Lista de Cuadernos Patagónicos Editados


Sugerencias

6. Montañas conquistadas desde el mar

Montañistas y navegantes a vela en tierra del fuego y la patagonia
Los pioneros
Padre Alberto Maria De Agostini
Otras exploraciones de De Agostini
La conquista del Monte Sarmiento y del Monte Italia
Finalmente, El Sarmiento
El Monte Buckland y las "Tres expediciones Agnolotti al Sarmiento"
El Sarmiento de Giuseppe Agnolotti y la conquista de la cima occidental
Otros exploradores y montañistas en los canales magallánicos

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La nave británica "Beagle"; anclada en el Estrecho de Magallanes. La expedición del "Beagle", que llevaba a bordo al famoso naturalista Charles Darwin, fue muy importante para el relevamiento cartográfico de Tierra del Fuego. 

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Mapa de América del Sur. 

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Retrato de John Ball, alpinista inglés, uno de los primeros en describir algunas cimas de Tierra del Fuego. 

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William Martin, barón de Conway, alpinista británico (1856-1937), fue el primer occidental en vislumbrar las importantes cumbres heladas de la Cordillera Sarmiento. Trató de escalar el Sarmiento en compañía de los guías valdostianos Maquignaz y Pellissier. 

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Corbeta "Magenta". 

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El comandante y los oficiales de la corbeta "Magenta", nave de guerra italiana que, en 1865, efectuó la circunnavegación del globo terráqueo, pasando por el Estrecho de Magallanes. 

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El teniente de navío Giacomo Bove de la Marina Militar Italiana, quien en 1881 condujo una expedición científico-explorativa que llego a las laderas del Sarmiento cuya ascension intentó. 

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En este mapa, ejecutado sobre indicaciones del padre Alberto María De Agostini, se pueden notar las posiciones del Monte Sarmiento y del Monte Italia, dos de las cimas de mayor compromiso en la zona. 

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Vegetación característica de la zona. 

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Un escorzo de la Cordillera Darwin vista desde el Canal de Beagle. Para quien viene de Ushuaia se accede al Monte Italia navegando por este brazo de mar. 

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Una vista del muelle de Ushuaia en una vieja foto. De aquí partían y parten todavía las expediciones que pretenden alcanzar por vía marítima las laderas de las montañas más desafiantes de la región. 

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En una vieja foto del padre Alberto María De Agostini, una vista del Canal de Beagle desde el Campamento Uno. Abajo: sobre la costa se percibe la bahía circular de Puerto Olla. Más al sud, la Isla del Diablo. 

Cuaderno 6
Montañas conquistadas desde el mar

MONTAÑISTAS Y NAVEGANTES A VELA EN TIERRA DEL FUEGO Y LA PATAGONIA

Si bien son dos modalidades diversas que han originado actividades igualmente diferentes, desde siempre ha existido una vinculación profunda entre el mar y la montaña. 
Lo que acabamos de decir puede parecer, a primera vista, un contrasentido, sin embargo, los hombres de aventura, aquellos que, aun prefiriendo uno u otro de los dos elementos, se hallan en aptitud de apreciar las sensaciones ofrecidas por la vida en contacto con los elementos, saben que no es así.
La verdadera navegación a vela y el verdadero montañismo presentan muchos puntos en común. En primer lugar, existe la aventura, que se saborea por igual ya sea confiándose a un pequeño madero para ir lejos, en medio de los océanos, ya afrontando paredes y montañas que se hallan en cadenas inexploradas o remotas.

En ambos casos el hombre debe medirse con armas parejas y durante muchos días con los elementos de la naturaleza. No se puede trampear: es necesario conocer a la perfección el medio en el cual uno se mueve y establecer una suerte de sintonía con él.

Existen, además, otras afinidades más técnicas. Lo que tal vez, por sobre todo, vincula a estas dos disciplinas es la necesaria habilidad en el manejo de las cuerdas, en la confección de nudos y en la disposición ordenada de todos los materiales para que no creen desorden durante la acción. El montañismo, actividad mucho más reciente, ha adoptado numerosos nudos usados por los marineros y a veces los ha modificado para adaptarlos a sus particulares exigencias. La idea de acoplar las dos actividades para llevar a cabo empresas por así decir "mixtas" tiene pocos años de vida desde el punto de vista de los medios masivos de comunicación y de los patrocinadores.

La fusión de la vela y la montaña que, a un placentero viaje por agua, aúna el escalamiento de escolleras y paredes que caen a pico en el mar, pronto ha tenido éxito entre quienes buscaban algo diverso y nuevo en el mundo de la aventura. Sin embargo por lo menos setenta años ha, alguno había usado este sistema para explorar zonas desconocidas de nuestro planeta.

Una de las regiones más adecuadas para este tipo de exploración es la extrema punta meridional de América Latina, donde la Cordillera de los Andes se sumerge directamente en las olas del océano, quebrándose en un laberinto de fiordos y ensenadas, de islas y penínsulas, que tienen su última ramificación en el Cabo de Hornos, sombrío peñasco azotado por la eterna lucha entre el Océano Atlántico y el Pacífico.
Las regiones magallánicas han conocido un largo período de exploración que se ha desarrollado a lo largo de cerca de cuatrocientos años, lapso transcurrido desde su descubrimiento. La mayor parte de estas exploraciones se ha llevado a cabo por mar, a través del laberinto de canales que recorren aquella irregular orilla.
 
LOS PIONEROS

Particularmente significativos fueron los viajes realizados por naves británicas, entre los cuales el celebérrimo de las "Adventure" y "Beagle", comandadas por el capitán Parker King, en los que participó el naturalista Carlos Darwin (véase Cuadernos Patagónicos, nº 2).
A fines del siglo pasado, muchas otras expediciones científicas se valieron de naves para realizar relevamientos glaciológicos, geológicos y orográficos de Tierra del Fuego. Son justamente de estos años las primeras referencias a hazañas del montañismo cumplidas por exploradores, si bien se tenía ya alguna noticia de los imponentes colosos helados que se elevan directamente del mar.
Ya en 1584 el navegante Sarmiento de Gamboa, famoso por su infortunada tentativa de colonizar el Estrecho de Magallanes, describió estas cimas y, en particular, aquella que fue bautizada con su nombre. Confundiéndola con un volcán, probablemente a causa del penacho de nubes que circundaba la cumbre, la llamó "Volcán Nevado".
Más tarde, también Darwin expresó su admiración por los montes fueguinos y habló del "más sublime espectáculo de Tierra del Fuego".

Más entusiastas aún fueron las descripciones de quienes sabían mucho más de montañas, como los grandes alpinistas ingleses John Balí y Sir Martin Conway. Balí fue uno de los primeros grandes pioneros de la exploración de los Alpes, pero, ávido de aventura y conocimientos, no desdeñó ciertamente soportar larguísimos viajes aún en otros continentes. Durante un crucero por las regiones magallánicas, tuvo ocasión de ver el Monte Sarmiento desde el Cabo Forward, en el Estrecho de Magallanes, y en sus memorias escribió haber presenciado "una de las más impresionantes escenas que recuerda mi memoria".
Del mismo parecer fue Conway, a quien la misma vista del Sarmiento le pareció "una aparición mágica y terrorífica". Otra célebre descripción de estas cimas nos ha dejado, Saint Loup, escritor alpinista francés que, al describir el Monte Sarmiento, habla, de "la mas bella montaña de América, un iceberg de 2400 metros que flota en el mar". El escritor decide sin más parangonar esta cima con el Everest, diciendo: "Las alturas alpinas del Himalaya no son más que relativas para el ojo que las contempla. Lo que representa verdaderamente la altura absoluta es revelado por el Sarmiento"

Vayamos ahora a lo que podemos considerar como primer ejemplo de coordinación de la capacidad marinera con la montañista: la primera tentativa de ascensión al Monte Sarmiento, perla de la cordillera fueguina.
Ya en 1865, la corbeta italiana "Magenta", circunnavegando el globo terráqueo, había pasado por el Estrecho de Magallanes. En mayo de 1881, una expedición italo-argentina comandada por el teniente de navío de la marina real italiana Giácomo Bove, en el curso de su campaña de exploración científica, alcanzó el Fiordo Negri y las laderas del Sarmiento.
Bove escribe: "Haciendo bordes al pie del monte, nuestros ojos estaban continuamente vueltos hacia los densos nubarrones que aprisionaban la excelsa montaña, y ya desesperábamos de verla cuando una violenta ráfaga desgarró la niebla, y primero la aguda cima y luego, más y más hacia abajo, hasta los inmensos hielos que muerden sus flancos y sus pies, la montaña se nos manifestó en toda su grandeza. He asistido a muchos espectáculos alpinos y he leído cien descripciones de entusiastas montañistas, pero, a pesar mío, debo confesar que en una sola ocasión experimenté ese sentimiento combinado de alegría, de maravilla, de terror y qué sé yo que se apoderó de mí ante el Sarmiento. Poca cosa es (2.404 metros) en relación con las más altas cumbres alpinas y andinas, pero lleva sobre estas últimas la ventaja de surgir de pronto del mar y manifestar desde allí, de un solo golpe, su majestad sobre el atónito navegante que despliega velas a sus pies."
Obviamente, tal vista no podía sino suscitar en los exploradores el deseo de intentar el ascenso hacia esa magnífica cumbre. Entre los miembros del grupo había un geólogo, el doctor Domenico Lovisato, que tenía una buena experiencia de montañas: dos días de bellísimo tiempo, que transcurrieron mientras fondeaban al pie de la majestuosa cumbre, fueron decisivos para convencerlo en favor de una tentativa solitaria.

Como era obvio, la ascensión no alcanzó resultado feliz, ya sea por la escasa eficacia de los medios técnicos de entonces, ya porque bien pronto Lovisato debió enfrentar las dificultades que se oponían para acceder a la montaña. "Superada la primera cresta - cuenta Bove - se encontró atrapado en un profundo pozo de nieve, en el cual se hundía hasta la cintura; a su habilidad de alpinista y a su sangre fría se debió que lograra desprenderse de la trampa en la que había caído. Alcanzada la cúspide de un contrafuerte meridional, a la altura de 990 metros debió abandonar la empresa, pero sus fatigas fueron ampliamente compensadas por la vista que se ofreció a sus ojos desde lo alto del observatorio conquistado con tanto esfuerzo."
El Sarmiento, dada su posición en el limite occidental de la Cordillera de Darwin y a no más de 150 km. en línea recta de Punta Arenas, era la montaña que, entre todas, presentaba las mayores posibilidades de acceso. Resultaba, pues, lógico que hacia ella convergieran las miras de los montañistas. En 1898 la tentativa correspondió al británico Sir Martin Conway, quien regresaba de una larga campaña de exploración en los Andes. Había ya escalado, en efecto, el Monte Illimani (6322 metros) y había llegado a cien metros de la cumbre del Illampú (6421 metros) y del Aconcagua (6959 metros).
Convay permaneció en las extremas regiones australes durante casi dos años, navegando por los Canales Magallánicos en busca de nuevas montañas y cadenas montañosas. En 1897, fue el primer hombre del mundo que vio las imponentes cimas heladas de la Cordillera Sarmiento, última prolongación meridional del gran Hielo Continental, y después se dirigió al vecino Seno Skyring, donde reconoció en aquellos páramos "una de las regiones más salvajes y desoladas que se conozcan".

En su metódico viaje hacia el sur alcanzó finalmente la Tierra del Fuego con los guías italianos Maquignaz y Pellissier, quienes lo habían seguido en las ascensiones andinas. El intento era ahora la conquista del Sarmiento.
Esta expedición tenía, por cierto, muchas más posibilidades de triunfar que la precedente del doctor Lovisato, ya sea por la experiencia acumulada, ya por tener a disposición materiales más adecuados.
En Punta Arenas Conway se embarcó en el navío chileno "Yáñez" y, navegando a lo largo del Canal Magdalena, ancló frente a la vertiente oeste de la montaña, donde un gran glaciar descendía hasta el mar, partiendo de sus laderas. El inglés, vista la imposibilidad de remontar el glaciar que lleva su nombre, hizo trasladar al "Yáñez" un poco más al norte, donde desembocaba un segundo glaciar aparentemente más accesible (Glaciar Schiapparelli).
Habiendo descendido a tierra en compañía de Maquignaz, realizó una primera exploración del frente de hielo, buscando localizar una buena línea de subida. El 13 de diciembre los dos montañistas desembarcaron a las 12:15 y alcanzaron el gran valle que lleva al Glaciar Schiapparelli. Desde el comienzo debieron luchar para poder orientarse en la espesa vegetación, y muy pronto perdieron la ruta. Habiendo salido con dificultad de ese laberinto vegetal, prosiguieron marchando sobre un terreno de morenas que remontaba una larga cresta, la cual parecía ir a unirse con las laderas heladas del Sarmiento. Con todo, por desgracia, la cresta resultó ser un monte menor, separado de la anhelada meta por un valle helado: todo avance era imposible y Conway se vio obligado a rendirse. No obstante, tuvo ocasión de observar atentamente la pared oeste del Sarmiento. El monte escalado por él lleva su nombre en recuerdo de esta bella y desafortunada empresa (Monte Conway, 1120 m).

 

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Un aspecto de la costa magallánica. 

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Un trecho de la costa próxima al Sarmiento. Esta montaña fue conquistada por primera vez en 1955 por Carlo Mauri en el curso de una expedición organizada por el padre Alberto María De Agostini. 

 

 

 


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Carrel, Pellissier y Barmasse, Miembros de la expedición que en 1955 logró escalar el Sarmiento. Aquí están retratados a bordo del "Chabunco", embarcación que los llevó a la base de la montaña. 

 


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Un barco y la puesta de sol en la Bahía Escandillo. 

 


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En este mapa de Alberto María De Agostini se señala el recorrido realizado para alcanzar el Monte Italia desde Puerto Olla. 

 


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Visión panorámica del Monte Sarmiento contemplado desde el mar. 

 


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Cumbre del Monte Italia, la primera a la izquierda, vista desde su vertiente occidental. 

 

 


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Vista del Monte Italia. En primer plano se nota la parte inferior del Glaciar Roncagli. 

 

 


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Vista panorámica de la vertiente occidental del Sarmiento. La cima fue alcanzada por Mauri y Maffei el 7 de marzo de 1955, después de haber afrontado una cresta helada con pendientes entre 60° y 90°. 

 

 


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El mapa señala los recorridos seguidos para la conquista del Monte Sarmiento. La línea quebrada, a lo largo de la cresta meridional, indica la ruta seguida por Mauri y Maffei, los primeros en hollar la cima de esta montaña. 

 


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Transporte de abastecimientos al Campamento Dos a lo largo de las faldas orientales del Sarmiento, en el curso de la expedición para conquistarlo. 

 


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Fotografia aérea de las cimas del Sarmiento vistas desde la vertiente Norte. 

 

 

 

 

 

 


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Desembarco de la expedición de Mauri para escalar el Buckland. 

 

 

 


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Un encuadre del Monte Buckland. 

PADRE ALBERTO MARIA DE AGOSTINI

Para encontrarnos con una nueva expedición que se interese por las montañas de Tierra del Fuego deberemos esperar algunos años y, precisamente, la llegada a estas regiones del padre salesiano Alberto María De Agostini, infatigable explorador a cuya obra ha sido dedicado el segundo de los Cuadernos Patagónicos.

"Me correspondía - escribe De Agostini - efectuar el tercer intento en este monte (el Sarmiento, N. de la R.) en diciembre de 1913, en compañía del doctor G. B. De Gaspen y de los guías alpinos Abele y Agostino Passion, de Valtournanche."
Esta primera tentativa tuvo un resultado muy desfavorable; a causa del persistente mal tiempo, los hombres se vieron obligados a permanecer en el campamento base sin poder jamás ni siquiera ver la montaña.
Algunas excursiones por tierra en la zona del Sarmiento permitieron la exploración del Glaciar Negri y el descubrimiento de un magnifico lago que es alimentado por aquél y que tomará el nombre de Lago Spegazzini.

No obstante, la expedición De Agostini no se limitó tan solo a visitar la región del Sarmiento y prosiguió la navegación a lo largo de los canales magallánicos con el cutter "Júpiter", pequeño velero de 20 toneladas.
Alcanzada la entrada de la ensenada, pronto se realizó un primer descubrimiento: aun los mapas del Almirantazgo Británico estaban equivocados: el fondo de la gran ensenada no estaba cerrado, sino que en él se abrían dos grandes brazos de mar.
El fiordo dirigido hacia el sur fue llamado "Ensenada Contraalmirante Martínez", pero el que mira al este fue bautizado "Ensenada Pigafetta", aunque muy pronto ese nombre fue justamente cambiado por el de "Ensenada De Agostini". El descubrimiento de la Ensenada Contraalmirante Martínez permitió comprobar que el Monte Sarmiento estaba completamente aislado del resto de la cordillera fueguina y que formaba un macizo aparte.
Durante la exploración marítima, tornada particularmente peligrosa por las imprevistas tempestades y por los innumerables escollos ocultos bajo el agua, el "Júpiter" se internó en la Ensenada De Agostini y los exploradores pudieron conocer por primera vez la hilera total de las cumbres cordilleranas. En primer lugar, apareció de entre las nubes el majestuoso Monte Buckland, y luego los torreones rocosos del Monte Sella y, más al este, los montes Aosta, Giordano y "... otros innumerables picos aún inexplorados al este y al sur..".

El viaje del "Júpiter" continuó aún durante varios días más; el persistente mal tiempo convenció en efecto a De Agostini de la conveniencia de abandonar la región del Monte Buckland para dirigirse a la Ensenada del Almirantazgo. Dando vuelta alrededor de la Punta Ansioux, el pequeño velero entró en el rectilíneo Canal Gabriel, que une el Canal Magdalena con el Canal Whiteside y con la Ensenada del Almirantazgo.

También aquí, entre nuevos descubrimientos y maravillosos escenarios, la navegación se mantenía difícil y peligrosa. Por lo demás, el misionero salesiano no era nuevo en aventuras marítimas. Pocos meses antes se había salvado de un naufragio justamente en esas mismas aguas: "De aquel viaje mío a la Bahía Fitton llevo todavía vivamente impreso en la mente el recuerdo de un serio peligro del cual afortunadamente salí ileso. Viajaba en un pequeño cutter a vela, de pocas toneladas, guiado por dos marineros intrépidos pero desconocedores de las asechanzas mortales que encierran aquellas remotas ensenadas que ellos visitaban por primera vez. El cutter, con las velas desplegadas, avanzaba lentamente, bordeando entre una costa y la otra, mientras el mar estaba casi en calma, y tan solo ráfagas impetuosas de viento descendían sobre nosotros de cuando en cuando de la cima de los montes, rodeados de amenazadores y densos nubarrones."
"Estábamos frente a una garganta de la cual descendía un enorme río de hielo, cuando vimos desde lejos acercarse a nosotros, con la rapidez de un rayo, una tromba de nevisca de varios metros de altura. En un segundo fuimos embestidos con ímpetu terrible; se oyó un ruido en las velas, y mientras un torbellino de nieve nos privaba de la vista de todo, nos sentimos dos o tres veces tumbados bruscamente sobre un costado. Fue aquél un instante de espanto, y recuerdo el agua de mar que bañó mi rostro, penetrando hasta el centro de la cubierta, y no olvidaré jamás el aspecto del piloto que, amainada con desesperado valor la vela maestra, lograba, todavía a tiempo, evitar una segura catástrofe, mientras la terrible tromba se alejaba velozmente en vertiginosa danza, entre las aguas del canal."

Una vez en la Ensenada del Almirantazgo, fueron explorados los principales glaciares que descienden de la espléndida y remota Cordillera Darwin hacia el norte, hasta el mar; el primero, entre todos, el inmenso glaciar que baja a la Bahía Aisworth y que fue bautizado con el nombre del geógrafo italiano Giovanni Marinelli.
Navegando en medio de los grandes bloques desprendidos de los frentes de hielo que directamente caen sobre el mar, el cutter entró después en la Ensenada Perry, justo en las faldas del Monte Darwin, y de allí a su ramificación oriental, donde la expedición pudo explorar y estudiar el Glaciar Della Vedova.
En el verano austral de 1913-14, De Agostini efectuó una segunda tentativa, esta vez con los guías valsesianos Guglielmo Guglielminetti y Eugenio Piana, y con un joven chileno que habría prestado servicios como cocinero.
La expedición se embarcó en el escampavía chileno "Porvenir" y con el navegó por los canales magallánicos hacia el Sarmiento.
Una vez atracados, los hombres comenzaron enseguida a estudiar las mejores posibilidades de acceso; como en las precedentes expediciones, se eligió la pendiente occidental y el mayor de los glaciares que de ella se desprenden: el Schiapparelli.

Después de cinco semanas de tentativas, y en la única magnifica jornada que hallaron, los montañistas alcanzaron la cota de 1.875 metros (cima alcanzada también por Conway en 1897. N. de R.). Ese fue el máximo resultado obtenido en la montaña.
El año posterior a la segunda desafortunada expedición al Sarmiento, De Agostini zarpó para Ushuaia, la ciudad más austral del continente americano, viaje aun hoy no exento de peligros por el mar tempestuoso de esas regiones.
Al final del Canal Ballenero la expedición se dirigió hacia el Norte recorriendo el Canal Darwin, y llegó a la desembocadura del brazo Noroeste del Canal Beagle, llamado también Ueman-Asciaga. El 28 de diciembre de 1914, el vapor "Armando" depositaba a los hombres de la expedición en la orilla septentrional del Ueman-Asciaga, al pie de uno de los mayores glaciares de Tierra del Fuego.
"Ninguno de los glaciares que descienden en aquel brazo de mar es tan majestuosamente imponente como el glaciar que yo denominé 'Italia'... Es una inmensa pared helada, de más de mil metros de altura por otros tantos de ancho, que domina amenazante el canal, sobre el que descarga continuamente enormes masas de hielo. A sus lados se yerguen dos elevadísimos picos: el Monte Italia y el Monte Francés, ambos de más de 2.000 metros de altura" (el nombre del segundo monte recuerda la expedición científica francesa al Cabo de Hornos que operó en la zona entre 1882 y 1883 y que determinó su altura en 2150 metros N. de R.).

Se cumplieron numerosas excursiones de exploración en las faldas de las dos montañas. Particularmente significativa fue la conducida en dirección al Monte Francés, a causa de la riesgosa travesía de la bahía subyacente. He aquí la narración. "La travesía de la bahía, de cerca de dos kilómetros de ancho, era bastante peligrosa por la caída de avalanchas de hielo, pero, habiendo comprobado que en horas de la mañana el glaciar casi no se movía, endurecido por el frío de la noche, nos decidimos a llevar a cabo la riesgosa empresa en la chalupa que poseíamos. A la ida todo marchó de perlas. En tan solo veinte minutos los hombres desembarcaron en la orilla opuesta y subieron primeramente por las laderas recubiertas de murtilla y después por los detritos de morenas, y de allí sobre el glaciar. Después de varias horas de marcha, se alcanzó la cúspide de un contrafrente del Monte Francés con una cota de unos 1.270 metros, que fue denominado Monte Guanaco." Muy diferente fue el regreso. "Al llegar, a esos de las 16:00, cerca de la playa, nos encontramos seriamente preocupados observando la bahía literalmente cubierta de hielos flotantes. Por otra parte, a intervalos, se desprendían del glaciar, con detonaciones formidables, enormes masas de hielo... Durante una hora marchamos a lo largo de la playa, dubitativos, no sabiendo qué partido tomar, pero finalmente el pensamiento de pasar allá la noche, sin víveres y sin reparo, nos indujo a tentar el paso... Sin demora echamos al agua nuestra frágil embarcación, y por un hueco libre de hielos nos lanzamos remando a toda velocidad hacia el medio de la bahía... En pocos minutos nos hallamos en el centro de ésta, donde, estrechados por todas partes por fragmentos de hielo, avanzamos lentamente y con mucha dificultad. De improviso, una pared colosal de hielo, que abarcaba una tercera parte del frente del glaciar, grande como poquísimas veces había visto, se desprendió y se precipitó en el agua con inmenso fragor... gracias a Dios, llegada a nosotros la primera gran ola, nos sentimos levantados varias veces como liviana pajita, pero sin violencia de choques..."
   

OTRAS EXPLORACIONES DE DE AGOSTINI

Para evitar omisiones, se impone hablar también de la expedición cumplida por De Agostini en 1912 con el cutter "Garibaldi" y dirigida hacia el falso Cabo de Hornos. La nave estaba al mando de un veterano de esos mares tempestuosos, el dálmata Fortunato Beban.
También durante este viaje los peligros estuvieron siempre presentes, hasta el punto de que en las proximidades de la Península Hardy la nave soportó una imprevista tempestad que requirió toda la habilidad del piloto y también una buena dosis de fortuna para superarla.

La visita al falso Cabo de Hornos, cumplida algunos días más tarde por vía terrestre, habría de ser una de las experiencias más emocionantes y grandiosas entre las vividas hasta entonces por el misionero. La descripción que él nos ha dejado de esos momentos es el mejor comentario posible: "Acercándonos a la costa, comenzó a sentirse un rumor sordo y misterioso, que parecía surgir de las vísceras de la tierra, como si fuese el rugido de un monstruo que allá abajo temblara y se debatiera."
"Llegados al limite de la costa, he aquí que se abren bajo nuestros pies horribles vorágines, abismos oscuros sembrados de rocas negruzcas, donde las olas se quebraban mientras el fragor resonaba más fuerte y espantoso... Numerosas olas de mar de fondo, en forma de largas vetas de un azul intenso, se acercaban a nosotros, aumentando cada vez más de volumen, hasta que, próximas a la costa, se volcaban con vehemencia sobre las ásperas escolleras con sordos y prolongados rugidos, como estertores de monstruos que, después de una titánica lucha en las misteriosas soledades del Pacífico, viniesen a concluir su vida turbulenta en aquel lugar ignorado y desierto..."
"Cantidad de pensamientos tristes se sucedían en mi mente mientras marchaba entre esos despeñaderos, donde a cada paso descubría restos de naufragio. Había montones revueltos de palos despedazados, de escotillas corroídas, de escobenes quebrados, cuya estructura me recordaba las primeras carabelas que siglos atrás habían surcado estos borrascosos mares. Yacían allí todavía insepultos, acariciados por las olas, como las ruinas y los cadáveres de un inmenso campo de batalla, desconocido del mundo, pero testimonio todavía elocuente de luchas angustiosas, de padecimientos sin limite y, por cierto, de actos de heroísmo extinguidos para siempre en el olvido."
 

LA CONQUISTA DEL MONTE SARMIENTO Y DEL MONTE ITALIA

La ocasión de preparar una nueva expedición hacia el Sarmiento se presentó muchos años más tarde, en 1955: De Agostini, ya de setenta y dos años, pero no aquietado, quiere a toda costa hallar una vía que lleve a la cima de esa montaña que durante tantos años lo ha rechazado y atraído al mismo tiempo.
Del grupo forman parte algunos guías de Valtournanche, Luigi Carrel y los jóvenes Luigi Barmasse y Camillo Pellissier. Refuerzan el equipo dos hombres de prestigio como el trentino Clemente Maffei y Carlo Maun, el alpinista lequés que por aquellos años era considerado sin duda uno de los mejores del mundo. Junto al grupo de montañistas se asocia un conjunto de estudiosos: el geógrafo Giuseppe Morandini, el geólogo Arvedo Decima, el médico Luigi Sperti y el operador cinematográfico Raffaldi. Al ya numeroso grupo se agregarán en Tierra del Fuego algunos militares chilenos que seguirán a la expedición con propósitos de estudio a nivel topográfico y cartográfico.

La experiencia de las tentativas anteriores induce a De Agostini a buscar una nueva ruta de subida por otra vertiente. Si bien el itinerario se presenta más prolongado, un recorrido a lo largo del lado septentrional parece más practicable que los otros.
No obstante los grandes esfuerzos llevados a cabo, el tiempo adverso y la gran masa de nieve acumulada sobre la escarpada pendiente obligan a los hombres a desistir.
Vista la inutilidad de las tentativas por el Norte, se deciden por un itinerario que, siguiendo la helada cresta Sudoeste, debería llevar rápidamente a la cima. Para no perder tiempo en un solo objetivo, De Agostini decide entretanto dividir la expedición en dos grupos, uno de los cuales, bajo su guía, debería intentar escalar el Monte Italia.

Con De Agostini se embarcan, pues, sobre el "Chabunco", Carrel, Pellissier y Barmasse, junto con el cineasta Raffaldi. En el campamento de Caleta Escandallo permanecerán Maun, Maffei y los otros, bajo la dirección del profesor Morandini. El nuevo campamento de base para la ascensión está situado en Puerto Olla, segura bahía ubicada un poco al este del Glaciar Italia.
El 9 de marzo, Carrel, Barmasse y Pellissier parten, a su vez, del Campamento Uno. El comienzo de la aventura es muy prometedor, visto que el tiempo, de tanto en tanto, concede una tregua a los montañistas.

Al día siguiente el despertar es a las dos de la mañana; un rápido desayuno y luego, adelante hacia la meta. Los guías, comandados por Carrel, atraviesan el Glaciar Italia y, al disiparse las nieblas matutinas, logran ver por primera vez de cerca la montaña. A las 10 de la mañana la cordada alcanza la cota de 1.400 metros, punto en el cual la pared se torna más escarpada y difícil: después de un primer trecho de inclinación moderada (45º-50º), la pendiente se empina en los restantes 800 metros que todavía faltan.
Las dificultades aumentan, pero los guías del Valle de Aosta, habituados a mil ascensiones sobre el hielo de las montañas natales, se hallan a sus anchas, como maestros que son en el uso de piolet y grampas.

Una saliente exige en particular a Luigi Barmasse: "La pendiente es muy empinada (más de 55º) y subo formando escalones y excavando muescas para las manos; después la subida se hace más empinada y empleamos más de media hora para ascender un largo de cuerda (30 metros)."
Este primer obstáculo es vencido brillantemente y los guías logran alcanzar finalmente la cresta terminal, saboreando ya el gusto de la cima. Pero una amarga sorpresa los espera bajo la forma de un gigantesco hongo de hielo que sobresale y que impide el acceso a la cima: "... tiene la forma de un enorme hongo de hielo, colosal y amenazante, que se lanza, libre y recto en el aire, por un centenar de metros. La base del hongo... tiene un diámetro de cerca de 80 metros. El techo... sobresale cerca de 6 a 8 metros y está adornado con gruesas estalactitas de hielo..."
"Estamos ya bastante fatigados por haber cortado escalones desde hace algunas horas, y esta gimnasia extenuante no nos ha predispuesto por cierto para el esfuerzo que deberemos realizar... Son las trece. Pellissier, bien asegurado, parte. Desciende por un abrupto coladero... sobre el borde del precipicio. Después acomete y sube algunos metros; planta un clavo de seguridad... Es una travesía aérea extremadamente delicada, que lo obliga a tomar posiciones acrobáticas avanzando sobre escalones excavados en una extraña costra porosa y poco resistente. Se está arriesgando."

El experto guía hace gala de su mejor arte en el hielo y avanza prudentemente sobre un manto inseguro que podría ceder de un momento a otro bajo su peso. Procura tornarse liviano, muy liviano; intenta no perturbar los delicados equilibrios que mantienen unida a la montaña esa frágil entabladura suspendida en el vacío. La fatiga y el viento implacable lo molestan no poco, pero ahora los dados están echados y la única solución es alcanzar un buen punto donde permanecer para recuperar a los compañeros. Después de un periodo que parece interminable, finalmente él puede hallar un inesperado rellano de hielo donde detenerse. La cima ya está al alcance de la mano, pero queda todavía un nuevo muro de nieve sin consistencia, que obliga a Pellissier a una nueva exhibición de habilidad y coraje.
"También el muro que sube da miedo; retornando a pegarme a la pared trepo por aquella nieve insegura repitiendo las acrobacias de los compañeros. Salidos del diedro, superamos todavía un techo más allá del cual, después de una fácil pendiente, se nos presenta de improviso la cima. El ímpetu de la alegría es tumultuoso, frenético. Lo leo en la mirada conmovida de Carrel y Pellissier; lo leen en mis ojos emocionados."
"Cansados, con las señales de la fatiga sobre el rostro perlado de nieve y de sudor, los tres, unidos, recorremos los últimos metros. La cima del Monte Italia ha sido alcanzada!"

 


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La vertiente oriental del Sarmiento (frente Norte), fotografiada en 1913 por el padre De Agostini. 

 

 


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En lo alto: la cima del Monte Buckland, de 1700 m,  inmediatamente al Este del Sarmiento. Esta cima fue alcanzada por primera vez en 1966 por una expedición italiana. 

 


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Algunos momentos de la expedición de las "Arañas" de Carlo Mauri al Buckland. Carlo Mauri en el campamento de base. 

 

 

 


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Algunos momentos de la expedición de las "Arañas" de Carlo Mauri al Buckland. Ferrari y Giudici en la cumbre del Buckland. 

 

 

 


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Algunos momentos de la expedición de las "Arañas" de Carlo Mauri al Buckland. Los hombres en el día decisivo de la victoria. 

 

 

 


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Vista panorámica del campamento de base de las "Arañas de Lecco" (expedicion de 1986). 

 

 

 


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Las carpas del Campamento Dos durante la expedición de 1986 al Sarmiento. 

 

 

 


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Una vista de los canales magallánicos desde las laderas del Sarmiento. 

 

 

 


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La expedición "Arañas" de 1986, completa. 

 

 

 


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Las "Arañas" en el Sarmiento. 

 

 

 


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Un momento de la expedición francesa de 1982, de la cual formaba parte también Jean Marc Boivin. Los franceses, llegados con un barco de vela al Fiordo Falcón, lograron atraversar el Hielo Continental. 

 

 

 


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La caída de una mole de hielo de un frente de glaciar que termina en el mar. 

 

 

 


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El barco de vela de la expedición francesa se aproxima a la costa. Se pueden notar las salpicaduras provocadas por las ráfagas de viento. 

 

 

 


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Momento de la traversía del Hielo Continental. 

 

 

 


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El bote de vela francés de la expedición de Philippe Facues en las cercanías de un glaciar. En primo plano se notan los materiales, listos para ser desembarcados. 

 

 


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El comienzo de la escalada a Cabo de Hornos, realizada por Jean Marc Boivin del lado Sur. 

 

 

 


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Un encuadre del Cabo de Hornos, el mítico promontorio de las tempestades y el último de los relieves montañosos de América Meridional. 

FINALMENTE, EL SARMIENTO

La decisión de intentar la conquista del Sarmiento a lo largo de la cresta meridional fue tomada después que, luego de una excursión explorativa, el ingeniero Decima pudo observar este recorrido más de cerca, comprobando una cierta practicabilidad.
La última tentativa es fijada para el día 3 de marzo. Alcanzado el Campamento Uno en el collado Sur, el 4 de marzo Maun y Maffei efectúan un primer reconocimiento ascendiendo al Glaciar Lovisato para localizar el mejor punto de acceso a la cresta sur.
El mal tiempo retiene después a los dos escaladores en el Campamento Uno durante toda la jornada siguiente. "Debemos resistir ahora (escribe Maffei); conviene esperar, aguardar el tiempo propicio. Esto es tremendo, es duro, pero nuestra fuerza de voluntad nos ayuda."

El 6 de marzo, apostándolo todo a la velocidad, los montañistas efectúan una elección acertada, si bien bastante riesgosa, elección que los llevará a la cumbre. Superado el primer trecho pedregoso y de terreno fácil que constituye el espolón basal de la cresta, un primer mamelón helado los obliga a efectuar un rodeo.
A las 2 de la mañana del día 7, Maun llega a la cima del mamelón, de nuevo sobre el filo de la cresta: "Ghe sem" (Hemos llegado), grita a Maffei en el dialecto de Lecco. En este espacio de cerca de treinta metros cuadrados los dos esperan que el día traiga un poco de luz y permita así proseguir con mayor seguridad. A las 5 de la mañana, casi sin una palabra, con rudeza y decisión, Maun retoma el mando de la escalada. Maffei, todavía helado y entorpecido, se halla en acción aún antes de darse cuenta.
La cresta, totalmente helada, presenta pendientes que van de 60° a casi 90°. Maun se ve obligado a un gran uso de clavos para hielo y a una laboriosa subida que exige bastante rato para cada largo de cuerda. Paciente, bajo el torbellino de la nieve, Maffei - "Guaret" para los amigos - sostiene la cuerda, la asegura y después, cuando es su turno, sube retirando los anclajes fijados antes. Muy a menudo, sacar estos clavos con las manos semicongeladas constituye un trabajo ímprobo: "... otro clavo. Me arrimo, reposo un segundo, y después trato de extraerlo. Dejo el mosquetón entre cuerda y clavo por temor que vuele hacia abajo. Procuro enfilar la punta del piolet en la anilla. Es una maniobra delicada. No debo dar golpes; si lo hiciera, resbalaría a lo largo de la pared en un terrible péndulo. ¡Calma, "Guaret", debes lograrlo! Pruebo una segunda vez, una tercera, y finalmente el clavo sale y resbala a lo largo de la cuerda." El cansancio comienza a penetrar en los dos montañistas, pero ellos prosiguen impertérritos: Maun, adelante, buscando hallar el mejor camino en un infierno de niebla y viento, sobre pendientes muy empinadas; Maffei, continuando con la extracción de los clavos, congelándose las manos, sufriendo el frío en las largas treguas en espera de que su compañero concluya el largo de cuerda.

Dejamos a Maffei la tarea de narrar la llegada a la cima. "Faltan todavía cinco metros para alcanzar a Carlo. Cinco metros donde la pendiente llega a ser casi nula, pero casi no me doy cuenta de este cambio. Hasta tal punto estoy fatigado por el esfuerzo. Carlo, desconfiando de las ráfagas de viento, permanece derecho, en pie, y con la cuerda en el hombro me está tirando. Tal vez ha visto mis condiciones. No ando a gatas, pero creo que mi posición es un tanto desmañada, mientras que la figura de mi compañero se mantiene erguida."
"Juntos sobre el rellano de la cresta, tal vez ambos nos hemos olvidado por un segundo del Sarmiento para pensar que el tremendo obstáculo estaba ya debajo de nosotros." "Después Carlo continúa a lo largo de la cresta, que ahora es transitable y redondeada."
¿La cresta se ha vuelto más ancha y es redonda? La cuerda está firme, inmóvil.
- ¡Carlo!?
Un grito, no ya débil, sino fuerte, que se pierde en la niebla, luego de haber salido de lo profundo del corazón.
- ¡Oh! ¡Estamos en la cima! a través de la niebla...
Si, es justamente la cima oriental del Sarmiento, la más tremenda y la más fantástica cima de mi carrera de montañista."
Después de tres horas de descenso realizado gracias a los rapeles fijados en los hongos de hielo, Maun y Maffei vuelven al mamelón en la base de la cresta; luego remontan, ya exhaustos, el Glaciar Lovisato y, finalmente, son recibidos en el Campamento Uno por el mayor Ayala, por Decima y por Miguel Saavedra.
 

EL MONTE BUCKLAND Y LAS "TRES EXPEDICIONES AGNOLOTTI AL SARMIENTO"

Después de De Agostini, los primeros italianos que retornaron a estas inhóspitas regiones fueron los miembros de una expedición guiada por Carlo Maun: Casimiro Ferrari, Giuseppe Pirovano, Luigi Alippi, Guido Machetto y Cesare Giudici. El 18 de enero de 1966 la expedición parte de Italia con la intención de escalar la no hollada cima del Monte Buckland (1.700 metros), que se halla inmediatamente al este del Sarmiento.
El 24 de enero los hombres zarpan de Punta Arenas, en procura del punto de atraque situado en el Fiordo De Agostini. Dos días de tranquila navegación los conducen a la Bahía Encanto, sobre cuyas riberas está situado el Campamento de Base.
Una vez establecido el Campamento Uno, después de un periodo de tiempo adverso, la cordada Giudici-Ferrari-Alippi logra fijar 300 metros de cuerdas en la canaleta de 800 metros de altura que conduce al collado entre la cima principal y la antecima.

A las 5:30 del 6 de febrero las cordadas Giudici-Ferrari, Alippi-Mauri y Pirovano-Machetto parten en procura de la cima, aprovechando las cuerdas fijadas anteriormente. Maun escribe: "Cada uno tiene el preciso deber de esforzarse al máximo para no demorar la subida, pero especialmente para contribuir con su presencia a la moral de la cordada... cada uno debe ser un ejemplo de coraje y de generosidad. Son cerca de las 10:00 cuando desembocamos, desde el tétrico canal, al plano del collado. Aquí nos concedemos un breve respiro, y bautizamos a este collado como 'Collado de las Arañas', en honor de los alpinistas apodados Arañas de Lecco".
Después del collado, una primera saliente de hielo es hábilmente superada por Giudici, y poco después una ancha grieta terminal obstruye el acceso a la cima. El alto borde que sobresale del lado superior de la grieta parece impedir toda posibilidad de subida; a esta comprobación siguen algunos segundos de desaliento, pero luego reaparece en todos, poderoso, el deseo de triunfar. Ferrari descubre una pequeña canaleta que parece prometedora y, en efecto, se revela como clave de toda la escalada.
"Luego de cerca de una hora, el viento nos trae una voz alegre que grita... "De chee se pasa" ("Por aquí se pasa.").
Nos movemos también nosotros. Parten Machetto y Pirovano, y luego yo con Alippi. Escalamos unos 70 metros de la pequeña canaleta, y después, bajo la saliente de la cima, iniciamos una larga travesía hacia la derecha hasta la cresta Sud, camino por el cual en poco tiempo alcanzamos, felices, la cumbre."
 

EL SARMIENTO DE GIUSEPPE AGNOLOTTI Y SU CONQUISTA DE LA CIMA OCCIDENTAL

Con todo, es siempre el Sarmiento el que atrae la atención de los montañistas y, particularmente, la de un escalador turinés, Giuseppe Agnolotti, quien con esta montaña entretejerá una historia personal que se desarrollará en el curso de tres tentativas sucesivas, la última de las cuales será coronada finalmente por el éxito. Seguramente para Agnolotti el Sarmiento ha constituido un poco la montaña ideal, aquella siempre soñada por los andinistas, aquella que sublima todas sus aspiraciones y sus ideales.
La primera expedición parte en los primeros días de noviembre de 1969 con el nombre de "Tierra del Fuego 1969". Junto al jefe de la expedición están Luigi Barmasse y Eugenio Ferrero.
Acompañados por el italiano Franco Cattaneo, los tres llegan a Caleta Escandallo el 8 de noviembre e instalan el Campamento de Base. El tiempo es constantemente malo, pero, por lo demás, en estas regiones es necesario considerar esa situación como normal.

Luchando contra la intemperie, instalan sucesivamente el Campamento Uno en la cota de alrededor de 650 metros y el Campamento Dos a los 1.150 metros sobre el Cerro Este.
El 16 de noviembre, vista la persistencia del mal tiempo, los montañistas retornan al Campamento de Base y, después de haber tomado parte en una opípara cena ofrecida en su honor a bordo de la corbeta chilena "Lientur", regresan a tierra para esperar la ocasión propicia. Del 23 de noviembre al 2 de diciembre las tentativas esperanzadas se alternan con otras tantas retiradas frustrantes hasta que, considerada vana toda tentativa, desisten definitivamente.

Pasan apenas dos años, y Agnolotti vuelve a la carga con la expedición "Tierra del Fuego 71". También durante esta nueva aventura el mal tiempo continúa atormentando implacablemente a los escaladores, quienes finalmente son obligados de nuevo a regresar sin haber podido escalar la montaña.
Eran miembros de la expedición Ezio La Boria, Rinaldo Bonino, Giuseppe Ferrari, Fernando Martínez y Víctor Sáez; estos últimos, militares chilenos agregados con el fin de mantener las comunicaciones radiales con Punta Arenas. En 42 días de expedición, uno solo fue de calma: ¡el 16 de noviembre!
Estos precedentes podían haber descorazonado al más tenaz montañista o bien desencadenar más aún el deseo de alcanzar aquella cima tan embrujada. Agnolotti, con todo, no perdió ánimos y al año siguiente estaba de nuevo junto a los flancos de "su" montaña.

El Campamento Uno es establecido en la base de la cresta Nordeste del Monte Conway, en las cercanías del collado que permite el acceso al valle helado, largo y estrecho que se extiende a los pies de la vertiente Norte del Sarmiento.
En este punto, llamado Collado Vittore, se establece una especie de refugio prefabricado y expresamente estudiado para la ocasión, sin duda más confortable y seguro que las carpas normales, que a menudo son presa de los vientos violentos, o que un helado agujero excavado en el hielo. Se inicia aquí una larga serie de transportes de materiales, de tormentas, de fatigas atemperadas tan sólo por las pausas en el Campamento de Base, donde las "sabrosas centollas con vino francés, alegría y música nos ponen a punto para las fatigas del día siguiente."

En una jornada favorable, la cordada de punta alcanza la cota de 1.800 metros y va colocando en su curso banderines de señalamiento que servirán para facilitar la orientación en caso de niebla, ya sea para la subida como para el descenso. Después los hombres retornan al valle y se ponen a esperar un día de tiempo favorable. Finalmente, el 14 de noviembre el tiempo se torna decididamente hermoso. Rápidamente los montañistas parten del Campamento Uno y remontan las inestables pendientes de la ladera Norte. Una tentativa a lo largo de la cresta occidental concluye a 150 metros de la cima, a causa de la excesiva inestabilidad del manto nevado que torna peligrosa la prosecución de la empresa. El tiempo, con todo, se mantiene estable, y los hombres pueden descender y subir de nuevo las pendientes que llevan al collado entre las dos cimas. Desde la cresta, alcanzan la base de la cima Oeste y, a cuarenta metros de ésta, encuentran el camino obstruido por un gigantesco hongo de unos 15 metros de altura, constituido por hielo poroso e inestable, que impide proseguir.
En este punto, comprendiendo que es vana toda tentativa, los montañistas deciden regresar, pero en todos los casos se sienten moralmente dignos de poder afirmar que la empresa ha sido lograda. Al respecto, escribe Agnolotti: "Más allá (del hongo de hielo, N. de la R.), la cresta sube dulcemente hasta la cima, que se yergue a cerca de 2210 metros: dos longitudes de cuerda que no haremos jamás. Una victoria no completa, pero, con todo, bella y llena de sufrimiento."

En 1986 una nueva expedición parte de Italia con la intención de vencer finalmente también la cima Oeste de la montaña: es una de las tres expediciones organizadas por las "Arañas de Lecco" en ocasión del cincuentenario de la fundación del grupo. También esta, como las otras dos, será coronada por el éxito, y también el último obstáculo opuesto por el Sarmiento será vencido.
El equipo está compuesto por algunos veteranos, como Gigi Alippi y Clemente Maffei, acompañados por otros valiosísimos elementos de las Arañas: Pinuccio Castelnuovo, Lorenzo Mazzoleni, Salvatore Panzen, Bruno Pennati, G. María Confalonien y Franco Baravalle.
 
 

OTROS EXPLORADORES Y MONTAÑISTAS EN LOS CANALES MAGALLÁNICOS

El primero entre todos es sin duda el inglés Eric Shipton, un personaje que llevaba consigo toda la carga espiritual de los grandes exploradores y montañistas de su país. Shipton ha explorado y conocido todas las regiones salvajes del globo, y durante cuatro años ha navegado por los canales fueguinos en busca de regiones montañosas inexploradas. En 1962, con Cedomir Marangunie, penetra en la Ensenada Skyring y alcanza las orillas orientales de la Península Muñoz Gamero. Su meta es el Monte Burney (1.768 metros), un volcán que surge en el sector septentrional de la península y cuya última erupción se registró en 1910. Después de ocho días, utilizando también un bote neumático para incursionar a lo largo de un sistema de lagos de agua dulce, los exploradores se acercan a unos veinte kilómetros de la montaña. Dejan la embarcación para proseguir a pie, pero un nuevo sistema de lagos les impide avanzar más. Shipton insiste en 1963, retomando el itinerario de la primera tentativa. Esta vez alcanza las laderas del volcán pero no logra llegar a la cumbre. El éxito le sonreirá solamente en 1973, cuando, con Peter Radcliffe y Roger Perry, alcanzadas las orillas occidentales de la Península Muñoz Gamero, llega a las laderas del volcán después de siete días de marcha.

Luego de dos tentativas fracasadas a causa de los fuertes vientos, finalmente el 10 de marzo los montañistas alcanzan la cima.
También en la Península Muñoz Gamero operó en 1975 una expedición norteamericana (componentes: Joseph Brennan, Dianne y Gleen Galloway, Jack Miller, Richard Peterson, Anthony Smith, William Zauche), que escaló el Cerro Volcán (1.500 metros), el Cerro 1º de Septiembre (1.554 metros) y el Cerro Rhyme and Reason (ca. 1.800 metros).
Habiendo partido de Punta Arenas con una nave de 30 toneladas, a unos 80 km. en el interior de la Ensenada Skyring dejaron, con los equipos, víveres para cuarenta días y dos botes neumáticos a motor que servirán para todas las recorridas cercanas. La expedición completa en la práctica la exploración marítima de la región, recorriendo cada fiordo y bahía del brazo de mar, y a menudo luchando con los elementos desencadenados, que a veces hacen avanzar a los botes neumáticos a menos de un kilómetro por hora. Además de las montañas citadas, es de señalar una tentativa a un magnifico pico similar al Cerviño bautizado "The Lookout". A causa de las enormes formaciones de hielo incrustado que se mantendrán durante todo el mes de permanencia de los norteamericanos, la subida resulta imposible. En 1974, la montaña estaba por el contrario completamente expedita y en piedra descubierta. Más al Norte de esta región se halla la Península Sarmiento. En 1976, con una difícil navegación de acercamiento en barco de vela, dos norteamericanos, Daniel Asay y Jack Miller, penetran en el Fiordo de las Montañas, el ancho brazo de mar que limita al Este la península, y realizan algunas ascensiones. Son alcanzadas las cimas del Monte Thunder and Lightnig (ca. 1.994 metros) y del Monte Three Furies (ca. 1.850 metros).

La mayor actividad del montañismo se concentra, con todo, en la salvaje Cordillera Darwin. En 1970-71 opera en la zona una expedición neocelandesa que asciende a una montaña reconocida como Cerro Darwin, la segunda cumbre de Tierra del Fuego, con cerca de 2.400 metros. Otras cumbres son después alcanzadas en los alrededores.
Al año 1978 corresponde una expedición escocesa que en octubre de 1977 zarpa del puerto de Granton, en las cercanías de Edimburgo, y llega a Tierra del Fuego el 7 de febrero de 1978, habiendo atracado en Punta Arenas. La nave utilizada es la "Eloisa", velero de 60 pies de largo y 34 toneladas de porte, construido por el skipper Ian Rennie y por los otros miembros de la expedición: Ian Carr, Dick Port, William Jeffery, David Neilson, Wallace Rennie y Doug Anderson. La zona elegida para las exploraciones es la de la parte superior de la Ensenada Hyatt, ya investigada en 1977 por Jack Miller. Las operaciones son conducidas partiendo de dos campamentos: el primero, instalado sobre un glaciar al Noreste de la Ensenada Hyatt; el segundo, sobre un cerro de cerca de 1.400 metros de cota, que se eleva sobre el Fiordo Brookes. Durante esta etapa son escalados dos picos hasta entonces no hollados; luego, el 2 de marzo, Anderson y Neilson, después de haber escalado una pared de hielo de 200 metros de altura, logran subir al único collado practicable entre aquellas montañas, y logran obtener una visión de las regiones montañosas más al interior. El 17 de marzo, Carr y Rennie triunfan en la escalada de una cumbre situada sobre el lado meridional de la Ensenada Hyatt.

Dejando este brazo de mar, la expedición se allega a la península Brunswick, cerca de Puerto Galland, atracadero usado por el "Beagle" de Fitz Roy. También aquí se alcanza una cima, cuya característica es la de tener la cumbre constituida por un estrato de 20 metros de cristales de cuarzo. Para concluir esta magnífica campaña de exploración, tres miembros de la expedición, Nielsen, Jeffrey y Anderson, deciden intentar la travesía Oeste-Este del Hielo Continental. Después de haber atracado en el Fiordo Exmouth, con esquíes y un trineo liviano los tres llegan al Río Eléctrico y al cuartel del parque del Fitz Roy. Serán encarcelados por acceder ilegalmente al territorio argentino.
En el mismo año, una nueva exploración es conducida por los ingleses Jain Peters, Don Sargeant, Dave Harbor y John Earlie en la región del Monte Bove y del Monte Francés. Ayudados por la marina chilena, los ingleses recalan en la Bahía de Yandegaia, donde hallan hospitalidad en la estancia homónima. Con caballos y dos guías, contratados entre los pastores locales, penetran en el valle helado que se adentra hacia el inexplorado Glaciar Stoppani. Después de 12 kilómetros de marcha, vista la imposibilidad de remontar directamente el frente del glaciar a causa de las numerosísimas y enormes grietas, los hombres son obligados a practicar el lado orográfico derecho a lo largo de sus orillas inestables y de morenas. Después de otros tres kilómetros, se dirigen hacia el Oeste, y alcanzan finalmente una cuenca con un lago hasta entonces desconocido, originado por una obstrucción de morenas, que será denominado Lago Guanaco. Establecido el Campamento Dos en sus cercanías, los hombres penetran todavía más hacia el Oeste con la intención de alcanzar las vertientes del Monte Rocagli y de poder tener una vista general de la región interna de la Cordillera Darwin. El Campamento Tres es colocado bajo una inquietante cascada de quebradas y de aquí los montañistas parten en busca de un paso que parece prometer el cumplimiento de su objetivo. Sin embargo, después de un escalamiento difícil y peligroso, al alcanzar el paso se les presenta una vertiente que se les opone impracticable a causa de las numerosas masas de hielo suspendidas. Al comprobarse vana la tentativa de escalar el Monte Roncagli, Earle y sus compañeros vuelcan su atención hacia una cadena montañosa situada más al norte. Peters y Earle logran, primeramente, alcanzar la más oriental de las tres cimas principales, el Monte Caledonia, de cerca de 1.500 metros. Desde esta cima se localiza un nuevo glaciar, bautizado "Armada de Chile", que, extendiéndose de Oeste a Este, une el Glaciar Stoppani con los Glaciares Roncagli y Cuevas. A causa de un pequeño accidente, Earle no podrá ya alcanzar las cimas más occidentales del grupo, que serán logradas por los otros miembros de la expedición en difíciles escalamientos sobre una nieve traidora.Esas cimas serán bautizadas "Gemini".

Antes de abandonar la región, Sergeant y Harber logran finalmente alcanzar también la extrema punta oriental de la cadena explorada, a la que denominan "Pico Sentinel".
Concluyamos esta breve e incompleta visión panorámica con algunos interesantes empeños, como la travesía del Hielo Continental cumplida por los franceses en 1982. La expedición parte de Mar del Plata con un barco de vela guiado por el skipper Philippe Facues. Superado el Estrecho de Magallanes, los franceses entran en el Fiordo Falcón y el 27 de diciembre Jean Marc Boivin, Dominique Marchal, Bernard Prud'homme y Jean Louis Etienne atraviesan el Hielo Continental y alcanzan la casa del Parque Fitz Roy después de diez días de marcha. Luego Boivin, uno de los más célebres alpinistas franceses, sobre todo por sus veloces ascensiones a las más difíciles paredes alpinas, regresa al Cabo de Hornos y escala la difícil pared Sud.
En el año 1983 se lleva a cabo una bellísima empresa por parte de ocho estudiantes de la Universidad Austral de Punta Arenas, que, en el mes de febrero, efectúan la primera travesía de Norte a Sur de la Cordillera Darwin. La expedición, provista de cuatro trineos y víveres para veinte días, parte de la Ensenada del Almirantazgo y llega con felicidad a Puerto Williams, después de haber recorrido un glaciar inexplorado y de haber hallado los restos de un antiguo desastre aéreo.
Muy particular e interesante es también la hazaña cumplida en 1984 por los galeses Alan Hughes y Paul de Mengel. Ambos deciden explorar los canales magallánicos transladándose en kayaks. A través del Canal Magdalena y el Fiordo de Agostini, llegan a las orillas orientales del Monte Sarmiento, para intentar sin éxito su escalamiento. Después de haber alcanzado dos cimas menores en el fondo del fiordo, regresan a Puerto del Hambre, de donde habían partido.

En 1976 se registra la exploración de los montes del Valle de Lapataia, sector oriental extremo de la Cordillera Darwin y su limite orográfico. Los neocelandeses Sue Parkes y James Jenkins triunfan en la ascensión de tres cimas situadas alrededor de cinco kilómetros al Sudoeste del Cerro Della Vedova, entre el Valle de Lapataia y el Glaciar Stoppani. Otra cumbre es alcanzada cerca del Cerro Svea.
En 1990 se lleva a cabo con éxito la largamente esperada e intentada primera ascensión al Monte Roncagli (ca. 2.300 metros) en la Cordillera Darwin, por parte de la expedición británica de David Hillerbrandt, Julian Mathias y John Mothersele. Señalemos finalmente la exploración conducida por una expedición mixta americana y canadiense compuesta por T.J. Thomas, Doug Krause, Steve Gayner y Brad Broblesky. Los cuatro eligen como meta la inexplorada isla Hoste, extrema prolongación meridional del continente americano, situada al Sud del Canal de Beagle y el Este de la Bahía Cook. Las operaciones se desarrollan obstaculizadas por el tiempo siempre pésimo. Con todo, algunas cimas son alcanzadas con felicidad: la primera es el Monte Pfigliano, de 1.120 metros, y la segunda el Monte Clove o Yamala Rakur, que, según dijeron los escaladores, con sus 1.300 metros de altura, es la más elevada cumbre del archipiélago circunstante y la mayor en los confines de la cadena andina antes de que ésta se sumerja en el océano para después volver a aflorar con las montañas de la península antártica.

 

 
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