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Aires de cima. Finalmente, un momento de buen tiempo sorprende a
los escaladores ocupados en las formaciones glaciares de la cumbre.
Jamás ninguno habla superado dificultades similares sobre hielo.

Una vista a la ascensión al Pilar Este del Fitz Roy. Según Casimiro
Ferrari, era técnicamente una escalada mucho más difícil que la
del lado Oeste del Cerro Torre, pero no tan peligrosa y pavorosa.

Ascensión al Cerro Torre. Refleja junto a la ascencion al Fitz Roy,
dos excepcionales resultados alcanzados por los hombres de Lecco
en los montes de la Patagonia. Antes de ellos, pocos habían logrado
éxitos en tal tipo de empresas.
  
Momento de la ascensión al Murallón: la cima, finalmente alcanzada.

Ascensión invernal al Fitz Roy.


La cima de la Aguja Poincenot, alcanzada por la expedición de Vitali
y sus compañeros después de haber superado el Pilar Oeste. En el
fondo, en un día insólitamente bello y límpido, se distingue el
Cerro Norte; a su izquierda, casi en contraste, la tranquila mole
del Cerro Adela.

Una foto captada durante la reiteración de la ruta Maestri en la
cresta SE del Cerro Torre, llevada a cabo por Vitali y Della Santa
después de la ascensión a la Aguja Poincenot.


Mapa que ilustra la cadena del Fitz Roy - Cerro Torre y el Hielo
Continental.


Una sugestiva fotografía que ilustra la ascensión invernal al Fitz
Roy de Valsecchi, Spreafico, y Paolo Crippa, llevada a cabo en julio
de 1988.


Un tramo de la cresta Este del Monte San Lorenzo que da claramente
una idea del ambiente en el cual se desenvolvía la expedición. En
la foto aparece el sector que precede a la torre final.

En la cresta Este del Monte San Lorenzo, en un momento de clásico
mal tiempo patagónico.


Un momento "acuático" de la expedición al Cerro Risso Patrón.
Después de haber entrado en el fiordo Falcón con un barco de pesca,
comienza el transporte a tierra de víveres y materiales.


Momento "acuático" de la expedición al Cerro Risso Patrón.
Después de haber entrado en el fiordo Falcón con un barco de pesca,
comienza el transporte a tierra de víveres y materiales.

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La expedición siguió las huellas de las anteriores sobre la base
de la pared Oeste y esta vez, a las 17.45 del 13 de enero de 1974,
los cuatro "Arañas" Ferrari, Conti, Chiappa y Negri alcanzaban
la cima. Sólo cinco días de buen tiempo en casi dos meses de permanencia;
el resto, tormentas, viento, nieve. A pesar de todo, los andinistas
hallaron tiempo para las bromas. Memorable fue aquella que le hicieron
los miembros de la expedición a Claudio Corti, quien, gracias a
una convincente serie de malos consejos, muy bien concertados, se
encontró, después de pocos días, sin calzoncillos de repuesto.
La clave para lograr la ascensión era segura, y, como dice Ferrari,
"La tenía en el corazón antes de partir". Tal vez fue
justamente esta certidumbre interior la que sostuvo andinistas durante
el esfuerzo final, y la que les permitió obtener uno de los mayores
logros - si no el mayor- del andinismo de aquellos años, que fue
punto de llegada y final de una era.
Tal vez, por otra parte, no fue una casualidad que justamente los
hombres de Lecco, responsables del nacimiento del gran alpinismo,
iniciadores de un cierto tipo de andinismo, hayan concluido idealmente
el ciclo cerca de cuarenta años después.
Trascurren pocos años -sólo dos- y el "patagónico" Casimiro
Ferrari retorna con otra expedición, esta vez para superar el difícil
y no resuelto problema del pilastro este del Fitz Roy, poderosa
estructura granítica de 1500 m de altura. Además de Ferrari participan
Floriano Castelnuovo, Gianni Arrigoni, Gianluigi Lanfranchi, Guerrino
Cariboni, Gianni Stefanon, Vittorio Meles, Giacomo Patterini, Franco
Baravalle y Amabile Valsecchi.
La expedición, iniciada al viejo estilo, inclusive con la instalación
de un cablecarril, fue terminada en el más perfecto estilo alpino
después de cinco vivaques, el 22 de diciembre de 1976, por Ferrari
y Meles. Este último, a los 43 años y con menos de diez años de
experiencia como montañista, obtenía un resultado de valor absoluto.
También esta ascensión, como por desgracia ocurre a menudo, había
de reclamar sus víctimas, que fueron tres. El episodio ocurrió poco
antes de llegar a la cima, cuando, a causa de la rotura de una toma,
el consiguiente vuelo causó el desastre: tres dientes de Ferrari
fueron desplazados de su ubicación natural a causa del choque de
su proprietario contra la roca. Están todavía dispersos sobre la
pared, como preciosa reliquia para quien, repitiendo el camino de
los "Arañas", hubiese de encontrarlos.
Pero de las empresas de los "lequeses" al Cerro Torre
y al Fitz Roy habrá ocasión de hablar y discutir en las monografías
específicas dedicadas a cada montaña en particular. Si bien éstas
han sido las más brillantes victorias a los ojos del gran público,
no hay que olvidar aquello que los "lequeses" y Ferrari
han después sabido realizar en los montes patagónicos. Quizá se
trate de ascensiones menos comprometidas, pero ciertamente no menos
difíciles, si las valoramos sobre todo desde el punto de vista logístico.
La mayor de ellas es sin duda la efectuada en 1984 por Ferrari,
Carlo Aldé y Paolo Vitali sobre el espolón N.E. del cerro Murallón
(2831 metros).
La historia de esta ascensión podría muy bien hallar lugar en una
crónica del ochocientos: hasta tal punto la integran la aventura,
el misterio, las tentativas frustradas y el espíritu deportivo.
Del Murallón se sabía poco o nada. Las únicas fotografías de la
montaña aparecían en un libro del Padre De Agostini acerca de la
Patagonia, editado en 1949. En una se veia la imponente montaña,
con altísimas paredes rocosas, elevarse solitaria, casi inabordable
en medio de la apabullante desolación del glaciar Upsala, que, con
las aguas del deshielo, va a alimentar al Lago Argentino.
Ver una fotografía como esa y sentirse traspasado por el clásico
rayo afectivo o "flechazo" es cosa normal, sobre todo
para quien el montañismo no es ya victoria sobre un objetivo famoso
y anhelado, sino búsqueda, exploración, aventura y después, si acaso,
escalada.
Para Casimiro Ferrari fue así. Partió para la Argentina en busca
del Cerro Murallón, del que tenía sólo los datos suministrados por
el Padre De Agostini. En la Patagonia encontró a Armando Aste, el
muy avezado "roveretano" que venía a intentar la ruta
Maestri al Cerro Torre. En la conversación que tuvieron, Ferrari
le mostró la fotografía, habló del monte y, en pocas palabras -entre
montañistas uno se entiende- logró entusiasmar a Aste quien dijo:
"Si no estuviese ya comprometido con Cesarino Fava, también
yo iría a buscar esa montaña".
Así comenzó la aventura del Murallón.
En 1980 partía de Lecco la más joven expedición jamás organizada.
Formaban parte de ella Marco Ballerini, Marco Della Santa, Benvenuto
Laritti, Fabio Lenti, Norberto Riva, Beppe Rusconi, Vanni Spinelli,
Dario Spreafico y el médico Claudio Cavenago. Casimiro, con los
otros dos componentes de la expedición, Lombardini y Spreafico,
se agregó al grupo un poco más tarde. La expedición fue, empero,
bloqueada por las condiciones meteorológicas adversas. Con todo,
Ferrari no se rindió, pues tenía una cuenta por cobrarse con el
Murallón, y habría querido, por lo menos, "acariciar las paredes".
Entre julio y agosto efectuó un intento invernal con Vittorio Meles
y Maurizio Scaioli, pero también esta vez se vio obligado a regresar
por las malas condiciones del tiempo.
Decididamente, la región del Murallón, con sus vientos muy fuertes
y casi continuos, con el tiempo malo casi sin interrupción, parecía
ser la Patagonia de la Patagonia, la quintaesencia de estas regiones
glaciales. Pero todo esto no podía ser otra cosa que un estimulo
más.
Todavía una vez más, en diciembre-enero de 1982-83, el grupo Ferrari,
Giuliano Maresi y Lenti fue rechazado por el mal tiempo.
Entre tanto, el Murallón parecía haberse convertido en un hermoso
pretexto para quien, masticando veneno contra los "Arañas",
no podía por cierto perder tal ocasión para entrar en polémicas.
Existe en la Patagonia una tradición que dice que "quien bebe
mate y come calafate a esta tierra volverá". Casimiro y los
suyos deben haber consumido por cierto dosis enormes para tener
todavía ganas de volver allá.
Finalmente, en diciembre de 1983, una nueva expedición, con Ferrari,
Vitali, Lenti, Aldé y Ballerini, del grupo "Arañas", con
Don Noli y A. Banfi, de Abbiate Guazzone, partieron nuevamente para
aquel que debía ser su intento decisivo.
El tiempo fue prácticamente siempre malo, pero en este caso, y en
especial aquí, se puso en evidencia la experiencia patagónica y
la perseverancia del indomable Ferrari.
Después que cuatro miembros de la expedición debieron retornar a
Italia, Casimiro permaneció con Aldé y Vitale para jugarse la última
carta. Rechazados por enésima vez por el mal tiempo, los tres ya
regresaban y se habían puesto en marcha por el glaciar Upsala pensando
en un triste retorno a la patria, cuando, de improviso, el tiempo
mejoró. Volver a intentar, después de 70 días de asaltos frustrados,
podía parecer una locura. No obstante, insistieron en probar.
El día 10 de febrero de 1984, después de una pausa para secar las
vestimentas mojadas, los "Arañas" volvieron a la pared
y prácticamente al estilo alpino (se emplearon aparejos sólo para
los 200 metros de la difícil torre inicial, la Torre Ben), el día
13 llegaron a la cima, después de haber escalado los 1300 metros
de la cresta noreste.
LA PATAGONIA, DE MODA
Entre tanto, la Patagonia se había puesto de moda entre los andinistas,
quizá tambíen a causa de un lento pero perceptible mejoramiento
del clima. Tal afirmación es confirmada por diversos expertos de
la región, quienes recuerdan bien cuánto más inclemente era el tiempo
tan solo diez años antes.
Hoy las condiciones atmosféricas se presentan netamente mas estables
y permiten el logro de objetivos de altísimo nivel, antes difícilmente
imaginables.
En 1986 partieron de Lecco tres expediciones organizadas para conmemorar
el cuadragésimo aniversario de la fundación del Grupo "Arañas".
Una de ellas se dirigió a la Tierra del Fuego, y las otras dos a
la Patagonia, a las Torres del Paine y a la Aguja Poincenot, en
el grupo del Fitz Roy.
Hacia el Paine partieron Ballerini, Besana, Spreafico, Da Pozzo
y Riva. Su objetivo era trazar una nueva ruta en la pared oeste
de la Torre Central del Paine (2650 metros), de una altura de casi
1300 metros.
El sector del Paine aparece aquí por primera vez y, en efecto, hasta
la expedición de 1986 los andinistas de Lecco no lo habían tomado
jamás en consideración. El grupo, consituido por magníficas y numerosas
cumbres graníticas, culmina con el Paine Grande (3050 metros), situado
en el margen occidental de la cadena. Esta cima es también en parte
de hielo, mientras que las del sector oriental son prevalentemente
rocosas, de audaces e imponentes arquitecturas. Justamente en esta
parte del macizo se encuentran algunas de las más bellas y difíciles
cimas de la Patagonia chilena y, entre éstas, las Torres del Paine:
Norte, 2250 metros; Central, 2460 metros y Sud, 2500 metros.
La torre central es, sin duda, la más bella e imponente, con una
pared oeste surcada por fisuras y diedros, directrices ideales para
las modernas vías del andinismo mayor. Un equipo de muy avezados
escaladores y andinistas, como el de los "lequeses", no
podía dejar de superar este problema.
En la cima, después de días de escalada con dificultades del VI
grado al A2-A3, se reunieron todos lo miembros del grupo.
Como se dijo, la otra expedición se dirigió a la Aguja Poincenot,
estructura "menor" que forma parte de la cadena del Fitz
Roy y, precisamente, de aquel tramo de cresta que del Fitz Roy se
prolonga hacia el sud, comprendiendo, por orden: Aguja Poincenot,
3036 metros; Aguja Innominada, 2501 metros; Aguja Saint Exupéry,
2680 metros; Aguja de la S, y Mojón Rojo. El nombre de la montaña
recuerda a uno de los miembros de la expedición francesa guiada
por Lionel Terray, que en 1952 conquistó el Fitz Roy. En el vado
de un torrente, Poincenot perdió el equilibrio y fue arrebatado
por la corriente. Pero el viento que, incesante recorre la planicie
narra otra versión del hecho, murmurando que Poincenot cayó bajo
las funestas iras de un nativo que lo descubrió galanteando a su
mujer.
Miembros de la expedición a la aguja Poincenot eran Paolo Vitali,
Daniele Bosisio, Mario Panzeri y Marco Della Santa. Vitali no requiere
muchas presentaciones: baste pensar en la ascensión del Murallón.
Pero también los otros eran habilisimos escaladores, a la altura
de su jefe.
El problema por resolver era la pared oeste de la montaña por un
nuevo itinerario diferente del trazado por los ingleses Rouse y
Carrington en 1977.
El grupo, con tiempo más bien inclemente, después de haber transportado
el material hasta la base de la pared, iniciaba la escalada el 6
de diciembre. Al comienzo los escaladores se mantuvieron sobre el
fácil espolón que delimita, a la izquierda, la gran canaleta seguida
por los ingleses. Más arriba, recorrieron parte de dicha canaleta
y llegaron a la base del pilastro terminal. Las condiciones climáticas
que los "lequeses" hallaron fueron de tiempo bueno, pero
ventoso y frío. Los últimos 700 metros de ascensión presentaron
grandes dificultades sobre superficie rocosa (VI Grado y A2). La
cima fue felizmente alcanzada por todos los miembros de la expedición
el día 8. En su conjunto, la gran pared oeste de la Aguja Poincenot,
que cae a pico sobre el glaciar del Torre, presenta un desnivel
de unos 1700 metros. A esta importante ascensión se agrega después
la repetición de la ruta Maestri en el Cerro Torre, efectuada por
Vitali y Della Santa.
LOS ULTIMOS AÑOS
Se llega así a 1987, año en que, una vez más,
actúa una expedición de Lecco en tierra patagónica. Esta vez, fiel
a un ya tradicional espíritu de búsqueda, la expedición procuró
una meta nueva y diversa de las acostumbradas. Su teatro de acción
fue el macizo del Monte San Lorenzo, magnífica e imponente montaña
de hielo y roca, la segunda de toda la Cordillera Patagónica Austral,
con sus 3706 metros de altura (la cima más alta es el San Valentín,
cuya cota es incierta: 4058 o 3976 metros).
La montaña fue escalada en 1943 por Alberto María
De Agostini, Alessandro Henni y Eriberto Schmallo, después de festejarla
durante tres años, durante los cuales el explorador escrutó todas
la paredes en busca de la ruta óptima para la ascensión.
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