
Santana, que cabalga siempre unos doscientos o trescientos metros adelante, retorna y me indica algo. Lo alcanzo y nos dirigimos hacia un montoncito obscuro, en medio de la nada. Es un pingüino que está mudando sus plumas. En este periodo están solos, dice Santana. Está reducido como pellejo puesto a lavar inmóvil en el viento. Es tierno, triste y pequeño. No puede reflejar mejor la maravillosa soledad de estas tierras. La naturaleza, lejos de los hombres, prosigue de modo religioso. Cuando somos testigos de ello la hemos ya violado. Creo que preferiría no ver más un animal salvaje durante toda la vida. No querría disturbanos más de lo que ya lo hemos hecho.