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Para leer me he traído el "Don Segundo Sombra" de Güiraldes.
Leo y veo: "... era hábil y resuelto. Con tajos largos y certeros
separaba el cuero de la carne y, una vez abierta la brecha, metía
en ella el puño con que rápidamente procedía al despejo de la bestia."
La acuarela de un haya. Este "notofagus" es probablemente
uno de los árboles más conocidos de Tierra del Fuego. Se halla sobre
la Ruta "J" que lleva a la Estancia Harberton. Ha aparecido
en decenas de fotografías, porque el viento lo ha plegado en forma
más elegante que a otras hayas. Siempre está en pose.
Escribe A. M De Agostini en su libro "Mis viajes en Tierra
del Fuego": "... muchísimas son las naves que naufragaron
entre estas traidoras escolleras, formadas por plataformas rocosas
que se apartan de la costa algunos kilómetros. Algunas naves ya
han desaparecido, destruidas por el continuo trabajo de las olas;
otras, por el contrario, están casi intactas, porque han sido arrastradas
a lugares secos por mareas de extraordinaria altura. Entre éstas,
atrae particularmente mi atención una nave a vela de tres mástiles
que lleva el nombre de "Duchess of Albany"
Gracias a las investigaciones y a la pasión del doctor Oscar Pablo
Zanola, director del Museo Territorial de Ushuaia, ahora conocemos
casi todo lo referente a lo ocurrido al "Duchess of Albany".
Construida en 1884 en Liverpool encalla aquí el 13 de julio de 1893
con 27 hombres de tripulación comandados por el capitán John Wilson.
Esta foto -de A.M De Agostini- nos la muestra en 1932. El mascarón
que he diseñado fue recuperado en 1978 y ahora luce en el Museo
de Ushuaia, donde se cuenta toda su historia. La duquesa de Albania
es Helena de Waldeck-Pyrmont, esposa del duque Leopoldo, cuarto
hijo de la reina Victoria.
"Duchess of Albany".
Mascarón de proa del "Duchess of Albany".
Estancia Policarpo. Cerca del mar el gran edificio para la esquila
de ovejas. Todo está abandonado desde hace muchos años y todo fue
traído hasta aquí por el omnipresente vapor "Amadeo".
Puesto Donata.
Dejamos el Puesto Donata. Junto a la Barraca, un amplio recinto.
Está construido con bloques de piedra, uno sobre el otro y, todos
iguales, en forma de pequeños toneles. Me cuentan que, hace muchos
años, naufragó aquí delante una nave cargada de barriles de cemento.
Con el tiempo y en contacto con el agua el cemento se tornó piedra,
y la madera de los barriles desapareció. Las olas y las mareas los
depositaron poco a poco sobre la playa, y los pastores, sin apuro,
año tras año, los amontonaron ordenadamente, construyendo esta especie
de fortín.
Estamos volviendo a recorrer el camino de A.M. De Agostini de 1932.
Estancia Policarpo. .
Estancia Policarpo. Ramón hace el pan
Estancia Policarpo. Santana, con un bidón de YPF improvisa un calentador
para el mate y el café y, más tarde, para el asado. Un día perfecto.
Alrededores de la Estancia Policarpo.
Alrededores de la Estancia Policarpo.
Alrededores de la Estancia Policarpo.
Alrededores de la Estancia Policarpo.
Volvemos a atravesar el Río Policarpo. El cielo se mueve tan velozmente
que los lugares no parecen ya los mismos del viaje ida.
Hacia el Cabo San Pablo y su faro, resto también éste del terremoto
de 1949.
Recolecto objetos, puntas de flechas rústicas.
Recolecto objetos, puntas de flechas rústicas, una vértebra de ballena
que llevaré conmigo. Otras las dejo, pero las dibujo.
Recolecto objetos, una vértebra de ballena que llevaré conmigo.
Otras las dejo, pero las dibujo.
Veo otros objetos por primera vez a causa de las diversas mareas,
como este resto de naufragio de madera. Ramón, tranquilo narrador
de historias, afirma tratarse nada menos que de "una carabela
de los tiempos de Colón".
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26 DE FEBRERO
Me levanto muy temprano. Desde la colina vecina el alba es magnífica.
Se elevan vuelos de ocas, gansos antárticos que trazan figuras en
V y se reflejan en el agua tranquila del Río Bueno. Blancas y negras.
Parecen dibujos de Escher. Algunos perros me han acompañado. Mañana
(me ha dicho Ramón) es el segundo aniversario de Pichorto, el perro
preferido por él y por mi. Para recordar fechas o acontecimientos
no citan el año sino los nombres de los perros que tenían. Era cuando
Roy atrapó aquella zorra... eran Polaina, Lobo y Garúa... aquel
invierno en que Roca no regresó...
Más tarde, al fin de la mañana, los veré trabajando. Desciendo
al puesto. Se repiten los mates de la mañana. El cielo es de color
gris pez. Después de matear, Santana se va. Nuestra carne se ha
acabado, por lo que él va a carnear. Ensilla el caballo y desaparece
con todos los perros. Ramón hace arreglos, pone un poco de orden
y cocina porotos. En la radio, Julio Sosa está llorando un tango
desesperado. A Ramón no le gusta mucho. Es comprensible: el tango
es música de ciudad. Ningún gaucho ha tocado jamás el bandoneón.
Después de un par de horas retorna Santana. Surge de improviso
de una elevación del terreno. Arrea unos treinta animales, entre
los cuales algunos terneros.
Son animales salvajes, y es necesario arrear un cierto número
- explica Ramón - porque si no los terneros no vendrían. Los perros
trabajan maravillosamente.
Pueden hacer lo que saben. Son siete, que giran alrededor
de las bestias guiados por los silbidos y los gritos de Santana.
Cada tanto, alguno vuela por el aire, levantado por un golpe de
morro. Evitan los cuernos como toreros. El corral es redondo, de
la altura de un hombre. Los perros arrean a las bestias hasta el
portón. No entran todas - algunas se descarrían - y es necesario
repetir la maniobra.
Lo que sucede a partir de aquí se desarrolla rápida y directamente
para el logro de lo propuesto.
Santana entra a caballo en el corral. Se mueve despacio entre
las bestias. Hace pasar con calma el lazo alrededor del cuello de
un ternero negro brillante. Me zumban los oídos. Arrastra al animal
hasta un tronco de unos dos metros de altura, clavado en el terreno.
En la mitad, el tronco se bifurca en una estrecha V, gastada y lustrosa
por el uso. Santana hace pasar por allí la cuerda y, tirándola,
aprieta el cuello de la bestia contra el tronco. Desciende del caballo,
asegura el otro extremo y extrae el cuchillo. Tiene, en verdad,
un aire amenazador. Se acerca y hiere al ternero negro brillante
con un solo golpe. El animal cae instantáneamente. Después de pocos
segundos queda inmóvil. Santana no es muy alto, pero ahora aparece
grande y terrible. Después de medio minuto suelta la cuerda, sube
a caballo y arrastra al ternero por la hierba unos treinta metros.
Ahora se acerca también Ramón. Trabajan sobre el ternero con habilidad
y práctica. Ni una gota de sangre sale del cuerpo. Por dentro es
simple, fresco, perfecto. Los colores son tenues; algunos, pastel.
El rosa de los pulmones, el marfil de la grasa, el grislila del
hígado. En menos de media hora sólo queda la piel, todavía negra
brillante. Me siento cansadísimo y no he visto otra cosa que lo
que sucede un poco antes de comprar la carne al carnicero. Pero
este cielo gris cuchillo, este trozo de océano azul mármol y esta
hierba verde y fresca suscitan conmociones diferentes, ilimitadas,
bárbaras. Son impresiones no domésticas, perfumes de movimiento.
Los otros, los nuestros, son los olores de la inmovilidad, sin vida,
indecentes.
La carne es colgada en una barraca. Llevaremos una parte con nosotros.
El resto lo recuperaremos al regreso. Las vísceras se dejan a los
perros. Hígado y pulmones son para los gatos. Ramón los echa por
tierra, enteros, en la entrada del puesto. Más tarde, sin hacerme
notar, los cortaré con el cuchillo en trozos más pequeños. Santana
llena la palangana de agua. Remangándose, sin zapatillas, se lava
el rostro y las manos. Debajo de él los gatos giran alrededor del
hígado no sabiendo cómo atacarlo. Ramón echa en la sartén cebollas
y trozos de carne, "mil veces" mejor que el lomo, dice.
Santana se prepara un matecito.
Son las 13:30. Desde su llegada con los animales ha transcurrido
tan sólo una hora.
Abrimos una botella de vino. El sabor de la carne me resulta
totalmente nuevo. No puedo decir si es más gustosa que nuestra carne
o que los bifes de lomo de Buenos Aires, los mejores del mundo.
Diferente. Muy buena, pero diferente. No estaré lejos de la verdad
comparando carne vacuna y pescado, novillo y peceto.
Por una vez, me alimento por necesidad. Nuestra carne se había
terminado. No hay otra cosa. Del ternero no quedará nada. Todo es
utilizado. No se tira nada. Como la vida de ellos, la de Santana
y Ramón. Sin derroches, rotunda, simple. Me parece lo máximo para
una vida. Pero después, quizás.
Se parte del Puesto Río Bueno a las 17:00 amenaza lluvia.
Cielos diversos e incompatibles se persiguen. Recorremos el paisaje
que Leslie Allen (Angoli Segreti del Mondo, National Geographic
Society/Touring Periodici, 1986) describe como "el más desolado
que haya jamás visto hasta ahora. Hemos visto en aquella zona un
solo despojo: las tres arboladuras del Duchess of Albany, escorado
sobre la playa... Bajo nosotros, ningún signo de vida verdadera:
sólo apariencias."
Nosotros somos las apariencias, y ante mí, el Duchess of Albany.
El paisaje, desoladamente bellísimo.
La fuerza de las olas ha dejado bien poco del Duquesa, como
lo llama familiarmente Ramón. La duquesa es Helena de Waldeck-Pyrmont,
esposa de Leopoldo, duque de Albania, hijo hemofílico de la reina
Victoria. Permanezco cerca de los despojos. La impresión es de un
naufragio ocurrido hace poco. Nosotros, los náufragos. La fuerza
del paisaje es la misma que ha destruido a la nave.
Proseguimos, observados por decenas de ojos a pocos metros
de nosotros. Otarias y lobos marinos nos miran desde el agua. Parecen
bañistas intrépidos, lanzados al mar no obstante la bandera roja
izada por el guardavidas.
Esta extremidad oriental de Tierra del Fuego, próxima al
Estrecho de Le Maire, puede llamarse, con la Isla de los Estados,
el verdadero y propio reino de las focas, por el enorme número de
estos mamíferos, que cubren realmente la playa por kilómetros y
kilómetros. (A.M De Agostini).
Eso ya no es verdad, desgraciadamente. En estos parajes, en
Bahía Thetis, diez años después del explorador de Biela, en 1942,
se estableció una "lobera", establecimiento para reunir
y preparar las pieles de foca.
Lobos marinos y focas fueron tratados como ganado. Se sacrificaban
30.000 por año. En 1969 sólo quedaban 40. Ahora, protegidos, llegan
a las dos mil unidades.
Dejado el mar, atravesamos un largo trecho de tierra roja.
- Indios Onas, lugar sagrado - indica Ramón.
A las 22:00, con cielo furibundo, llegamos al Puesto Donata.
El frío es intenso y el puesto está semidestruido. Como yo. Faltan
puerta y ventanas, y una parte del techo se ha hundido. Alrededor
hay poca leña. Quemamos trozos de la barraca en medio de una de
las dos habitaciones. Café caliente, pan y lengua de novillo, hervida
por Ramón no se sabe en qué momento de esta mañana. Cerramos las
ventanas con lonas impermeables. Hallamos la puerta y la colocamos
en su lugar, sosteniéndola con una estaca.
Ahora llueve. Durante la noche, cada tanto el viento la voltea.
27 DE FEBRERO
El tiempo es espantoso y frío. Santana ya ha encendido la radio.
Ayer por la tarde ha dicho: - Es increíble cuánto acompaña una radio.
Es como tener un amigo más. - Una campaña publicitaria de los años
'50. Hoy esperaremos hasta las 3:00 para poder atravesar la bahía
y el Río Policarpo.
Paso la mañana regresando a pie al lugar sagrado de los Onas
que ayer me indicó Ramón. En tierra, puntas de flecha aún sin trabajar.
Aquí vivían los Onas-Haush. El otro grupo, los Onas-Selk'nam, ocupaban
territorios más al norte.
Ni siquiera en Chaco Canyon, perla de la cultura Anasazi,
en Hattusas, gran repositorio hitita, o en la playa de Anakena,
en la Isla de Pascua, he observado y visto la desaparición de un
pueblo. Bajo el cielo doliente ahora nada recuerda a los Onas-Haush,
que se peinaban con una finísima mandíbula de delfín y llamaban
Lágrima a un niño que lloraba más que los otros.
Su suerte fue signada hacia 1880, cuando los blancos iniciaron
la ocupación de la isla. Oro y ovejas. Por ello fueron exterminados,
por asesinos pagados por los grandes estancieros y por los buscadores
de oro. Alguno huyó o fue llevado por la fuerza por los educadores
a las Misiones, donde fue barrido por las enfermedades epidémicas.
También Santana y Ramón conocen los nombres de los tres más famosos
cazadores de indios. El ingeniero rumano Julius Popper se hace fotografiar
empuñando el máuser en el acto de matar algunos Onas. Aquí se hace
famoso con el oro. Siempre escoltado por unos cincuenta "bandidos",
tiene trabajadores y fundiciones propias. Acuña monedas de 1 y 5
gramos de metal precioso con la inscripción: "Popper 1889 -Tierra
del Fuego - El Páramo" (nombre del establecimiento). Emite
sellos postales de 10 centavos. El oro le procura poder y enemigos.
Los vence brillantemente en la "batalla del arroyo Beta".
Para hacer creer que tiene muchos hombres emplea el truco conocido.
Él es ingeniero y tiene ante sí a ingenuos buscadores de oro. Fabrica
fantoches de paja, los viste con un uniforme y los ata sobre los
caballos. Los otros dos nombres pertenecen a asesinos a sueldo de
los estancieros. El escocés Alexander MacLennan desprecia la lenta
tortura que mata a los indios en las Misiones. Enfermedades y alcohol.
Chancho Colorado, el cerdo pelirrojo, como lo llamarán los Onas,
detesta ver sufrir a los animales. Cualquier animal. José Menéndez
lo nombra "administrador". Comparará el número de indios
abatidos con los whiskies bebidos por él. Siempre borracho, muere
a los 45 años de delirium tremens. En el sueño ve indios, flechas
y sangre. En Punta Arenas, entre tanto, se inaugura el Teatro Menéndez
con "Lucia de Lamermoor".
Sam Islop, inglés, tiene un fin similar. Se ufana de usar correas
fabricadas con piel de indios. Bebe como MacLennan. Un día se adormece
sobre un alto barranco. Cae. Lo hallan, con la espalda destrozada,
al día siguiente. Escribe Borgatello: "...se indica aún
hoy, con horror, el lugar de la muerte".
Antes de partir, Santana arranca un objeto de la pared. Me
regala un trozo de aeroplano. Una parte del piloto automático. Pertenece
a un avión militar argentino que se precipitó sobre un cerro aquí
detrás, en 1987. Lo encontraron ellos dos. Era invierno y había
siete cadáveres congelados. Es un puntito blanco en la ladera del
Cerro Mitre. Los mapas, por el contrario, lo indican con otro nombre.
Los nombres de Santana y de Ramón no coinciden jamás con los de
los mapas. Así ellos pueden vivir en lugares ignotos, que ninguno
conoce.
Cortamos a través de la bahía hacia la boca del río. Me indican
dos estacas. Allí fueron crucificados por los indios el capitán
y el segundo de una nave.
No saben más. Su placer es justamente ése: contar y basta.
La precisión y la fidelidad espacio temporal suprimen patetismo,
alteran la historia. Ayer me mostraron el "lugar preciso"
en el cual el comandante de una embarcación que naufragó, sirviéndose
de los restos de su propia nave, construyó en breve tiempo una barca
más pequeña con la cual retornó sano y salvo a casa.
No he contado la verdad, que yo casualmente conocía. Les habría
quitado un hermoso argumento, maravillosamente adecuado a la escollera
que estábamos atravesando. Probablemente la próxima vez elegirán
otro sitio, otros escollos. El episodio de reconstrucción naval
tuvo en realidad como protagonista al famoso Comandante Luis Piedrabuena.
Fue en marzo de 1873, en la Isla de los Estados, muy lejos de aquí
Sorprendido por la tempestad que arrojó a su bergantín Espora sobre
la costa, Piedrabuena y la tripulación, en 72 días, construyeron,
utilizando los restos del Espora, el cutter Luisito, de 13 toneladas,
con el cual llegaron a Punta Arenas. Desciende a esta bahía un
arroyo. Vadearlo es bastante peligroso, porque en su lecho hay bancos
pantanosos y traicioneros. Sólo dos meses antes se había ahogado
allí un peón de estancia (A.M De Agostini).
Atravesamos el Río Policarpo. Llegamos más tarde a un muy
hermoso valle, bastante alto sobre el mar, rodeado de hayas de denso
follaje. Desde arriba vemos la Caleta Falsa, los edificios de la
Estancia Policarpo, y a Santana, ya sobre la arena.
Ahora estoy sentado ante una mesa. Ramón me trae gentilmente
el café. Nos hemos establecido en una de las tantas casitas del
casco. Todas muy arruinadas, salvo quizás ésta, aun cuando invadida
por escombros, detritos, restos de pájaros y de ratas. Están abandonadas
desde hace un cuarto de siglo. Abajo, cerca del mar, el gran edificio
para la esquila de las ovejas. Resta tan sólo la estructura externa.
Todo lo de esta estancia fue traído aquí con el Amadeo. Madera
para las casas, implementos, víveres y animales. Cuando empezaron
a faltar las embarcaciones de fondo chato, adecuadas para maniobras
en la bahía e indispensables para cargar la lana, fue necesario
reducir el número de ovejas. La cría de ganado cambió poco a poco
hasta tener solamente bovinos. Están todavía las construcciones
de los carpinteros y herreros, llenas de instrumentos herrumbrados.
Ruedas dentadas, yunques, morsas, cepillos, fresas y fuelles. La
casa del patrón está un poco separada de las otras, con el techo
de palastro rojo y rodeada de matorrales, de groselleros. No se
debía estar mal allí. Restos de tapicerías floreadas. Las puertas,
las ventanas, las ménsulas y los marcos que aún presentan un bello
azul papagayo.
Escribo y bebo café. Desde la ventana observo la marea que
sube en la bahía. Cada tanto cae un poco de lluvia. Sobre los techos
de palastro se siente el habitual repiqueteo, uno de los que prefiero.
Soy presa, por un momento, del vivido placer de estar en el mundo.
La casa, delante, tiene un pequeño patio, y un corredor de
madera de algunos metros de largo, bajo el reparo del techo. A un
paso, en el prado, Santana hace rodar un bidón de Yacimientos Petrolíferos
Fiscales. Hace años contenía nafta; ahora es nuestra estufa. Encima,
la acostumbrada pava, siempre pronta para el café y el mate.
Santana ahora busca en el prado entre los restos. Halla un clavo
larguísimo, de una pulgada de diámetro y de medio metro de largo.
A golpes de cuchillo corta pedazos de alambre. En la cocina, donde
hay otra estufa más chica pero sin chimenea, Ramón pedía cebollas
y ajos. Pone las cebollas, cortadas en anillos, en una palangana
con agua. Santana se dedica al asado. Sala un buen trozo de carne
de forma triangular, lo atraviesa dos veces con el clavo y lo sostiene
con el alambre. Los perros ladran. Ramón se asoma fuera. -Viene
el mochilero - dice.
Saludables pequeñas lecciones de humildad. Cuando, en la punta
meridional de las dos Américas, se cree sentir su peso sobre las
espaldas, o uno se siente protagonista o comienza a mostrarse satisfecho
consigo mismo por la aventura emprendida y bien llevada a cabo,
he aquí que "viene el mochilero".
Llega un muchacho de veinte años, pantalones cortos, zapatos
chaplinescos, un bolso, - la "mochila" - enorme. A pie.
Viene de Río Grande, comiendo mejillones. Va a Ushuaia. Está desocupado,
y en esta vacaciones gastará mucho menos de lo que habría hecho
su familia si hubiese él permanecido en casa.
Llega a tiempo para el asado y parece feliz. Santana y Ramón
lo abruman con preguntas. Se quita los zapatos chaplinescos y los
pone a secar junto al asado, clavado oblicuamente cerca del fuego.
Conoce a Chatwin.
Como dos coleccionistas, nos contamos lo que hemos hallado siguiendo
su libro. Santana coloca un trozo de palastro pesado sobre el bidón
enrojecido. Lo limpia con miga de pan y coloca sobre él fetas de
riñón del ternero. Llevamos afuera, bajo el pórtico, tres sillas
y un banquito, y abrimos la última botella de vino. Primero comemos
los riñones a la parrilla con la ensalada de cebolla y ajo.
Después, el asado. Cada uno corta para si una larga feta, la muerde
y, con su propio cuchillo, separa el bocado. De abajo hacia arriba.
La hoja pasa a pocos milímetros de la nariz. Transcurren horas invalorables.
Ramón rehace los mapas, se cuentan historias de cañones y helicópteros,
hablamos mal de los Bridges de Harberton. El asado se va achicando.
Los trozos marfilinos de la grasa van a los perros. Mi caballo,
Calea, ha sido montado por el ministro de Instrucción Pública argentino.
Hacen la imitación de Pablo, el futuro yerno de don Pedro. Los zapatos
del mochilero están secos; la noche, sin nubes, y nosotros, ya sin
asado. Un poco de café y el día termina así de bien.
28 DE FEBRERO
Partimos temprano. Me acompaña solamente Santana.
Sin otros caballos, pero con los perros.
Bajo una fina llovizna, que cae insistente, ascendemos a algunas
pequeñas elevaciones surcadas por canaletas y revestidas de una
exuberante vegetación de hayas y de magnolias, retorcidas y mutiladas
en la parte superior por la potencia de los vientos, hasta que tocamos
las orillas de la bahía Thetis. (A.M. De Agostini)
Cada tanto atravesamos breves temporales. Las gotas sobre
la capucha hacen un ruido ensordecedor. Imagino encontrarme del
otro lado de la bahía. Veo dos ponchos a caballo. Somos nosotros
parados bajo la lluvia mirando alrededor nuestro. Como en las narraciones
de Santana, no se podría decir dónde ni cuándo se desarrolla esta
escena. El cielo se agita, en conmoción. Color azul grisáceo. Y
es sólo de mañana. Apariciones del sol, cada tanto, indican esto
o aquello. Giramos en torno a la Bahía Thetis y regresamos galopando
en silencio.
La cocina, por suerte, está caliente. Ramón hace el pan. Con el
mochilero han reparado la pequeña estufa. Se mezcla harina y levadura
sobre la mesa, antes limpiada con un movimiento del antebrazo. En
una alta olla la grasa blanca se va disolviendo al fuego. Después,
con la harina leudada, Ramón hace tortillas irregulares, grandes
como pizzas, con un agujero en el centro. Las pone en la grasa bullente
y las saca cuando son de color brandy. Buenas. Santana las come
con miel encontrada allí.
Mas tarde regresamos. En tres días estaremos en Cabo San Pablo.
Mis recuerdos no llevan orden estricto.
El cansancio y mi espalda, quebrantada por diez horas de cabalgata
diana.
Largos costillares de ballenas sobre las playas color limadura
de hierro. De nuevo el Duchess of Albany, esta vez con sol. Santana
se fabrica una candela con grasa animal. Ramón me pregunta acerca
de Venecia y de Cinecittà. Faltan dos perros. No se preocupan: volverán
solos, por centenares de kilómetros.
Terminamos mi botella de whisky. Santana me pregunta si vivo
una vida conyugal. Achicoria, cebollas selváticas y tortillas. Recupero
la vértebra de ballena vista a la ida. La llevaré a casa. Regalo
la cantimplora de Salewa a Santana, quien se pone de pie, se inclina
ligeramente y me da la mano. Superada Punta Gruesa veo al fondo,
muy pequeño, el Desdémona. Permanece pequeño por horas. Luego, de
improviso, hemos llegado. Es el dos de marzo.
Al día siguiente, Pablo "y su novia" me acompañan,
con una "pick up" Ford, a Río Grande. Compro y confío
a Pablo una botella de whisky y paquetes de aspirinas para Santana
y Ramón.
Los he saludado esta mañana. Media hora después sentía su
ausencia. Nos hemos dicho: "Hasta siempre".
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