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Alcanzado el primero hombro sobre el filo de la cresta Este del
San Lorenzo, la vista se extiende hacia el Nordeste hasta el Lago
Pueyrredón, a lo largo del cual, hasta hace pocos años, se desarrollaba
un tráfico fronterizo entre Chile y la Argentina.

Trazado esquemático del itinerario descubierto y recorrido por el
Padre De Agostini durante la primera ascensión al San Lorenzo, en
1943. El campamento de base para la ascensión está situado en los
márgenes del bosque, en el valle del Arroyo San Lorenzo, cuyo acceso
se torna dificultoso debido a una estrecha garganta del río.

La solitaria cumbre Sur del San Lorenzo costituye la última elevación
de la cadena principal. Presenta una pared Sur que se eleva 1700
m sobre el glaciar cortada por diversos y peligrosos seracs y rodeada
por agujas y pilares.

En el regreso, después de la ascensión por la ruta De Agostini,
Cristina Agaed y Silvia Metzeltin se dan vuelta para un último saludo
a la cumbre principal del San Lorenzo. El descenso es todavía muy
largo, pero la cumbre es ya un recuerdo, y dentro de poco volverá
la ventisca.

Una de las lagunitas buscadas por los flamencos cuando están de
paso en el Parque Perito Moreno.

Una de las lagunitas buscadas por los flamencos cuando están de
paso en el Parque Perito Moreno.

Las salvajes orillas del Lago Belgrano, expuestas al fúrioso viento
del Oeste.

El tipico mal tiempo patagónico obliga muchas veces a vivaquear
o a renunciar. Walter Bonatti sonríe después de una noche pasada
en la pequeña carpa colgada entre los seracs del San Lorenzo.

El tipico mal tiempo patagónico obliga muchas veces a vivaquear
o a renunciar. Renuncia a la ascensión invernal a lo largo del glaciar
Calluqueo.

El tipico mal tiempo patagónico obliga muchas veces a vivaquear
o a renunciar. Apartando con la pala la nieve para mantener libre
la entrada en la cueva de hielo excavada sobre la cresta superior
del San Lorenzo, único reparo eficaz contra la ventisca.

Con el buen tiempo el sol puede ser tan fuerte como para obligar
a colocar a la sombra el pequeño muro de bloques de nieve alzado
para reparar del viento a la pequeña carpa. Al fondo, el Cordón
Cochrane.

En invierno, el uso de los esquíes no sólo es útil, sino que puede
procurar emocionantes descensos.

Desde el Cordón Feruglio, el panorama transmite la severidad y el
aislamiento del largo invierno patagónico

Para alcanzar la primera espalda sobre el largo filo de la cresta
Este del San Lorenzo, es necesario primeramente subir a lo largo
de un glaciar y después escalar una escarpada pared de hielo de
400 metros de altura. De la primera espalda a la cima, la cresta
presenta muchas cornisas y además hay que superar un desnivel de
1000 metros para alcanzar las torrecillas finales con los hongos
de hielo, por detrás de las cuales se llega a la cumbre.

Un pasaje sobre hielo en la pared del Cerro Hermoso.

La ventisca obliga a renunciar a una ruta nueva.

Campamento de base sin pretenciones.

Enorme hongo de hielo sobre la cresta cumbrera del San Lorenzo.

Bajo uno de los seracs colgantes sobra la pared de la Cumbre Sur.

Uno de los tantos vados helados necesarios para llegar a la base
de las montañas.

En la mitad de la pared, durante la primera ascensión a la Cumbre
Sur.

Subiendo por la cresta Oeste del Cerro Dos Picos; pocos metros por
debajo de la cumbre panorámica. El Paso Hermoso, situado debajo,
permite una buena comunicación entre el Rio Lácteo y el Rio Oro.

Vista desde el Cerro Dos Picos hacia las cadenas septentrionales
del grupo. Esta cima ha sido escalada varias veces por andinistas
que tenían su campamento de base en el valle del Rio Lácteo.

El Cerro Hermoso visto desde el Sudeste merece su nombre y ofrece
diversas ascensiones de dificultad media. La otra pendiente, muy
expuesta al sol, es detrítica y poco atractiva.

El cóndor ha venido a ver qué hacen los andinistas; y regresa volando
hacia el San Lorenzo. Debe haber comprendido que ellos aman, como
él, esta naturaleza salvaje. Sólo que para llegar hasta donde él
lo hace con pocos golpes de ala, ellos requieren hasta cinco días
de escalada.
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SOBRE LAS HUELLAS DEL PADRE
DE AGOSTINI
Ciertamente, en razón de haber sido realizada en
medio de la segunda guerra mundial, la primera ascensión al San
Lorenzo recibió poca atención. Aun después de la segunda edición
castellana de "Andes Patagónicos", en 1944 y en Buenos
Aires, obra en la cual De Agostini narraba la expedición, el San
Lorenzo no atrajo a los montañistas como se habría podido esperar.
Los escaladores argentinos del Club Andino Bariloche estaban dedicando
sus mejores esfuerzos a la conquista del San Valentín, que los había
rechazado varias veces y que finalmente se les rindió, ante un ejemplar
éxito colectivo, en 1952. Inmediatamente después concentraron sus
esfuerzos sobre el Paine.
Así, la segunda ascensión al San Lorenzo, a lo largo de la ruta
De Agostini, fue efectuada en 1955 por una cordada del CABA, el
Club Andino de Buenos Aires. A la cima llegaron J. Gross, H. Corbella
y G. Krings.
En 1957, dos de los primeros vencedores del San
Valentín, Otto Meiling y Javier Neumayer, acompañados por Conrado
Stifler, también de Bariloche, intentaron la tercera ascensión.
La indispensable fortuna meteorológica no los asistió, y debieron
renunciar cuando ya estaban en lo alto de la pared Oeste. En particular,
Otto Meiling se había puesto entre ceja y ceja la idea de triunfar,
así fuese solo: en efecto, hizo la tentativa solitaria con mal tiempo
y alcanzó a aproximarse al filo de la cresta superior. No publicó
jamás un relato detallado de su intento, y solamente después de
su muerte, gracias a las investigaciones de Vojko Arko, eminente
andinista historiador del CAB, fueron halladas tales noticias en
su diario.
Durante quince años nada se supo de ascensiones
o de tentativas. En 1972, los neocelandeses Bill Stephenson y Peter
Barry llegaron muy cerca de la cima, y alcanzaron la antecima Norte
(3.567 metros). Nuevo silencio montañístico en torno al San Lorenzo,
silencio que debía interrumpirse en los años ochenta, cuando refloreció
el interés por aquella montaña casi un poco misteriosa. En el alto
valle solitario del Río Tranquilo (Arroyo San Lorenzo) los andinistas
repararon como pudieron, reverentemente, la choza del Padre De Agostini.
Es la única que permanece como recuerdo de sus exploraciones, porque
el refugio - más famoso entre los andinistas - en Piedra del Fraile,
en el valle del Río Eléctrico, al Norte del Fitz Roy, dedicado al
Padre también en el nombre, porque por él se lo llama el "Fraile",
se ha transformado rápidamente en ruinas en los mismos años ochenta,
durante la permanencia de militares que allí alojaron sus caballos.
En la choza, un pequeño tarro de vidrio recoge
las esquelas con los testimonios de los pocos que tuvieron la fortuna
de llegar a la cima y de los muchos que, con amargura, debieron
renunciar por el mal tiempo. Y todos desean "suerte" al
que seguirá, porque en los Andes Patagónicos audacia y preparación
organizativa no bastan si falta la clemencia del tiempo.
Hasta ahora, como quiera que sea, no ha penetrado mucha gente en
este valle. Su entrada está defendida por la torrentera del río
y por los despeñaderos en los cuales resbaló la mula del Padre De
Agostini; por ello el terreno no es adecuado para el transporte
de cargas con caballos y en consecuencia es necesario entrar a pie,
transportando en hombros lo necesario. También las vías a los valles
de acceso, si bien mejoradas desde los tiempos de De Agostini, permanecen
siempre un poco azarosas, sobre todo por la dificultad de hallar
medios de transporte desde las poblaciones hacia el interior de
las montañas.
En 1983 llegaron a la cima también los andinistas
del CAB: eran Alex Scheuer, Jorge Rivero, Mario Gutiérrez, Tulio
Calderón, Oscar Grizzi y Guillermo Zampien.
En 1985 también se habían fijado como meta el San Lorenzo dos australianos
provenientes de Adelaida: David Simons y John Marshall. No tuvieron
suerte, porque el peón que los acompañaba con un caballo los condujo
a un valle paralelo, más al Oeste, toda vez que la indicación del
Río Tranquilo que los dos le habían dado se prestaba al malentendido.
No tuvieron el coraje de cruzar la cresta de aquel valle, por lo
demás hermoso, con toda la carga, para llegar al itinerario de De
Agostini, sino que escalaron algunas de las torres negras que allí
se elevan, sin dejar, con todo, relato escrito, y renunciando al
San Lorenzo.
Fuera de la historia de este contratiempo, se puede considerar que,
en cualquier caso, para repetir la ruta De Agostini las vías de
acercamiento más factibles son aquellas que pasan por el Lago Posadas
y Río Oro viniendo de la Argentina, y la del Cochrane - Río Tranquilo
si se llega de Chile. Hemos intentado varias veces y luego realizado
la ascensión viniendo del Lago Belgrano, descendiendo del Paso Hermoso
para bajar al Río Oro, pero se trata de 70 km. de recorrida a la
ida y de otros tantos al regreso, y si bien son de una belleza excepcional
en cuanto a paisajes, resultan muy duros para quien lleva sobre
los hombros el equipo de montañista y víveres para muchos días.
Por lo demás, actualmente en el Lago Posadas los
andinistas pueden parar en casa de una pareja de habitantes del
lugar, expertos en los necesarios traslados. Pedro y Susana Fortuny
son de aquellos que en la Patagonia se denominan "venidos y
quedados" (para distinguirlos de los "nacidos y criados").
De Buenos Aires pasaron por el Lago Posadas en viaje de bodas, se
enamoraron del lugar y decidieron permanecer en él. Administran
el pequeño albergue con el negocio y el radioteléfono, y son un
poco los guardianes andinistas del San Lorenzo.
Naturalmente, el valle del Río Belgrano y la cuenca de sus lagos,
ubicada al Este del San Lorenzo, no le ceden en belleza al Lago
Posadas. Allí ha sido establecido desde 1937 el Parque y Reserva
Nacional Perito Moreno, que no comprende al San Lorenzo pero si
la cuenca de los lagos. Los servicios de un guardaparque han sido
restablecidos - y después suspendidos de nuevo - sólo en los años
ochenta. Al Lago Belgrano se llega por el Sur, desviándose hacia
el valle del río homónimo desde la Ruta Nacional N° 40 en la encrucijada
de Las Horquetas, para encontrar algunas pocas estancias a lo largo
del camino. El viaje desde Gobernador Gregores, el mismo que hizo
De Agostini en su primera exploración de 1937 - si bien entonces
la población se llamaba más poéticamente Cañadón León - depende
del medio de transporte que se logra hallar. Puede suceder que uno
pase muchos días bloqueado en Gobernador Gregores sin lograr salir
de allí. Pero es también verdad que a los andinistas no les viene
mal entender, en aquellas involuntarias detenciones, qué quiere
decir verdaderamente habitar en la Patagonia. Después podrá sucederles,
como a nosotros, haber dejado transcurrir entre el polvo de Gobernador
Gregores los únicos días de buen tiempo de la temporada, pero, en
compensación, de haber establecido relaciones humanas en las cuales
se experimenta una generosidad que no es fácil hallar en otro sitio.
Es Rosa, la radioaficionada, quien espontáneamente se pone en comunicación
con las estancias para ver si alguno va o viene con el camión; es
el panadero De Martino, hermano del conocido cantante lírico italiano,
quien para los andinistas prepara un pan especial y después no quiere
ni siquiera recibir paga; son los guardaparques que vienen a reabastecerse
y ponen a disposición sus medios de transporte y sus casas; son
también los gendarmes que se apiadan de los andinistas que esperan
y los cargan en su camión; es la familia del responsable del pequeño
aeropuerto que acoge a los andinistas como si fuesen de casa...
esto nos ha sucedido en las varias veces en que nos hemos detenido
en aquella población aislada cuando nos dirigíamos al San Lorenzo,
pero es lo que les sucede, con algunas variantes, a todos los andinistas.
Tal vez porque los lugares no son todavía turísticos la relación
con los residentes adquiere validez humana e importancia práctica,
interesante y agradable para todos. Además, siempre se depende de
la buena disposición de los estancieros y de los peones, siempre
se necesitan caballos para los vados, y siempre también los caballos
ariscos habrán de perderse en los mallines justamente el día convenido
para la partida, y nos veremos obligados a aceptar un día más de
hospitalidad. Es una forma de andinismo que reclama tiempo y apertura
hacia aquello que circunda a la montaña, pero debe ser por esta
misma razón que un grupo cordillerano como el de San Lorenzo cuenta
con sus aficionados de pocas palabras que son, por así decirlo,
casi un poco celosos de su condición de tales.
Gino y yo podemos considerarnos muy afectos al
San Lorenzo. Pero su cima principal nos fue concedida sólo una vez,
en tanto que las tentativas fueron tres. En una ocasión alcanzamos,
con Walter Bonatti, a llegar al filo de la cresta superior y allí
permanecimos durante tres días, en una cueva excavada, en última
instancia, en la nieve, en tanto que afuera se desencadenaba sin
tregua una ventisca horrible, con ráfagas que impedían la respiración
durante el continuo trabajo de palear la nieve, indispensable tarea
para no quedar sofocados en el angosto cuchitril de hielo, que goteaba
día y noche.
En la oportunidad en que llegamos a la cima, el 12 de diciembre
de 1986, nos acompañaba Cristina Agüed Tarditti, de Córdoba, y,
como en cualquier otra expedición patagónica, la ocasional o prevista
participación de un andinista del país enriqueció nuestra experiencia
con nuevas amistades y nos puso más en contacto con las realidades
de las vidas ajenas.
En el mes de febrero de 1987, tres norteamericanos, Timothy Rawson,
John Hauf y Tom Walter, llegaron desde Cochrane al campamento de
base del Arroyo San Lorenzo. Era su intención hallar un acceso directo
a la cresta superior y después proseguir por ella hasta la cima.
El 3 de marzo atacaron la pared Norte después de vivaquear a una
altura de 2.000 metros, pasando un primer trecho peligroso por los
seracs y siguiendo después, con relativa seguridad, los pequeños
espolones rocosos entre las canaletas. El paso clave estaba representado
por una cascada de hielo de sólo un metro de ancho, con una inclinación
de entre 70 y 90 grados; después, zigzagueando entre los hongos
de hielo, hallaron una salida hacia la cresta final. Eran ya las
cuatro de la tarde y el tiempo empeoraba rápidamente, con una típica
nube lenticular sobre la cima y un mar de nubes que se avecinaba
desde el Oeste. Renunciaron a proseguir hacia la cumbre, buscaron
un poco, en vano, el descenso por la ruta De Agostini y después
bajaron a lo largo de la pared Oeste por una serie de cascadas de
hielo. Esto los obligó a establecer un mal vivac en pared, bajo
la ventisca de agua y nieve, pero a la mañana siguiente estaban
de regreso en el campamento de base. En su informe señalaron esa
subida como tentativa de ascensión; no obstante, dada la notable
distancia entre el arribo a la cresta, según su itinerario, y la
cumbre, se puede considerar su ascensión llevada a cabo sobre el
Hombro Norte (alrededor de 3.150 metros), tanto más que dicho Hombro
forma un nudo orográfico secundario.
En 1988, dos expediciones italianas se propusieron
intentar otros caminos para escalar el San Lorenzo. Una, de Turín,
tenía por meta el espolón Norte del Hombro Norte, pero por el mal
tiempo y la errónea ubicación del campamento en el Río Lácteo no
pudo ni siquiera iniciar el acceso. La otra, de Bérgamo, se dirigió
a la escarpada cresta Nor-Nordeste de la cima principal, e inició
el acceso desde el Río Oro a una altura de 2.500 metros. Desafortunadamente,
el tiempo radiante y cálido que sobrevino después de un periodo
de abundantes nevadas tomó muy peligroso el itinerario elegido.
La expedición se replegó, pues, sobre la ruta De Agostini, y por
ella alcanzaron con felicidad la cumbre los escaladores Tarcisio
Longhi, Angelo Scaburri, Mario Signorelli, Uberto Testa y Ventura
Tiraboschi el 26 de diciembre, cumpliendo así la séptima ascensión
a la cima principal del San Lorenzo y la quinta por la ruta De Agostini.
En 1989, un error de itinerario sobre la ruta De
Agostini llevó a los turineses Corradino Rabbi y Sergio Scavarda
a un bello e inesperado resultado: el 29 de noviembre se encontraron
ante la novedad de haber escalado, los primeros, por el Oeste, la
cima central del San Lorenzo, de 3.385 metros, situada más al Sur
de la principal.
Ese año nosotros efectuamos también una tentativa en el San Lorenzo
con esquíes y en el mes de agosto y llegamos al campamento De Agostini
del Río Oro, con Angelo Todisco y Lucía Castelli. Permanecimos bloqueados
durante dos días, por una abundante nevada, bajo la pared Oeste,
y las condiciones inestables de la nieve nos aconsejaron un prudente
retorno. Los esquíes resultaron utilísimos y, además, permitieron
un descenso estupendo. La experiencia invernal nos obsequió atmósferas
excepcionales en un silencio de cristal; el tiempo fue menos frío
pero también más ventoso que lo previsto, y, en las alturas intermedias,
resultó escasa la nieve sobre la cual fuera posible esquiar. Nos
detuvimos varios días en la choza De Agostini, con un panel solar
para recargar la única linterna y con el fuego encendido en una
lata de galletitas, en jornadas que nos ofrecieron, además de dos
magnificas recorridas de esquí andino sobre las cimas menores del
Cordón Feruglio, una aventura entre las más profundamente serenas
de nuestros itinerarios patagónicos.
ARISTA ESTE
Queda fuera de duda que la escarpada cresta Este,
que se extiende desde la cima principal del San Lorenzo hacia el
Río Lácteo, es la línea de escalada más elegante de esta montaña
y una de las más bellas de la Patagonia. Entre el fondo del valle
y la cima presenta un desnivel de alrededor de 2.700 metros; desde
su base, el desnivel es, todavía, de 2.000 metros, sobre los cuales
presenta cerca de 3.000 metros de desarrollo. Una fotografía a página
entera en el libro "Andes Patagónicos", del Padre De Agostini,
muestra su evidente magnificencia, que no pasó inadvertida al conocido
andinista argentino José Luis Fonrouge, quien fue probablemente
el primero en procurar escalarla, con Alfredo Rosasco. Lo intentaron
también los japoneses, pero no se sabe hasta dónde llegaron. En
1976 retornaron los argentinos: Guillermo Vieiro, Héctor Cuiñas
y Jorge Jasson. Alcanzaron el primer hombro por la pared Nordeste
y prosiguieron un poco a lo largo de la cresta, hasta una altura
de unos 3.100 metros. El mal tiempo los obligó a abandonar, pero
se consolaron con la primer ascensión a la cima central del Cerro
Hermoso. Vieiro no tenía intención de dejar la cuenta abierta con
la cresta del San Lorenzo, pero perdió la vida en el Tupungato en
1985.
Entre tanto, otros apasionados de la región se
habían enamorado de la cresta. Eran los sudafricanos, capitaneados
por Paul Fatti, nativo de Florencia y docente de estadística, para
quien los Andes Patagónicos se habían tornado terreno de elección
en su tiempo libre. En 1974 había conducido con éxito la expedición
sudafricana que logró escalar por primera vez el gran diedro Nordeste
de la Torre Central del Paine. Había, además, realizado en silencio
un intento a la cresta del San Lorenzo en 1980, y escalado después
otras cimas menores.
En 1985 efectuamos también una tentativa Gino
y yo y nos pudimos dar cuenta de los problemas que plantea esta
ascensión. Sin presentar dificultades técnicas excepcionales, exige
condiciones seguras de nieve, que son raras de hallar. Ya la recorrida
de la pared Nordeste que conduce al primer Hombro de la cresta se
desarrolla sobre una cara de nieve y hielo, con algún afloramiento
rocoso muy quebradizo; esta pared tiene una altura de unos 600 metros
y está inclinada a 50 grados; expuesta al sol, raramente está en
buenas condiciones. Seguidamente, el hilo de la cresta presenta
relieves rocosos cada vez más difíciles hacia lo alto, surcados
por canaletas heladas, y festoneado por largos trechos de cornisas
que sobresalen mucho. La presencia de estas amplias cornisas indica
que, aun mirando hacia el Este, la cresta está sujeta a las turbulencias
de los borrascosos vientos occidentales. A estas dificultades ambientales
se agrega el hecho de que no existen vías de retirada si no es el
retorno por la cresta misma o la llegada, a cualquier precio, a
la cima, para encontrar a la ruta De Agostini sobre la otra vertiente.
Además, sobre toda la cresta no existe un sitio cómodo para establecer
un vivac. En síntesis, es una ascensión de gran dificultad global.
Nosotros llegamos, como la cordada de Vieiro,
un poco más allá del Hombro (unos 3.100 metros), pero las condiciones
peligrosas nos indujeron, después de dos vivacs, de los cuales uno
efectuado de pie, a una retirada que, a decir verdad, fue por cierto
bastante peligrosa. Para continuar cuesta arriba habría sido de
cualquier modo necesario un equipamiento diferente, y, sobre todo,
más alimentos.
Dado que, en caso de triunfar, no habríamos querido volver a recorrer
la cresta destrepando, con un largo rodeo intentamos el reconocimiento
de la ruta De Agostini, para poder después hallarla aun con mal
tiempo. Este llegó y nos impidió alcanzar la cresta superior; con
todo, localizamos el itinerario. pero cuando regresamos al campamento
de base en el valle del Río Lácteo, sobre la cresta se habían ya
lanzado dos cordadas sudafricanas: había regresado Paul Fatti, pues
también para él esa cresta estaba entre sus sueños y estaba dispuesto
a realizarlos. Así, acompañado por Erwin Múller, Russel Dodding
y H. P. Bokker, dio el asalto a la cresta en los primeros días de
enero de 1986, aceptando las condiciones pésimas y riesgosas de
la montaña, y permaneciendo bloqueado sobre el Hombro durante tres
días de mal tiempo. Pero los sudafricanos no se desanimaron, se
unieron en una sola cordada y, no hallando más sitios para vivaquear,
prosiguieron escalando una noche entera; agotaron las raciones de
alimentos, pero llegaron a la cima después de un último vivac apenas
debajo de la salida, entre las torrecillas cubiertas de hongos de
hielo. Cuando miraron hacia abajo, en un desgarro de las nubes entrevieron
que habían plantado la última carpa del vivac sobre una cornisa
en voladizo. No siguieron después la ruta De Agostini, sino que
rehicieron todo el recorrido de la cresta en descenso y retornaron
al campamento de base doce días después de haber partido.
Del estilo de aficionados en el cumplimiento de
este empeño formó parte también el relativo silencio en torno a
él. Tanto es así que ni el gran andinista patagónico Casimiro Ferrari
sabía nada de ello cuando en enero del año siguiente quiso realizar
un asalto fulmíneo a la cresta, que él por cierto conocía gracias
al libro del Padre De Agostini, pero ignorando las tentativas de
ascensión y el éxito de los sudafricanos. Por otra parte, también
Casimiro Ferrari debe reconocer que escribe poquísimo sobre sus
expediciones, y, cuando ha cumplido una ascensión, parece que le
bastara hacerlo saber, cuando mucho, en Lecco, su ciudad cercana
a Milán. No obstante, también Danilo Valsecchi, su compañero de
expedición, había vuelto a mirar la fotografía de la cresta, en
tanto que los más jóvenes compañeros, Annibale Borghetti y Maurizio
Villa, debían permanecer desconocedores de lo que les esperaba.
Los cuatro hombres de Lecco permanecieron bloqueados
ellos también por el mal tiempo sobre el Hombro durante dos días,
pero luego, apenas retornado el buen clima, volvieron a partir.
Se apresuraron a aprovechar, con técnica de "piolet traction",
de todas las canaletas de hielo, y llegaron rápidamente al último
trecho de rocas verticales. No lo superaron por la izquierda, como
habían hecho los sudafricanos, sino directamente por la arista de
roca, con dificultades de Vº grado, y, después de un último vivac,
alcanzaron la cima el 19 de enero de 1987. En descenso, la "locomotora"
Ferrari arrastró a los compañeros a lo largo de un recorrido que,
dada la niebla, en la parte superior había de revelarse distinto
de el de De Agostini, pues se trataba de una vertiente de hielo
jamás recorrida precedentemente por el lado Oeste.
Después, debiendo regresar lo más rápido posible,
los llevó a través del no por cierto simple glaciar situado al Este
del crestón Las Chivas. Después de seis días, llegaron de regreso
al campamento de base del Río Lácteo: habían realizado la segunda
ascensión de la cresta, con una difícil variante directa y habían
cumplido la primera travesía de la cima principal del San Lorenzo.
CUMBRE SUR
Por lo demás, tampoco nosotros, de regreso al Río
Lácteo después de seis días perdidos en la infructuosa tentativa
de alcanzar la cima por la ruta De Agostini en reconocimiento preliminar,
cuando vimos a los sudafricanos sobre la cresta Este siguiendo nuestras
huellas, entramos en competencia, si bien era natural que nos disgustara
un poco abandonar nuestro proyecto.
La cadena principal del San Lorenzo se extiende
de Norte a Sur por cerca de 15 kilómetros: ¿es posible que no existiesen
otras metas? Por entonces también nosotros la habíamos visto de
diferentes lados, pero nos faltaba el del Sur, del cual no se habla
en el "sagrado" libro del padre De Agostini. Es posible
llegar allí marchando hacia el Oeste a lo largo de la orilla del
Lago Belgrano, donde una huella de caballos rodea por el Sur el
pequeño macizo del Cerro Penitentes, sube por el curso del Río San
Lorenzo y después tuerce hacia el valle que lleva al "Paso
de la Balsa". Partimos en viaje de reconocimiento. En el vado
del Río San Lorenzo, profundo no obstante las ramificaciones que
siempre sirven para localizar el punto mejor, por poco nos arrastra
la corriente. Andando a pie, no podíamos siempre aprovechar las
huellas de los caballos que, si bien ya poco marcadas, indicaban
el recorrido. Sabíamos que por allí pasaban de tanto en tanto prófugos
o ladrones de ganado, porque se llega a un paso entre las montañas
que se puede atravesar a caballo y que lleva al valle del Río del
Salto y, por él, a Cochrane. Antes del paso se halla un lago sombrío,
de aguas oscuras, y en otro tiempo, para transportar los animales,
se utilizaban balsas improvisadas. Hoy ya no se las ve; no obstante,
encontramos un remo y en él grabada una fecha: 1953. Así, llamamos
"Paso de la Balsa" a ese sitio al cual los peones aluden
cuando hablan significativamente en voz baja de "paso clandestino".
Vivaqueamos dos días en el bosque, bajo la lluvia que se transformaba
en nieve. Después aclaró, y he aquí una vista increíblemente soberbia:
ante nosotros se elevaba una cima con una resplandeciente pared
de hielo, rodeada de pequeñas cúspides rocosas. El entusiasmo por
haber descubierto una montaña tan hermosa que nadie debía haber
visto con ojos de andinista antes que nosotros, ni siquiera el Padre
De Agostini y ese es un hecho excepcional en los Andes Patagónicos,
nos hizo decidir rápidamente a no dejarla escapar. Pero no teníamos
más víveres. En dos días de camino regresamos a abastecernos de
algunas cosas en un depósito que habíamos dejado más allá del Río
San Lorenzo, y luego retornamos hacia la cima. Ella está en el extremo
Sur de la cadena principal, y por eso la llamamos Cumbre Sur. El
itinerario que ofrecía su pared de hielo era evidente, con acceso
por una larga y fatigosa morena de bloques. Dado el entusiasmo,
no teníamos ni siquiera demasiado temor de los seracs, que hoy me
preocupan cuando los vuelvo a ver en las fotografías. Pasamos bordeando
algunos de ellos y debimos escalar directamente otros, sobre un
extraño hielo vidrioso que se resquebraja fácilmente. Vivaqueamos
en la hendidura que divide la pared a dos tercios de su altura:
la creíamos atascada, pero por la mañana nos dimos cuenta de que
teníamos una bella grieta abierta bajo nuestra carpa. Una breve
ola de mal tiempo, un temporal verdaderamente insólito en la Cordillera
Austral, y después un cielo claro que nos permitió llegar a la cima
(unos 3.300 metros), constituida por una cúpula de nieve endurecida,
defendida por un pequeño laberinto de muros de hielo. ¡Cuántas montañas
desde allí arriba, cuánta Patagonia que aún no conocemos!
Otro vivac en descenso a lo largo de la misma vía subida: la pared
presenta un desnivel de 1.700 metros y requiere permanente atención.
Después vino aquello que, con algunas variantes, todo andinista
patagónico conoce: una larga caminata sobre los bloques de una morena
despeñadiza, luego el bosque cerrado, la imposibilidad de vadear
el río crecido y el consiguiente retroceso hacia un horrible frente
de glaciar que nos tocó atravesar: todo ello sin víveres, ya agotados.
Casi tropezando llegamos al depósito que habíamos dejado más allá
del río. ¿Por qué habré de omitir la conmoción que se apoderó de
nosotros cuando, en aquel lugar tan fuera de todo itinerario conocido,
encontramos, esperándonos, a dos viejos amigos alpinistas de Roma,
Paolo y Giancarlo Castelli, a los cuales el "tam tam"
de la Patagonia había comunicado, de estancia en estancia, nuestra
posible posición? ¿Y por qué deberé callarme acerca de la amistad
que, en los años de nuestros consecutivos retornos a ese sitio,
se había establecido con el encargado de la Estancia El Rincón,
Don Cofré, quién cada tanto venía a ver dónde habíamos ido a parar
y colgaba para nosotros un pan casero y un trozo de capón en las
ramas de un árbol, sobre nuestra carpa?
Al grupo del San Lorenzo nos unen, por lo menos,
trescientos kilómetros recorridos a pie, con las mochilas al hombro,
millares de fatigosos metros de desniveles, y tantas largas esperas.
Pero también nos unen los éxitos en las escaladas y las bellezas
ambientales, además de los profundos contactos humanos, sin los
cuales las cimas alcanzadas brillarían menos en nuestro recuerdo,
pues sin ellos tal vez no nos sentiríamos tan enamorados de la Cordillera
Austral como lo estamos desde hace más de veinticinco años.
CERROS MENORES EN TORNO AL SAN LORENZO
En este grupo las cimas secundarias son numerosas,
pero, en verdad, menores respecto a la cadena de la cumbre principal,
y no pueden competir ni en grandiosidad ni en elegancia con sus
elevaciones. Ninguna cumbre alcanza más de 3.000 metros. La más
alta es el Cerro Penitentes (2.943 metros), que forma un pequeño
macizo aislado que se yergue sobre la ribera izquierda del Río Lácteo.
Sus diversas crestas rocosas se presentan con audaz perfil, pero
luego se muestran muy fracturadas, en tanto que hay algunas líneas
de nieve o hielo que merece escalar para alcanzar la cima. Se ha
llegado a ella sólo dos veces: en 1980 lo lograron los sudafricanos
Paul Fatti, Geoff Pallister, Richard Smithers, probablemente por
el Norte y por el mismo canal de nieve seguido por nosotros en 1985
(que ignorábamos haber sido precedidos). En el descenso, cruzamos
por la cresta, con algunos breves tramos de escalada, también las
tres cimas que cierran por el Norte el valle del Río Penitentes
por el cual habíamos subido.
Pero es en la cabecera del valle del Río Lácteo donde se hallan
las dos montañas más hermosas. Una se llama, sin más, Cerro Hermoso,
y merece plenamente el nombre por la armonía de sus formas. La otra
fue llamada Twin Peak por sus primeros escaladores, pero para evitar
homonimias con el ya demasiado difundido topónimo "Mellizos"
hemos propuesto denominarla "Dos Picos".
La primera ascensión a esta montaña con dos puntas,
de 2.275 metros de altura, fue realizada por los sudafricanos Richard
Hoare y Greg Moseley, quienes en 1977 escalaron la punta Este. La
punta Oeste fue alcanzada también por sudafricanos en 1980: la lograron
Paul Fatti, John Moss, Richard Smithers y Geoff Pallister. Nosotros
llegamos en tercer término, habiendo subido por la cresta Oeste
del Paso Hermoso. Posteriormente el "Dos Picos", que muestra
hacia el Sur algún espolón de roca no muy sólida y una pared cubierta
de hielo, ha sido visitado algunas veces más.
Por la pared de hielo subieron en 1987 Alberto Rampini y Davide
Brighenti; por el espolón Sudoeste, con salida sobre la cresta Oeste
(III, IV, grado y un paso de V) ascendió, en la misma temporada,
una expedición turinesa con C. Rabbi, F. Ribetti, L. Castaglia y
otros.
El Cerro Hermoso lo es en realidad solamente si
se lo mira desde el Sur, porque la vertiente opuesta, expuesta al
sol, es, más que todo, detrítica. Pero la vertiente que mira al
Río Lácteo ofrece bellas líneas de hielo y algún espolón rocoso
para alcanzar sus cimas. La principal, en el centro, ha sido escalada
siguiendo una canaleta de hielo, con inclinación de hasta 60 grados,
por los argentinos Guillermo Viciro, Héctor Cuiñas y Jorge Jasson
en 1976. No se conocen los primeros que ascendieron a la más accesible
cima Este, que presenta con todo diversas posibilidades de variantes
de ascenso a lo largo de su articulada pared de hielo. Por cierto
la escalaron los sudafricanos en 1977 y 1985, nosotros en 1985,
y en 1986 los argentinos Cristina Agúed y Eduardo Tarditti. Se trata
de la meta secundaria más atrayente de la zona, y ha recibido seguramente
otras visitas, entre las cuales la de la citada expedición turinesa.
Después hay alguna cima curiosa, como la Chimenea
(2.056 metros), torrecilla basáltica que se asoma un centenar de
metros sobre la alta cuesta detrítica a espaldas del Puesto San
Lorenzo, que se destaca desde lejos en el panorama. La hemos escalado
en 1986, y es un lugar ideal de mira para observar el vuelo de los
numerosos cóndores de la región. La cuenca del Lago Belgrano (a
una altura de 800 metros) ofrece más atracciones naturales que montañistas,
y no por nada se ha establecido allí en 1937 el "Parque Nacional
Perito Moreno", de 115.000 hectáreas, de las cuales 30.500
de reserva, donde está permitido un limitado aprovechamiento pastoril
y donde subsisten cuatro estancias. La zona ha sido progresivamente
abandonada en los años setenta; el pequeño viejo hotel está destruido,
y quedan como recuerdo sólo tres tumbas y cuatro chapas. Algún puente
se ha convertido en ruinas, y, en conjunto, esta faja cordillerana
está menos atendida que hace unos treinta años.
Pero el aspecto ambiental del Parque Perito Moreno
merece que tampoco los andinistas lo dejen de lado. Las montañas
se reflejan en ocho lagos, cuyas aguas fluyen en parte hacia el
Atlántico y en parte hacia el Pacifico; a lo largo del Río Roble
se encuentran pinturas rupestres; la riqueza de fósiles es tal que
una playa del Lago Belgrano está prácticamente constituida por amonitas;
boleadoras y flechas de obsidiana permanecen esparcidas como testimonio
de un antiguo territorio de caza, donde hoy guanacos, zorros y felinos
viven casi en paz.
Una ascensión fácil al punto panorámico del Cerro
León (1.434 metros) o a la Sierra Colorada (unos 1.200 metros) ofrece
una idea global de este típico territorio interno cordillerano.
Enteramente en tierra chilena se halla el Cordón Cochrane, así bautizado
por el Padre De Agostini, que recuerda el nombre de Lord Thomas
Cochrane (1775-1860), marino británico expulsado de Inglaterra y
que participó en las campañas libertadoras del Pacifico Sur. Este
cordón secundario delimita al Noroeste el gran Glaciar Calluqueo
y muestra diversas altas cimas nevadas con elegantes líneas de cresta
y algunas torres de cuarcita y esquistos negros. En 1967 los chilenos
Eduardo García, Luis Latorre y Erling Villalobos escalaron la Torre
Norte del Cochrane (2.520 metros, tal vez menos). En 1971 los neocelandeses
Peter Barry y Bill Stephenson ascendieron a otras cuatro cimas de
este cordón. En 1989, también los italianos G. Borsani y M. Bascialla
escalaron una cima de 2.517 metros, por la pared Sur y la cresta
Oeste. El Cordón Cochrane se separa del San Lorenzo en la Brecha
de la Cornisa y, a primera vista, parece proseguir tambien hacia
el Norte. En realidad, de la cresta que después continúa hacia el
Norte lo separa el glaciar que, en su parte superior, cruza el itinerario
De Agostini al San Lorenzo, glaciar que después se precipita, escarpado,
hacia el Oeste. Más allá de este glaciar, se yergue primero el que
De Agostini definió como un "bellísimo grupo de pináculos y
agujas", seguido por una fila de torres oscuras de andesitas
y esquistos, apartadas entre si. El primer grupo de agujas fue dedicado
por De Agostini a la memoria del geólogo friulano Egidio Feruglio
(1897-1954), que trabajó muchos años para YPF, sobre todo en la
Patagonia. A él se debe el primer tratado completo sobre la geología
de esa región, publicado en tres volúmenes con el título de "Descripción
Geológica de la Patagonia", por cuenta de YPF en Buenos Aires,
en los años 1949-50. Sería simpático, además de útil para las referencias
andinistas de la región, usar la denominación Cordón Feruglio para
toda la cresta que, desde las agujas antes mencionadas, prosigue
hacia el Norte para constituir la cresta que separa las cabeceras
del Río Tranquilo y del Arroyo San Lorenzo. De cualquier modo, con
este pantallazo no se agota la disponibilidad de cimas secundarias
que esperan ser descubiertas por los andinistas: el grupo del San
Lorenzo oculta aún alguna bella sorpresa en los ángulos recónditos
de sus montañas.
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