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Expedición de Carlo Mauri de 1970. Atravesando sobre una balsa un
curso de agua.


Expedición de Carlo Mauri de 1970. Atravesando sobre una balsa un
curso de agua.


Expedición de Carlo Mauri de 1970. Acercamiento a pie.


El campamento de la expedición organizada por el grupo "Arañas
de Lecco".


Un miembro del grupo "Arañas de Lecco", observa la pendiente
Oeste del Cerro Torre. En esta ocasión, Piero Rava y Casimiro Ferrari
llegaron a 250 metros de la cumbre.


El famoso compresor utilizado por la expedición de Cesare Maestri
para fijar los clavos a presión en la pared. El aparato, de un peso
global de casi 200 kilos, debió ser subido a fuerza de brazos.


Recorrido de la ascensión de 1970 cuando Maestri llegó a la cumbre.


- Una imagen de la ascensión de los hombres de la expedición de
1974, "Arañas de Lecco", quienes finalmente lograron conquistar
la pared Oeste. A la cima llegaron Casimiro Ferrari, Mario Conti,
Pino Negri y Daniele Chiappa.


- Un campamento de la expedición "Arañas de Lecco".

Ascendiendo por un angosto corredor, la expedición de 1974 fue definida
por algunos como la primera conquista real del Cerro Torre, también
porque en esta ocasión fue escalado el hongo de la cima.

Algunos miembros de la expedición "Arañas de Lecco" de
1974, transportan el material; en un trineo. Sobre el itinerario
inaugurado por los "lequeses", los norteamericanos Bragg,
Carman y Wilson efectuaron la primera repetición en 1977.


Un hombre de la expedición de 1974 afronta un pasaje sobre hielo.
Los norteamericanos, que reiteraron el recorrido de los "lequeses",
emplearon tres días para alcanzar la cima.

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LA HUIDA DESDE EL
CERRO TORRE
Antes de iniciar la descripción del tremendo descenso desde la
cima, Maestri se entrega a una serie de consideraciones que deben
hacer meditar. "Pero, ¿qué victoria tengo entre manos? Una
victoria lograda con resentimiento y con rabia y con el corazón
lleno de amargura y de hastío. ¡Qué diferente de mis victorias solitarias,
hechas de técnica y de alegría de vivir!"
A este desahogo siguen las consideraciones de hasta qué punto él,
Maestri, se ha dejado arrastrar a esa empresa como por una suerte
de reacción contra aquellos que de algún modo lo habían hostigado.
El descenso de los dos fue rocambolesco: algunos rappeles sobre
clavos inseguros en el hielo, otros sobre clavos a presión colocados
cada vez perdiendo treinta, cuarenta minutos para perforar la dura
roca granítica.
El viento arrastra la cuerda en su loca carrera y aquélla se extiende
horizontal, en el vacío, o bien directamente se eleva hacia lo alto
empujada por una fuerza invisible.
Es un apocalipsis, vivido siempre en espera de una avalancha que
de un momento a otro puede desprenderse de los hongos de hielo de
la cima.
Un quinto vivac se instala todavía en plena pared, y al día siguiente
los descensos prosiguen hasta que, finalmente, Egger y Maestri llegan
a la base del Cerro de la Conquista, al reparo del viento.
Aún algunos descensos, y después podrán usar las cuerdas fijas.
Se proyecta otro vivac, que deberá ser el último.
En la tentativa de colocarse en una posición más favorable, al comienzo
de las cuerdas fijas, Egger desciende todavía una vez más en rappel.
En este punto ocurre que (burla suprema e injusta) una enorme avalancha
se desprende de la cima y se precipita por la pared oriental. Toni
Egger es arrancado de la roca y su cuerpo desaparece en el vacío,
mientras Cesare Maestri, golpeado sobre el costado, se encuentra
atónito e impotente ante la tragedia. Otra noche transcurre, angustiada
y, esta vez, solitaria. Al día siguiente, con los fragmentos de
cuerda salvados de la avalancha, Maestri reinicia el descenso. En
él hay solamente dolor, cansancio y resignación: "Hoy se
decidirá mi vida. No alzaré la cabeza si un soplo más denso me advierte
que la avalancha caerá, poderosa. No gritaré si todo, en un instante,
se torna tenso y silencioso. No podré sentirme feliz si hago pie
sobre el glaciar, en la base".
Al término del descenso, pocos metros antes de tocar el ventisquero
de base, Maestri cae, pero el vuelo es amortiguado por la enorme
cantidad de nieve fresca caída, y él logra salvarse, si bien está
ya en el límite de sus fuerzas.
Sólo por casualidad, su cuerpo ahora exánime será hallado por Cesarino
Fava, quien, mientras se preparaba para abandonar la gruta del campamento
base, lo localiza entre la nieve.
Maestri, pues, se salva y retorna a la vida, si bien con el peso
de la gran tragedia vivida, pero quizás este es un peso leve si
se lo compara con el de la sospecha y la duda que la ascensión,
no documentada, suscitará entre los montañistas.
Sobre todo los escaladores anglosajones serán los primeros en sostener
la tesis según la cual la cima no ha sido alcanzada por Egger y
Maestri.
Por otra parte, toda documentación en favor o en contra de esta
tesis es casi imposible. Egger ha muerto, y la máquina fotográfica
que llevaba ha desaparecido en el glaciar junto con las eventuales
pruebas. Nacía, pues, un caso aún hoy abierto, y que tal vez no
podrá jamás ser resuelto, si bien la capacidad de los dos escaladores
y las particulares condiciones de la montaña, tales como las descriptas
por Maestri, son factores más que válidos para poder decir que la
cima fue efectivamente alcanzada.
Ni siquiera el hallazgo del cuerpo de Toni Egger, ocurrido en 1975
en el glaciar del Torre, contribuyó a la solución del enigma que,
como se ha dicho, apasiona sobre todo a los alpinistas británicos.
Veremos seguidamente que, en diversas ocasiones, ellos se dedicaron
a buscar las pruebas de la realidad de la ascensión de Maestri.
En general, la investigación estuvo siempre dirigida más a impugnar
que a comprobar las afirmaciones de '"la araña de los Dolomitas".
Pero, después de la empresa, el veneno corrió también por Italia,
y muchos fueron los alpinistas, aun de fama reconocida, que insinuaron
que Maestri había contado una mentira. Toda esta polémica, clara
o rastrera, no podía sino aumentar el deseo de Maestri de hacer
callar, de una vez por todas, a sus detractores.
La cuestión de la subida al Torre estaba entre tanto tornándose
de proyección internacional, y fueron muchísimos los alpinistas
que, viendo en aquella montaña un símbolo de afirmación, tornaron
sus miras hacia una conquista que las dudas acerca de una primera
ascensión de Maestri dejaban aún abierta.
Para el alpinista trentino quedaba una herida abierta en el orgullo;
para los otros, un incentivo para competir aún más encarnizadamente.
Entre todas las tentativas, se impone sin duda aquella llevada a
cabo por los ingleses en 1967-68 a lo largo de la cresta sudeste
de la montaña.
El equipo estaba compuesto por los más avezados trepadores británicos
del momento: Martin Boysen, Mick Burke, Peter Crew, Dougal Haston,
a los cuales se agregó el argentino José Luis Fonrouge. En oposición
a lo que Fonrouge sostenía, los ingleses decidieron que la mejor
táctica era la del asedio y de una preparación extremada de la pared.
Usando todas las más refinadas técnicas, los escaladores llegaron
bastante alto, pero el buen tiempo que los había acompañado por
varios días cesó, obligándolos a la retirada. ¡El campo estaba de
nuevo libre para Cesare Maestri!
Pero antes de pasar a la narración de las vicisitudes que llevaron
nuevamente al alpinista trentino hacia la cumbre del Torre, es necesario
referirse también a una nueva tentativa hacia la cima llevada a
cabo por los "lequeses", guiados por el gran Carlo Maun,
el cual había reabierto la polémica sobre la primera ascensión.
La tentativa repitió los pasos de la expedición de 1957 sobre la
pared Oeste. Forman parte del grupo Carlo Maun, Piero Rava, Casimiro
Ferrari, Roberto Chiappa, Giuseppe Cima, Gianfelice Rocca, Gianni
Stefanon, Gianluigi Lanfranchi y Pierlorenzo Acquistapace. Los alpinistas
operan eficazmente a lo largo de la pared de hielo y, antes de ser
rechazados, llegan a 250 metros de la cima con Casimiro Ferrari
y Pietro Rava. Maun, al regreso, proclama que por cierto volverá
para terminar esos pocos metros que separaban a los hombres de la
victoria y, además, enciende de nuevo la polémica sobre la veracidad
de la ascensión de Maestri. Faltan las pruebas fotográficas.
VENGANZA, TREMENDA VENGANZA!
Maetri está amargado, herido en su orgullo, y tal vez, justamente
por esta última impugnación a su empresa, se decide por la más loca
y original respuesta que él pueda dar a sus detractores: retornar
a la cima del Torre por una ruta nueva y llegar con cualquier medio
disponible. La crónica y los antecedentes de esta empresa, con sus
dos tentativas, hecha de coraje y tozudez, en desafío, más que a
una montaña, a todo el mundo del montañismo, es narrada en el libro
"2000 metros de nuestra vida". El libro ha sido escrito
entre dos: Cesare y su mujer Fernanda. Es una obra muy bella y original,
ya sea porque establece un puente entre el restringido mundo del
montañismo y el mundo común, el de todos los días, ya porque, por
primera vez en un libro sobre ese tema, la penetración psicológica
procura alcanzar profundidades nunca sondeadas. Concebido como un
diario, con páginas escritas alternativamente por los dos autores,
el libro muestra cuáles podían ser las motivaciones y los impulsos
del montañista y los pensamientos y preocupaciones de una mujer
que tal vez soñaba con una vida normal y que de improviso se veía
impelida de lleno a un mundo cuya problemática le era tan extraña.
Escribe Maestri en las primeras páginas del libro: "En este
momento Maun y Rho, no convencidos de mi victoria, quieren las pruebas
fotográficas, aquellas que Toni tenía consigo cuando fue arrollado
y barrido por la furia de la avalancha. Bien, señor periodista;
bien, señor alpinista, bien, señor dubitativo: ¿queréis guerra?
Yo la haré, pero a mi manera. Regresaré al Torre. Atacaré su pared
más difícil en la estación más impracticable".
Y Fernanda Maestri responde a esas palabras: "Y en casa
se desplomó otra vez el Cerro Torre; se desplomó destrozando todo,
con la misma fuerza destructora de un huracán. A mi alrededor veía
despedazarse mi vida".
En 1970 surge la expedición Campiglio '70 con el fin de alcanzar
la cima del Torre escalando su cresta sudeste en el período invernal.
Son sus miembros Cesare Maestri, Carlo Claus, Ezio Alimonta, Pietro
Vidi, Renato Valentini y el fiel amigo del jefe de la expedición,
Cesarino Fava, aquél que conoce, más que ningún otro, qué motivos
pueden inducir a Maestri a esa nueva tentativa.
El desafío debe ser un bofetón, un ultraje y, al mismo tiempo, una
victoriosa revancha. Por este motivo, "la araña de los Dolomitas"
no pone atención en gastos ni en dispendio de medios. Se preparan
al efecto las primeras botas de montaña dobles con estructura plástica,
que hoy están tan en uso pero que entonces parecían una locura.
Igualmente revolucionarias son las vestimentas acolchadas con una
simple hoja de aluminio que mantiene inalterable la temperatura
del cuerpo en su interior.
Para permitir soportar el asedio, que se prevé largo y con muchos
días de inactividad, Maestri concibe sin rodeos la idea de construir
un pequeño refugio prefabricado al pie del Torre.
El transporte de los materiales es efectuado gracias a la Fuerza
Aérea Argentina y, sobre todo, a un helicóptero puesto a disposición
por Agip Petroli.
Con dos vuelos sucesivos, en el límite de capacidad del aparato,
el helicóptero logra llevar la carga hasta las cercanías de la base
del Cerro Torre, sobre el glaciar.
Poco después los hombres montan la pequeña casilla prefabricada
que los hospedará en las pausas del largo asedio. Y Maestri anota:
"Ahora el Torre y nosotros estamos frente a frente. No nos
separan ya infortunio o fortuna, ministros o ministerios, dificultades
burocráticas kilómetros de bosques, de morenas, de glaciares...
Y los días tendrán dimensiones verticales y no estarán constituidos
de minutos o de horas sino solamente de centímetros y de metros".
EL COMPRESOR
Entre las novedades absolutas y originales del desafío de Maestri
debemos ahora dedicar dos palabras al ya célebre "compresor",
el monstruoso medio tecnológico empleado en la ascensión, y que
tanto escándalo suscitó en los ambientes del montañismo de su tiempo.
Maestri sabia muy bien que en la subida habrían sido necesarios
los clavos a presión, es decir aquellos clavos que no se meten en
las fisuras naturales sino que requieren efectuar una perforación
hecha expresamente en la roca compacta.
Para realizar esta operación son necesarios cerca de 15 minutos
de trabajo, martillando sobre un pequeño buril. Obviamente, previendo
usar muchos clavos a presión, se debía hallar el modo de reducir
los tiempos; las jornadas cortas de invierno, las condiciones meteorológicas
casi siempre tendientes al mal tiempo, no permitían por cierto pasar
horas y horas en la pared para perforar la roca para hacer pocos
metros de avance. Fue así como en Maestri, espíritu vivaz y aun
desafiante, nació la idea de valerse de un trépano a motor para
acelerar la perforación.
En la elección de un medio técnico como el "compresor"
podemos reconocer toda la tensión de Maestri hacia la cima y su
logro a cualquier costo. Y debo decir, a título absolutamente personal,
que el desafío a los grandes tabúes de la ética montañista, que
no contempla por cierto tales medios mecánicos para escalar, y la
alocada idea de arrastrar tal peso a lo largo de las paredes talladas
a pico de una montaña como el Cerro Torre, me tornan aún más simpático
el personaje de Maestri, Fitzcarraldo patagónico.
El compresor fue provisto por Atlas Copeo y diseñado expresamente
para la empresa. Escribe a propósito Maestri: "Debo hallar
una máquina que me permita perforar la pared más velozmente; podría
ser un perforador a aire comprimido. Aire comprimido: Atlas Copeo.
Y heme aquí frente al director de Atlas, el doctor Lai..."
Después de haber escuchado el problema, el director responde: "Para
nosotros no es por cierto un problema. Pero Ud., como alpinista,
de qué modo la arreglará?. ¡Son ya tantos los alpinistas que critican
su técnica moderna (la de los clavos a presión)! Esos conservadores
lo acusarán de haber ofendido al alpinismo. Por lo que a mi respecta,
Maestri, está bien, porque cuanto más cruenta sea la polémica más
publicitado será el nombre de Atlas".
Una semana después del coloquio Atlas Copeo puso a punto el compresor.
"Una perforación cada veinte segundos. Querría abrazar
al doctor Lai y a sus técnicos.
Procuro perforar un bloque de granito. La punta entra como un dedo
en la manteca. Expele el aire automáticamente. Hace un agujero redondo,
bello, sin rebabas.
Sin más, es mi máquina. Tiene solamente un pequeño defecto: bastidor,
motor y compresor pesan setenta kilos. Agregando dos pistolas perforadoras,
las piezas de recambio, los tubos para el aire, la gasolina y el
cabrestante para levantar el conjunto la cuenta se hace pronto:
ciento cincuenta - ciento ochenta kilos" .
Pero todas las diabluras de la técnica, toda la grande, inmensa
voluntad de Maestri y de los otros miembros de la expedición debieron
vérselas de pronto enfrentadas con el invierno patagónico y su dureza.
Las condiciones meteorológicas se mantienen casi siempre malas,
con precipitaciones de nieve de notable intensidad. La "casota"
(este era el mote con el cual los hombres bautizaron su refugio
prefabricado) había ido poco a poco desapareciendo bajo la nieve
acumulada en oleadas sucesivas de mal tiempo y se hallaba ya cubierta
por 18 metros de nieve.
Una galería subterránea la ponía en comunicación con el mundo exterior.
El 4 de julio, en medio de la noche, los hombres son despertados
por un tremendo fragor: "Toda la barraca ha experimentado
un sobresalto. A la luz de una pila nos damos cuenta de que debe
haber sucedido algo muy grave. En la 'casota' hay como unos diez
bloques de nieve, y la puerta está derribada.
Tratamos de plantar la picota en la nieve que obstruye la salida,
pero es tan dura que la punta no alcanza ni siquiera a perforaría.
Nos parece que falta el aire. Inmediatamente comprendemos que
debe haberse desprendido una masa de nieve que, pasando sobre nosotros,
ha llenado el túnel, obstruyendo la salida... Para dejarla expedita,
debemos arrojar la nieve al interior de la casa, amontonándola a
los costados, pero continúa obstruida y el interior de la barraca
está casi lleno. Excavamos por más de tres horas, cuando Piero logra
abrir una salida al exterior".
Esta parece una señal del destino o del Cerro Torre, que indica
que tal vez sea hora de dejar el campamento.
Estamos, en realidad, en las últimas reservas de la expedición,
los montañistas están muy fatigados y los víveres comienzan a escasear.
"... En el depósito queda sopa, un par de kilos de pasta
y aceite. Hemos revuelto entre las inmundicias para recoger la piel
del jamón que habíamos tirado..."
Ezio Alimonta y Renato Valentini proponen abandonar la partida de
manera que queden unas pocas reservas más para los tres que continúan,
a fin de que la escalada pueda proseguir.
Es una propuesta que nos entristece, pero es muy realista. Salgo
de la barraca y voy a la gruta-cocina... Qué debo hacer? Contengo
las lágrimas, pero un largo sollozo sale de mi garganta. Tengo los
pies fríos y las ropas desgarradas... y ese sollozo no quiere dejar
de salir de mi garganta... Siento que alguien llega. Enjugo las
lágrimas y me pongo a hurgar en un bolso vacío. Es Carlo. Coloca
su brazo alrededor de mi hombro, me aprieta contra él con dulzura
y me dice: "Cesare, se acabó. No hay nada que hacer, no
hay ya nada que hacer".
Alimonta y Valentini parten. Quedan Carlo Claus, quien tiene serios
problemas en las manos, y Pietro, que sufre un principio de congelamiento.
Siguen pocos días de lucha inhumana, durante los cuales Maestri
llegará a pensar en proseguir solo cuando los otros deban detenerse.
El 9 de julio se terminan también las reservas de gas: no se podrá
ya beber o calentar la comida.
"He aquí que todo ha terminado. Estamos a poco menos de
cuatrocientos metros de la cumbre y todo ha terminado..."
La expedición se ve obligada a regresar, pero Maestri no está vencido
y ya piensa en volver en el verano austral para vencer esos cuatrocientos
metros que faltan. Y así lo hace. Nuevas fatigas, nuevos problemas
para reorganizar la expedición y hallar el dinero necesario; y una
vez más lo tenemos al pie de su Cerro Torre.
De la nueva expedición forman parte Claus, Alimonta. Claudio Baldassari,
Juan Pedro Spikermann y Fausto Barozzi.
El verano austral es favorable. El compresor, no obstante tres meses
sin funcionar en medio de la intemperie, colgado en las paredes
del cerro, responde bien a la primera prueba.
La escalada se reanuda. Todo parece más fácil a los trepadores,
en comparación con aquello que habían pasado durante el invierno.
El avance es rápido y resulta favorecido por una inesperada serie
de días de buen tiempo. Finalmente, queda espacio aún para momentos
de broma, de distensión, como cuando Carlo Claus, oculto a la vista
de Maestri y de Alimonta por la roca que sobresale, monta sobre
el compresor y se hace izar por los desprevenidos amigos hasta el
punto en el cual se hallan.
Casi sin novedades, el 2 de diciembre de 1970 los tres de la cordada
alcanzan la cima del Cerro Torre.
"Ghe son! Ghe son!" (Aquí estamos! Aquí estamos!) grita
Maestri como conclusión de su sueño-pesadilla, y tal vez con estos
gritos se cierra también un capitulo de historia del montañismo.
En el descenso, Maestri quiebra los últimos veinte clavos a presión,
aquellos del muro de la cumbre, y después desactiva el compresor,
que permanecerá fijado en la pared de la montaña como recuerdo de
su ascensión.
El Torre ha sido vencido. Ahora los detractores no podrán decir
que Maestri no ha alcanzado la cima: hay fotos, pruebas y testimonios.
Los periódicos italianos han seguido día por día la evolución de
la subida y han hecho partícipes a millones de personas de un acontecimiento
que sus crónicas han tornado un poco semejante a una conquista espacial.
El Cerro Torre, la cumbre imposible, la cima símbolo último de algo
que todavía podía escapar al "control del hombre, había caído.
No había ya nada sobre la superficie terrestre que pudiese mantener
vivo el mito de la lucha del hombre contra la naturaleza".
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