acompañado en expediciones al Hielo Sur, quiso llevar consigo a personas jóvenes: tres estudiantes, el capitán Pablo Ihl del IOM de Chile, y Humberto Barrera.

Esta exploración resultó simple hasta Coyhaique. Pero donde hoy se transita por la "Carretera Austral" había entonces un llamado "camino carretero" que implicaba 38 vados solamente del Río Blanco. Con una carreta tirada por tres yuntas de bueyes llegaron en ocho días a Puerto Ibáñez, de donde, con la lancha "Estrella", arribaron a Chile Chico y Bahía Muerta y desembarcaron en la playa del Río León el 31 de enero. Con la ayuda de caballos recorrieron el valle del Río León y establecieron un campamento cerca del lago del cual nace el curso superior del Río León, que, "por su impetuosidad y por la imposibilidad de cruzarlo", ha recibido el nombre de Fiero. Para intentar atravesar el lago armaron una balsa con cinco árboles muertos. Dos tablitas de cajoncitos, cuyos clavos estaban sujetados a palos, servían como remo y como timón. Llegaron a explorar el lago que llamaron Fiero, y también bautizaron con ese nombre "la cima elegante que bruscamente se alza al final del valle".

A la cumbre antepuesta por el Sur al San Valentín, de un perfil tan similar a éste como para confundirlos, le dieron el nombre de Cuerno de Plata. Descubrieron otros dos lagos, e intuyeron el valle longitudinal que lleva hacia el Norte y la posibilidad de un pasaje al Norte del San Valentín. Pero el proyecto de unir el istmo de Ofqui con el Lago León quedó en ilusión. En primer lugar, para atravesar el Lago León, de bordes intransitables, era necesaria otra cosa mejor que una balsa improvisada.

 

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Todavía no llegó la primavera en el Cordón las Parvas.


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El último campamento antes de alcanzar la cumbre del San Valentin, con la carpa protegida de las tormentas que llegan desde el Oeste.

 


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Actualmente las avionetas facilitan la aproximación a la Laguna San Rafael.

 


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Empieza el amarillo del Otoño.

 


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Aislado en el medio del bosque pluvial a orilla de la Laguna San Rafael el viejo hotel abandonado sirve sin embargo como abrigo para guardaparques y andinistas.

 


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El San Valentin: la cumbre! Un logro y una suerte.

 

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Escalando la arista cumbrera del San Valentín.

 


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Un hermoso amanecer.

 


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Sigue lloviendo...

 


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Los esquíes son el medio más rápido y seguro para trasladarse sobre el Campo de Hielo, aun para Giorgio Sacerdoti y Casimiro Ferrari (a la derecha).

 


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A lo lejos, en el centro, surge el Cerro Arenales. Desde el Lago Colonia, el largo ventisquero permite el acceso a su ladera Este.

 


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Miguel Gómez mientras está izando su campera como vela. Esta foto de la balsa hecha con esquíes y colchonetas que navega sobre el Lago Colonia, tomada por Shípton, aparecio en la revista inglesa "Alpine Journal" de 1964.

 


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Muy difícil y peligroso por este lado, el Cerro Hyades domina el valle del Rio Soler.

 


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Subiendo al Cerro Rodados (Cerros de Santa Ana).

 


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Al fondo, detrás de los árboles muertos, se levanta el Cerro Cachet.

 


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Mirando al Cerro Cachet desde más cerca. Fue subido una sola vez por los neozelandeses.

 


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Desde la cumbre del Cerro Rodados, mirando hacia los Cerros de Santa Ana y, a lo lejos, las altas cumbres del tramo meridional del Hielo Patagónico Norte.

 


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Un incendio provocado sin querer por un poblador.

 


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Cumbres puntiagudas esperan todavía a quienes intentarán escalarlas.

 


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El ventisquero muy largo que del Sur-Este conduce a los cerros Pared Norte y Pared Sur.

 


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La pirámide cumbrera del Cerro Rodados.

 


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Cerca de la cumbre del Cerro Lagunitas. 1.500 m más abajo, el Rio Baker se aproxima a su delta.

 


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Un paraíso de aventura puede hallarse en el fondo de un valle lluvioso y perdido, en este mundo lejano, arriba de las nubes, que ampara nuestros sueños de andinistas.

NUEVAS TENTATIVAS

"No conozco sobre esta tierra, ni si quiera en el Himalaya, una región de glaciares que sea más hermosa que estas montañas de la Patagonia Austral, azotadas por las tempestades." Arnold Heim

Al padre de Arnold Heim, el famoso geólogo suizo Albert Heim, el salesiano Padre De Agostini dedicó en la Patagonia un importante cerro que, con sus 2.450 metros, cae sobre el brazo Spegazzini del Lago Argentino. También el hijo estudió geología y, como el padre, era apasionado del alpinismo. Pero además estaba animado por el deseo de aventura y de conocer montañas lejanas. No llegó a ser profesor célebre como el padre, pero por su trabajo de prospección minera alcanzó a andar por el mundo. Siendo ciudadano de un país neutral, pudo también viajar durante la segunda guerra mundial, y así, en el verano de 1939-40, lo encontramos en el valle del Río León, con el propósito de intentar la ascensión del San Valentín. Había enviado delante de si a sus compañeros de expedición: Hermann Hess, campeón suizo de esquí, y Wilhelm Schmitt, ambos residentes en Osorno, y el fiel colaborador chileno de Hess, Vargas. En el interín, hace una recorrida por el istmo de Ofqui, donde eran intensos los trabajos para dividirlo, y después, desde Puerto Aysén, pasando por Coyhaique, entra en la Argentina, pasa por Río Mayo y, por Perito Moreno, que entonces se llamaba Nacimiento (sobreentendido: de Jesucristo), llega a Chile Chico.

Con el vaporcito "Andes", de 24 toneladas, pasando por Fachinal y Mina Silva, donde realiza algunas investigaciones geológicas, se hace conducir a la desembocadura del Río León (indicado todavía en el mapa de 1902 como Río de las Deltas) y alcanza a sus compañeros en el campamento preparado en el nacimiento del Lago León. Justamente en aquel período los incendios, superando los designios de los pobladores, los cuales quemaban los bosques para crear praderas, están devastando y creando angustia en todo el flanco norte del valle, hasta el limite de las nieves. Para surcar las aguas verdes del Río León, situado a una altura de 350 metros, sobre el cual flotan pequeños témpanos que apenas tienden a disolverse dado que la temperatura del agua es de sólo 3ºC, han llevado kajaks plegables. El material es trasladado así más allá del lago y seguidamente se establecen diversos campamentos altos. La expedición da nombres al Cerro Mocho, al Cerro Cristal con sus dos cimas, al Cerro Tronco con su capuchón de nieve, y al grandioso y dentado cerro que recibe sin gracia el topónimo himalayo de Siniolchu por su semejanza con aquella lejana montaña. Pero las conquistas de los andinistas continúan limitadas por el persistente mal tiempo. Sólo alcanzan la cumbre del Cerro Cachu (ca. 2.600 metros) Hess y Schmitt, el 16 de enero de 1940. De cualquier modo, es la primera vez que unos montañistas logran poner pie sobre los glaciares orientales del Hielo. Pero existía una persona con la cual Heim había establecido algunos acuerdos preliminares para esta tentativa de alcanzar el Hielo Norte y el San Valentín, no habiéndolo invitado a participar: Federico Reichert, quien, visto que se lo dejaba de lado, nada dijo en ese momento, pero ideó un plan: el de ascender también él al Hielo Norte, pero desde Ofqui. Así, la octava expedición patagónica de Reichert se integró con el capitán Ihl, con su hermano Walter Ihl, estudiante de medicina, y con el joven ingeniero Ernst Hoffmann. Este último se hallaba en la extraña posición de haber sido excluido, a último momento, del grupo de Heim. Participó también Augusto Grosse, el explorador que en 1943 hallará el paso de unión entre Puerto Río Tranquilo y el Seno Elefantes, lleno entonces de aquellos elefantes marinos que le dieron nombre. Tampoco esta expedición tuvo la fortuna de alcanzar la cima del San Valentín, pero el 14 de marzo Walter Ihl y Ernst Hoffmann llegaron al "divortium glaciarum" y a la "brecha del glaciar que lleva directamente al Lago Fiero". Además, se había logrado, el 8 de marzo de 1940 - también con Reichert -, la primera ascensión al Pico Norte, de unos 2.200 metros, desde el cual se logra entrever el muy agrietado Glaciar Guala.

Entre tanto, sobre la otra vertiente, el tenaz campeón de esquí Hermann Hess, había permanecido más tiempo que sus compañeros en el valle del Río León, y emprendió una última tentativa para alcanzar la planicie del campo de hielo. Siguiendo una equivocada indicación de Heim, erró, por un centenar de metros, la depresión que lo habría llevado a dicho campo de hielo.
De cualquier modo, Hess había quedado embrujado por el San Valentín y, si bien Heim le había prometido volver para una ulterior tentativa, quiso poner en pie inmediatamente otra expedición en el verano de 1942. Lo acompañaban otros dos óptimos esquiadores y alpinistas: A. Alig y Georg Manni, suizos del Cantón de los Grisones, y el germano-chileno Ernst Hoffmann. Partieron de Ofqui, atravesaron con los esquíes el glaciar San Rafael, y, después de haber construido un pequeño refugio de troncos que permaneció en pie durante muchos años sobre un islote rocoso, alcanzaron el collado entre el San Valentín y el Cuerno de Plata, a cerca de 3.000 metros. La renuncia a continuar se debió al acostumbrado mal tiempo, pero parece que también contribuyó un desacuerdo entre los participantes.

Arnold Heim, entre tanto, había hallado trabajo como geólogo en la Argentina, y, después de dos años, se puso de acuerdo con Hess para una nueva tentativa. En 1945 se puso en contacto con el CAB (Club Andino de Bariloche) y organizó una expedición con tres de sus socios: el zapatero suizo Josef Studer, el arquitecto austríaco Heriberto Schmoll, que en 1943 había ascendido al San Lorenzo con el Padre De Agostini, y Augusto Vallmitjana, recientemente emigrado de Barcelona. Desde Osorno se unió a ellos Hermann Hess. Se dirigieron nuevamente al acceso oriental, pero habían hecho construir en Bariloche un bote de madera a remos, de un peso de 80 kg. y un largo de 4,5 metros, para atravesar el Lago León. Hermann Hess estableció pronto dos campamentos altos, subiendo por el Glaciar Cristal. El 19 de diciembre los cinco suben con los esquíes a la silla nevosa situada a cerca de 2.000 metros sobre el "divortium glaciarum" (Portezuelo León, entre Cerro Cristal y Cerro Tronco) y vivaquean ya sobre el lado del Pacífico, cerca de un espolón de roca bajo el Cerro Tronco. Al día siguiente continúan con los esquíes otros 4 km. y suben hacia el Norte pero luego el habitual mal tiempo los obliga a un retorno muy azaroso por el grave peligro de aludes. Heim tenía 64 años e intuía haber perdido la última ocasión de escalar el San Valentín, pero, como generalmente sucede en la Patagonia, antes de la amargura por la ocasión perdida tuvo la satisfacción de haber retornado a casa sano y salvo. Hess y Schmoll retornaron más tarde a recuperar el material y aprovecharon aquella ocasión para subir del Paso Cristal al Cerro Tronco con los esquíes. Vallmitjana fue, por el contrario, el último en atravesar el Lago León al regreso, izando una vela improvisada. Durante algunos kilómetros el bote fue transportado por vía terrestre, pero después Vallmitjana subió al bote y descendió por el río crecido hasta la desembocadura.

De allí, remando 29 horas sobre el lago tempestuoso, llegó a Chile Chico, para exclamar a su arribo -a decir verdad- "Nunca más". Studer, que había sido campeón suizo de los 10.000 metros, llegó por su parte a Chile Chico corriendo a pie: puso tres días y medio para recorrer 180 km., incluyendo vados, subir por desvíos y tiempo para buscar los caballos cuando eran indispensables para vadear.
Las narraciones detalladas de estas históricas tentativas se hallan ya sea en la autobiografía de Reichert "En la cima de las montañas y de la vida", ya en el libro "Sudamerika" de Heim. Este libro, publicado en Suiza en 1953 con un hermoso despliegue fotográfico, habría podido estimular la fantasía de los alpinistas europeos de lengua alemana, pero pasó casi inadvertido. En aquellos años, por lo demás, la atención del mundo internacional del montañismo apuntaba hacia los 8.000 metros de Asia, y justamente en 1953 era conquistada la cumbre del Everest, la montaña más alta del mundo.


EL FINAL DE LA SINFONÍA PATAGÓNICA

"Atravesar el hielo continental sin alcanzar al paso aquella gran cumbre que lo sintetiza, es carecer de sentido estético, es permanecer sordos a un crescendo, significa perder el final de la sinfonía patagónica, que todavía busca su músico inspirado". M. A. Saint-Loup

Saint-Loup es el seudónimo de un escritor, alpinista, contratado en 1947 como consejero técnico del ejército de montaña argentino, después de haberse aventurado por varios países. Con ojos de experto reconoce los diversos problemas del montañismo y, comparándolo con el Himalaya, define al San Valentín como "un pequeño Nanga Parbat con coordinadas antárticas". Lo atrae también el problema técnico de la ascensión y propone combinarla con la travesía del Hielo Norte, usando kayaks desmontables y trineos finlandeses. Propone también hacer el intento en invierno, con un raid en esquíes, contando con un tiempo más estable y con la mayor velocidad de traslado.

Escribe eso en un libro titulado "Monts Pacifique", aparecido en 1951, propiamente cuando los franceses miran hacia las montañas de la Patagonia Austral y en 1952 conquistarán, con Terray y Magnone, la difícil cumbre de roca del Fitz Roy.
Los músicos inspirados por la sinfonía del San Valentín, no obstante, vienen de Bariloche. En el mundo del montañismo internacional hay gran fermento en aquellos Años Cincuenta. Se tiende a montañas lejanas, majestuosas, muy altas, difíciles, con incógnitas para su acceso, que presentan obstáculos de clima y de elevación. La primera ascensión del San Valentín se coloca en este contexto de grandes emprendimientos. Asume también un valor específico propio, considerando el particular aislamiento de los andinistas residentes en Latinoamérica, no por cuanto atañe a las concepciones sino por la dificultad para procurarse los equipos y por la escasez de medios financieros disponibles, hasta para los traslados dentro del propio continente.

El 2 de diciembre de 1952 parte de Bariloche una expedición de amigos del CAB, que, con un viejo autobús, puesto a dura prueba en las pistas patagónicas, llega a Puerto Alsén. Después de muchas dificultades para conseguir una embarcación, con varias peripecias se llegó a la Laguna San Rafael, donde por entonces el albergue estaba todavía en buen estado y custodiado por un encargado. Las informaciones de Reichert y de Hess facilitan la elección del itinerario y pronto los andinistas se ponen a trabajar para preparar los campamentos altos y transportar las 34 cajas que contienen víveres y materiales. El San Valentín tiene una altura de alrededor de 4.000 metros, pero se parte del nivel del mar. Después de 9 km., a una altura de 420 metros, se alza el campamento 1; después de otros 5 km., sobre un islote rocoso (nunatak), a 850 metros, donde en 1942 permaneció largo tiempo Hess, establecen el campo II. Están todavía los restos del refugio construido por Hess, si bien el techo ha caído: hasta aquí la marcha se ha desarrollado sobre un glaciar muy agrietado. Llegados a la loma, a 1.100 metros se pueden calzar los esquíes y todos alcanzan un islote rocoso bautizado "Lomo largo", donde se establece el campamento III. Otro islote de bloques graníticos alberga el campamento IV, donde arman la única carpa buena que tienen, adquirida en Francia. De allí, llegan a la depresión, a cerca de 3.000 metros, que había alcanzado Hess en 1942. Desde el campamento IV la expedición prosigue toda junta, con esquíes, hasta los 3.400 metros. Se arma el somero campamento V en un faldeo, pasado el lugar peligroso bajo un glaciar colgante. Faltan 1.000 metros de hielo virgen. El 18 de diciembre de 1952 parten en tres cordadas: Dinko Bertoncelj, Birger Lantschner y Tonchek Pangerc siguen por el filo Sur-Oeste; Gregorio Ezquerra y Carlos Sonntag suben directamente; Otto Meiling y Juan J. Neumayer comienzan por el filo Sur-Oeste, cruzan a la derecha y concluyen por el filo Sur-Este. A los 3.800 metros atraviesan horizontalmente unos 200 metros hasta el filo Sur-Este, donde se reúne el recorrido de todos.

El altímetro marca 4.060 metros. La victoria es uno de los más bellos resultados del montañismo clásico latinoamericano, ejemplar aun en la colaboración de amistad entre los andinistas que ha señalado el empeño común.
La aventurada empresa no concluyó en la cima. El 31 de diciembre, Meiling, Ezquerra y Emilio Hernández, que habían ayudado a transportar cargas hasta el campamento II, parten de Ofqui con una chalupa de Don Lincoman, con largos y pesados remos, rumbo a Puerto Aisén. Viento en contra, chaparrones, marea y viento, lluvia torrencial: llegan mojados y hambrientos el día 6 de enero. El rescate de los compañeros que quedaron en la Laguna San Rafael con poquísimos víveres se complica. No se hallan embarcaciones, por interferencia de un capitán del puerto que quería hacer su pequeño negocio. Zarpa la chalupa "El Gato", que se hunde a medio camino: vieron el casco semihundido los rescatados cuando finalmente, después de tres semanas de espera pasadas a té y quáker, se desbloquea la situación y una lancha privada trae de regreso a todos los otros participantes a Puerto Aisén, hambrientos pero salvos.

Hoy el recorrido entre Puerto Aisén y la Laguna San Rafael puede realizarse también con una lujosa embarcación de crucero. Se puede llegar directamente a la Laguna hasta con avionetas. El itinerario de los primeros escaladores es el más lógico, simple y directo. Ya aun hoy, cuando ya no hay que navegar con remos y con velas improvisadas por los canales, cuando ya no es necesario esperar durante semanas un vaporcito, mientras los equipos y los instrumentos han alcanzado un nivel de calidad inimaginable por entonces, la ascensión al San Valentín -aún no presentando en este itinerario grandes dificultades técnicas- constituye todavía un desafío que pocas veces es aceptado y menos aún con éxito.

LAS VISITAS SUCESIVAS

Casi durante veinte años, concluido el desafío de la primera subida, no se tiene más noticias de expediciones al San Valentín. Los primeros que se apasionaron de nuevo por la región fueron montañistas neozelandeses, que regresaron en varias ocasiones, permaneciendo también buen tiempo en el sitio. Por muy poco no alcanzó la cima una expedición neozelandesa en el verano de 1969-70. Partidos del campamento de base en el Lago León, Gordon Vickers, Ray Vickers, Paddy Gresham y el chileno Claudio Lucero llegaron con los esquíes hasta los 3.400 metros, para alcanzar, con mal tiempo, "un cerro entre la ladera Norte y la cumbre". En 1972-73, la cima fue esquiva también para una expedición militar británica, que llegó cerca del Hombro Norte, pero que después realizó una travesía Norte-Sur del Hielo Norte.
En 1979, otra expedición neozelandesa partió en exploración sobre la vertiente Norte, penetrando a lo largo del curso del Río Bayo para reconocer un posible acceso al Glaciar Circo (llamado también Glaciar o Ventisquero Grosse). En aquella ocasión fue escalada una cima secundaria en la confluencia entre dos valles.

En aquella expedición participó el montañista chileno Sergio Saldivia, que en 1981 retornó al lugar con una expedición de Coyhaique. Se estableció un campamento en la base del Glaciar Circo y, mirando al espolón entre los dos ramales del glaciar, los montañistas recorrieron 12 km. de hielo cubierto de detritus para establecer el campamento I a 500 metros de altura. Siguieron después el filo Norte hasta los 2.590 metros, con un campamento II a 1.600 metros, y armaron el campamento III ya sobre el campo de hielo, dirigiéndose hacia el Nor-Oeste. No existe documentación de la llegada a la cima, pero, de cualquier modo, durante el descenso Sergio Saldivia, Juan Vargas, W. Millar y D. Vidal fueron interceptados por el mal tiempo, y Vidal murió congelado en la grieta en la cual habían buscado refugio durante la tormenta.
En 1983 el chileno C. Hopperdietzel intenta, con un compañero, la ascensión saliendo de la Laguna San Rafael, pero debe renunciar y se contenta con el Cerro Norte.

En 1985-86 alcanzan la cumbre miembros de una expedición del CAB (de Bariloche), entre los cuales están Guillermo Zampien y Mario Gutiérrez Burzaco. Una repetición relámpago la logra también en diciembre de 1986 desde la Laguna San Rafael la pareja de franceses Philippe Modéré y Nicole Mazuir: transportes en el bosque, del 22 al 27; acercamiento al glaciar, del 28 al 30; subida a la cima el 31; descenso y retorno a la Laguna, del 1 al 4 de enero.
Posteriormente, se tiene noticia de alguna otra tentativa que termina trágicamente. En 1987, subiendo desde el Lago León, un andinista argentino muere en una grieta. En 1990, desaparecen sin dejar vestigios tres andinistas chilenos que entraron desde el Lago Bayo y que jamás fueron hallados, no obstante los medios desplegados en su búsqueda.

Pero, ¿no se podrían encontrar condiciones meteorológicas mejores durante el invierno austral, cuando los vientos acostumbran disminuir un poco su intensidad? En esto, piensa en Italia el gran andinista de Lecco, Casimiro Ferrari, que en la Patagonia ha ascendido ya al Cerro Torre, al Fitz Roy, al Murallón, al Risso Patrón y al San Lorenzo. El San Valentín le falta todavía, y así organiza una expedición en 1989. Exito completo: partida desde la Laguna San Rafael, uso de esquíes. El 7 de agosto llegan a la cumbre Casimiro Ferrari, Giuliano Maresi, Egidio Spreafico y Carlo Buzzi, en tanto Dino Piazza y Giorgio Sacerdoti completan el buen suceso alcanzando el mismo día la cumbre del Cerro Fiero. La cordada de Ferrari recorre la cresta por el centro de la pared Oeste, cuyos últimos 300 metros presentan dificultades extremas sobre el hielo.

Estos éxitos, y las facilidades actuales para alcanzar la Laguna San Rafael estimularon también el andinismo comercial a atreverse con el San Valentín. Así, el 22 de enero de 1991, una expedición franco-argentina, perfectamente organizada por Marcos Couch con trineos, raquetas y portadores, condujo a la cumbre a 14 de sus 16 integrantes. Si leemos los correspondientes relatos publicados en los Anuarios del CAB, notamos no obstante que entre el dificultoso logro del CAB en 1952 y la expedición colectiva comercial de 1991 no hay tan solo 40 años de evolución en la técnica y equipo, sino un abismo entre dos conceptos de montañismo.

Exactamente un año después, se encontraron juntos en la cima los andinistas chilenos Claudio Gálvez, Sergio Zarote, Malcom Moreno y Darío Alfaro (que habían usado esquíes) y los andinistas provenientes de Buenos Aires, Martín Schopflocher, Matías Kurtscheider, Edgar Krautner y Tomás Núñez (que utilizaron trineos y raquetas). En marzo de 1993 subió al San Valentín el francés llano Previtali con tres compañeros, antes de cruzar el Hielo hacia el Sur. El 23 de octubre de 1993 llegaron a la cumbre los suizos Romolo Nottaris, Franco Della Torre, Arturo Giovanoli, Mauro Ferrari y Gianni Caverzasio, siete días después de haber partido de la Laguna San Rafael. Los primeros tres prosiguieron seguidamente hacia el Sur para la travesía del campo de hielo.


NO SÓLO EL SAN VALENTÍN

"Esta es una de las regiones más encantadoras de la Tierra, si bien reclama de sus aficionados una cierta dosis de estoicismo". Eric Shipton

En estas regiones encantadoras existen muchos otros cerros además del San Valentín, varios de los cuales rivalizan con este último en grandiosidad y se presentan también como más difíciles desde el punto de vista técnico. Los cerros que están dispuestos a lo largo de la costa del Pacífico y constituyen el margen Oeste del campo de hielo alcanzan alturas de alrededor de los 1.500 metros; los más elevados están cubiertos de casquetes de hielo y sobre la vertiente oceánica están revestidos en gran parte por un bosque pluvial lujuriante. Muy pocos tienen nombre y, en el conjunto, son prácticamente desconocidos, pero no sólo bajo el aspecto del montañismo. Hacia el Este, el margen del campo de hielo está, por el contrario, marcado por una línea de poderosas montañas.
Algunas superan los 3.000 metros, y entre ellas se yerguen audaces agujas acorazadas de hielo. Diversas paredes expuestas al Este muestran dimensiones y grandiosidades dignas de los gigantes del Himalaya. Este alineamiento puede ser dividido en tres sectores. Al Norte está el grupo San Valentin-Cerro Hyades, en correspondencia con los Lagos Norte, Fiero, León y Sur. Al centro, en correspondencia de los valles del Río Soler y del Río Nef, el grupo Cerro Largo-Cerro Cachet. Al Sur, entre el Glaciar Colonia, el Río Colonia y el curso del Río Baker, se yergue el grupo Cerro Arenales-Cerro Pared Sur. Bien en el medio del campo de hielo está luego un cordón menor oblicuo, con cumbres sin nombre que alcanzan los 2.500 metros y que están dispuestas entre el Glaciar Benito y el Cerro Arenales.

Solo una parte de estas montañas ha sido escalada una vez; poquísimas son las cumbres visitadas dos veces. También las travesías del campo de hielo se cuentan con los dedos y continúan siendo un desafío no fácil de aceptar. Fuera de la conquista del San Valentín, la historia del montañismo de esas regiones es todavía breve. Veámosla con una mirada de conjunto, dando por descontado que pueden haber existido expediciones silenciosas que no han dejado vestigios de su pasaje ni siquiera en los libros o en las revistas de andinismo. Traigamos, pues, a la memoria la figura del gran alpinista y viajero inglés Eric Shipton (1907-1977), que mostró predilección por los lugares más salvajes y remotos de la tierra. Después de la larga -aunque todavía parcial- travesía en sentido Norte-Sur del Hielo Patagónico Sur en 1960-61, y después de haber viajado durante dos años por la Tierra del Fuego, Shipton había puesto los ojos también sobre el Hielo Norte. El andinista chileno Eduardo García, hoy profesor de educación física y montañismo para geólogos e ingenieros forestales, había participado en la expedición japonesa que logró en 1958 la primera y la segunda ascensión del Cerro Arenales (3.365 metros) y convenció a Shipton para que intentara con él la travesía del Hielo Norte. Eligieron un recorrido de Oeste a Este para tener el viento a favor, y de allí optaron por una partida desde la Laguna San Rafael. García se ocupó de la organización y halló otros dos compañeros en Chile, Miguel Gómez y el geólogo Cedomir Marangunic. La travesía duró desde el 25 de noviembre de 1963 hasta el 6 de enero de 1964. Estaban equipados con esquíes y trineos, y llevaban también consigo un gomón para la eventual travesía de ríos o lagos. Al pasar; escalaron en primera ascensión el Cerro Arco (2.992 metros) y después, en tercera ascensión, también el Cerro Arenales, este último con particular satisfacción de García, quien en 1958 había sido excluido por los japoneses en el final de la primera ascensión. A causa de la reiteración del habitual mal tiempo, deciden descender desde un collado llamado "Arenales Col" a lo largo del Glaciar Colonia, que en lo alto está quebrado por seracs y anchas grietas. Habiendo llegado al Lago Colonia, de impracticables riberas rocosas, ponen en acción el zodiac. Pero, dado que no hay lugar para todos, construyen una balsa con esquíes y colchonetas neumáticas, izando una campera como vela. Navegan con la balsa al arrastre 6 millas a lo largo del Lago Colonia, y después otras 10 millas a lo largo del río homónimo. De allí pasan al Río Baker, para llegar a Cochrane y concluir en gran estilo la bella aventura. La travesía en sentido Norte-Sur hasta el frente del Glaciar Steffen fue lograda en el verano de 1972-73 por tres militares británicos. Crispin H. Agnew, Peter Breadmann y John Bank formaban parte de una expedición militar británica de once personas que por cinco meses acampó en la Bahía Kelly con objetivos cartográficos y de estudio de la naturaleza, pero también con el deseo de practicar montañismo. Dos tentativas de ascensión al San Valentín fracasaron por el mal tiempo, pero también por el peligro de los aludes. En febrero, con trineos y esquíes, los tres iniciaron la travesía partiendo de un campamento armado sobre el Glaciar Andrée, rama lateral del Glaciar Tadeo. En tres días alcanzaron a ubicarse bajo una depresión a la altura de unos 2.200 metros, pensando superarla para descender directamente al Glaciar Steffen. Pero, llegados al collado, los esperaba una sorpresa desagradable: por la otra parte se abría un abismo a pico de más de 500 metros. Descendieron así por el campo de hielo hasta una altura de 1.000 metros, bordearon el obstáculo pasando por zonas de seracs y largas grietas, para colocar el primer campamento sobre roca a una altura de 1.000 metros, a 12 millas del frente del Glaciar Steffen. Descendieron a pie a lo largo del glaciar no cubierto de nieve, y después por su costado, y llegaron a su frente, donde, con satisfacción, erigieron un hito. De allí volvieron a los trineos y buscaron una vía de regreso más rápida a la Bahía Kelly. Así descendieron por el Glaciar Benito, donde se vieron obligados a practicar rapeles y maniobras de cuerda durante las cuales se rompieron los trineos, y sólo después de dos días llegaron al frente del glaciar. Pero aquello no había terminado: los aguardaban todavía varias millas de bosque pluvial, vados de torrentes glaciares, playas fangosas sumergidas en la marea alta. En diecinueve días habían dado cumplimiento, además de la travesía Norte-Sur, a una especie de periplo de la Bahía Kelly.

Por otra parte, es necesario tener en cuenta que diversas ascensiones cumplidas en las montañas del Hielo Norte han obligado también a recorrer una parte del campo de hielo. Esto se debe a que los acercamientos son largos y laboriosos, y, una vez alcanzado el campo de hielo, conviene aprovechar al máximo la permanencia allí, moviéndose a lo largo de los recorridos llanos. Entre estas marchas, debemos recordar las muy interesantes de la expedición neozelandesa de 1969-70, con Paddy Gresham, Dave Launder, Bub Gunn, John Nankervis, Ray Vickers, Alan Bibby, de la cual formaba parte también el chileno Claudio Lucero, hoy profesor de educación física y montañismo en la Universidad Católica de Santiago. Poco les faltó para alcanzar la cumbre del San Valentín; luego se dirigieron hacia el Sur y escalaron el Cuerno de Plata (3.725 metros, por la fácil cresta Sur de nieve), el Cerro Fiero (3.415 metros, por el Norte), el Pico Sur (3.198 metros, por la cresta Este, escarpada y con hongos de hielo), el Cerro Mocho (2.440 metros, por la fácil pared Sur-Oeste de nieve), el Cerro Cristal (2.745 metros, por la cresta Oeste alcanzada desde el Norte, de hielo, difícil), el Cerro Siniolchu (2.740 metros, por la cresta Oeste, alcanzada desde la pared Norte), el Cono Helado (2.500 metros, por la fácil pared Este) y, para terminar la poderosa pirámide del Hyades (3.078 metros, por la pared Norte de nieve, fácil).

Escalaron también la bífida Aguja Aguda (2.641 metros, por la larga y expuesta arista Sur de hielo y roca, después de una tentativa por la pared Nor-Oeste). Partiendo del Lago León, deslizándose sobre el campo de hielo con esquíes y trineos improvisados, realizaron así una fundamental tarea de exploración en todo el sector Nor-Este del Hielo Norte. En realidad, volvían a hallar sobre el campo de hielo un clima al cual estaban bastante acostumbrados en sus montañas de Nueva Zelandia, y se apasionaron por la región. Habían entrevisto sus fascinantes posibilidades de aventuras andinistas extraordinarias. Retornaron así con nuevos compañeros, y acompañados por el chileno Rómulo Tarsetti. Actuaron durante setenta días en las fuentes de los ríos Soler y Nef durante el verano de 1971-72, y su éxito más significativo fue la ascensión del Cerro Cachet (2.632 metros). Fracasó la tentativa al Cerro Largo, del que sólo alcanzaron la cumbre secundaria PLA (ca. 2.710 metros), pero fue escalada otra cumbre al Oeste de aquél, la que lleva la sigla PCW (ca. 2.710 metros). En 1973, otra expedición neozelandesa, partiendo del Río Cacho, encara la larga cresta Sur-Oeste del Cerro Hyades (3.078 metros). En esta vertiente, el Hyades aparece imponente, con largas aristas y diversas cumbres secundarias, terrazas de hielo y cascadas de seracs que descargan incesantemente, con un desnivel de más de 2.500 metros. Los neozelandeses llegan al filo de la arista y a un altura de 2.700 metros, después de haber superado muros de hielo y una difícil sucesión de seracs. Alcanzan la cumbre Tom Clarkson y Geoff Spearpoint, en tanto que Paul Milson y Jan Thorne se detienen dos horas antes, pero los cuatro permanecen después bloqueados en el descenso por la tormenta, durante ocho días. Si bien dos de ellos sufren serios congelamientos, logran descender al valle por sus propios medios. Se trata de la primera recorrida sobre estas montañas a lo largo de un itinerario diferente de aquel de la primera ascensión, y mucho más difícil. También en el mismo año 1973, Clarkson y Bamford vuelven a recorrer la arista Sur de la Aguja Aguda y efectúan la segunda ascensión a ella.

Entre los glaciólogos que se han ocupado de investigaciones sobre el Hielo Norte hay diversos andinistas. Así, no es de asombrar que durante las investigaciones científicas ellos no hayan sabido resistir a la atracción de las magnificas cumbres cerca de las cuales trabajaban. En particular Gino Casassa, que después de realizar estudios en Japón y en los Estados Unidos ha vuelto a Chile y trabaja en la Universidad de Magallanes: había ya escalado el Fitz Roy en 1980, y luego en 1985-86, participó en una expedición científica japonesa sobre el Hielo Norte. En aquella ocasión, acompañado por Rodrigo Mujica y Bonnie Schwahn, usando esquíes de telemark, realizó una travesía de ida y vuelta en el día desde la base del Cerro Largo hasta el limite de las nieves sobre el Glaciar San Quintín (o Tadeo). Si en rigor no se la puede considerar una travesía integral Este-Oeste, porque ésta, para ser considerada tal, debería ir por lo menos de un frente al otro de las lenguas de hielo, se trata con todo de una grande y hermosa performance (60 km. en un día). Además, Casassa subió a la cumbre Norte del Cerro Largo y le dio el nombre de Pico Naranja (ca. 2.645 metros). En sus publicaciones científicas ha recogido también datos interesantes para reconstruir la historia de las exploraciones y del andinismo. También glaciólogos japoneses de la Universidad de Hokkaido habían sido, en 1981-82, los primeros en escalar la cumbre P (1.597 metros) por la cresta Sur-Oeste, situada a 30 km. del frente del Glaciar Steffen.

Los suizos Romolo Nottaris, Franco Della Torre y Arturo Giovanoli lograron realizar una travesía completa Norte-Sur. Después de haber escalado el San Valentín, entre el 24 y el 31 de octubre de 1993 prosiguieron hacia el Sur, hasta el fiordo Steffen, y concluyeron en Caleta Tortel el recorrido iniciado en la Laguna San Rafael el 17 de octubre, con la ayuda, por una vez, del buen tiempo.
Sin embargo, los habían precedido en marzo del mismo año llano Previtali y sus tres compañeros, que demoraron veintiséis días en la travesía.


LAS ESTRIBACIONES ORIENTALES

Hacia el continente, la Cordillera se alarga en cordones montañosos transversales en dirección Oeste-Este en una longitud de más de 20 km. Entre estos cordones, antiguos ríos han formado los valles cuyo perfil ha sido después modelado por los glaciares. Sus cauces son planos y anchos, cubiertos de depósitos aluvionales y de morenas, entre los cuales los ríos actuales corren con sinuosos meandros, corténdose a menudo el camino en terrazas de gravas creadas por lagos ahora secos. Los ríos cambian de curso y a veces modifican el paisaje con sus frecuentes y desastrosos desbordes; su caudal entre noviembre y marzo es hasta cuatro veces el del invierno. Así, aunque estos largos valles representan las vías naturales de acceso a la Cordillera y al Hielo Norte, y si bien vive allí algún poblador, recorrerlos puede resultar menos simple de lo que parece a primera vista. Las cumbres de los cordones rara vez superan los 2.000 metros, pero están en parte cubiertas de glaciares que a menudo cuelgan de las paredes, y no pocas presentan formas en aguja o en torre que emergen de los hielos. En su conjunto, son poco conocidas y aún menos frecuentadas; las noticias son en gran parte demasiado imprecisas para ubicar correctamente las cumbres que han sido escaladas, y seguramente han existido expediciones de las cuales nada se ha sabido. Procuramos aquí trazar en líneas generales un cuadro de estos interesantes -y poco tenidos en cuenta- grupos de montañas.

I - Cordón Las Parvas: entre Río Bayo-Río Tranquilo al Norte y Río Claro-Río Delta del León de Oeste a Sur. Cumbres redondeadas, aristas panorámicas, alturas 1.700 -1.800 metros, en parte terreno para esquí de travesía (diversas ascensiones de Gino Buscaini y Silvia Metzeltin en octubre de 1993 y en marzo de 1994, desde el Río Bayo).

II - Grupo Cerro Helbling: entre Río Bayo al Norte y Río León al Sur. El Cerro Helbling (2.500 metros, probablemente el P. 1.962 metros) fue escalado por Hermann Joos y Peter Bruchausen del CABA (Buenos Aires) en enero de 1959. En aquella ocasión, también los mismos montañistas intentaron la ascensión del Hyades. El Cerro P. 1.918 metros "Tres Puntas" ha sido escalado por la vertiente Sur, en sus dos cumbres laterales, por Hernán Calvis y Andrés Sanhuesa, de Coyhaique, en marzo de 1990.

III- Grupo Cerro La Torre: entre Río León al Norte y Río El Canal al Sur. Tal vez el Cerro La Torre corresponde al Cerro Diablo Negro mencionado por A. Heim, quien sin embargo en diciembre de 1945 escaló el Cerro Poblete (1.800 metros), con su cúpula de hielo sobre el granito que surge de las pizarras. De la Laguna Cachorro, por el filo Este, evitando los seracs de la pared Sur, suben al Cerro Leones (ca. 2.000 metros) Hernán Calvis y Andrés Sanhuesa en marzo de 1990. El italiano Luciano Moretti, en noviembre de 1989, escala un cerro, tal vez el Diablo Negro (ca. 2.200 metros) o uno cercano, evitando su pared Nor-Este cortada en extraplomo y ascendiendo por una loma más fácil.

IV - Cordón Contreras: entre el Río El Canal al Norte, el Río Soler y el Lago Plomo al Sur. Cerros con elegantes agujas terminales, que emergen de los glaciares de las laderas con algunos grupos de seracs que llegan a lamer el bosque. En febrero de 1973 los neozelandeses Dave Bamford, Tom Clarkson y lan Thorne escalan el Cerro P. 2.545 metros desde el Lago Plomo e intentan el almenado Cerro Campamento (2.320 metros), dispuesto en herradura. Ascienden a una primera torre, pero renuncian a la principal.

V - Cordón Soler: entre el Río Soler al Norte y el Río Nef al Sur. Cumbres redondeadas que alcanzan también los 2.000 metros, con restos de hielo y vertientes en despeñadero.

VI - Grupo Tres Picos: entre el Río Nef al Norte y el Río Colonia al Sur. En 1942, el Padre De Agostini renuncia a escalar el Tres Picos, pero efectúa algunas ascensiones panorámicas en los alrededores.

VII- Grupo Desfiladero - Caña Brava: entre el Río Colonia al Norte, el Río Baker y el Río Ventisquero al Sur. Cerros "Josen" y "Torta" en las fuentes del Río Claro: fueron escalados por Peter Hartmann, de Coyhaique, y sus compañeros, en febrero de 1991.


LOS CERROS DE SANTA ANA

Proponemos denominar así, apoyados en el único topónimo significativo que aparece en los mapas, el de "Laguna Santa Ana", a la región montañosa que se extiende por cerca de 1.200 km2 hacia el Sur entre las últimas estribaciones del campo de hielo, más alía de los ríos Huemules y Ventisquero, y el Río Baker. Sobre el bosque pluvial y los mallines, separados por valles encajonados y altos círculos rocosos, se extienden cordones con un centenar de cerros con los casquetes de las cumbres cubiertos de hielo, seracs colgantes sobre las paredes y las amplias cornisas de nieve que se asoman al vacío, unidos por largas crestas onduladas y sinuosas. Alcanzan los 2.000 metros, pero en una gran proporción sus altitudes están comprendidas entre los 1.300 y los 1.600 metros. En toda la región, las cumbres que llevan un nombre en los mapas son dos: Cerro Las Heras (o Cerro Huillin), 1.428 metros, y Cerro Rodados, 1.674 metros. Este último, como su cima Sur-Este, de cerca de 1.670 metros, otras cumbres menores y una cumbre aislada P. 1.745 metros, bautizada "Cerro Lagunitas" en homenaje a las numerosas y bellísimas lagunas engastadas entre esos cerros, han sido escalados por Gino Buscaini y Silvia Metzeltin en octubre de 1993.


RESERVA DE AVENTURA SILENCIOSA

Los lugares de los cuales habéis leído esta sumaria introducción conservan aún para los montañistas ese sabor de inexplorado que ya ha desaparecido de los mapas, y con él, el encanto del auténtico montañismo de aventura. Tantas cumbres, tantas estupendas y gigantescas paredes, no han sido ni siquiera holladas. El ambiente salvaje, solitario, el clima difícil, el escaso conocimiento, las han naturalmente preservado, y ahora compete a los andinistas mantener este precioso capital con una frecuentación responsable. Estos cerros, estas regiones, no tienen, por lo demás, esas características que impulsan a todos a intentarlo. Por el contrario, muchos hallarán apropiadas las palabras del historiador chileno Benjamín Vicuña Mackenna, quien describió con tintas sombrías estos lugares, inhóspitos según él: "Un pedazo de océano petrificado, estéril, inservible, solitario, callado y maldito... la verdadera imagen del infierno". Es verdad que las impresiones de los andinistas pueden también ser infernales cuando ellos son presa del viento huracanado, de la lluvia torrencial y de las tormentas de nieve. Con todo, es siempre un paraíso en sus sueños, y a veces llega a serlo también en la realidad.



 
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