Lista de Cuadernos Patagónicos Editados


Sugerencias

5. En Tierra del Fuego sobre las huellas del Padre De Agostini

Ocho días a caballo a lo largo de la Costa Policarpo, en Tierra del Fuego
24 de Febrero
25 de Febrero
26 de Febrero
27 de Febrero
28 de Febrero

 

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El viaje se inicia en Cabo San Pablo. Los restos del "Desdémona" permanecerán visibles por mucho tiempo. 

 


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Una acuarela del "Amadeo". Fue la primera embarcación a vapor inscripta en el registro naval de Punta Arenas (por don José Menéndez, en 1893). Este pequeño navío de 400 toneladas a plena carga desempeñó un papel histórico en el desarrollo de la Patagonia y de Tierra del Fuego. Ahora, ya declarado monumento nacional en 1972, está en seco, ante la Estancia San Gregorio. 

 


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Una foto del "Amadeo" navegando. 

 


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El incendio del "Marjorie Glen" en Punta Loyola, 1912. 

 


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La espesa niebla se alza sobre el "Desdémona", encallado en la arena hace no muchos años. Cuentan que ya le había sucedido algo similar en Río Grande, en su viaje de ida rumbo a Ushuaia. Al regresar cargado de cemento, terminó para siempre sus días en el Cabo. 

 


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El "Desdémona", encallado en la arena. 

 


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Un resto de naufragio, un faro fuera de uso, playas inmensas, rocas erráticas y antiguas morenas: uno de esos lugares en los que uno se siente indefenso frente a tanta -tal vez demasiada, como dice Graciela Rossi- naturaleza. 

 


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Cuando no se encuentran engañosas turberas que obligan a descender hasta el mar se viaja entre hayas peinadas por el viento y praderas verdeazules bajo un cielo furioso y bellísimo 

 


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Los caballos son seis. Tres para nosotros; dos de carga; uno de reserva, libre. Y siete perros. Cada mañana se requieren cuarenta minutos para las operaciones de carga. Los pesos son calculados con cuidado y gran experiencia, de manera que cada animal los lleve bien repartidos en sus lomos. Como decía Steve Mc Queen en una vieja película, "alguien debe tener firmes los caballos"; y es lo que hago yo. 

 

 

 


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Al Sur del Ecuador las cosas marchan diversamente. Mis tensiones neuróticas y boreales me abandonan poco a poco. Aquí la vida no tiene prisa, y menos Santana y Ramón. 

 


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Estoy tan estupefacto por la belleza de los lugares, de su apariencia siempre nueva, como recién hechos, apenas vistos por unos pocos, que me hago transportar en medio de ellos sobre este caballo, en una especie de vaga hipnosis. 

 

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Santana, que cabalga siempre unos doscientos o trescientos metros adelante, retorna y me indica algo. Lo alcanzo y nos dirigimos hacia un montoncito obscuro, en medio de la nada. Es un pingüino que está mudando sus plumas. En este periodo están solos, dice Santana. Está reducido como pellejo puesto a lavar inmóvil en el viento. Es tierno, triste y pequeño. No puede reflejar mejor la maravillosa soledad de estas tierras. La naturaleza, lejos de los hombres, prosigue de modo religioso. Cuando somos testigos de ello la hemos ya violado. Creo que preferiría no ver más un animal salvaje durante toda la vida. No querría disturbanos más de lo que ya lo hemos hecho. 

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Estamos en Puesto Noguera. Desde la colina vecina el amanecer es magnífico. Se alzan vuelos blancos y negros. Trazan letras V y las reflejan en el agua tranquila. Parecen dibujos de Escher. 

 


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Puesto Noguera. 

 


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Los tablones de las paredes de Puesto Noguera pertenecen al "Duchess of Albany'; que naufragó no lejos de aquí. 

 


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Los tablones de las paredes de Puesto Noguera pertenecen al "Duchess of Albany'; que naufragó no lejos de aquí. También las ollas que Ramón usa para cocinar. Dice que en su casita de Toihuin posee un servicio de tazas para consommé proveniente de la misma nave. 

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Santana se mueve y se moverá durante todo el viaje de perfecto acuerdo con las mareas. No posee reloj, y la hora de la bajamar -indispensable para rodear las largas turberas - cambia, como es sabido, cada día. ¿Cómo hace? 

 

 

Cuaderno 5
En Tierra del Fuego sobre las huellas del Padre De Agostini

OCHO DÍAS A CABALLO A LO LARGO DE LA COSTA POLICARPO, EN TIERRA DEL FUEGO

El 23 de febrero es mi cumpleaños. Después de la cena (cordero, papas y cerveza) vienen a mi mesa don Pedro Rossi, de ascendencia calabresa y piamontesa, su mujer Graciela y dos hijos. Soy el único cliente de la Hostería San Pablo. Traen, sorpresivamente, un trozo de torta y un vaso de whisky. Me expresan sus buenos deseos. Don Pedro trae también un whisky para él. Se sientan y hablamos de las tres M (Maradona, Malvinas, Menem, el presidente de la Nación), temas sobre los cuales pocos argentinos dejan de decir lo suyo.
Con fingida desafección sudamericana alternan a menudo a los tres en sus charlas. Una victoria, una derrota y una apuesta. Graciela es una mujer rubia, corpulenta, alegre. Don Pedro es serio, esquivo, desconfiado al comienzo. En El Calafate y en Río Gallegos he dejado a los compañeros de la expedición de Biela en los lugares más importantes y significativos de las exploraciones de A. M. De Agostini. Estoy en Cabo San Pablo desde hace dos días para hallar el modo de llegar hasta los despojos del Duchess of Albany y después alcanzar la Estancia Policarpo y la Bahía Thetis. Esta mañana don Pedro me ha presentado a Santana, un mestizo chileno de cincuenta años, que conoce perfectamente la costa y el interior de la región por haber trabajado allí veinticuatro años en la ganadería. Santana se ha puesto un suéter azul oscuro con las mangas de un tono más claro, pantalones negros, botas de goma negra y gorro claro, verde gris. El viaje, me dice, durará ocho días.
Ida y vuelta. Me pregunta si estoy de acuerdo. Tiene ojos de indio, piel de indio, cabellos negros de indio. Fuma el cigarrillo ofrecido por don Pedro, quien permanece allí con nosotros como mediador y curioso. Bebemos café y nos decimos las pocas cosas necesarias. Acordamos partir mañana. Nos saludamos. En los próximos ocho días lo veré vestido como lo veo ahora. No se me ocurre pensar que también yo haré lo mismo.

La Patagonia, la Tierra del Fuego y el Cabo San Pablo son sitios magníficos para quien pinta acuarelas, con tal de no hacerlo al aire libre o de ser buen corredor y tener un reparo muy cerca, si no se quiere ver volar al viento las láminas y el caballete o bien observar melancólicamente cómo el trabajo propio se deslíe, se disuelve y desaparece bajo la lluvia. Las cuatro estaciones en una hora (como me ha repetido la señora Graciela cuando he llegado aquí) saltando como caballo de ajedrez en el tablero, de un resto de naufragio a otro.
El otro día estaba yo ante el Marjorie Glen, que naufragó en 1912 en Punta Loyola. Ayer y hoy los he pasado alrededor del Desdémona, aquí en el Cabo.
Comencé a moverme hace dos años.
Desde el ómnibus de la Compañía El Pingüino, viajando entre Río Gallegos y Punta Arenas, había divisado los restos de dos grandes naves, rápidamente desaparecidas entre la polvareda del camino. De Punta Arenas debería haberme dirigido hacia Puerto Natales, siguiendo las huellas del capitán Eberhard y de la caverna del Milodonte.
Así lo hice, pero antes, en un auto alquilado, volví atrás. Movida de caballo de quinientos kilómetros, larga pero victoriosa.
En la Estancia San Gregorio hallé, junto al esqueleto del Ambassador, los restos del famoso Amadeo. Botado en 1892, fue encallado aquí por deseo del armador Menéndez Behety en 1932. Es monumento nacional desde 1972. Las historias que este vapor ha bordado en estos mares con sus derroteros son todavía historias de exploradores, indios, buscadores de oro, misioneros. La epopeya de la frontera (característica norteamericana terminada, superada y transformada en mito) prosiguió aquí, en la parte más lejana de la tierra. Una aventura del Sud, una aventura harapienta, una película de bajo costo. Temas ya vistos, vestimentas demasiado pobres. Jamás se habría logrado nada.
Junto a los restos yo había leído, sentado en el auto, a Maggiorino Borgatello, misionero salesiano: "Se fletó el buque mercante llamado Amadeo, único barco a vapor existente en aquel tiempo, pagándolo a razón de 22 libras y media por día (o sea 562 liras italianas)..." La hélice del Amadeo se bañaba todavía en el Estrecho de Magallanes. Pensé que habría hecho acuarelas. Jamás he dibujado ni pintado naves o sus restos. Meses más tarde, en Italia, buscando otras noticias, leí: "...después de tres horas el Amadeo se encontraba perfectamente en seco. En la playa estaban esperándonos el Director de la Misión don Fortunato Griffa y algunos indios a caballo..." Aquella nave y yo tal vez nos habíamos ya encontrado.
Don Pedro, deseándome las buenas noches, me da un cuchillo para colgar en la cintura y un poncho. El poncho (me explica) no es un poncho cualquiera, es un poncho castillo. Hecho de lana cocida, es negro y pesado. Lo es más aún cuando se ensopa de lluvia, pero una vez mojado, se torna absolutamente impermeable en la parte interna. Es un poncho de tipo chileno. Don Pedro me lo entrega. Lo tomo como si fuese Richard Burton y me hubieran confiado "la túnica".
Mañana seguiré el camino recorrido por A. M. De Agostini en 1932.
Llevado por el Amadeo hasta la Estancia Policarpo, hoy deshabitada, si bien aún activa, regreso a caballo. Iremos y deberemos también volver. Son cerca de 400 kilómetros.
Me electriza no obstante la idea de poder clavar, en camino, el alfiler del coleccionista en un raro e inaccesible ejemplar: lo que queda del Duchess o fAlbany. Su mascarón de proa está en el Museo de Ushuaia, junto con su historia, y desde Ushuaia se llega al lugar del naufragio en helicóptero, rara vez a caballo. Sam Abelí, del National Geographic, lo fotografió desde el avión. Esta es la imagen que tengo en mente cuando apago la luz.
 

24 DE FEBRERO

Partimos con seis caballos. Santana lleva también a Ramón, su socio, ayudante y cocinero. Tres caballos para nosotros, dos de carga y uno de reserva. Y siete perros. Las operaciones de carga duran tres cuartos de hora y durante todo el viaje ocuparán un tiempo similar. Los pesos son, en todos los casos, calculados con cuidado, de modo que cada animal los tenga bien repartidos sobre sus flancos. Como decía el último buscador, "alguno debe, con todo, tener quietos los caballos", y es lo que hago yo. Me siento totalmente inútil. Santana se mueve y se moverá durante ocho días solamente en perfecto acuerdo con las mareas. No posee reloj y la hora de la bajamar, indispensable para hacer el rodeo de las largas turberas, cambia, como es sabido, cada día: "¿Cómo hace? Quién sabe...

Oyendo decir "a caballo"; no crea el lector que tal medio de locomoción es utilizado en estas regiones por la bondad del terreno o como deporte fácil. En casi toda la zona precordillerana de Tierra del Fuego, por ser el terreno esencialmente de turba, cabalgar es fatigoso y arduo, pero la necesidad de recorrer rápidamente grandes distancias y de atravesar ríos y torrentes impetuosos toma allí indispensable el uso del caballo. Se trata de caballos que, nacidos y crecidos en medio de pantanos inseguros, han adquirido un muy sensible olfato del peligro y una destreza para superarlo verdaderamente admirable, lo cual no quita con todo que, algunas veces, aun ellos caigan víctimas de una pequeña imprudencia y queden absorbidos y aprisionados en los viscosos elementos de una laguna o arrollados por las correntosas aguas de un río (A. M De Agostini).
Dejamos atrás las estancias La Fueguina y Río Irigoyen. Desde lejos divisamos sólo el casco, es decir el conjunto de la casa del propietario (el dueño) y de las otras construcciones. Después de cuatro horas nos detenemos poco antes de la Estancia María Luisa, cerca de un pequeño curso de agua, colorada por la turba, a pocos metros del mar. Es difícil creer que la hierba del vecino sea más verde que ésta. Se descargan los caballos; luego, Ramón cocina. Santana se acerca a un gran zarzal de calafate, se sienta y saca de su bolsillo una pequeña radio a transistores.
Recostado en la hierba come bayas de color azulvioleta y escucha una canción: "Pensando en ti". Ramón enciende en un instante el fuego, corta en pedazos las cebollas, las echa en una olla y agrega un poco de aceite que guarda en una botella amarilla de plástico. Antes contenía detergente líquido. El rótulo dice: "Agua lavandina".
Todavía no formo parte del grupo. Los perros no me conocen, y ellos dos tampoco. Comienzo por los perros. Nos husmeamos y hablamos un poco. Son excelentes personajes. De aquellos que, apenas conocidos, ya te dan golpes de hocico para que te ocupes de ellos. Pregunto si el agua roja se puede beber. Santana me dice que es buenísima. Así, vació la cantimplora, que había llenado antes de la partida, y la sumerjo en el agua roja, y a mi mismo en la naturaleza que me circunda. Las burbujas de aire emergen y escapa también un poco de mi tensión de hombre civilizado.
De una mochila azul, manchada de sangre, Santana extrae un muslo de cordero. A su lado coloca una vaina de piel, negra por el uso, que lleva detrás, atada a los pantalones. Apoya la carne sobre un tronco emblanquecido por el viento y la sal, y deja caer fuertes golpes de machete. Los trozos caen en la hierba.

Santana los recoge y va echando todo en la olla. Ramón agrega agua roja hirviente, tomándola de una gran escudilla militar, muy abollada, colocada cerca del fuego. La superficie del agua está cubierta de ligera ceniza, que termina también en la olla. A todo eso se le agrega media lata de extracto de tomate, una pizca de orégano y un puñado de fideos, de los llamados caracoles.
Como cien años antes, en el Oeste norteamericano, una sopa con trozos de carne es todavía la receta más simple y rápida. Ramón sirve primero a Santana. Revuelve en el fondo de un bolso y saca tres cucharas.

Comemos en cacharros de aluminio un manjar gustosísimo y cocinado a la perfección. Bebemos agua roja, sentados en la hierba. El día es sereno: un día de zafiro y ámbar. Fumamos. Yo leo, Ramón pone orden y Santana escucha una milonga.
Volvemos a partir a las 17,30. Cabalgaremos hasta las 21 a través de escenarios maravillosos, con los cascos en el mar o sobre inmensas praderas. Unas horas a caballo en una naturaleza tal produce una vaga hipnosis que adormece mi habitual entusiasmo fotográfico. Estoy estupefacto por la belleza de los lugares, por su novedad, por parecer nuevos, apenas hechos. Me dejo transportar en medio de ellos sobre este caballo y no hago ruido, no disturbo su fluir, no me detengo. Paso, veo y no quiero mirarlos encuadrados en una mirilla para fotos.
Hace pocos días volábamos en helicóptero sobre el grandioso glaciar Upsala, en la Patagonia, y, tiempo después, bajo el Fitz Roy, mientras Enrico y Paolo escalaban la cima, hemos visto amaneceres inefables y lugares delante de los cuales, algunas veces, se debía bajar la vista ante su magnificencia. Sin embargo, apenas llegados al Río Irigoyen, donde hemos de pasar la noche en un gran claro color verdevioleta, manchado por hayas enanas y circundado por un bosque de grandes troncos blancos, he tenido ante mis ojos un camafeo perfecto. Habrá todavía una luz de acuarela hasta las once. Como cualquier tropero, apenas quitadas las monturas a los caballos y encendido el fuego, comemos pan y bebemos café. Se cenará más tarde. Mi taza contiene más de un cuarto litro. Raramente bebo café, pero es bueno y durante ocho días continúo gustándolo. Como ellos, cerca de un litro por día.
Extendemos los cojinillos de lana de oveja sobre la hierba. Decidimos no armar la carpa. Después de la cena bebemos de nuevo café. Ramón me pregunta del "Presidente Pertini"; Santana pone "Mi Buenos Aires querido". La noche austral está sobre nosotros. Primero, de un azul profundo; luego, índigo y negro. Estamos sentados sobre una tierra perfecta. Ramón dice que Santana sufre, desde hace unos días, de la espalda. Treinta y cinco años a caballo entre turberas húmedas, mareas ventosas y lluvias imprevistas. Como un chaman, le doy un par de aspirinas. Más tarde, ellos van a dormir detrás de algunos zarzales, dejándome junto al fuego. Extiendo una lona impermeable que usan para cubrir la carga, enrollo el cojinillo bajo la cabeza y me introduzco en la bolsa de dormir. A las tres de la madrugada Santana se acerca y me cubre completamente con otra lona. Llueve. Me doy cuenta vagamente, pero el rumor de la lluvia es agradable.
 
25 DE FEBRERO

Me despierto a las siete. El cielo tiene el color del caviar.
Atizo el fuego, caliento el café que queda y lo bebo. A las nueve Santana pone la radio.
Atravesamos un limbo gris y lúcido. Pasamos junto a una parte de un resto de naufragio de madera. ¿La proa? Ramón sostiene, tranquilo, que se trata de una nave de los tiempos de Colón. Ni siquiera dice Magallanes, sino Colón. Proseguimos a lo largo de la costa. Cada tanto subimos a abruptas estribaciones para evitar promontorios o zonas de escollos. Los pastos entre el mar y las turberas constituyen en verdad tan solo una angosta cinta.
...pero un colono vasco, tenaz y de coraje, llamado Bilbao, antiguo poblador de estas tierras, descubrió (1911 N. d. R.) a lo largo de la costa que se extiende desde el cabo San Pablo a la caleta Policarpo, una larga cinta de terreno costero que, siendo barrida por los vientos, era más seca y poseía buenas hierbas para forraje... (A. M De Agostini).
Todavía hoy los Bilbao son los propietarios de esta estancia sobre cuyas tierras estamos ya cabalgando, cuando faltan aún dos días para llegar al casco, hoy abandonado. Residen más cómodamente en Buenos Aires y dos meses al año (octubre y noviembre) los troperos a su servicio arrean el ganado y lo marcan.
En medio de estas praderas encontramos un caballero inexistente. Se llama Zelso Ollarso. Trabaja para los Bilbao. Me pregunto qué hace por estos pagos en febrero. Tiene gruesos anteojos, una edad comprendida entre los cincuenta y los cien años, y está completamente vestido de negro. Lleva una gorra similar a la de los primeros aviadores, con un ala detrás para proteger el cuello. Parece un personaje de Moebius. Naturalmente, conoce a Santana, que ha trabajado 25 años en la Estancia Policarpo, muchos de ellos como capataz, jefe de troperos. Se saludan. Poco después ha desaparecido, él y sus perros.
Ramón cabalga Con un par de zapatillas de tenis azules y blancas. Santana me pregunta: ¿Tienen botas de goma en Italia? Estas no son buenas. - Lo sé, porque son como las que llevo puestas, prestadas por don Pedro. Aquí se puede hallar un buen par de botas, pero a precios prohibitivos. La aspirina que ayer di a Santana experimentó, en un año, un aumento de precio del 40.000%.

En algunos puntos de la costa se divisan todavía claramente los antiguos campamentos de los indios Haush, señalados por montículos de conchillas y osamentas, donde los indígenas acumulaban los residuos de su alimentación. En la superficie en los alrededores hallo numerosas puntas de flechas de piedra, puestas al descubierto por la acción del viento. (A. M. De Agostini).
Yo también las encuentro. También si son solamente puntas de flechas Ona-Haush recojo cuatro, en recuerdo de las cuatro grandes etnias de América Austral. Los Alacalufes y los Yamanas, los pueblos de las canoas, los Tehuelches, los indios a caballo, y los Onas, los indios a pie que vivían justamente aquí, en la Isla Grande. Los Onas eran los descendientes de los Patagones encontrados por Fernando de Magalhaes, cosmógrafo portugués (Magallanes para los españoles, Magellano para los italianos) cuando "el mundo era tan reciente - escribe siglos después García Márquez - que muchas cosas carecían de nombre y para citarlas era necesario señalarlas con el dedo". El capitán los señaló ciertamente con el dedo, mientras ellos, los Patagones, indicaron el cielo, convencidos de que los forasteros venían de allá. Pronto descubrieron que no eran criaturas celestiales, desde el momento en que Magallanes capturó a dos de ellos para llevarlos a su patria como trofeo. Ni el capitán ni los dos indios llegarían jamás a Europa.
La historia así comenzada se repite, igual a si misma, muchas veces más. Fitz Roy y Parker King, después del descubrimiento del Canal de Beagle, llevan a Inglaterra, en 1830, cuatro indios fueguinos. Para educarlos. Son recibidos por el rey Guillermo IV y por la reina Adelaida. Algunos años después, el mismo Fitz Roy y el joven Darwin repatrían a tres. Sus nuevos nombres ingleses son bellos y ridículos. Ahora se llaman Fuegia Basket, Boat Memory y Jemmy Button. York Minster murió de viruelas en Londres.
Cultura forzada, enfermedades, alcohol y tiros de fusil no permitieron jamás a grupo alguno indígena sobrevivir largamente a nuestra llegada, al hombre blanco. A mediados del siglo pasado eran ocho mil; hoy aquí ya no hay ninguno. Atravesamos un largo trecho de escollos, entre fuerte oleaje. Estoy muy cansado; por esto, carezco de fuerza suficiente para tener miedo. Los caballos son indescriptiblemente hábiles y están atentos. Ni siquiera me pregunto cómo pueden avanzar entre estas alabardas de piedra afilada. Posan sus cascos sobre pocos palmos de piedra resbaladiza, enfilando entre fisuras por las que apenas pasamos.
A menudo es necesario sacar los pies de los estribos y levantarlos a la altura de la silla.
Extenuados por el viento, llegamos por la tarde al Puesto Noguera, llamado Río Bueno. Una barraca que tiene cien años, rodeada por otros refugios y un corral. Hay cuatro gatos de color gris (padres e hijos) y un perro. Santana trae "pemmicam" (carne seca ahumada) que halló colgada en cierto lugar.
La puerta, que nos llega al pecho, una entrada con pilas de leña cortada, una palangana de aluminio y un pequeño espejo redondo. Atado al espejo, un mechón de crines de caballo sostiene un peine. Una habitación más grande con dos bancos, una mesa, una gran estufa y un bidón de agua. Baratijas, marmitas, botellas. Ramón enciende el fuego y coloca sobre él una gran olla llena de agua. Los gatos se acurrucan bajo la estufa. La carne seca es buenísima. Cada uno, con su propio cuchillo, corta sutiles tiras. En silencio. Hay otra habitación con dos lechos de madera, desfundados, y dos jergones livianos.
Los tablones de las paredes y la marmita sobre la estufa pertenecen al Duchess of Albany, que naufragó aquí cerca en 1893. Afuera, el día continúa en la noche, sin gran pérdida de luz. Hoy no ha sido mucha en momento alguno.

 

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Para leer me he traído el "Don Segundo Sombra" de Güiraldes. Leo y veo: "... era hábil y resuelto. Con tajos largos y certeros separaba el cuero de la carne y, una vez abierta la brecha, metía en ella el puño con que rápidamente procedía al despejo de la bestia." 

 


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La acuarela de un haya. Este "notofagus" es probablemente uno de los árboles más conocidos de Tierra del Fuego. Se halla sobre la Ruta "J" que lleva a la Estancia Harberton. Ha aparecido en decenas de fotografías, porque el viento lo ha plegado en forma más elegante que a otras hayas. Siempre está en pose. 

 


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Escribe A. M De Agostini en su libro "Mis viajes en Tierra del Fuego": "... muchísimas son las naves que naufragaron entre estas traidoras escolleras, formadas por plataformas rocosas que se apartan de la costa algunos kilómetros. Algunas naves ya han desaparecido, destruidas por el continuo trabajo de las olas; otras, por el contrario, están casi intactas, porque han sido arrastradas a lugares secos por mareas de extraordinaria altura. Entre éstas, atrae particularmente mi atención una nave a vela de tres mástiles que lleva el nombre de "Duchess of Albany" 

 


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Gracias a las investigaciones y a la pasión del doctor Oscar Pablo Zanola, director del Museo Territorial de Ushuaia, ahora conocemos casi todo lo referente a lo ocurrido al "Duchess of Albany". Construida en 1884 en Liverpool encalla aquí el 13 de julio de 1893 con 27 hombres de tripulación comandados por el capitán John Wilson. Esta foto -de A.M De Agostini- nos la muestra en 1932. El mascarón que he diseñado fue recuperado en 1978 y ahora luce en el Museo de Ushuaia, donde se cuenta toda su historia. La duquesa de Albania es Helena de Waldeck-Pyrmont, esposa del duque Leopoldo, cuarto hijo de la reina Victoria. 

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"Duchess of Albany". 


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Mascarón de proa del "Duchess of Albany". 


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Estancia Policarpo. Cerca del mar el gran edificio para la esquila de ovejas. Todo está abandonado desde hace muchos años y todo fue traído hasta aquí por el omnipresente vapor "Amadeo". 


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Puesto Donata. 

 


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Dejamos el Puesto Donata. Junto a la Barraca, un amplio recinto. Está construido con bloques de piedra, uno sobre el otro y, todos iguales, en forma de pequeños toneles. Me cuentan que, hace muchos años, naufragó aquí delante una nave cargada de barriles de cemento. Con el tiempo y en contacto con el agua el cemento se tornó piedra, y la madera de los barriles desapareció. Las olas y las mareas los depositaron poco a poco sobre la playa, y los pastores, sin apuro, año tras año, los amontonaron ordenadamente, construyendo esta especie de fortín. 


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Estamos volviendo a recorrer el camino de A.M. De Agostini de 1932. 


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Estancia Policarpo. . 


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Estancia Policarpo. Ramón hace el pan 

 


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Estancia Policarpo. Santana, con un bidón de YPF improvisa un calentador para el mate y el café y, más tarde, para el asado. Un día perfecto. 


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Alrededores de la Estancia Policarpo. 


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Alrededores de la Estancia Policarpo. 


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Alrededores de la Estancia Policarpo. 


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Alrededores de la Estancia Policarpo. 

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Volvemos a atravesar el Río Policarpo. El cielo se mueve tan velozmente que los lugares no parecen ya los mismos del viaje ida. 


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Hacia el Cabo San Pablo y su faro, resto también éste del terremoto de 1949. 


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Recolecto objetos, puntas de flechas rústicas. 


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Recolecto objetos, puntas de flechas rústicas, una vértebra de ballena que llevaré conmigo. Otras las dejo, pero las dibujo. 


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Recolecto objetos, una vértebra de ballena que llevaré conmigo. Otras las dejo, pero las dibujo. 


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Veo otros objetos por primera vez a causa de las diversas mareas, como este resto de naufragio de madera. Ramón, tranquilo narrador de historias, afirma tratarse nada menos que de "una carabela de los tiempos de Colón". 


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26 DE FEBRERO

Me levanto muy temprano. Desde la colina vecina el alba es magnífica. Se elevan vuelos de ocas, gansos antárticos que trazan figuras en V y se reflejan en el agua tranquila del Río Bueno. Blancas y negras. Parecen dibujos de Escher. Algunos perros me han acompañado. Mañana (me ha dicho Ramón) es el segundo aniversario de Pichorto, el perro preferido por él y por mi. Para recordar fechas o acontecimientos no citan el año sino los nombres de los perros que tenían. Era cuando Roy atrapó aquella zorra... eran Polaina, Lobo y Garúa... aquel invierno en que Roca no regresó...
Más tarde, al fin de la mañana, los veré trabajando. Desciendo al puesto. Se repiten los mates de la mañana. El cielo es de color gris pez. Después de matear, Santana se va. Nuestra carne se ha acabado, por lo que él va a carnear. Ensilla el caballo y desaparece con todos los perros. Ramón hace arreglos, pone un poco de orden y cocina porotos. En la radio, Julio Sosa está llorando un tango desesperado. A Ramón no le gusta mucho. Es comprensible: el tango es música de ciudad. Ningún gaucho ha tocado jamás el bandoneón.
Después de un par de horas retorna Santana. Surge de improviso de una elevación del terreno. Arrea unos treinta animales, entre los cuales algunos terneros.
Son animales salvajes, y es necesario arrear un cierto número - explica Ramón - porque si no los terneros no vendrían. Los perros trabajan maravillosamente.
Pueden hacer lo que saben. Son siete, que giran alrededor de las bestias guiados por los silbidos y los gritos de Santana. Cada tanto, alguno vuela por el aire, levantado por un golpe de morro. Evitan los cuernos como toreros. El corral es redondo, de la altura de un hombre. Los perros arrean a las bestias hasta el portón. No entran todas - algunas se descarrían - y es necesario repetir la maniobra.
Lo que sucede a partir de aquí se desarrolla rápida y directamente para el logro de lo propuesto.
Santana entra a caballo en el corral. Se mueve despacio entre las bestias. Hace pasar con calma el lazo alrededor del cuello de un ternero negro brillante. Me zumban los oídos. Arrastra al animal hasta un tronco de unos dos metros de altura, clavado en el terreno. En la mitad, el tronco se bifurca en una estrecha V, gastada y lustrosa por el uso. Santana hace pasar por allí la cuerda y, tirándola, aprieta el cuello de la bestia contra el tronco. Desciende del caballo, asegura el otro extremo y extrae el cuchillo. Tiene, en verdad, un aire amenazador. Se acerca y hiere al ternero negro brillante con un solo golpe. El animal cae instantáneamente. Después de pocos segundos queda inmóvil. Santana no es muy alto, pero ahora aparece grande y terrible. Después de medio minuto suelta la cuerda, sube a caballo y arrastra al ternero por la hierba unos treinta metros. Ahora se acerca también Ramón. Trabajan sobre el ternero con habilidad y práctica. Ni una gota de sangre sale del cuerpo. Por dentro es simple, fresco, perfecto. Los colores son tenues; algunos, pastel. El rosa de los pulmones, el marfil de la grasa, el grislila del hígado. En menos de media hora sólo queda la piel, todavía negra brillante. Me siento cansadísimo y no he visto otra cosa que lo que sucede un poco antes de comprar la carne al carnicero. Pero este cielo gris cuchillo, este trozo de océano azul mármol y esta hierba verde y fresca suscitan conmociones diferentes, ilimitadas, bárbaras. Son impresiones no domésticas, perfumes de movimiento. Los otros, los nuestros, son los olores de la inmovilidad, sin vida, indecentes.

La carne es colgada en una barraca. Llevaremos una parte con nosotros. El resto lo recuperaremos al regreso. Las vísceras se dejan a los perros. Hígado y pulmones son para los gatos. Ramón los echa por tierra, enteros, en la entrada del puesto. Más tarde, sin hacerme notar, los cortaré con el cuchillo en trozos más pequeños. Santana llena la palangana de agua. Remangándose, sin zapatillas, se lava el rostro y las manos. Debajo de él los gatos giran alrededor del hígado no sabiendo cómo atacarlo. Ramón echa en la sartén cebollas y trozos de carne, "mil veces" mejor que el lomo, dice. Santana se prepara un matecito.
Son las 13:30. Desde su llegada con los animales ha transcurrido tan sólo una hora.
Abrimos una botella de vino. El sabor de la carne me resulta totalmente nuevo. No puedo decir si es más gustosa que nuestra carne o que los bifes de lomo de Buenos Aires, los mejores del mundo. Diferente. Muy buena, pero diferente. No estaré lejos de la verdad comparando carne vacuna y pescado, novillo y peceto.
Por una vez, me alimento por necesidad. Nuestra carne se había terminado. No hay otra cosa. Del ternero no quedará nada. Todo es utilizado. No se tira nada. Como la vida de ellos, la de Santana y Ramón. Sin derroches, rotunda, simple. Me parece lo máximo para una vida. Pero después, quizás.
Se parte del Puesto Río Bueno a las 17:00 amenaza lluvia. Cielos diversos e incompatibles se persiguen. Recorremos el paisaje que Leslie Allen (Angoli Segreti del Mondo, National Geographic Society/Touring Periodici, 1986) describe como "el más desolado que haya jamás visto hasta ahora. Hemos visto en aquella zona un solo despojo: las tres arboladuras del Duchess of Albany, escorado sobre la playa... Bajo nosotros, ningún signo de vida verdadera: sólo apariencias."
Nosotros somos las apariencias, y ante mí, el Duchess of Albany. El paisaje, desoladamente bellísimo.
La fuerza de las olas ha dejado bien poco del Duquesa, como lo llama familiarmente Ramón. La duquesa es Helena de Waldeck-Pyrmont, esposa de Leopoldo, duque de Albania, hijo hemofílico de la reina Victoria. Permanezco cerca de los despojos. La impresión es de un naufragio ocurrido hace poco. Nosotros, los náufragos. La fuerza del paisaje es la misma que ha destruido a la nave.
Proseguimos, observados por decenas de ojos a pocos metros de nosotros. Otarias y lobos marinos nos miran desde el agua. Parecen bañistas intrépidos, lanzados al mar no obstante la bandera roja izada por el guardavidas.
Esta extremidad oriental de Tierra del Fuego, próxima al Estrecho de Le Maire, puede llamarse, con la Isla de los Estados, el verdadero y propio reino de las focas, por el enorme número de estos mamíferos, que cubren realmente la playa por kilómetros y kilómetros. (A.M De Agostini).
Eso ya no es verdad, desgraciadamente. En estos parajes, en Bahía Thetis, diez años después del explorador de Biela, en 1942, se estableció una "lobera", establecimiento para reunir y preparar las pieles de foca.
Lobos marinos y focas fueron tratados como ganado. Se sacrificaban 30.000 por año. En 1969 sólo quedaban 40. Ahora, protegidos, llegan a las dos mil unidades.
Dejado el mar, atravesamos un largo trecho de tierra roja. - Indios Onas, lugar sagrado - indica Ramón.
A las 22:00, con cielo furibundo, llegamos al Puesto Donata. El frío es intenso y el puesto está semidestruido. Como yo. Faltan puerta y ventanas, y una parte del techo se ha hundido. Alrededor hay poca leña. Quemamos trozos de la barraca en medio de una de las dos habitaciones. Café caliente, pan y lengua de novillo, hervida por Ramón no se sabe en qué momento de esta mañana. Cerramos las ventanas con lonas impermeables. Hallamos la puerta y la colocamos en su lugar, sosteniéndola con una estaca.
Ahora llueve. Durante la noche, cada tanto el viento la voltea.
 
 

27 DE FEBRERO

El tiempo es espantoso y frío. Santana ya ha encendido la radio. Ayer por la tarde ha dicho: - Es increíble cuánto acompaña una radio. Es como tener un amigo más. - Una campaña publicitaria de los años '50. Hoy esperaremos hasta las 3:00 para poder atravesar la bahía y el Río Policarpo.
Paso la mañana regresando a pie al lugar sagrado de los Onas que ayer me indicó Ramón. En tierra, puntas de flecha aún sin trabajar. Aquí vivían los Onas-Haush. El otro grupo, los Onas-Selk'nam, ocupaban territorios más al norte.
Ni siquiera en Chaco Canyon, perla de la cultura Anasazi, en Hattusas, gran repositorio hitita, o en la playa de Anakena, en la Isla de Pascua, he observado y visto la desaparición de un pueblo. Bajo el cielo doliente ahora nada recuerda a los Onas-Haush, que se peinaban con una finísima mandíbula de delfín y llamaban Lágrima a un niño que lloraba más que los otros.
Su suerte fue signada hacia 1880, cuando los blancos iniciaron la ocupación de la isla. Oro y ovejas. Por ello fueron exterminados, por asesinos pagados por los grandes estancieros y por los buscadores de oro. Alguno huyó o fue llevado por la fuerza por los educadores a las Misiones, donde fue barrido por las enfermedades epidémicas. También Santana y Ramón conocen los nombres de los tres más famosos cazadores de indios. El ingeniero rumano Julius Popper se hace fotografiar empuñando el máuser en el acto de matar algunos Onas. Aquí se hace famoso con el oro. Siempre escoltado por unos cincuenta "bandidos", tiene trabajadores y fundiciones propias. Acuña monedas de 1 y 5 gramos de metal precioso con la inscripción: "Popper 1889 -Tierra del Fuego - El Páramo" (nombre del establecimiento). Emite sellos postales de 10 centavos. El oro le procura poder y enemigos. Los vence brillantemente en la "batalla del arroyo Beta". Para hacer creer que tiene muchos hombres emplea el truco conocido. Él es ingeniero y tiene ante sí a ingenuos buscadores de oro. Fabrica fantoches de paja, los viste con un uniforme y los ata sobre los caballos. Los otros dos nombres pertenecen a asesinos a sueldo de los estancieros. El escocés Alexander MacLennan desprecia la lenta tortura que mata a los indios en las Misiones. Enfermedades y alcohol. Chancho Colorado, el cerdo pelirrojo, como lo llamarán los Onas, detesta ver sufrir a los animales. Cualquier animal. José Menéndez lo nombra "administrador". Comparará el número de indios abatidos con los whiskies bebidos por él. Siempre borracho, muere a los 45 años de delirium tremens. En el sueño ve indios, flechas y sangre. En Punta Arenas, entre tanto, se inaugura el Teatro Menéndez con "Lucia de Lamermoor".

Sam Islop, inglés, tiene un fin similar. Se ufana de usar correas fabricadas con piel de indios. Bebe como MacLennan. Un día se adormece sobre un alto barranco. Cae. Lo hallan, con la espalda destrozada, al día siguiente. Escribe Borgatello: "...se indica aún hoy, con horror, el lugar de la muerte".
Antes de partir, Santana arranca un objeto de la pared. Me regala un trozo de aeroplano. Una parte del piloto automático. Pertenece a un avión militar argentino que se precipitó sobre un cerro aquí detrás, en 1987. Lo encontraron ellos dos. Era invierno y había siete cadáveres congelados. Es un puntito blanco en la ladera del Cerro Mitre. Los mapas, por el contrario, lo indican con otro nombre. Los nombres de Santana y de Ramón no coinciden jamás con los de los mapas. Así ellos pueden vivir en lugares ignotos, que ninguno conoce.
Cortamos a través de la bahía hacia la boca del río. Me indican dos estacas. Allí fueron crucificados por los indios el capitán y el segundo de una nave.
No saben más. Su placer es justamente ése: contar y basta. La precisión y la fidelidad espacio temporal suprimen patetismo, alteran la historia. Ayer me mostraron el "lugar preciso" en el cual el comandante de una embarcación que naufragó, sirviéndose de los restos de su propia nave, construyó en breve tiempo una barca más pequeña con la cual retornó sano y salvo a casa.
No he contado la verdad, que yo casualmente conocía. Les habría quitado un hermoso argumento, maravillosamente adecuado a la escollera que estábamos atravesando. Probablemente la próxima vez elegirán otro sitio, otros escollos. El episodio de reconstrucción naval tuvo en realidad como protagonista al famoso Comandante Luis Piedrabuena. Fue en marzo de 1873, en la Isla de los Estados, muy lejos de aquí Sorprendido por la tempestad que arrojó a su bergantín Espora sobre la costa, Piedrabuena y la tripulación, en 72 días, construyeron, utilizando los restos del Espora, el cutter Luisito, de 13 toneladas, con el cual llegaron a Punta Arenas. Desciende a esta bahía un arroyo. Vadearlo es bastante peligroso, porque en su lecho hay bancos pantanosos y traicioneros. Sólo dos meses antes se había ahogado allí un peón de estancia (A.M De Agostini).
Atravesamos el Río Policarpo. Llegamos más tarde a un muy hermoso valle, bastante alto sobre el mar, rodeado de hayas de denso follaje. Desde arriba vemos la Caleta Falsa, los edificios de la Estancia Policarpo, y a Santana, ya sobre la arena.
Ahora estoy sentado ante una mesa. Ramón me trae gentilmente el café. Nos hemos establecido en una de las tantas casitas del casco. Todas muy arruinadas, salvo quizás ésta, aun cuando invadida por escombros, detritos, restos de pájaros y de ratas. Están abandonadas desde hace un cuarto de siglo. Abajo, cerca del mar, el gran edificio para la esquila de las ovejas. Resta tan sólo la estructura externa.

Todo lo de esta estancia fue traído aquí con el Amadeo. Madera para las casas, implementos, víveres y animales. Cuando empezaron a faltar las embarcaciones de fondo chato, adecuadas para maniobras en la bahía e indispensables para cargar la lana, fue necesario reducir el número de ovejas. La cría de ganado cambió poco a poco hasta tener solamente bovinos. Están todavía las construcciones de los carpinteros y herreros, llenas de instrumentos herrumbrados. Ruedas dentadas, yunques, morsas, cepillos, fresas y fuelles. La casa del patrón está un poco separada de las otras, con el techo de palastro rojo y rodeada de matorrales, de groselleros. No se debía estar mal allí. Restos de tapicerías floreadas. Las puertas, las ventanas, las ménsulas y los marcos que aún presentan un bello azul papagayo.
Escribo y bebo café. Desde la ventana observo la marea que sube en la bahía. Cada tanto cae un poco de lluvia. Sobre los techos de palastro se siente el habitual repiqueteo, uno de los que prefiero. Soy presa, por un momento, del vivido placer de estar en el mundo.
La casa, delante, tiene un pequeño patio, y un corredor de madera de algunos metros de largo, bajo el reparo del techo. A un paso, en el prado, Santana hace rodar un bidón de Yacimientos Petrolíferos Fiscales. Hace años contenía nafta; ahora es nuestra estufa. Encima, la acostumbrada pava, siempre pronta para el café y el mate.

Santana ahora busca en el prado entre los restos. Halla un clavo larguísimo, de una pulgada de diámetro y de medio metro de largo. A golpes de cuchillo corta pedazos de alambre. En la cocina, donde hay otra estufa más chica pero sin chimenea, Ramón pedía cebollas y ajos. Pone las cebollas, cortadas en anillos, en una palangana con agua. Santana se dedica al asado. Sala un buen trozo de carne de forma triangular, lo atraviesa dos veces con el clavo y lo sostiene con el alambre. Los perros ladran. Ramón se asoma fuera. -Viene el mochilero - dice.

Saludables pequeñas lecciones de humildad. Cuando, en la punta meridional de las dos Américas, se cree sentir su peso sobre las espaldas, o uno se siente protagonista o comienza a mostrarse satisfecho consigo mismo por la aventura emprendida y bien llevada a cabo, he aquí que "viene el mochilero".
Llega un muchacho de veinte años, pantalones cortos, zapatos chaplinescos, un bolso, - la "mochila" - enorme. A pie. Viene de Río Grande, comiendo mejillones. Va a Ushuaia. Está desocupado, y en esta vacaciones gastará mucho menos de lo que habría hecho su familia si hubiese él permanecido en casa.
Llega a tiempo para el asado y parece feliz. Santana y Ramón lo abruman con preguntas. Se quita los zapatos chaplinescos y los pone a secar junto al asado, clavado oblicuamente cerca del fuego. Conoce a Chatwin.

Como dos coleccionistas, nos contamos lo que hemos hallado siguiendo su libro. Santana coloca un trozo de palastro pesado sobre el bidón enrojecido. Lo limpia con miga de pan y coloca sobre él fetas de riñón del ternero. Llevamos afuera, bajo el pórtico, tres sillas y un banquito, y abrimos la última botella de vino. Primero comemos los riñones a la parrilla con la ensalada de cebolla y ajo.

Después, el asado. Cada uno corta para si una larga feta, la muerde y, con su propio cuchillo, separa el bocado. De abajo hacia arriba. La hoja pasa a pocos milímetros de la nariz. Transcurren horas invalorables. Ramón rehace los mapas, se cuentan historias de cañones y helicópteros, hablamos mal de los Bridges de Harberton. El asado se va achicando. Los trozos marfilinos de la grasa van a los perros. Mi caballo, Calea, ha sido montado por el ministro de Instrucción Pública argentino. Hacen la imitación de Pablo, el futuro yerno de don Pedro. Los zapatos del mochilero están secos; la noche, sin nubes, y nosotros, ya sin asado. Un poco de café y el día termina así de bien.
 
 

28 DE FEBRERO

Partimos temprano. Me acompaña solamente Santana. Sin otros caballos, pero con los perros.

Bajo una fina llovizna, que cae insistente, ascendemos a algunas pequeñas elevaciones surcadas por canaletas y revestidas de una exuberante vegetación de hayas y de magnolias, retorcidas y mutiladas en la parte superior por la potencia de los vientos, hasta que tocamos las orillas de la bahía Thetis. (A.M. De Agostini)
Cada tanto atravesamos breves temporales. Las gotas sobre la capucha hacen un ruido ensordecedor. Imagino encontrarme del otro lado de la bahía. Veo dos ponchos a caballo. Somos nosotros parados bajo la lluvia mirando alrededor nuestro. Como en las narraciones de Santana, no se podría decir dónde ni cuándo se desarrolla esta escena. El cielo se agita, en conmoción. Color azul grisáceo. Y es sólo de mañana. Apariciones del sol, cada tanto, indican esto o aquello. Giramos en torno a la Bahía Thetis y regresamos galopando en silencio.

La cocina, por suerte, está caliente. Ramón hace el pan. Con el mochilero han reparado la pequeña estufa. Se mezcla harina y levadura sobre la mesa, antes limpiada con un movimiento del antebrazo. En una alta olla la grasa blanca se va disolviendo al fuego. Después, con la harina leudada, Ramón hace tortillas irregulares, grandes como pizzas, con un agujero en el centro. Las pone en la grasa bullente y las saca cuando son de color brandy. Buenas. Santana las come con miel encontrada allí.
Mas tarde regresamos. En tres días estaremos en Cabo San Pablo.
Mis recuerdos no llevan orden estricto.
El cansancio y mi espalda, quebrantada por diez horas de cabalgata diana.

Largos costillares de ballenas sobre las playas color limadura de hierro. De nuevo el Duchess of Albany, esta vez con sol. Santana se fabrica una candela con grasa animal. Ramón me pregunta acerca de Venecia y de Cinecittà. Faltan dos perros. No se preocupan: volverán solos, por centenares de kilómetros.
Terminamos mi botella de whisky. Santana me pregunta si vivo una vida conyugal. Achicoria, cebollas selváticas y tortillas. Recupero la vértebra de ballena vista a la ida. La llevaré a casa. Regalo la cantimplora de Salewa a Santana, quien se pone de pie, se inclina ligeramente y me da la mano. Superada Punta Gruesa veo al fondo, muy pequeño, el Desdémona. Permanece pequeño por horas. Luego, de improviso, hemos llegado. Es el dos de marzo.
Al día siguiente, Pablo "y su novia" me acompañan, con una "pick up" Ford, a Río Grande. Compro y confío a Pablo una botella de whisky y paquetes de aspirinas para Santana y Ramón.
Los he saludado esta mañana. Media hora después sentía su ausencia. Nos hemos dicho: "Hasta siempre".

 
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